27 de diciembre
San Juan
Apóstol y evangelista
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y la llamada del Maestro
San Juan nació en el seno de una familia acomodada de la Galilea, originaria de la zona situada sobre las orillas del lago de Tiberiade, posiblemente en la localidad de Betsaida Iulia. Sus padres fueron Zebedeo y Salome, y tenía un hermano mayor llamado Giacomo, con quien compartía los lazos familiares y el trabajo cotidiano. El padre de Juan poseía una pequeña empresa de pesca en el lago, un negocio próspero que contaba incluso con dependientes, lo que situaba a la familia en una posición desahogada y con ciertas conexiones en las altas esferas sacerdotales de Jerusalén. A pesar de estas comodidades y relaciones, Juan no había fréquentado la escuela de los rabinos de su tiempo, por lo que era considerado por muchos como un hombre illetterato y popolano, dotado sin embargo de una profunda sensibilidad espiritual.
Antes de conocer de cerca al Mesías, San Juan era ya discípulo de San Giovanni Battista, el precursor que preparaba los caminos del Señor en el desierto de Judea. Fue precisamente el Bautista quien indicó a Juan y a su compañero Andrés a Jesús que pasaba, pronunciando las célebres palabras que invitaban a reconocerlo como el Cordero de Dios. Al oír este testimonio, Juan y Andrés tomaron la decisión irrevocable de seguir los pasos de Jesús. El Maestro, al notar que caminaban detrás de él, se giró y les preguntó qué buscaban, obteniendo como respuesta la pregunta sobre su morada. Jesús les extendió una cálida invitación a seguirle hasta su lugar de alojamiento, donde ambos se detuvieron a pasar el resto de aquel día cuyo encuentro comenzó alrededor de las cuatro de la tarde.
Poco tiempo después de este primer contacto inolvidable, Jesús formalizó su llamada definitiva junto a las orillas del lago, mientras Juan y su hermano Giacomo se encontraban ocupados en la tarea de rammendare las redes de pesca junto a su padre. Con una prontitud admirable, ambos hermanos dejaron al instante la barca, el negocio familiar y a su propio padre para unirse de forma incondicional al cortejo itinerante del Maestro. En el seno del collegio apostolico, Juan ocupaba una posición muy particular, destacándose como el miembro más joven de todos los apóstoles. Su nombre aparece siempre situado entre los primeros cuatro en las listas oficiales del grupo apostolico, y muy pronto estableció una relación de especial cercanía con Simón Pedro, probablemente por compartir orígenes geográficos y afibilidades humanas.
Intimidad con Cristo y el banquete de Cana
La figura de San Juan se entrelaza desde el principio con los momentos más decisivos e íntimos de la vida pública de Nuestro Señor Jesucristo. Junto a Pedro y a su propio hermano Giacomo, Juan formaba parte del círculo más restringido de los discípulos predilectos, aquellos a quienes el Maestro elegía para ser testigos directos de las manifestaciones más sublimes de su poder divino y de su humanidad sufriente. Así, Juan estuvo presente en la milagrosa risurrezione de la hija de Giairo, contempló con sus propios ojos la gloria deslumbrante del Señor durante la Trasfiguración en el Monte Tabor, y acompañó al Maestro en la hora sombría y silenciosa de su dolorosa agonía en el Getsemani. Su carácter ardiente, vivo e impetuoso le valió junto a su hermano el apelativo de Boanerghes, que significa hijos del tuono, demostrando que su templanza contemplativa no estaba exenta de un celo encendido por las cosas de Dios.
Entre los recuerdos imborrables que marcaron su juventud espiritual destaca de manera sobresaliente el banquete de nozze a Cana de Galilea, al cual Jesús había acudido conduciendo a Juan y a otros primeros cuatro discípulos que acababa de llamar. La memoria cordis del joven apóstol guardó para siempre la impresión profunda que le causó contemplar por primera vez a la Madre de Jesús, un encuentro que abrió sus ojos a la luz sobrenatural de la fe en la divinidad del Maestro. Según observaron estudiosos como Don Dolindo Ruotolo, el imprevisto agotamiento del vino durante la fiesta se debió precisamente a la presencia no calculada de los apóstoles en el banquete nupcial. En aquella circunstancia, la materna delicadeza de la Virgen María salió al paso de la necesidad prestando particulares atenciones a los discípulos, mientras Jesús manifestaba allí su primer milagro glorioso, consolidando definitivamente la fe de aquellos hombres.
