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12 de julio

Sant' Ignacio Clemente Delgado

Obispo y mártir

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes y formación en España

San Clemente Ignazio Delgado Cebrián nació el veintitrés de noviembre de 1761 en Villa Felice, situada en la diócesis de Saragozza, en España. Desde su juventud sintió la llamada del Señor y optó por consagrar su vida a la oración y al servicio eclesial ingresando en el convento domenicano de Calatayud, perteneciente a la provincia religiosa de Aragón. En aquel ambiente de recogimiento y estudio completó su formación intelectual en el célebre colegio de Orihuela, donde consolidó los sólidos cimientos de su vocación teológica y espiritual. Llegado el año de 1781, emitió su profesión religiosa en el convento domenicano, ratificando con pleno compromiso su voluntad de seguir los consejos evangélicos bajo la regla de san Domingo. Tras recibir la ordenación sacerdotal, su corazón comenzó a arder en deseos de llevar la luz de la fe a los infelices que aún no conocían el nombre de Cristo, impulsándole a dejar su patria para embarcarse hacia las misiones de ultramar.

Llegada al Tonchino y primeros años de misión

Con el anhelo ardiente de convertir a los paganos y consolidar la naciente comunidad creyente, el padre Delgado partió hacia las Islas Filipinas como etapa previa hacia su destino definitivo. El diecinueve de octubre de 1790, el misionero alcanzó finalmente el Vicariato del Tonchino Oriental, un vasto territorio de misión que se encontraba confiado a la Provincia del Santísimo Rosario de las Filipinas. En aquella travesía y en su inserción en el terreno apostólico llegó en compañía de san Domenico Henares y de otros fervientes confraternidad. Su dedicación cotidiana a la evangelización de los paganos y a la cuidadosa formación de los cristianos puso muy pronto de relieve sus sobresalientes capacidades intelectuales y espirituales. Tal reconocimiento por parte de sus superiores se tradujo en su elección como Vicario provincial durante los capítulos celebrados en los años 1792 y 1794.

Ministerio episcopal y fecundidad apostólica

La labor infatigable del misionero fue pronto reconocida por la suprema autoridad de la Iglesia cuando el papa Pío VI, el once de febrero de 1794, lo nombró obispo y coadiutores del Vicario Apostólico monsignor Feliciano Alonso. Pocos años después, el dos de febrero de 1799, sucedió formalmente a monsignor Feliciano Alonso como Vicario Apostólico del Tonchino Oriental, asumiendo la plena responsabilidad del gobierno eclesiástico en tiempos complejos. A lo largo de casi cincuenta años de incesante apostolato, su celo logró raddoppiare el número de los cristianos en aquella región asiática. Su visión pastoral le impulsó a erigir numerosos colegios, así como a edificar iglesias y monasterios para el sustento espiritual del pueblo. Asimismo, promovió la formación de un gran número de indigenas al sacerdocio, logrando una utilidad extraordinaria para los villagros cristianos que se encontraban en plena vía de desarrollo. Su caridad infatigable inició e impulsó innumerables obras de benevolencia, haciéndose verdaderamente todo para todos según el espíritu del Evangelio.

La persecución y el refugio en Kièn-Lao

La apacible labor de los misioneros se vio gravemente amenazada por los edictos de persecución publicados contra los cristianos, emitidos con especial crueldad por el rey Minh-Manh. Dicho monarca reinó entre los años 1820 y 1840, manifestando una profunda aversión hacia los misioneros europeos, a quienes ordenó buscar activamente, decapitar y derribar sus templos. Ante esta situación de extrema violencia, los fieles se veían obligados en ocasiones a calpestare la cruz para poder salvar temporalmente la vida. En el cumplimiento fiel de su deber pastoral, y encontrándose en el pleno apogeo de la persecución, el veintidós de abril de 1838 monsignor Delgado buscó refugio en la casa de la misión situada en la localidad de Kièn-Lao. Con él se refugiaron también su coadiutores monsignor Henares y el futuro santo Girolamo Hermosilla. Junto a la casa misional existía una pequeña cueva oculta, dispuesta habitualmente como escondite seguro en momentos de grave peligro inminente.

