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22 de mayo

Beati Pedro de la Asunción y Juan Bautista Machado

Mártires

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes y vocación de fray Pedro de la Asunción

Fray Pedro de la Asunción nació en Cuerba, una pequeña localidad perteneciente a la archidiócesis de Toledo, en España, en un año que las crónicas no han conservado. Desde su juventud, el Señor llamó su corazón a una entrega más alta, siendo acogido entre los Frati Minori de la provincia de San Giuseppe. En el seno de esta familia religiosa, el joven fraile hizo rápidos y grandes progresos en la vía de la perfección espiritual, distinguiéndose por una conducta irreprochable. Tras recibir la ordenación sacerdotal, sus superiores le confiaron el delicado oficio de maestro de los novicios, encomendándole la formación de las nuevas generaciones que aspiraban a la vida consagrada. En aquel tiempo pasó por España fray Juan, conocido cariñosamente como el Povero, con el propósito de reclutar religiosos dispuestos a marchar hacia las misiones de Extremo Oriente. Movido por el ardiente deseo de ganar almas para Cristo, fray Pedro se asoció generosamente a fray Juan en aquella empresa apostólica. De este modo, en el año 1600, fray Pedro partió desde su patria rumbo a Manila en compañía de otros cincuenta confraternidad. Tras una breve permanencia en la capital filipina, el fervoroso sacerdote se trasladó al Japón en el año 1601 para iniciar su ministerio entre aquellas poblaciones.

La infancia y el camino formativo de padre Juan Bautista Machado

Por su parte, el padre Juan Bautista Machado vio la luz en el seno de una noble familia oriunda de Tavora, situada en las islas de Azores bajo el dominio de la corona de Portugal. Siendo aún muy joven, sus padres decidieron enviarlo a estudiar a Portugal, donde el muchacho creció en un ambiente marcado por la profunda piedad y la inocencia de vida. Durante aquellos años de formación, la providencia divina se sirvió de la lectura de las cartas enviadas por los misioneros apostólicos desde el Japón para encender en su alma el designio firme de gastar todas sus fuerzas por la conversión de aquellas gentes. A la temprana edad de dieciséis años, el joven Juan Bautista solicitó formalmente su ingreso en el noviciado de la Compañía de Jesús en la ciudad de Coimbra. Con el paso del tiempo, completó con provecho los estudios eclesiásticos reglamentarios, cursando la filosofía en Goa y la teología en Macao. Coronando este largo proceso de preparación espiritual e intelectual, el padre Machado logró finalmente arribar al Japón en el año 1609. Desde el primer instante de su llegada, el infatigable jesuita recorrió con celo infatigable, tanto de día como de noche y desafiando las duras intemperie del clima, los vastos reinos nipones de Fuscima, Cicungo y Bugen. En aquellas regiones el sacerdote operó numerosas conversiones entre los paganos, sembrando la palabra de Dios con abnegación y constancia inalterables.

El ministerio fecundo y el recrudecimiento de la persecución

Establecido en la zona de Nagasaki, fray Pedro de la Asunción desarrolló un ministerio sacerdotal extraordinariamente intenso, siendo posteriormente elegido superior del convento de los franciscanos. Quienes lo conocieron atestiguaban que era un religioso verdaderamente apostólico, dotado de una virtud poco común, asiduo a la gran oración y a la penitencia rigurosa. A causa de la reconocida santidad de su existencia, era sumamente estimado y buscado por innumerables penitentes, los cuales lo retenían durante largas horas en el santo tribunal de la confesión. Tal era su celo por las almas que, en ocasiones, llegaba a privarse por completo del alimento y del sueño con tal de no venir jamás a menos en el cumplimiento de su ministerio. Sin embargo, hacia el año 1611, la situación religiosa en el Imperio del Sol Naciente comenzó a tornarse sumamente crítica debido a las oscuras intrigas fomentadas por los protestantes de origen holandés e inglés. Estos protestantes lograron convencer al emperador Tokugawa Ieyasu de que los misioneros cristianos estaban preparando pacientemente una invasión militar del Japón por parte de las fuerzas españolas. A estas infundadas calumnias se sumaban las constantes amenazas de los bonzi, quienes advertían al soberano con una spietada venganza por parte de los dioses nacionales si el cristianismo no era erradicado por completo de raíz. Como consecuencia de estas presiones, el emperador decretó desde Meako, en el año 1614, la expulsión formal de todos los misioneros, el sistemático derribamiento de los lugares de culto y la imposición de la apostasía forzada a todos los fieles cristianos. Ante este decreto inicuos, fray Pedro de la Asunción prefirió permanecer en el archipiélago nipón camuflado con un atuendo de simple ciudadano japonés, con el único propósito de asistir espiritual y materialmente a los creyentes perseguidos. De manera semejante, el beato padre Juan Bautista Machado continuaba su labor clandestina en Nagasaki, hasta que, al estallar con mayor violencia la persecución, suplicó a sus superiores que le permitieran permanecer en la primera línea de combate pastoral, viendo cumplido su anhelo al ser enviado a evangelizar las islas Gotò.

