8 de abril
Beato Julián de San Agustín
Religioso de los Frailes Menores
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Los primeros años y el despertar vocacional
Nacido en Medinaceli, en la Vecchia Castiglia, España, alrededor del año 1550, el futuro beato vino al mundo como el primogénito de Andrea Martinet. Su padre ejercía el oficio de conciar pieles y era un esclavo francés que había huido de su patria como consecuencia de las crueles guerras de religión desatadas por los calvinistas. Bajo la atenta y piadosa guía de sus progenitores, el joven creció destacando por su carácter modesto, reservado y profundamente obediente. En lugar de entretenerse con los juegos habituales de los coetáneos de su edad, encontraba una alegría muy superior sirviendo como monaguillo en la iglesia del pueblo.
Con el propósito de aprender un oficio para su sustento, fue enviado a realizar un aprendizaje como sastre, tarea que cumplía con diligencia. Sin embargo, aprovechaba cada momento libre que se le presentaba para participar en la Santa Misa y recibir la sagrada Comunión con fervor. Lo hacía con absoluta naturalidad, sin conceder la menor importancia a los sarcasmos y burlas que los compañeros de trabajo le dirigían por su devoción. Sintiéndose cada vez más atraído por la vida consagrada, consultó a su confesor, quien le aconsejó encaminarse hacia la Orden de los Frailes Menores Scalzi.
Las pruebas en el camino de la observancia
Ingresó en el convento de Nuestra Señora de Salceda, un recinto religioso que seguía estrictamente las reglas de la antigua observancia franciscana. Allí se cimentó de inmediato en fuertes penitencias que realizaba con constancia, pero los superiores de la comunidad consideraron en aquel momento que tales prácticas eran fruto de una mente esaltata. Por esta razón, el joven novicio experimentó una profunda desolación cuando fue invitado a regresar al mundo exterior, debiendo abandonar temporalmente los muros conventuales.
Ante esta difícil situación, se retiró a la localidad de Santorcaz, muy cerca de Toledo, donde retomó la actividad de sastre sin descuidar jamás su intensa vida espiritual. Estando en ese lugar, el célebre predicador Padre Francesco de Torres llegó al pueblo para anunciar la palabra divina. El sacerdote notó la presencia del joven por la atención con la que escuchaba los sermones, la extrema devoción al servir en el altar y el fervor con el que comulgaba. Impresionado por estas cualidades, le propuso que lo acompañara en sus peregrinaciones apostólicas por los caminos de la península ibérica.
La peregrinación apostólica y el retorno al noviciado
El futuro religioso aceptó la invitación, vistió un pobre hábito de peregrino y se incamminó junto al sacerdote por los polvorientos caminos de España. Su cometido principal al llegar a cada ciudad consistía en recorrer las calles tocando un pequeño campanillo para invitar a los fieles a asistir a la predica del missionario. Al transitar por su tierra natal de Medinaceli, algunos compaesanos lo reconocieron y, al ver su condición y su modo de proceder, no dudaron en llamarlo loco. Con total mansedumbre, él respondió que efectivamente lo era, pero que su locura obedecía enteramente al amor a Dios.
El Padre de Torres tuvo la oportunidad de conocer a fondo la pureza, el candor y el profundo deseo de servir al Señor que animaban a su compañero en la penumbra del retiro y en la mortificación. Por ello, consideró oportuno interceder para hacerlo admitir nuevamente en el noviciado del convento de Nuestra Señora de Salceda. No obstante, al reanudar sus ayunos y penitencias desacostumbradas, los frailes volvieron a juzgarlo con severidad y lo consideraron un esaltato. Lejos de proferir quejas, replicó con humildad que su única vocación consistía en ser religioso, portara o no el hábito franciscano.
La vida de expiación y la profesión religiosa
Movido por una profunda inspiración interior de no interrumpir sus prácticas ascéticas, se retiró a meditar y hacer penitencia en un monte vecino. Desde aquella altura descendía regularmente para catequizar a los más pobres y compartir con ellos un mendrugo de pan y una sopa caliente a la puerta del convento. En una ocasión en que se despojó por completo de su propia ropa para abrigar a un hombre que yacía completamente desnudo, los frailes decidieron regalarle un hábito similar al que usaban los hermanos oblati.
Con el fin de retribuir la generosidad de la comunidad, comenzó a recorrer las campañas realizando la tradicional questua para el sostenimiento del convento. Al observar su entrega y constancia, los religiosos comprendieron que se hallaban ante un hombre que vivía verdaderamente según el espíritu divino, por lo que le abrieron de nuevo las puertas del noviciado. Tras superar un año completo de rigurosa prueba, fue admitido finalmente a la solemne profesión de los votos religiosos como hermano laico, adoptando desde entonces el nombre de Fra' Giuliano de Sant'Agostino.