La predilección especial que Cristo manifestó hacia San Juan encontró su culminación humana y mística durante la última cena celebrada en Jerusalén. En aquella noche solemne, Juan tuvo el inigualable privilegio de ocupar un puesto de honor a la derecha del Maestro y de inclinar su cabeza para apoyarla directamente sobre el pecho del Salvador del mundo, reposando sobre su Sacro Cuore. Una antigua tradición transmitida por los siglos afirma que fue precisamente en aquel momento de inefable intimidad cuando el Logos divino transmitió de manera misteriosa los contenidos profundos que luego tomarían forma en el Vangelo y en el Apocalisse. Cuando Simón Pedro necesitó saber la identidad del traidor que iba a entregar al Señor, recurrió discretamente a Juan para que se lo preguntara al Maestro desde esa posición de cercanía entrañable. A pesar de que posteriormente huyó junto a todos los demás apóstoles al producirse la captura en el huerto, la fidelidad de Juan le impulsó a seguir los pasos del Maestro durante el proceso judicial junto a Pedro, demostrando un valor arraigado en su profundo amor por el Señor.
Testigo fiel bajo la cruz y el testamento de amor
La hora culminante de la Redención humana encontró a San Juan en una posición única en toda la historia de la Iglesia, erigiéndose como el único de los apóstoles que no abandonó al Maestro y que tuvo el valor sobrehumano de permanecer firme al pie de la cruz. Bajo el madero sagrado, Juan se hallaba acompañado únicamente por la Santísima Virgen María y por María Maddalena, formando el trío de almas que el Señor más amó en el mundo. En aquel momento supremo del sacrificio, Jesús dirigió su mirada desde lo alto de la cruz hacia su Madre y hacia su discípulo amado, pronunciando las palabras que habrían de consagrar para siempre la maternidad espiritual de María sobre toda la humanidad. Dirigiéndose a la Virgen con la palabra 'Mujer', le dijo señalando al apóstol: 'Ecco tuo figlio', y a continuación dijo a Juan: 'Ecco tua Madre', tal como relata el evangelista en el capítulo diecinueve de su escrito.
Sant'Alfonso de' Liguori y numerosos teólogos han observado que aquellas palabras entrañaban la entrega del hombre que nace a la gracia mediante la ofrenda redentora de la vida de Jesús. Sotto la cruz, Juan asumió la representación de la humanidad entera, convirtiéndose en el primer beneficiario y custodio de aquel testamento de amor. Desde aquel mismo instante, tal como él mismo dejó escrito con profunda devoción, tomó a la Santa Madre entre sus cosas más queridas. Ambos emprendieron juntos el camino de retorno desde el Calvario, compartiendo el dolor y la adoración del Sangre precioso derramado a lo largo de la Via Crucis. Mientras el pueblo endurecía su corazón contra el Justo, Juan permaneció en su hogar custodiando y protegiendo a la Madre del Señor, hallando en su inquebrantable fe la esperanza luminosa en la futura Risurrezione durante los tres días cruciales que siguieron.
A lo largo de los años subsiguientes, la convivencia prolungada entre la Madre y el Discípulo se convirtió en una escuela viva de contemplación y santidad. Juan aprendió de los labios de María los detalles más íntimos de la infancia y la vida oculta de Jesús, celebrando cotidianamente con ella el Santo Sacrificio de la Misa y encontrando en su presencia un refugio constante de paz y fortaleza. La pureza virginal que adornaba el alma de Juan facilitó una sintonía espiritual inigualable con la Santísima Virgen, convirtiéndolos en los primeros guardianes de este estado de vida consagrada al amor divino. Como subraya la tradición patrística y los estudios de mariólogos como el padre Gabriele Roschini, la presencia de la Madre en la vida de Juan cimentó una comprensión profunda del misterio de Cristo, haciendo del discípulo predilecto el auténtico maestro de la devoción mariana después del mismo Jesús.
