5 de marzo
Beato Jeremías de Valacchia (Giovanni) Kostistik
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Los orígenes y la llegada a Italia
El nacimiento de Giovanni Kostistik ocurrió en Tzazo, en la región de Valacchia, Rumania, el veintinueve de junio de 1556. Sus padres, Stoika Kostist y Margherita Barbat, trabajaban como agricultores y pertenecían a una familia de condición benestante. Desde su juventud, el joven nutrió el constante deseo de trasladarse a Italia, pues tenía el firme convencimiento de que en aquellas tierras residían los cristianos más ejemplares de todo el planeta. A la edad de diecinueve años, recibió finalmente el permiso de sus padres para iniciar su partida. En su recorrido, soltó a largo plazo en Alba Iulia, en Rumania, donde laboró bajo las órdenes de un médico. Al cabo de un desplazamiento muy prolongado, llegó a la ciudad de Bari a la edad de veintidós años. No obstante, al encontrarse allí, no constató aquello que se había figurado y que tanto esperaba encontrar.
La consagración en Nápoles
Durante la Cuaresma del año 1578, arribó a la ciudad de Nápoles para presentarse ante los frailes capuchinos. Fue acogido dentro de la comunidad religiosa con la específica qualifica de hermano laico, lo que significó que no accedió jamás a los Órdenes sacros. En ese momento de su vida, abandonó su nombre de pila, Ion o Giovanni, para asumir el nuevo nombre de fra Jeremia da Valacchia. Vivió su vocación en diversos conventos que pertenecían a la orden capuchina, hasta que en el año 1584 se estableció de forma definitiva en el interior del convento de Sant'Eframio Nuovo. En aquel periodo histórico, la ciudad de Nápoles se encontraba bajo el dominio político de la Corona española. En este contexto, el fraile ejecutó los servicios más humildes y sgradevoli dentro de su comunidad, convirtiéndose rápidamente en un punto de referencia espiritual y moral para los individuos más marginados y olvidados de la ciudad.
La caridad y el servicio a los enfermos
Un número cada vez más elevado de personas indigentes acudió a él atraído por su profunda capacidad de empatía y de condivisión del dolor humano. Para socorrer a los más necesitados, desempeñó de manera constante la fatigosa mansione de mendicante, efectuando continuas colletas de alimentos y de vestiario destinados a los pobres. De sus propias manos, renunciaba de modo habitual a su ración cotidiana de pan y verduras para regalarla a los demás, provocando que su propia alimentación fuera siempre incierta. A estas obras de caridad sumaba intensas devociones y largas horas de oración, manifestando una predilección muy especial por la recitación del Pater Noster y de la Salve Regina. Todo el tiempo libre que le dejaba la tarea de pedir limosna lo dedicaba a la cura directa de los enfermos dentro de las celdas y las infermerias conventuales. Así, asistió a malatos terminales, a infermos afectados por llagas sumamente repugnantes, a personas paralizadas y también a sujetos con graves trastornos mentales.
Entre sus métodos humanitarios, utilizaba hierbas aromáticas con el propósito de atenuar los malos olores que emanaban de los cuerpos de los enfermos cuyos males estaban gravemente comprometidos. Prestaba su propio ausilio físico para mover con paciencia los miembros de aquellas personas que habían sido golpeadas por la parálisis. Cuando recibía ofensas verbales por parte de los malatos mentales, su reacción invariable era responder con una sonrisa. En una ocasión particular, se le encomendó la cura exclusiva de un religioso llamado fra Martino, quien había sido completamente abandonado por todos debido a la gravedad extrema de sus llagas. Fra Jeremia se ocupó de lavarlo hasta diez veces al día. Sostuvo este ritmo inhumano hasta llegar a su propio colapso físico y psicológico, el cual fue provocado por la fatiga acumulada y por el asco. Para recuperarse, se trasladó de manera temporal a otro convento con el fin de hallar nuevas fuerzas. Tomó entonces la decisión consciente de retornar a la asistencia de fra Martino, afirmando con convicción que dicha elección le había sido inspirada de forma directa por Dios durante sus momentos de oración. Permaneció junto a fra Martino por un período prolongado de cuatro años y medio, continuando su asistencia hasta el mismo momento del deceso de este, un evento que fue recibido con alivio por muchos. A pesar de ello, el fraile lloró sinceramente la desaparición de fra Martino, llegando a definirlo con afecto como su propia forma de recreación. El Martirologio atestigua con veneración que prestó servicio a los infermos con caridad y letizia durante cuarenta años ininterrumpidos.
