24 de abril
Santa María Isabel Hesselblad
Virgen, Fundadora
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Infancia y juventud en Suecia
Santa María Isabel Hesselblad nació en Fåglavik, en Suecia, el 4 de junio de 1870. Creció en el seno de una familia numerosa, siendo la quinta de trece hijos, y su religión de origen fue la luterana. Ya desde su más tierna infancia, mientras caminaba hacia la escuela, se interrogaba sobre cuál fuera el verdadero rebaño al comprobar que sus compañeros pertenecían a diferentes iglesias cristianas. Habiendo leído en el Nuevo Testamento que habría de existir un solo rebaño y un solo pastor, su anelito constante desde la adolescencia fue la búsqueda de ese único redil. Con frecuencia elevaba sus plegarias caminando bajo los grandes pinios de su tierra natal, dirigiendo su mirada hacia el cielo y pidiendo al Padre celeste que le indicara el lugar donde todos pudieran reunirse. En aquellos momentos de oración, una paz maravillosa inundaba su alma y una voz interior le respondía que un día le sería mostrado el camino, otorgándole una seguridad que la acompañó firmemente durante los años previos a su entrada plena en la Iglesia católica.
La experiencia americana y la conversión
A la edad de dieciocho años, la joven emigró a América con el propósito de prestar ayuda económica a su familia. Residió en los Estados Unidos durante largos años, concretamente entre 1888 y 1904, desempeñando con esmero su labor como enfermera en el gran hospital Roosevelt de Nueva York. A través del contacto continuo con la enfermedad y el sufrimiento en dicho hospital, afina de manera notable su sensibilidad humana y espiritual, orientando su alma hacia los modelos de santidad de su compatriota Santa Brigida. Antes de dar el paso definitivo hacia la Iglesia católica, atravesó un período de profunda prueba, viviendo durante varios meses en una agonía espiritual que ella misma creyó que le arrebataría la vida. Tras invocar con fervor a la Luz amabile, recibió la luz sobrenatural, la fuerza, una paz profunda y la firmeza necesaria para ingresar en la única verdadera Iglesia de Dios. Recibió catequesis y fue guiada por un docto Padre Jesuita en el estudio apasionado de la doctrina católica, la cual aceptó mediante una meditada y consciente elección. Finalmente, fue bautizada bajo condición el día de la Asunción de la Beata Virgen María del año 1902 en los Estados Unidos. Nada más consumar su conversión, escribió de inmediato a una amiga residente en el Convento de la Visitación en Washington para comunicarle el fin de sus dudas y su solemne decisión de convertirse en hija de la verdadera Iglesia, pidiéndole asimismo que actuara como su madrina en tan significativo acontecimiento.
El retorno a Europa y la fundación brigidina
En la primavera de laño 1903 se encontraba de visita en su Suecia natal antes de regresar por un tiempo a América. Antes de dicha partida, dedicó unos bellos versos al Corazón de Jesús dirigidos a su abuela, y envió a su hermana Eva un relato autobiográfico redactado bajo la forma de una oración. Ya en el año 1904 se trasladó definitivamente a Roma, donde obtuvo un permiso especial del Papa San Pio X para vestir el hábito de la Orden de Santa Brigida, haciéndolo en la histórica casa de la santa sueca en la capital italiana, la cual se encontraba entonces ocupada por las monjas carmelitanas. Inspirada por el Espíritu Santo para responder a las urgencias de los signos de los tiempos, en el año 1911 procedió a reconstituir la Orden de Santa Brigida, velando siempre por mantener a sus hijas fieles a la rica tradición brigidina, caracterizada por la profunda índole contemplativa y por la celebración sobria y solemne de la sagrada liturgia. Toda su labor y su apostolato estuvieron firmemente inspirados por el gran lema Ut omnes unum sint, ofreciendo su propia vida a Dios con el anhelo ferviente de lograr la unidad espiritual entre Suecia y Roma.