La perfección conventual y los dones místicos
Una vez consagrado, el fraile propuso multiplicar sus energías en pos de la propia santificación, obedeciendo en todo a los demás, ideando continuas mortificaciones e intensificando el tiempo dedicado a la oración. Los superiores le confirmaron el encargo de acompañar al Padre Francesco de Torres en sus misiones, y la existencia profundamente ejemplar del piadoso hermano demostró ser con frecuencia mucho más elocuente y persuasiva que las propias palabras del predicador. Posteriormente, cumplió labores de questuante en el convento de Nuestra Señora de la Speranza de Ocaña y más tarde hizo su retorno definitivo al convento de Alcalà.
En Alcalà transcurrió el resto de sus días consagrado por entero a la asistencia material y espiritual de los enfermos y de los más desfavorecidos. Se distinguió por una observancia rigurosa de la regla y por la práctica constante de todas las virtudes cristianas, sobresaliendo sobre todo por su espíritu de incesante oracion. Era habitual verle rezar en cualquier lugar con un fervor tan abrasador que experimentaba la necesidad de despojarse del hábito en pleno invierno para refrescarse del calor interno. Sus propios confraternos fueron testigos presenciales en repetidas ocasiones de cómo quedaba suspendido en éxtasis, elevado físicamente del suelo, además de pasar las noches enteras prostrado en la iglesia en profunda adoración.
Austeridad evangélica y el favor de los sabios y poderosos
Siguiendo de cerca las huellas de San Francisco de Asís, abrazó la más estricta pobreza evangélica y practicó fielmente a lo largo de todo el año las tradicionales siete cuaresimas. Acostumbraba a flagelarse con cadenillas de hierro provistas de puntas muy aguzadas y, con la debida autorización de su confesor, se cinjó los flancos durante veinticuatro años con una pesada cadena de hierro. Con admirable prudencia, procuraba ocultar estas severas austeridades para huir deliberadamente de la estimación y los elogios de los hombres. Si durante sus jornadas de questua algún muchacho le arrojaba piedras o lo insultaba con burlas, su corazón se llenaba de auténtica alegría, considerándose a sí mismo como el ser más vil y miserable sobre la tierra, indigno incluso de pisar el mundo y merecedor del infierno.
A pesar de estas humillaciones voluntarias, debió rechazar en numerosas ocasiones las insidias y asechanzas del demonio, saliendo victorioso por la gracia divina. En recompensa a su fidelidad inquebrantable, Dios le concedió dones sobrenaturales extraordinarios, entre los cuales sobresalieron la profecía y la ciencia infusa. No dejó de sorprender que los doctores de la célebre universidad de Alcalà acudieran a consultarle sobre intrincadas cuestiones teológicas, quedando siempre maravillados ante la sabiduría y profundidad de sus respuestas. Su fama de santidad trascendió los muros conventuales hasta el punto de que la reina Margarita, esposa de Felipe III de España, expresó el vivo deseo de encomendarse a sus fervientes oraciones.
Prodigios y dominio sobre la naturaleza
La devoción popular creció rápidamente debido a la gran cantidad de milagros que Dios obraba por su valiosa intercesión, manifestándose asimismo un notable poder sobre los animales y los elementos de la naturaleza. Cierto día, al cruzarse en su camino con unas jóvenes parejas que participaban en ruidosos bailes, intentó persuadirlas para que lo siguieran a la iglesia y aprendieran a emplear el tiempo libre en la alabanza divina, pero al ser ignorado, se dirigió a los pájaros cercanos, los cuales acudieron a su llamada y formaron un círculo obediente a su alrededor. En otra ocasión, hallándose en Torrejón en la casa de un generoso benefactor, devolvió milagrosamente la vida a unos pichones que habían sido sacrificados y colocados en el asador en contra de su expresa voluntad. De igual modo, en la localidad de Retortilla, al encontrar a un pastor afligido por la muerte de su tierno corderito de dos meses a causa de una pedrada, sintió una profunda compasión y clamó al cielo implorando auxilio; al instante, el animal recuperó la vida y se alejó saltando en busca de su madre. Finalmente, siendo huésped en Arganda, propuso a la esposa del anfitrión introducir su propia y sucia tonaca dentro del horno caliente antes de cocer el pan para limpiarla de las manchas; ante la objeción de la mujer, que temía ver la prenda reducida a cenizas por el fuego, el fraile la calmó y la túnica salió del horno completamente limpia y resplandeciente.