La celada, el arresto y el encuentro en las prisiones de Cori

La tempestad de la persecución obligó a fray Pedro de la Asunción a trasladarse por motivos de prudencia a una localidad situada muy cerca de Nagasaki, buscando eludir de este modo las constantes inquisiciones instigadas por don Michele, un príncipe apóstata de Omura. Al llegar al pueblo de Chìchitzu, emplazado en la región de Isafai, el fraile franciscano tropezó desafortunadamente con un traidor que fingía buscar urgentemente un sacerdote para reconciliar a un supuesto apóstata arrepentido. Desprovisto de toda malicia y sin sospechar la trampa urdida, el religioso accedió bondadosamente a escuchar la confesión del falso penitente. En ese preciso instante, las guardias imperiales que permanecían apostadas en las inmediaciones cayeron sobre él, lo arrestaron con violencia y lo condujeron primero a las prisiones de Omura y más tarde a las de Cori. En paralelo, en las islas Gotò, el padre Juan Bautista Machado había comenzado a confesar a los fieles apenas un día después de haber desembarcado y celebrado la Santa Misa. Un cristiano del lugar, engañado arteramente por varios malhechores, se acercó al sacerdote para preguntarle si podía indicarle a un ministro que atendiera a una persona en su agonía. El jesuita, que ya había ofrecido su propia existencia como oblación a Dios, respondió con generosidad que prefería afrontar el riesgo de un posibleación antes que faltar al deber sagrado de su ministerio. Poco después, un traidor irrumpió en su domicilio, lo reconoció sin vacilar y corrió a denunciarlo ante las autoridades civiles. El magistrado local se presentó ante el padre Machado en el momento exacto en que este impartía la absolución sacramental a un penitente, declarándolo formalmente prisionero por infringir los edictos imperiales que prohibían la predicación del Evangelio. Junto al sacerdote fue apresado asimismo su fiel catequista, el beato Leone Tonaca, quien entregaría su piadosa alma al Creador el uno de junio de 1617. Ambos prisioneros fueron obligados a embarcarse y, tras tres jornadas de navegación por el mar, ingresaron en las lóbregas cárceles de Cori en medio de la noche. Su llegada se produjo en la oscuridad, acompañada por el estrépito de las armas y las voces destempladas de los soldados. Al escuchar aquel tumulto, fray Pedro de la Asunción creyó que había llegado por fin la hora bendita de su martirio, por lo que se postró inmediatamente de rodillas para dar gracias a Dios. Al incorporarse, descubrió con inmensa alegría que le habían asignado como compañero de celda a su querido amigo el padre Juan Bautista Machado, fundiéndose ambos en un abrazo y un beso entrañable que atestiguaba la comunión de sus almas.