La traición y el arresto del prelado

El veintisiete de mayo de 1838, un capitán se presentó con doscientos soldados en las inmediaciones de Kièn-Lao para capturar a los religiosos. Los dominicanos pretendían huir hacia el escondite, pero los dos principales exponentes del villaggio se opusieron firmemente a ello. Los habitantes locales sostenían que la mayor parte de la población no era cristiana y que por tanto no existía motivo alguno para temer la llegada de los soldados. Los misioneros consintieron a las insistencias de la comunidad por prudencia y para no dejar el camino seguro por una incertidumbre. Sin embargo, todas las precauciones adoptadas quedaron vanificadas debido al trágico tradimento cometido por un maestro de letras. Dicho individuo había sabido mediante engaño, a través de un fanciullo cristiano, que en el pueblo residía un valioso misionero europeo, y comunicó la noticia al mandarino impulsado por el amor al lucro. La aldea fue inmediatamente cercada por las tropas imperiales, impidiendo a los religiosos alcanzar la cueva secreta debido al gran scompiglio general. Advirtiendo la avanzada edad del obispo, que le impedía caminar por sus propios medios, los catequistas decidieron trasladarlo colocándolo en una lettiga, cubriéndolo con una stuoia y encomendándolo a dos domesticos. Durante el trayecto, los servidores fueron descubiertos y perseguidos de cerca, por lo que optaron por abandonar al venerable anciano en medio de un campo para salvar sus propias vidas. Los soldados alcanzaron al obispo, lo encadenaron implacablemente, lo golpearon con el mango de un pesado cuchillo y lo condujeron ante el tribunal local. Lejos de intentar cualquier defensa personal, monsignor Delgado declaró a los jueces que no residía habitualmente en Kièn-Lao y suplicó clemencia para proteger a los habitantes del lugar.

Interrogatorios, sufrimientos y reclusión en la jaula

El mandarino quedó vivamente maravillado ante la inquebrantable serenidad mostrada por el prisionero durante el juicio. Movido por la avanzada edad del obispo, el magistrado le ofreció un cuchillo invitándole a quitarse la vida por mano propia para evitar de ese modo una condena infamante. El mártir rechazó categóricamente tal propuesta afirmando con firmeza que el suicidio constituye un pecado grave ante Dios, y añadió que se sentiría plenamente dichoso si era asesinado a causa de su fe en la religión cristiana. Ante esta respuesta, el mandarino se indignó profundamente, lo entregó de nuevo a los soldados para que lo humillaran y, al caer la tarde, ordenó su traslado hacia Thièn-Truòng. El treinta de mayo, el santo fue encerrado dentro de una jaula tan estrecha que le impedía por completo permanecer erguido, condición infame en la cual debió permanecer hasta el final de sus días. Ese mismo día fue conducido a Nam-Dinh, donde era esperado por una inmensa multitud compuesta por gente sencilla, soldados y mandarines. Al llegar a la ciudad en actitud profundamente genuflresa y entregada a la oración, contempló cerca de la puerta algunas cruces dispuestas a propósito sobre el suelo para ser pisoteadas por quienes entraban. Inorridito ante tal sacrilegio, suplicó con tanta fuerza e insistencia a los mandarines que retirasen las cruces a su paso que ninguno de los presentes se atrevió a contradecirlo. Apenas la jaula fue introducida en el recinto urbano, los símbolos sagrados volvieron a ser colocados en su sitio, obligando a los cristianos seguidores del pastor a retroceder para evitar cualquier ultraje al signo de su fe. La jaula fue instalada en un paraje denominado Trai-Vé, situado junto a la puerta meridional de la ciudad, quedando expuesta sin piedad cada día a los rayos abrasadores del sol. Los fieles cristianos intentaron ofrecer dinero y soportar castigos corporales con tal de procurar algún pequeño alivio al prisionero, quien hubo de padecer además un hambre y una sed agudas. Transportado en repetidas ocasiones desde la fría prisión hasta el tribunal, el confesor de la fe soportó injurias y ultrajes imposibles de relatar por parte de los jueces y de los guardianes. Interrogado minuciosamente sobre su nombre, su edad, su procedencia y los motivos de su llegada al Tonchino, el prisionero respondió de manera exhaustiva únicamente en lo que atañía a su propia persona. Cuando los magistrados le exigieron datos acerca de los lugares donde se había ocultado, del número de sacerdotes europeos que anunciaban el Evangelio y de los presbíteros ordenados por él, el santo se limitó a manifestar exclusivamente aquello que ya era conocido por sus jueces. Los verdugos de monsignor Delgado fingían no comprender cómo un hombre de vasta cultura había podido abandonar su patria y a sus padres para venir a predicar y sufrir en un país tan lejano. En respuesta, el obispo reprochó con palabras ardientes la injusta persecución desencadenada contra los inocentes, manifestando una profunda compasión por la ceguera espiritual de sus verdugos al afirmar que no conocían la verdadera religión. Sostuvo con valor que, de haber conocido la fe verdadera, la habrían abrazado sin dudar, e invitó a los jueces a consumar de inmediato su muerte por ser el ministro supremo de aquella provincia por odio a la fe, declarándose dichoso por ello. Al tiempo, preguntó con santa paciencia por qué se le retenía tanto tiempo causando molestias innecesarias a los guardias obligados a vigilarle.