Pruebas, sacrificio y caridad operosa
Los inicios de su fundación estuvieron rodeados de grandes pruebas y dificultades. El 4 de agosto de 1912, la fundadora escribía por medio de cartas que, aunque el huracán del enemigo soplase con fuerza, su esperanza permanecía inquebrantable en la absoluta certeza de que todo concluiría bien con la ayuda del Señor. En sus escritos solía citar el lema Per la Croce alla luce y recordaba a sus hijas que aquello que se siembra entre lágrimas se cosecha con alegría, invocando además las palabras del Salvador sobre Su presencia allí donde dos o tres se reúnen en Su nombre. Su existencia estuvo jalonada por una constante alternancia entre el sacrificio cotidiano y una alegría profunda. En el año 1923, dotada de gran coraje y de una notable lungimiranza, logró restablecer la presencia de las hijas de Santa Brigida en la misma Suecia. Las dolencias físicas la acompañaron a lo largo de toda su biografía terrena; las crónicas conservan sus confidencias a las hermanas sobre cómo los médicos eran incapaces de diagnosticar las causas exactas de sus dolores, los cuales ella aceptaba y deseaba ofrecer enteramente por su apostolado y por la conversión de su amada patria. En el año 1936 hizo llegar sabias palabras a una de sus religiosas que atravesaba momentos de desaliento, afirmando que el sacrificio contraría la naturaleza humana pero otorga una inmensa paz interior y la alegría verdadera que se halla en el Señor. Insistía en que la entrega a Dios debía ser total, abarcando cada actividad, cada deseo y cada afecto, con el anhelo de que cada pensamiento suyo fuera para la gloria divina y cada latido de su corazón una expresión viva de amor, convirtiéndose ella misma en un sacrificio agradable para la salubridad y salvación de las almas según la voluntad del Creador. Su vida resplandeció siempre por una incesante caridad operosa, la cual brilló con especial intensidad durante los dramáticos años de la segunda guerra mundial, cuando no dudó en dar refugio seguro a numerosos judíos perseguidos. Transformó su propia casa en un centro de acogida donde sus hijas distribuían generosamente alimentos y vestidos a los más necesitados. En una misiva enviada a su hermana Eva en el año 1944, confirmaba que vivían en condiciones sumamente difíciles y de gran aflicción, con la casa completamente abarrotada de profugos, pero sostenidas en todo momento por la inagotable providencia divina.
Tránsito al cielo y proceso de canonización
El 24 de abril de 1957, Santa María Isabel Hesselblad entregó su alma al Creador en la casa de Santa Brigida en Roma, tras una prolongada travesía terrena marcada por el sufrimiento y la enfermedad. Su tránsito dejó una profunda fama de santidad entre sus hijas espirituales, el clero y especialmente entre la gente pobre y sencilla, que la veneraba de corazón como la Madre de los pobres y Maestra del espíritu. El Martirologio recuerda su memoria en la ciudad de Roma, destacando su origen sueco, su dilatado servicio en el hospital, su obra de reforma de la Orden de Santa Brigida, su entrega a la contemplación, a la caridad con los indigentes y al ecumenismo. El proceso para su reconocimiento canónico dio comienzo con la fase diocesana celebrada en el Vicariato del Urbe entre 1987 y 1990, tras recibir el nihil obstat de la Santa Sede el 4 de febrero de 1988. Los consultores teólogos discutieron la positio el 10 de noviembre de 1988, y el documento de la positio super virtutibus fue formalmente entregado en el año 1996. Posteriormente, los cardenales y obispos de la Congregación de las Causas de los Santos examinaron la causa el 16 de marzo de 1999, y el 26 de marzo de ese mismo año el Papa San Juan Pablo II autorizó la promulgación del decreto que la declaraba Venerable. El primer prodigio reconocido para su beatificación consistió en la curación inexplicable de una religiosa brigidina de origen indio que prestaba servicio en México y a la que se le había diagnosticado tuberculosis ósea. La solemne ceremonia de beatificación tuvo lugar en Roma el 9 de abril de 2000, durante las celebraciones del Grande Jubileo, presidida por San Juan Pablo II. El segundo milagro que abrió las puertas a su canonización obró en favor de un niño cubano llamado Carlos Miguel Valdés Rodríguez, oriundo de Santa Clara. A la edad de dos años, el pequeño comenzó a manifestar graves síntomas como vómitos, cefalea y severas dificultades motoras, siendo diagnosticado mediante rigurosos exámenes médicos con un tumor en el cerebelo, concretamente un medulloblastoma desmoplastico cerebral de aproximadamente tres centímetros. A pesar de haber sido sometido a dos intervenciones quirúrgicas, el niño no experimentó mejoría alguna y quedó completamente paralizado. Tras tres meses de estancia hospitalaria y sin esperanzas médicas, una religiosa brigidina sugirió a los angustiados padres que implorasen la intercesión de la fundadora. El 18 de julio de 2005, de manera inmediata al momento en que se aplicó una reliquia de la Beata sobre el cuerpo del pequeño, comenzaron a registrarse progresivos y extraordinarios mejoramientos hasta alcanzar la curación total y definitiva, la cual fue oficialmente reconocida como milagrosa mediante el decreto promulgado por el Papa Francisco el 14 de diciembre de 2015. Finalmente, el Papa Francisco la canonizó solemnemente el domingo 5 de junio de 2016 en el marco del Jubileo conocido como el Año Santo de la Misericordia, en una celebración conjunta con el beato Estanislao de Jesús María.