Tránsito hacia la eternidad y glorificación póstuma
Durante el transcurso de su última questua, el fiel religioso fue acometido por una fiebre extraordinariamente violenta que presagiaba el fin de su peregrinación terrena. A pesar de la debilidad extrema y la alta temperatura, insistió en regresar a pie hasta el convento de San Diego, apoyándose para ello en un largo bastón que dos jóvenes sostenían mientras lo acompañaban por el camino. Entregó su alma al Creador el 8 de abril de 1606 en Alcalá, España. Su cuerpo permaneció expuesto a la devoción de los fieles durante dieciocho días, tiempo durante el cual no sufrió ninguna señal de corrupción física, sino que se conservó flexible y desprendiendo un soave perfume. Fue sepultado en una capilla que la devoción del pueblo bautizó de inmediato con el nombre de San Giuliano.
A raíz de los numerosos prodigios atribuidos a su intervención, el pontífice León XII lo inscribió solemnemente en el álbum de los beatos el 6 mayo de 1825. Años más tarde, a causa de la dolorosa supresión de las órdenes religiosas decretada en España en 1835, sus sagradas reliquias fueron trasladadas con el debido respeto a la iglesia de los Padres Jesuitas, conocida popularmente como la magistral de Alcalá. Hasta el día de hoy, dichos restos mortales continúan siendo objeto de ferviente veneración por parte de los fieles españoles que acuden a invocar su protección.
Su vida y camino espiritual
El Beato Julián de San Agustín nació en el año 1550 en la localidad española de Medinaceli. Su vocación religiosa fue puesta a prueba desde sus inicios, pues solo tras varios intentos logró ingresar en la Orden de los Frailes Menores Descalzos. Este primer paso fue el inicio de un camino marcado por la renuncia y la búsqueda constante de la presencia de Dios. A lo largo de su vida, residió en diversos conventos, incluyendo Salceda, Santorcaz, Ocaña y finalmente Alcalá, donde su presencia dejó una huella imborrable.
Como religioso, Julián destacó por una disciplina espiritual extraordinaria. Practicaba una ascesis rigurosa, siendo especialmente notable su costumbre de observar siete cuaresmas cada año, un sacrificio que reflejaba su deseo de mortificación y unión con el sufrimiento de Cristo. Fue un hombre de oración profunda, pero también de acción, pues dedicó gran parte de su tiempo a la labor de la questua y al auxilio directo de los pobres. Su vida itinerante de predicación lo llevó a recorrer diversos caminos, siendo durante algún tiempo compañero del Padre Francisco de Torres, con quien compartió la misión de anunciar el Evangelio.
Lo más sorprendente de su figura fue la contradicción aparente entre su condición de religioso humilde y la altura intelectual de su espíritu. Poseía el don de la ciencia infusa, una gracia que le permitía comprender los misterios divinos sin haber cursado estudios académicos. Por este motivo, los teólogos de la Universidad de Alcalá, hombres de gran saber, no dudaban en acudir a él para solicitar consejo en cuestiones de fe y moral. Julián recibía estas consultas con la sencillez de un siervo, demostrando que la verdadera sabiduría nace de la intimidad con Dios. Su fallecimiento en Alcalá, el ocho de abril de 1606, puso fin a una vida que fue, de principio a fin, una oración viva y constante.
El recuerdo del Beato
La figura del Beato Julián de San Agustín es recordada por la Iglesia como un modelo de santidad sencilla y profunda. Su vida, alejada de los honores del mundo, encontró su plenitud en la fidelidad a la regla de los Frailes Menores y en el servicio abnegado a los hermanos. La Iglesia reconoció oficialmente su virtud cuando, en el año 1825, el Papa León Duodécimo procedió a su beatificación, elevándolo a los altares para ejemplo de todos los cristianos.
Su memoria se mantiene viva especialmente en la fecha de su tránsito, el ocho de abril, día en que se celebra su fiesta litúrgica. Los fieles acuden a su recuerdo para pedir su intercesión, rememorando a aquel fraile que, a pesar de su humildad, fue capaz de iluminar a los sabios de su tiempo con la luz de su ciencia infusa. El ejemplo de Julián nos recuerda que la santidad no reside en el prestigio humano, sino en la capacidad de entregarse totalmente a Dios, viviendo en la pobreza y en la caridad cotidiana. Su vida sigue siendo una invitación a buscar la sabiduría que viene de lo alto, aquella que se manifiesta en los corazones humildes y en las vidas consagradas al amor de Dios y del prójimo.
Preguntas frecuentes
Cuándo se celebra la festividad del Beato Julián de San Agustín?
Su memoria litúrgica se celebra cada año el 8 de abril.
Cuál fue la orden religiosa a la que perteneció?
Perteneció a la Orden de los Frati Minori Scalzi como hermano laico.
En Alcalá de Henares en España, beato Julián de San Agustín, religioso de la Orden de los Frailes Menores Descalzos, que, considerado loco por su admirable espíritu de penitencia y más veces alejado de la vida religiosa, predicó Cristo más con el ejemplo de su virtud que con las palabras. — Martirologio Romano