La preparación espiritual en el encierro y el anuncio de la condena

Durante más de un mes de reclusión en aquella prisión rigurosa, los dos misioneros llevaron una existencia austera marcada por la penitencia constante, las prolongadas oraciones y los frecuentes coloquios sobre el sentido profundo del martirio y la futura bienaventuranza celestial. Como gracia singular, las autoridades permitieron que los prisioneros pudieran celebrar la sagrada Eucaristía desde la fiesta de Pentecostés hasta la solemnidad de la Santísima Trinidad. Fue precisamente en el día de la Santísima Trinidad cuando el Señor quiso manifestarles de manera íntima que aquella sería la última Misa de sus vidas terrenas. Poco después se presentaron en el calabozo dos jueces, uno enviado desde Nagasaki y otro desde Omura, para comunicarles formalmente que al caer la tarde serían conducidos al lugar de la ejecución para ser decapitados. Al escuchar la inminente sentencia de muerte, los dos religiosos experimentaron un profundo júbilo espiritual. El padre Pedro de la Asunción exclamó con emoción que aquella era precisamente la gracia que había estado pidiendo insistentemente a Dios durante los últimos nueve días mientras celebraba el santo sacrificio de la Misa. Por su parte, el padre Juan Bautista Machado declaró con convicción que los tres días más dichosos y memorables de su entera existencia habían sido el de su ingreso en la Compañía de Jesús, el día de su arresto en las islas Gotò y, finalmente, aquel mismo día en que recibía la condena capital. Las últimas horas que precedieron al suplicio fueron consagradas íntegramente a la oración ferviente, a los diálogos consoladores y a dirigir exhortaciones espirituales a los numerosos cristianos que habían acudido a visitarlos tras conocer la noticia. En un clima de profunda piedad, los dos beatos se administraron mutuamente el sacramento de la reconciliación, se impusieron la disciplina en señal de penitencia, entonaron juntos salmos e himnos sagrados y redactaron misivas cargadas de fervor y celo apostólico destinadas a sus confraternidad y amigos. En una de aquellas cartas, el padre Juan Bautista reafirmaba que moría colmado de alegría por el amor a Jesucristo, agradeciendo al Todopoderoso un don del cual se sentía profundamente indigno. Debido al desbordado gozo interior y a la absoluta certeza de que pronto participarían del banquete celestial, ambos prisioneros decidieron rechazar la cena que se les había ofrecido. Antes de caminar hacia el patíbulo, se impartieron recíprocamente la última absolución y recitaron con devoción las letanías tradicionales.

El martirio supremo y la cosecha de las reliquias

El trágico día veintidós de mayo de 1617, los condenados marcharon con paso firme hacia el lugar del suplicio en la localidad de Kori, sosteniendo firmemente un crucifijo entre las manos y dirigiendo palabras de aliento y consuelo a los fieles que se habían congregado a lo largo del camino para recibir su última bendición. Al arribar al sitio designado para la ejecución, los dos mártires guardaron unos instantes de riguroso silencio consagrados a la oración íntima con el Creador. Tras fundirse en un postrer abrazo, se despedían en voz alta de la comunidad cristiana congregada, exhortándoles con firmeza a permanecer inquebrantables en la fe católica. Seguidamente, los dos sacerdotes se pusieron de rodillas uno frente al otro, alzando las manos y los ojos hacia la bóveda celeste en actitud de total abandono en las manos del Padre. El verdugo se acercó primero al padre Pedro de la Asunción, a quien le fue recisa la cabeza con un solo golpe certero de espada. A continuación, el turno correspondió al padre Juan Bautista Machado, cuya cabeza requirió de tres golpes para ser separada del tronco. Tras recibir el primer impacto, el celoso jesuita cayó al suelo, pero sacando fuerzas de flaqueza se incorporó de nuevo sobre sus rodillas para pronunciar con voz clara por dos veces el santísimo nombre de Jesús. Apenas consumado el sacrificio supremo, los cristianos allí presentes no dudaron en precipitarse sobre los cuerpos inertes de los mártires para recoger con devoción las preciosas reliquias de su sangre y de sus vestiduras. De este modo glorioso sellaron su testimonio de amor en Kori, Japón, inscrito para siempre en los anales de la santidad cristiana.

Preguntas frecuentes

Cuándo se festeja la memoria de los beatos Pedro de la Asunción y Juan Bautista Machado?

Su memoria litúrgica se celebra oficialmente el veintidós de mayo.

Cuál fue el acontecimiento principal que marcó la vida de estos santos?

Ambos sacerdotes desarrollaron un intenso ministerio clandestino en el Japón del siglo XVII y sufrieron el martirio por decapitación en odio a la fe cristiana el veintidós de mayo de 1617.

En la ciudad de Kori en Japón, beatos Pedro de la Asunción, de la Orden de los Frailes Menores, y Juan Bautista Machado, sacerdotes y mártires, que, por haber ejercido clandestinamente su ministerio, fueron decapitados por odio a la fe cristiana. — Martirologio Romano