23 de marzo
San Turibio de Mogrovejo
Obispo
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y formación
San Turibio de Mogrovejo nació en Mayorga de Campos, en la provincia de León en España, el 16 de noviembre de 1538, aunque algunas fuentes sitúan su nacimiento en el año 1536, dentro de una distinguida y noble familia en la que destacó por su proverbial rectitud y su profundo sentido del deber. Desde su juventud demostró una marcada inclinación hacia el estudio y el saber, lo que le llevó a cursar la carrera de derecho civil y canónico en las prestigiosas universidades de Coimbra y Salamanca. Su brillante trayectoria intelectual y su rectitud moral le permitieron alcanzar, a la edad de cuarenta años, la alta y delicada carga de Presidente del Tribunal de Granada, donde se distinguió por su justicia y su entrega a la administración pública, permaneciendo sin embargo en la condición de simple laico.
La llamada al episcopado
El destino de San Turibio cambió de manera imprevista cuando el Rey Felipe II de España, que lo estimaba profundamente por sus grandes virtudes y su competencia jurídica, propuso su nombre a la Santa Sede para ocupar la vacante sede arzobispal de Lima. Papa Gregorio XIII lo quiso obispo, a pesar de que el santo había aceptado con poco entusiasmo esta elevada dignidad debido a su profunda humildad. Dado que San Turibio era un laico, su proceso de ordenación y elevación al episcopado fue singular y extraordinario, similar al de Sant'Ambrogio ocurrido mil años antes, por lo que le debieron conferir en un colpo solo todos los órdenes necesarios hasta el sacerdocio. Recibió los órdenes menores en cuatro domingos consecutivos, pocas semanas después fue ordenado presbítero y, finalmente, en agosto de 1580, recibió la solemne consagración episcopal.
La llegada al Perú
En la primavera de 1581, San Turibio alcanzó por fin su sede en Ciudad de Los Reyes, llamada después Lima y hoy capital del Perú, encontrando una realidad social compleja y difícil. En aquella época, América Meridional se encontraba desde menos de cincuenta años bajo dominio español, y en Lima residía un virrey español con autoridad nominal sobre un territorio vastísimo muy superior a los actuales confines peruanos. Sin embargo, en la práctica el virrey gobernaba muy poco, ya que quienes mandaban verdaderamente eran los conquistadores, los cuales hacían estrictamente lo que querían. Dichos conquistadores se proclamaban cristianos y fervientes propagadores de la fe, pero en realidad las poblaciones locales habían sido cristianizadas muchas veces con la violencia, utilizando los preceptos religiosos para mantenerlas sometidas, empobrecidas y marginadas.
La reforma del clero y la lucha contra los abusos
Al inicio de su mandato, el arzobispo debió afrontar con dolor la grave decadencia espiritual de los coloni spagnoli y los abusos cometidos contra los nativos, los cuales no eran corregidos de forma adecuada por los sacerdotes locales. Lejos de callar ante el escándalo, el arzobispo afrontó directamente el problema de los vizi y de las injusticias respondiendo con firmeza que Cristo es verdad y no costumbre. Con una energía inquebrantable y ofreciendo siempre su propio ejemplo personal, puso un freno decisivo a los abusos, moralizando las costumbres de la sociedad colonial y promoviendo con celo la profunda reforma del clero diocesano. Era severísimo con los sacerdotes que se habían vuelto súbditos y cómplices de los conquistadores, y se dedicó con esmero a formar un clero completamente nuevo que reflejara la pureza del Evangelio.
El celo pastoral y la cercanía a los indígenas
La dramática situación que descubrió al llegar le dio al santo la carga y la pasión para emprender una batalla incansable que duró hasta el último día de su vida terrena. Para comunicarse directamente con la gente humilde, denutrita y humillada, aprendió con paciencia las lenguas locales de las poblaciones nativas, demostrando un respeto profundo por su dignidad humana y cultural. Por orden estricta suya, los sacerdotes debían esortar y ayudar activamente a los indígenas a comer sentados a la mesa, a dormir en un lecho digno y a vivir como personas verdaderamente libres. Este comportamiento tan valiente y evangélico le procuró naturalmente la fuerte aversión de los conquistadores, mientras que el propio virrey a menudo se mostraba molesto porque el prelado pasaba su tiempo en las aldeas y nunca se le veía participando en las ceremonias cortesanas de la capital.
