3 de enero
Santísimo Nombre de Jesús
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
El significado y la fuerza del nombre en la antigüedad
Los nombres poseen un significado intrínseco, tal como lo demuestran los nombres teofóricos y aquellos de determinados erois que simbolizan la misión desempeñada por ellos en la historia. El nombre racchiude y representa un contenido dinámico y una fuerza, definiendo la naturaleza profunda de un ser en cuanto contiene su presencia activa. Platone afirmó que la conocimiento del nombre comporta la conoscenza directa de las cosas mismas, pues el nombre ocupa un espacio, posee la propiedad del objeto y la esplicita. El nombre de nacimiento expresa la esencia, las prerrogativas, las cualidades y los defectos de un individuo, de modo que la pronuncia del nombre evoca la presencia de la persona nominada, atribuyéndole una dimensión precisa. Los pueblos primitivos intentaban aprender los nombres para ejercer un poder sobre personas o seres vivientes, resultando el nombre indispensable en la ejecución de los incantamenti. Los magos buscaban conocer el nombre para incidirlo sobre amuletos y talismanes junto con el de las Entidades Invisibles. En la antigua Grecia, los nombres pertenecían a dos categorías distintas. La primera categoría comprendía el nombre de un dios o derivados de él, tales como Apollodoro, Apollonio, Erodoto, Isidoro, Demetrio y Teodoro. La segunda categoría era elegida como augurio para el futuro del niño, acompañada por la indicación de la localidad de procedencia o residencia. Por su parte, los Romanos atribuían a los neonatos tres nombres, a saber, el prenombre, el nombre y el cognome. El prenombre romano se elegía entre los dieciocho más difundidos y se abreviaba con la inicial, como P por Publio o C por Caio. El nombre romano indicaba la gens de pertenencia, como Julius para la gens Julia, mientras que el cognome identificaba a la familia específica cuando la gens se dividía en múltiples ramas.
La tradición semítica y la revelación del nombre divino
Los nombres de origen hebraico, especialmente los masculinos, contienen casi siempre una invocación a Dios creador, y el pueblo hebraico extrajo constantemente fuerza de Dios a lo largo de su compleja historia. Para los semitas, los nombres propios poseían un valor intrínseco manifestado por la composición, por la etimología o por la pronunciación. En el costumbre popular semítico existían dos usanzas ligadas a los nombres. La primera usanza consistía en la imposición de nombres teofóricos para poner al hijo bajo la protección divina o para agradecer y rezar a la divinidad por el nacimiento, con ejemplos como Isaia, que significa Iahvé salva, y Giosuè, que significa Iahvé es salvación. La segunda usanza consistía en atribuir nombres que recordaran las circunstancias o particularidades del nacimiento. Según el libro de la Genesi, Rachele en punto de muerte por un parto doloroso llamó al recién nacido Ben-Oni, que significa hijo de mi dolor. Los hebreos tendían a hacer del nombre un símbolo del valor religioso o político de sus héroes nacionales y religiosos. En el contexto hebraico, Eva significa la madre de todos los vivientes, Abramo el padre de una multitud y Giacobbe aquel que suplanta. En la visión semítica, el nombre posee una dimensión dinámica ligada a la fuerza y a la potencia que representa y encierra, de modo que la presencia del nombre equivale a la presencia de la persona y de su fuerza dispuesta a manifestarse. Conocer a alguien por su nombre implica un conocimiento profundo y la capacidad de disponer de su potencia, un concepto que adquiere relevancia especial al aplicarse a los seres superiores, inaccesibles de otro modo para el hombre si no a través de su nombre. El nombre de la divinidad custodia su presencia misteriosa y constituye el canal de comunicación más accesible entre el hombre y Dios. Quien conoce y pronuncia el nombre del dios en el ámbito del misterio mágico o religioso obtiene la fuerza para hacerse escuchar y para hacerlo intervenir a su favor. En la tradición semítica, el acto de imponer o cambiar el nombre a alguien demuestra la posesión de un poder absoluto y de una soberanía sobre él, tal como Adamo ejerció su poder imponiendo el nombre a todo el ganado a su disposición, según se describe en la Genesi. El Dios de los Hebreos manifestó su dominio absoluto mudando los nombres de Abram en Abraham, de Sarai en Sara y de Giacobbe en Israel, adquiriendo los nuevos nombres nuevos significados.