La aurora de la Resurrección y la misión apostólica
La madrugada del tercer día tras la crucifixión trajo consigo el cumplimiento de las promesas divinas, y San Juan fue protagonista de los acontecimientos que inauguraron la fe pascual de la Iglesia. Al recibir el anuncio del sepulcro vacío de boca de María Maddalena, Juan corrió raudo hacia el lugar junto a Pedro. Debido a su juventud, Juan llegó primero al sepulcro, pero por un profundo respeto a la autoridad de su jefe espiritual, se detuvo a la entrada sin penetrar inmediatamente en el recinto sagrado. Fue Pedro quien entró en primer lugar, seguido de inmediato por Juan, cuya mirada contempló los lienzos funerarios desparramados por el suelo. Aquella visión iluminó de golpe su mente con la luz de la gracia, convirtiéndole en el primer hombre, junto a la Maddalena, en creer firmemente en la Risurrezione del Señor antes incluso que Pedro.
Posteriormente, la presencia de Juan se manifiesta con claridad en las apariciones del Resucitado, siendo el primero en reconocer al Maestro durante la pesca milagrosa en las aguas del lago de Tiberiade. Tras recibir la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés en compañía de la Virgen María y del colegio apostólico, Juan se asoció estrechamente al ministerio itinerante de Pedro. Juntos protagonizaron episodios memorables de la naciente cristiandad, como la curación del hombre cojo en la hermosa puerta del templo de Jerusalén, un acto que les valió ser arrestados, interrogados y flagelados por las autoridades del Sinedrio a causa de la audacia de su predicación evangélica. Asimismo, Juan fue enviado junto a Pedro a la región de Samaria para imponer las manos sobre los nuevos creyentes y consolidar la fe que el diácono Felipe había sembrado en aquellas tierras.
Hacia el año cincuenta y tres, el apóstol Pablo de Tarso reconoció públicamente la solidez espiritual de los líderes de la Iglesia de Jerusalén, calificando explícitamente a Juan, junto a Pedro y a Giacomo el Maggiore, como las grandes columnas sobre las que se edificaba la comunidad de los creyentes. Tras el martirio de su hermano Giacomo, decapitado por orden de Herodes Agrippa I hacia el año cuarenta y dos, y tras dejar definitivamente Jerusalén antes del año cincuenta y siete conforme a las antiguas tradiciones, San Juan extendió su labor apostólica hacia las regiones de la Asia Minore. Allí asumió la dirección pastoral de la Iglesia de Efeso y de otras comunidades cristianas vecinas, cumpliendo fielmente la profecía de su Maestro de imitarlo hasta el extremo en el testimonio de la entrega y en la participación de sus sufrimientos.
El cuarto Evangelio y la profundidad del Logos
En su avanzada ancianidad, residiendo en la ciudad de Efeso durante el último decenio del primer siglo, San Juan compuso su obra cumbre, el cuarto Vangelo, considerado por la tradición cristiana como el flor de todas las escrituras y el flor de los Evangelios. A diferencia de los escritos sinópticos, el texto redactado por Juan se presenta fundamentalmente como un documento de profunda densidad teológica, centrado en la figura del Logos encarnado y merecedor por ello del símbolo de la aguila, el animal capaz de volar hacia las alturas más elevadas y contemplar directamente la luz del sol divino. Los estudios modernos y la tradición coinciden en señalar una compleja génesis editorial para esta obra, que hunde sus raíces en una tradición oral transmitida en arameo en el ambiente palestino durante los años anteriores al setenta, y que posteriormente encontró su maduración escrita en el entorno de Efeso con la colaboración de un discípulo evangelista que recogió las enseñanzas del apóstol.
La estructura del texto sagrado se divide inicialmente en dos grandes secciones temáticas bien definidas antes de sus capítulos finales. La primera parte, que abarca desde el capítulo uno hasta el doce, es denominada por los exegetas como el Libro de los signos, donde se agrupan los siete milagros elegidos minuciosamente por Juan para ilustrar la manifestación de Jesús como Hijo de Dios con poder sobre la naturaleza, la enfermedad y la muerte. La segunda sección, desde el capítulo trece hasta el veinte, recibe el nombre de Libro de la hora, centrada en el momento supremo de la entrega de la vida en la cruz y enriquecida con los conmovedores discursos de despedida pronunciados por el Maestro durante la última cena. El texto se abre con un prologo de extraordinaria belleza poética y teológica, un himno al Verbo eterno que desde el siglo decimotercero hasta el Concilio Vaticano II clausuraba solemnemente la celebración eucarística en la liturgia católica.
