9 de enero
San Marcelino de Ancona
Obispo
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
La vida y los testimonios históricos
San Marcelino es, desde el punto de vista documental, el primer obispo cuyo nombre se registra con certeza en la historia de la diócesis de Ancona. Aunque las fuentes primitivas no especifican el período exacto de su gobierno pastoral, la venerable tradición local sitúa su episcopado de manera firme en el transcurso de la segunda mitad del siglo quinto. Esta cronología cuenta con el respaldo de la crítica histórica, ya que san Gregorio Magno, al mencionarlo en sus célebres Diálogos, trata exclusivamente de prelados que vivieron durante el siglo quinto y el siglo sexto, a los cuales conoció personalmente o a través de testimonios absolutamente directos. En estas páginas, san Gregorio manifiesta una profunda y sincera estima por el obispo Marcelino, al que define con claridad como un hombre de vida verdaderamente venerable cuya santidad se manifestaba de forma visible mediante la gracia de obras milagrosas.
Existe asimismo una antigua tradición que vincula los orígenes familiares del santo con la estirpe de los Boccamaiori. Esta familia, hoy completamente extinta, figuró en el pasado entre las estirpes más antiguas y nobles de la ciudad de Ancona. Conviene señalar que el valor histórico de esta específica pertenencia familiar no puede verificarse con absoluta certeza debido a la escasez de documentos complementarios, pero refleja el profundo arraigo que la figura del prelado tuvo desde siempre en la memoria colectiva de la sociedad anconitana.
El milagro del incendio y el valioso Evangeliario
Entre los prodigios más celebres atribuidos por la tradición a San Marcelino destaca de forma sobresaliente su intervención directa para salvar a la ciudad de Ancona de un devastante incendio que amenazaba con destruirla por completo. En aquella época de emergencia, la población local intentaba con desesperación y sin éxito dominar las llamas, las cuales ya habían devorado y reducido a escombros una parte considerable de los edificios urbanos. Por entonces, el obispo Marcelino se encontraba gravemente afectado por la podagra, una dolorosa dolencia física que le impedía caminar con normalidad. A pesar de su condición de salud, el santo solicitó a sus propios familiares que lo transportaran en camilla hasta el lugar exacto donde el fuego bramaba con mayor violencia destructiva. Al soportes de su presencia y al instante mismo del arribo de Marcelino, el fuego se retiró de manera imprevista y milagrosa, extinguiéndose por completo ante el asombro de los testigos.
La memoria de este acontecimiento prodigioso se encuentra indisolublemente unida a un importante texto litúrgico que el obispo sostenía firmemente en sus manos durante el suceso. La tradición piadosa narra que el annerimiento y la consiguiente consumación de los márgenes en los folios de pergamino se debieron precisamente al contacto directo de las hojas con las llamas del incendio. Este manuscrito ha sido considerado desde tiempos inmemoriales como una preciosa reliquia del santo obispo, y durante siglos fue empleado asiduamente para finalidades estrictamente litúrgicas y como un objeto sagrado digno de la más alta veneración. Los fieles que acudían en busca de gracias espirituales y materiales solían besar y tocar el volumen con devoción, y se ipotiza que este uso devocional directo constituyó la causa principal del grave deperimiento sufrido por el códice. El volumen representa, en cualquier caso, un documento litúrgico de relevante valor histórico, cultural y artístico. Los folios pergamenaceos que aún se conservan del manuscrito contienen fragmentos selectos de los Evangelios sinopticos, los cuales estaban destinados a la proclamación durante las festividades solemnes y los domingos de todo el año litúrgico. El texto se encuentra bellamente redactado en caracteres onciales, adornado con breves didascalias ejecutadas en peculiar escritura longobarda, mientras que las letras iniciales conservan todavía trazas delicadas de antiguas miniaturas en oro amarillo. Con el fin de salvaguardar este tesoro, la Biblioteca Vaticana promovió y curó en el año mil novecientos diez un delicado proceso de restauro y ordenación de los folios supervivientes, una intervención impulsada de manera directa por monseñor Achille Ratti, quien entonces ejercía como titular de la institución. Por su parte, algunos estudiosos han formulado la hipótesis paleográfica de que este Evangeliario de Ancona pudiera remontarse originalmente al siglo séptimo o al siglo octavo, sin que existan sin embargo elementos suficientes para invalidar la tradición local que atribuye su origen al tiempo del obispo Marcelino. Como complemento artístico de esta reliquia, la custodia de plata que resguarda el códice fue realizada por maestros orfebres durante el siglo diecisiete, y en una de sus caras se encuentra grabada con primor la escena exacta del milagro del incendio.