Visitas pastorales y sinodos diocesanos
Movido por un ardiente zelo apostolico, San Turibio recorrió tres veces enteras a pie y en condiciones muy difíciles el vastísimo territorio de su arcidiocesi en sucesivas visitas pastorales que ocuparon más de diez de sus veinticinco años de episcopado. Entrava en las capanne miserabili y buscaba con paciencia a los indios fugitivos para hablarles con bondad en sus propios idiomi y propiciar así su conversión sincera. Los indios amaban profundamente a este bondadoso obispo que rechazaba categóricamente viajar en lujosas portantinas y prefería caminar largas distancias a pie junto a ellos. Además, convocó y presidió trece sinodi regionali de obispos y numerosos concilios locales con el fin de debatir y erradicar los abusos y escándalos, reglamentando con precisión la catequesis y fundando en Lima el primer seminario de las Américas.
La evangelización cultural y la oración
Convencido de la necesidad de acercar la fe a la cultura de los pueblos originarios, San Turibio hizo imprimir los primeros libros publicados en toda América del Sur, consistentes en catecismos y devocionarios redactados en español, quéchua y aymara. Gracias a su incansable labor de predicación, catechizzò y convirtió personalmente a miles de indígenas, logrando además administrar el sacramento de la confirmación a tres grandes figuras de la santidad americana: San Martín de Porres, San Francesco Solano y Santa Rosa de Lima. El verdadero secreto de su extraordinaria fecundidad espiritual y de su santidad personal radicaba en su profunda cercanía a Dios y en su fidelidad inquebrantable a la oración, dedicando diariamente muchas horas a la meditación íntima y manteniendo una vida de devoción ejemplar.
La caridad y el tránsito al cielo
A lo largo de toda su vida, el santo manifestó un amor extraordinario y desinteresado hacia los más necesitados, distinguiéndose siempre por un trato afable y generoso. No dudaba en entregar todos los bienes obtenidos a los pobres, llegando incluso a donar sus propios vestidos, los muebles de su residencia y cualquier utensilio doméstico que poseyera. Durante el transcurso de su tercera visita pastorale por el norte del Perú, San Turibio cayó gravemente enfermo, pero fiel a su deber no quiso interrumpir el viaje apostólico. La muerte lo colse finalmente durante esa última visita pastorale, en una povera cappella a casi quinientos kilómetros de Lima, concretamente en la localidad de Saña, en Perú. Antes de morir, mientras escuchaba con devoción el canto de los salmos, recitó con serenidad el Salmo 122, exhalando su espíritu piadosamente a las horas 15:30 del 23 de marzo de 1606, día en que la Iglesia celebraba el Giovedì Santo.
Una vocación providencial
Nacido en Maiorca, España, en el año 1538, Toribio de Mogrovejo recorrió un camino formativo en prestigiosos centros como Coimbra, Salamanca y Granada. Siendo un laico dedicado al derecho, su vida dio un giro definitivo cuando recibió la nominación papal para convertirse en obispo de Lima. Tras ser ordenado sacerdote y consagrado obispo, partió hacia las tierras de América para asumir su misión pastoral.
Al llegar a su diócesis, Toribio asumió la tarea de evangelizar a los indígenas en sus propias lenguas, las cuales aprendió con dedicación. Su celo apostólico lo llevó a convocar trece sinodi regionales con el fin de reformar la vida del clero y combatir con firmeza los abusos cometidos contra los nativos. Bajo su guía, se imprimieron los primeros catechisms en español, quéchua y aymara, facilitando el acceso a la Palabra de Dios. En su fecundo ministerio, tuvo la gracia de confirmar a figuras tan excelsas de la fe como santa Rosa de Lima, san Martín de Porres y san Francisco Solano.
Tránsito y memoria
La entrega de san Toribio no conoció descanso hasta el último instante. El santo obispo entregó su alma a Dios en la localidad de Saña, en el Perú, el Jueves Santo del año 1606, mientras realizaba su última visita pastoral por aquellas tierras. Su muerte, acontecida en plena misión, selló una vida de total desprendimiento y servicio.
La Iglesia reconoció formalmente su santidad en el año 1726, cuando fue canonizado por el papa Benedicto XIII. Hoy en día, su legado perdura de manera especial como el gran patrono del Episcopado Latinoamericano, inspirando a los pastores a desgastar su vida por el bien de sus ovejas.
Preguntas frecuentes
Cuando se festeggia San Turibio de Mogrovejo?
La memoria litúrgica de San Turibio de Mogrovejo se celebra cada año el 23 de marzo.
De qué es patrono San Turibio de Mogrovejo?
San Turibio de Mogrovejo es patrono del Episcopato Latino-Americano, proclamado por el Papa Juan Pablo II en 1983.
San Toribio de Mogrovejo, obispo de Lima: laico originario de España, experto en derecho, elegido para esta sede fue a América; movido por un ardiente celo apostólico, visitó varias veces, a menudo a pie, su vasta diócesis proveyendo asiduamente al rebaño que le fue confiado; combatió con sínodos los abusos y los escándalos en el clero; catequizó y convirtió a los indígenas, hasta que en Saña en Perú encontró el extremo reposo. — Martirologio Romano