A lo largo de sus páginas, Juan revela detalles humanos conmovedores de la vida de Jesús que no aparecen en los demás evangelistas, como la expulsión de los mercaderes del templo, el cansancio del Maestro sentado junto al pozo, las lágrimas derramadas ante la tumba de Lázaro, la sed sufrida en el madero de la cruz y la afirmación rotunda de su condición humana. Su pluma no busca una simple cronología histórica, sino penetrar en el misterio profundo de Cristo a través de la experiencia mística de quien reposó sobre su pecho. Tras la redacción del Vangelo, Juan compuso también tres Epistole dirigidas a consolidar la fe de las comunidades y a combatir las desviaciones doctrinales de carácter gnóstico que amenazaban la comunión eclesial, reafirmando con firmeza que Dios es amor y que la caridad fraterna es el mandamiento supremo de la vida cristiana.
El Apocalisse y el destierro en la isla de Patmos
La fidelidad inquebrantable de San Juan a la palabra de Dios le condujo inevitablemente a experimentar la persecución decretada por el Imperio romano bajo el mandato del emperador Domiciano. Hacia el año noventa y cinco, el anciano apóstol fue convocado a Roma, donde sufrió el escarnio público de ser rapado y sometido al terrible suplicio de ser sumergido en una caldera de aceite hirviendo situada ante la puerta Latina. Por un prodigio divino del que da fe la antigua tradición, Juan salió completamente inerme y sin daño alguno de aquel suplicio abrasador, un milagro conmemorado posteriormente con la erección de un tempietto octogonal diseñado por Bramante y completado por Borromini. Tras este acontecimiento, el emperador ordenó su exilio a la aislada isla de Patmos, en el archipiélago del Dodecaneso, a causa de su infatigable predicación y de su testimonio inquebrantable de Jesucristo.
Fue precisamente en las soledades de Patmos, en una gruta convertida hoy en santuario y englobada por un monasterio fundado en el siglo undécimo por san Cristodulo, donde San Juan recibió las sublimes revelaciones que componen el Apocalisse, el único libro profético del Nuevo Testamento. Lejos de constituir un infausto oraculo sobre la catástrofe final del mundo, el texto se presenta como un mensaje luminoso y concreto de esperanza dirigido a las comunidades cristianas de la Asia Minore que atravesaban momentos de profunda crisis interna y padecían la cruenta persecución del poder imperial representado simbólicamente por la bestia y por Babilonia. A través de un lenguaje denso de simbolismos, visiones cósmicas, números, colores y animales propios del género apocalíptico del judaísmo tardío, el texto interpreta la historia humana a la luz de la fe, mostrando el combate espiritual entre el bien y el mal.
La obra comienza describiendo la corte celestial presidida por el Cordero inmolado que sostiene el libro de la historia, y culmina con la visión triunfante del enfrentamiento definitivo entre las fuerzas del mal y la Iglesia, anunciando la instauración definitiva de la Jerusalén celeste donde se espera la venida gloriosa de Cristo Salvador. Con la conclusión de la redacción del Apocalisse, san Juan cerró simbólicamente la fuente de la revelación pública directa del Espíritu Santo a los hombres, depositando su pluma tras escribir la última palabra. Tras la muerte de Domiciano y la subida al trono del tolerante emperador Nerva entre los años noventa y seis y noventa y ocho, Juan pudo abandonar su exilio en Patmos y retornar a Efeso, donde continuó pastoreando a su amado rebaño hasta el final de sus días terrestres.
Ancianidad, prodigios y el tránsito a la eternidad
Convertido en un venerando centenario, el último de los apóstoles vivientes continuó irradiando la sabiduría acumulada a lo largo de una vida entregada por entero al servicio del Evangelio. Los antiguos testimonios cristianos recogen numerosos prodigios realizados por San Juan durante su ancianidad en Efeso, como el hecho milagroso de salir indemne tras beber una copa de veneno letal o de haberse salvado sin daño alguno tras ser arrojado al mar, además de la célebre resurrección de un difunto en tierras asiáticas. Cuando las fuerzas físicas comenzaban a abandonarle debido a su avanzada edad, el anciano apóstol era transportado a hombros por sus discípulos hasta las reuniones de la comunidad cristiana, donde su presencia venerable llenaba de asombro y reverencia a los fieles.