Su camino de fe
El itinerario vital de Santa María Isabel Hesselblad comenzó en su Suecia natal, desde donde emprendió un largo camino de búsqueda interior. En el año 1888, emigró a los Estados Unidos, donde residió y trabajó como enfermera en la ciudad de Nueva York hasta 1904. Fue precisamente durante su estancia en tierras americanas donde su alma halló el descanso tras un extenso proceso de discernimiento: en el año 1902, abrazó la fe católica. Este paso decisivo transformó su horizonte existencial y la condujo a Roma, donde comenzó una nueva etapa al servicio del Señor.
En la Ciudad Eterna, con el permiso del Papa Pío X, recibió el hábito de la Orden de Santa Brigida en el año 1904. Con una determinación inspirada por la gracia, en 1911 llevó a cabo la refundación de esta orden religiosa, devolviendo a la Iglesia un carisma esencial. Su labor no se limitó a la oración, sino que se extendió con caridad concreta hacia sus hermanos. Durante los años de la segunda guerra mundial, su casa se transformó en un refugio de esperanza, donde protegió y acogió a muchos judíos perseguidos, arriesgando su propia vida por el bien de los demás. Falleció en Roma en el año 1957, dejando un rastro indeleble de amor a Dios y al prójimo, que fue finalmente reconocido por la Iglesia con su canonización el 5 de junio de 2016.
Su memoria litúrgica
La Iglesia celebra la memoria de Santa María Isabel Hesselblad cada 24 de abril. Esta fecha nos invita a recordar a una mujer que supo unir la contemplación con la acción, demostrando que la fe es una fuerza capaz de transformar la historia. Su vida, centrada en la oración y el servicio, sigue inspirando a los fieles a buscar la voluntad de Dios en los acontecimientos cotidianos.
La canonización de Santa María Isabel Hesselblad, presidida por el Papa Francisco, subraya la importancia de su testimonio en el mundo contemporáneo. Como fundadora, su obra continúa presente a través de la Orden de Santa Brigida, que sigue siendo un faro de espiritualidad y acogida. Al celebrar su fiesta, los cristianos son llamados a renovar su confianza en la providencia y su compromiso de caridad hacia quienes sufren, siguiendo los pasos de esta mujer que, desde Suecia hasta Roma, hizo de su vida una ofrenda agradable a los ojos del Señor.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festeja a Santa María Isabel Hesselblad?
Su memoria litúrgica se celebra el 24 de abril, día de su tránsito a la vida eterna.
Cuáles son los orígenes y la obra principal de Santa María Isabel Hesselblad?
Nacida en Suecia en 1870 en el seno de una familia luterana, se convirtió al catolicismo y restauró en 1911 la Orden de Santa Brigida, dedicando su vida a la contemplación, a la caridad con los pobres y a la unidad de los cristianos.
En Roma, beata Maria Elisabeth Hesselblad, virgen, que, originaria de Suecia, después de haber prestado servicio por largo tiempo en un hospital, reformó la Orden de Santa Brígida, dedicándose en particular a la contemplación, a la caridad hacia los necesitados y a la unidad de los cristianos. — Martirologio Romano