El culto, las reliquias y la iconografía
El culto litúrgico tributado a San Marcelino en la diócesis de Ancona posee raíces de una antigüedad remota. La venerable invocación del nombre del santo, bajo la fórmula latina de Sancte Marcelline, aparece documentada junto a la de otros patronos locales en los fragmentos recuperados de un antiguo ritual litúrgico anconitano. En una primera época, los restos mortales del santo obispo recibieron sepultura y culto dentro de los muros de la vieja catedral, la cual estaba dedicada originalmente a santo Stefano. Posteriormente, en el año diez noventa y siete, las reliquias sagradas fueron trasladadas con solemnidad a la nueva catedral erigida sobre la cumbre del colle Guasco, un acontecimiento trascendental cuya noticia quedó inmortalizada mediante una inscripción esculpida sobre una tosca arca de piedra. Siglos más tarde, en el año diecisiete cincuenta y seis, se llevó a cabo una detallada ricognición oficial de las sagradas espOglies, tras la cual los huesos fueron depositados con reverencia en el interior de una artística urna destinada a custodiar los restos en la cripta de los santos protectores, lugar donde permanecen hasta el día de hoy. En el pasado, la festividad litúrgica del nueve de enero revestía una solemnidad extraordinaria en la ciudad, debido a que el santo era honrado formalmente como uno de los principales compatronos de Ancona.
El testimonio artístico dedicado a la figura de San Marcelino cuenta con numerosas y variadas expresiones a lo largo de los siglos. Se ha formulado la razonable hipótesis de que la efigie del prelado estuviera representada en las antiguas placas grafitadas de los siglos once y doce pertenecientes a la catedral de San Ciriaco, donde todavía hoy figuran otros venerados santos de la región. La representación figurativa más antigua que logró conservarse hasta la época moderna consistía en una estatua datada en el siglo trece, la cual se hallaba situada en las inmediaciones de la iglesia de San Pietro, tradicionalmente señalada como el escenario físico del milagro del incendio. Lamentablemente, tanto la histórica iglesia de San Pietro como la valiosa estatua medieval resultaron completamente destruidas a causa de los devastadores bombardeos aéreos sufridos durante la segunda guerra mundial. Entre los testimonios iconográficos posteriores destaca una tabla pictórica del siglo quince que retrata a San Marcelino en compañía de otros santos locales mientras contemplan arrodillados el trono de la Virgen María, a lo que se suman los fragmentos rescatados de una antigua estatua de madera también del siglo quince. En el terreno de la representación artística tradicional, el santo obispo es representado invariablemente ataviado con los solemne ornamentos pontificales, sosteniendo siempre en sus manos el libro abierto del Evangelio, en cuyas páginas suele plasmarse la imagen viva de las llamas como perenne memoria del prodigio obrado por su intercesión.
Pastor en la tormenta
Durante la segunda mitad del siglo quinto, Marcelino ejerció su ministerio como obispo de Ancona, gobernando la diócesis con una dedicación ejemplar. Su servicio pastoral estuvo marcado por una entrega total a las necesidades de su grey, convirtiéndose en el principal sostén de su pueblo en una época que demandaba una guía firme y espiritualmente madura.
La tradición conserva el relato de su fe inquebrantable durante un devastador incendio que amenazaba con destruir la ciudad de Ancona. A pesar de encontrarse gravemente enfermo, el santo obispo no dudó en hacerse transportar hasta el lugar del siniestro. Su presencia y su oración confiada detuvieron milagrosamente el avance de las llamas, salvando a la comunidad del desastre y manifestando la protección divina sobre sus habitantes.
Traslación y memoria
El cuerpo de san Marcelino descansó en su amada ciudad de Ancona, el mismo lugar donde entregó su alma al Creador. Siglos más tarde, en el año 1097, sus veneradas reliquias fueron trasladadas solemnemente a la nueva catedral construida sobre la colina de Guasco, donde continuaron recibiendo el afecto y la oración de las sucesivas generaciones de creyentes.
Hoy en día, su legado se mantiene vivo no solo en la liturgia, sino también en el corazón de la Iglesia universal, que reconoce en este obispo un modelo de entrega pastoral y un intercesor constante ante el trono de Dios.
Preguntas frecuentes
Cuando se festeggia San Marcelino de Ancona?
Se celebra el día 9 de enero, fecha recogida también en el Martirologio Romano.
De qué es patrono San Marcelino de Ancona?
San Marcelino es compatrono de la ciudad y de la diócesis de Ancona.
En Ancona, san Marcelino, obispo, quien, como escribe el papa san Gregorio Magno, con la potencia divina liberó a su ciudad de un incendio. — Martirologio Romano