El nombre de Iahvé en la historia de la salvación
El ser humano experimenta desde siempre la exigencia intrínseca de conocer el nombre de la divinidad en la que cree, puesto que el nombre garantiza su existencia. En su texto Mito y Magia, Francesco Albergamo relata el episodio de una niña de nueve años que sostiene ante su padre la existencia de Dios basándose en el hecho de que Él posee un nombre. En el libro del Éxodo, cuando Dios llama a Moisés para la misión entre los hebreos, Moisés le pide el nombre para poder responder ante las inevitables preguntas del pueblo sobre su autoridad. Inicialmente, el Dios de Israel era identificado como el Dios de los antepasados, el Dios de Abramo, de Isacco y de Giacobbe, o mediante fórmulas como El Shaddai, Terror de Isacco y Fuerte de Giacobbe. Dios revela finalmente a Moisés el nombre Iahvé, que significa Él es. El nombre Iahvé entró en la vida religiosa israelita y se difundió gracias a sus intervenciones soberanas en la historia. A lo largo de la historia de Israel, profetas y sumos sacerdotes colocaron el nombre de Iahvé en el centro de la liturgia mediante la profesión de fe, la invocación y la glorificación por parte del pueblo. En el tardío judaísmo, para remarcar la trascendencia divina, se cesó de pronunciar el nombre Iahvé, sustituyéndolo por el término Nombre o por apelativos como Padre. El uso del término Padre para Dios servía para subrayar el vínculo especial entre la divinidad y su pueblo. En el Nuevo Testamento, el atributo de Padre referido a Dios adquiere su significado pleno tanto para Jesús como para los creyentes. Según el Evangelio de Mateo, solo Jesús conoce al Padre y es capaz de revelarlo eficazmente. En el Evangelio de Juan, Jesús se refiere frecuentemente a Dios como Padre, al punto de que tal término es usado como sinónimo de Dios y considerado su verdadera definición y expresión esencial. Jesús manifestó el nombre del Padre a los hombres, permitiendo a los creyentes saberse hijos junto con él, y enseñó a sus discípulos la oración del Padre nuestro, que se convirtió en la oración fundamental de la comunidad cristiana. Jesús rogó al Padre que glorificara su nombre e instó a los discípulos a pedir que el nombre de Dios sea santificado. Dios respondió a las oraciones de Jesús manifestando la potencia de su propio nombre y glorificando al Hijo, mientras que los creyentes tienen la misión de proseguir la glorificación de Dios, alabando y testimoniando su nombre y evitando comportamientos que le procuren oprobio o blasfemias.
El Nombre de Jesús en el Nuevo Testamento y en la comunidad apostólica
El Mesías llevó el nombre de Jesús durante su vida en la tierra. El nombre Jesús fue dado por san Giuseppe en virtud del comando de un ángel que se le apareció en sueño. El ángel anunció a Giuseppe que el concibimiento de María era obra del Espíritu Santo y que el niño nacido se llamaría Jesús porque habría salvado al pueblo de sus pecados, significando el nombre mismo Salvador. Los evangelistas, los Hechos de los Apóstoles y las cartas apostólicas evidencian el significado y la fuerza del Nombre de Jesús, usándolo a veces como término absoluto para indicar la divinidad. Durante el ministerio público de Jesús, los discípulos realizaron curaciones, exorcismos y prodigios invocando su nombre. En el Evangelio de Lucas, los setenta y dos discípulos regresan goiosos refiriendo a Jesús que incluso los demonios se someten en su nombre, mientras que en el Evangelio de Mateo se recuerda que muchos profetizaron, expulsaron demonios y cumplieron prodigios en el nombre de Jesús. En los Hechos de los Apóstoles se afirma que no existe ningún otro nombre dado a los hombres bajo el cielo mediante el cual se pueda obtener la salvación. Con la resurrección y la entronización de Jesús a su derecha, Dios le donó un nombre superior a cualquier otro nombre, un nuevo nombre indisolublemente ligado al de Dios. El nombre supremo de Jesús se expresa en la carga de Señor, atribuida tanto a Jesús resucitado como a Dios Padre, y los cristianos le atribuyeron los apelativos característicos que en el judaísmo eran atribuidos a Dios. Según el pasaje bíblico de Hechos 5, 41, los apóstoles salieron del Sinedrio felices de haber sido ultrajados a causa del Nombre de Jesús. Sobre la base de Romanos 10, 9-13, la fe cristiana exige confesar y creer en el corazón que Jesús es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos, invocando su nombre para salvarse. Los primeros cristianos se identificaban como aquellos que reconocían a Jesús como Señor e invocaban su nombre. Para los primeros cristianos, el nombre de Jesús tenía un papel central, pues en él se reunían, acogían a los otros, daban gracias a Dios, actuaban por su gloria y estaban dispuestos a sufrir. El signo de la cruz es considerado la máxima expresión de la presencia del Nombre del Señor y de la Santísima Trinidad en la vida cristiana. Pronunciado con la fórmula En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, el signo de la cruz abre cada oración, devoción y celebración, y cierra las bendiciones y los sacramentos.