En aquellas reuniones, al tomar la palabra, el apóstol de la caridad repetía constantemente una única y sencilla frase con voz pausada: 'Figlioli, amatevi gli uni gli altri'. Ante la insistencia de sus discípulos que le preguntaban por qué razón repetía siempre las mismas palabras sin añadir nuevas enseñanzas, San Juan respondía con profunda sabiduría evangélica que aquel era el mandamiento directo y supremo del Señor, y que si los creyentes lograban cumplir exclusivamente aquel precepto, con eso solo bastaba para alcanzar la plenitud de la vida cristiana. Su longeva existencia permitió que la enseñanza viva de Cristo llegara de manera directa hasta los umbrales del segundo siglo cristiano, sirviendo de puente vivo entre los testigos oculares de la Resurrección y las nuevas generaciones de creyentes diseminadas por todo el mundo mediterráneo.
San Juan entregó su alma al Creador hacia el año ciento cuatro de la era cristiana en la ciudad de Efeso, en una edad ultracentenaria que coronaba una trayectoria incomparable como el más joven de los apóstoles y el más longevo de todos ellos. Sobre su sepulcro venerable en Efeso se erigió durante los siglos quinto y sexto una magnífica basílica que atrajo a innumerables peregrinos, consolidando un culto litúrgico que en Occidente quedó fijado de manera permanente en la fecha del veintisiete de diciembre, situándose litúrgicamente en el corazón de las celebraciones navideñas junto al martirio de san Esteban. Su figura resplandece en la historia de la salvación como la de un gigante espiritual, teólogo sublime, místico de la luz y custodio fiel de la Madre de Dios, cuya memoria sigue iluminando el camino de la Iglesia hacia el encuentro definitivo con el Señor.
Su camino junto al Señor
La andadura de Juan comenzó en las orillas del lago de Tiberíades, en Galilea, donde escuchó la llamada del Salvador junto a su hermano Santiago. Dejando atrás las redes, se convirtió en uno de los pilares de la comunidad apostólica. Su camino terrenal alcanzó el momento de mayor densidad espiritual en Jerusalén, al pie de la cruz. En aquella hora de oscuridad, Juan permaneció firme en el Calvario, recibiendo de labios de Cristo moribundo el encargo sagrado de acoger a la Virgen María como madre, uniendo así su vida al destino de la Madre del Señor.
La fidelidad de Juan se templó también en el crisol de la persecución. Durante el imperio de Domiciano, en Roma, el apóstol sobrevivió milagrosamente al terrible suplicio del aceite hirviendo. Posteriormente, sufrió el destierro en la solitaria isla de Patmos, un tiempo de aislamiento donde su alma se abrió a las visiones celestiales que plasmó en el libro del Apocalipsis. Tras este exilio, Juan regresó a Éfeso, donde en su vejez redactó el cuarto Evangelio, un texto de singular hondura teológica. En esa misma ciudad de Éfeso, hacia el año 104, entregó santamente su alma a Dios.
Memoria y legado espiritual
La memoria de san Juan se conserva en la Iglesia como la del discípulo que supo mantener la pureza de su entrega virginal y la profundidad de la mirada contemplativa. Su supervivencia a los martirios y su longevidad permitieron que su magisterio oral y escrito sostuviera a las primeras comunidades cristianas en tiempos de prueba, consolidando la fe en la divinidad del Señor Jesús.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festeggia san Juan apóstol y evangelista?
La Iglesia Católica conmemora y celebra la festividad de san Juan el 27 de diciembre de cada año, situándola tradicionalmente en el período inmediato a la Navidad.
De qué es patrono san Juan apóstol?
San Juan es el patrono de la Turchia y de la Asia Minore, así como de las virgenes, las vedove, los teólogos, scrittori, artisti, alchimisti y de todas las personas expuestas a bruciature o que tienen relación con el aceite y los frantoi.
Fiesta de san Juan, Apóstol y Evangelista, que, hijo de Zebedeo, fue junto a su hermano Santiago y a Pedro testigo de la transfiguración y de la pasión del Señor, del cual recibió estando a los pies de la cruz a María como madre. En el Evangelio y en otros escritos se demuestra teólogo, que, considerado digno de contemplar la gloria del Verbo encarnado, anunció lo que vio con sus propios ojos. — Martirologio Romano