El tránsito al cielo y la ejecución póstuma

Considerando inútil la prosecución de cualquier otro examen, el gobernador de la ciudad dictó la condena a la decapitación contra el prelado, quien ya era anciano, enfermo y sordo. Dicha sentencia empleó exactamente las mismas frases idénticas que se habían utilizado dos días antes, el dieciocho de junio de 1838, para condenar a monsignor Henares. El verdetto judicial fue remitido formalmente a la corte imperial para que el rey Minh-Manh procediera a su debida ratificación. Mientras aguardaba, el prisionero aceleraba mediante la oración el día en que el verdugo le abriría con la espada las puertas de la gloria celestial. El cuerpo del confesor, sumamente debilitado tras cuarent3 días de atroces sufrimientos soportados en aquella horrible jaula, fue asaltado por vómitos y disentería. El mandarino encargado de su custodia solicitó al gobernador la autorización necesaria para llamar a un médico que lo atendiera, pero tal petición fue implacablemente denegada. Monsignor Delgado entregó su alma al Creador la mañana siguiente, el veintiuno de julio de 1838, habiendo expirado completamente privado de cualquier auxilio humano. Al recibir la noticia del deceso, el gobernador no ocultó su profundo desagrado por haber perdido la oportunidad de ofrecer al pueblo un espectáculo terrorífico mediante la ejecución pública. No obstante, ordenó verificar la muerte real del ajusticiado mediante la prueba de la quemadura en el pulgar del pie. A continuación, el gobernador emitió una nueva resolución oficial en la que definía a Delgado como un hombre de raza distinta llegado tiempo atrás para enseñar una falsa religión y seducir a las almas. Declaró asimismo que, debido a su pertinacia en aquella perversa creencia, el difunto no podía ser equiparado a los criminales comunes, y ordenó que la sentencia capital se ejecutara de todos modos sobre su cuerpo sin vida para que sirviera de escarmiento a todos. La ejecución fue llevada a cabo de forma póstuma sobre el cadáver, tras lo cual la cabeza del mártir fue arrojada a las aguas del río Vi-Hoàng. Tres meses y medio más tarde, un pescaror cristiano logró recuperar la cabeza, la cual fue devuelta y reunida con el resto del cuerpo que ya había recibido sepultura en Bùi-Chu, al lado de monsignor Henares. El intrépido pastor fue finalmente beatificado junto a un grupo de ilustres mártires por el papa León XIII el siete de mayo de 1900, y elevado solemnemente a los altares mediante la canonización presidida por san Juan Pablo II el diecinueve de junio de 1988, junto a otros ciento dieciséis testigos de la fe que regaron con su sangre las tierras del Vietnam.

Preguntas frecuentes

Cuándo se festeggia Sant'Ignacio Clemente Delgado?

Se celebra el 12 de julio en el martirologio.

De qué es patrono Sant'Ignacio Clemente Delgado?

Los hechos proporcionados no mencionan ningún patronato específico para este santo.

En la ciudad de Nam Định en Tonkín, ahora Viet Nam, san Clemente Ignacio Delgado Cebrián, obispo y mártir, que, después de cincuenta años transcurridos predicando el Evangelio, fue arrestado por orden del emperador Minh Mạng por su fe en Cristo y murió en la cárcel entre muchos sufrimientos. — Martirologio Romano