El tránsito y la glorificación
Con el paso del tiempo, su fama trascendió los muros del convento y comenzó a ser buscado y consultado por personalidades de gran relevancia social y cultural. Recibió las visitas frecuentes de dotti teólogos que llegaban expresamente para pedir sabios consejos a un humilde hermano laico que era completamente analfabeto. Para comunicarse, se expresaba mediante un lenguaje muy peculiar que lograba fundir elementos procedentes del italiano, del rumeno y del napolitano. Su muerte acaeció en Nápoles el cinco de marzo de 1625. Aconteció que al producirse su fallecimiento, la afluencia de gente fue tal que resultó absolutamente necesario la intervención de los soldados para poder contener a la masa de fieles. Fue enterrado de modo secreto y durante la noche debido al violento asalto que los devotos hicieron al convento. Los fieles buscaban desesperadamente verlo, tocarlo y conseguir arrancar fragmentos de reliquias de su saio, al punto de que su hábito de defunto tuvo que ser sustituido hasta por seis ocasiones diferentes. Su memoria litúrgica quedó fijada en el Martirologio con el nombre de beato Geremia Giovanni Kostistik da Valacchia. Finalmente, el papa Juan Paolo II lo proclamó beato en el año 1983, y hoy sus veneradas spoglie se conservan con devoción en Nápoles, en el interior de la iglesia de la Immacolata Concezione.
Una vida de entrega
Juan Kostistik nació en el año mil quinientos cincuenta y seis en Tzazo, Valacchia. Desde su juventud, sintió el llamado a buscar un horizonte de trascendencia, lo que lo llevó a emigrar a Italia a la edad de diecinueve años. Tras pasar por diversos lugares como Alba Iulia y Bari, finalmente encontró su hogar espiritual en la ciudad de Nápoles. Fue allí donde, en el año mil quinientos setenta y ocho, dio el paso decisivo de ingresar en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, abrazando la pobreza y la fraternidad como su nuevo modo de vida.
Durante su estancia en el convento de Sant'Eframio Nuovo en Nápoles, el Beato Jeremías desarrolló una labor silenciosa pero intensa al servicio de los enfermos incurables. Su compromiso con el prójimo no conocía límites, dedicando gran parte de su tiempo a aliviar el sufrimiento de aquellos que la sociedad de su época solía marginar. Un ejemplo destacado de este servicio fue el cuidado que brindó a fray Martino durante cuatro años y medio, acompañándolo con paciencia y ternura hasta el final de sus días. Su vida transcurrió en la sencillez, buscando siempre la voluntad de Dios en los pequeños actos cotidianos. Tras una existencia dedicada a la oración y a la asistencia de los afligidos, falleció en Nápoles en el año mil seiscientos veinticinco. Su partida fue un acontecimiento que conmovió a la comunidad, provocando un auténtico asalto popular para venerar sus restos mortales, reconociendo así la santidad de aquel hombre que había dedicado sus años a los más olvidados.
El culto al Beato
La devoción al Beato Jeremías de Valacchia ha perdurado a través de los siglos como un signo de la cercanía de Dios hacia los que sufren. La Iglesia, al confirmar su beatificación en el año mil novecientos ochenta y tres, ha propuesto su figura como un modelo de caridad cristiana. Su memoria litúrgica se celebra cada cinco de marzo, permitiendo a los fieles reflexionar sobre el valor de la entrega personal y la compasión ante el dolor ajeno.
Su intercesión es buscada especialmente por aquellos que padecen enfermedades o se sienten solos en su camino. Como patrono de los enfermos y de los derelictos, el Beato Jeremías nos invita a mirar con ojos de misericordia a quienes nos rodean, recordándonos que el servicio a los desamparados es una forma privilegiada de adoración. Los creyentes acuden a su recuerdo para encontrar fortaleza en las pruebas y para renovar el compromiso de caridad que define a todo cristiano, honrando así la vida de un hombre que supo transformar su existencia en una ofrenda constante de amor al prójimo.
Preguntas frecuentes
Cuando se festeggia el beato Jeremías de Valacchia?
Se le recuerda litúrgicamente en la fecha del cinco de marzo.
En Nápoles, beato Jeremías (Giovanni) Kostistik de Valaquia, religioso de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, que ininterrumpidamente durante cuarenta años dio asistencia a los enfermos con caridad y alegría. — Martirologio Romano