El desarrollo del culto litúrgico y la labor de san Bernardino de Siena
El Santísimo Nombre de Jesús fue honrado en la Iglesia desde los primeros tiempos, pero su culto litúrgico comenzó propiamente en el siglo XIV. El franciscano san Bernardino de Siena, nacido en 1380 y fallecido en 1444, fue un gran predicador y difusor del culto del Nombre de Jesús. Los beatos Alberto da Sarteano, nacido en 1385 y fallecido en 1450, y Bernardino da Feltre, nacido en 1439 y fallecido en 1494, cofrades de san Bernardino, continuaron la promoción de este culto. En 1530 el papa Clemente VII concedió a la Orden Francescana el permiso para recitar el Oficio del Santísimo Nombre de Jesús. En 1721 el papa Inocencio XIII extendió la celebración del Santísimo Nombre de Jesús a toda la Iglesia. La fecha de la celebración varió inicialmente entre las primeras domingos de enero, fijándose luego al 2 de enero hasta su supresión en los años setenta del siglo XX. El papa Juan Pablo II restableció la memoria facultativa del Santísimo Nombre de Jesús al 3 de enero en el Calendario Romano. San Bernardino concibió un símbolo visual de colores vivos para lograr que su predicación quedara impresa en la memoria. El símbolo creado por Bernardino fue colocado en edificios públicos y privados, reemplazando los escudos de las familias y corporaciones rivales, de modo que el trigramma del Nombre de Jesús se convirtió en un emblema célebre y largamente difundido. Un enorme trigramma del Nombre de Jesús, realizado por los orfebres seneses Tuccio de Sano y su hijo Pietro, se encuentra en la fachada del Palazzo Pubblico de Siena. El trigramma se halla en todos los lugares en donde Bernardino y sus seguidores predicaron o moraron. El trigramma era a veces representado en los estandartes que precedían a Bernardino en su ingreso a las ciudades. Bernardino apoyaba sobre el altar tablillas de madera con el trigramma antes de predicar y las usaba para bendecir a los fieles al final de la Misa. San Bernardino es considerado el patrono de los publicitarios por haber diseñado personalmente el trigramma.
El simbolismo del trigramma y la expansión de la devoción
El símbolo del trigramma representa un sol radiante sobre un fondo celeste, llevando en el centro las letras IHS. Las letras IHS corresponden a las tres primeras letras del nombre de Jesús en griego, que se escribe Iesûs. Existen explicaciones alternativas para IHS, entre las cuales figuran las abreviaciones del lema constantiniano In Hoc Signo vinces o de la frase Iesus Hominum Salvator. San Bernardino atribuye al sol central el significado de Cristo que dona la vida y irradia la Caridad. En el símbolo, los doce rayos serpenteantes que emanan el calor del sol representan a los doce Apóstoles, mientras que los ocho rayos directos representan las bienaventuranzas. La franja que encierra el sol simboliza la infinita felicidad de los bienaventurados, en tanto que en el trigramma el fondo celeste representa la fe y el color oro simboliza el amor. Bernardino modificó la letra H alargando su asta izquierda y cortándola en alto para formar una cruz, o bien poniendo la cruz sobre la línea mediana de la letra. Los doce rayos serpenteantes poseían un significado místico expresado en una letanía: refugio de los penitentes, estandarte de los combatientes, remedio de los enfermos, consuelo de los afligidos, honor de los creyentes, gozo de los predicadores, mérito de los obradores, ayuda de los deficientes, suspiro de los meditantes, sufragio de los orantes, gusto de los contemplantes y gloria de los triunfantes. Alrededor de todo el símbolo hay una marco circular que contiene la cita latina de la Carta a los Filipenses de san Pablo: En el Nombre de Jesús toda rodilla se doble, ya de los seres celestes, que de los terrestres y de los infernales. El trigramma de Bernardino obtuvo un vasto éxito y se difundió en toda Europa. Santa Giovanna d'Arco hizo bordar el trigramma bernardiniano en su propio estandarte y, en tiempos posteriores, el trigramma fue adoptado también por los Jesuitas. Bernardino declaró que deseaba renovar y aclarar la veneración del nombre de Jesús, restableciendo el uso de la Iglesia de los orígenes. Bernardino explicó que la cruz recuerda la Pasión de Cristo, mientras que el Nombre de Jesús evoca su entera existencia. Según Bernardino, el Nombre de Jesús evoca la pobreza del nacimiento en el pesebre y el trabajo en el taller de carpintero. Según Bernardino, el Nombre de Jesús recuerda la penitencia transcurrida en el desierto y los prodigios de la caridad divina. Según Bernardino, el Nombre de Jesús llama los padecimientos del Calvario, unitualmente a la victoria de la Resurrección y de la Ascensión. Bernardino confirmó una práctica devocional ya introducida por san Pablo, y la devoción al Nombre de Jesús había sido sostenida en la Edad Media por diversos Doctores de la Iglesia y por san Francisco de Asís. El culto del Nombre de Jesús estaba difuso en todo el territorio senese ya antes de Bernardino. Los Gesuati eran una congregación religiosa instituida en 1360 por el beato Giovanni Colombini, originario de Siena, los cuales se dedicaban al cuidado y al apoyo de los malnutridos y enfermos. La congregación de los Gesuati obtuvo tal denominación a causa de la costumbre de invocar continuamente el nombre de Jesús. La Compagnia de Jesús adoptó el trigramma de tres letras del Nombre de Jesús como su símbolo oficial y se convirtió en una ferviente promotora de la doctrina y del culto del Santísimo Nombre de Jesús. Los Jesuitas titularon al Santísimo Nombre de Jesús sus edificios sagrados más imponentes y artísticos en todo el planeta. La Iglesia del Gesù en Roma representa el templo más grande y relevante perteneciente a la orden de los Jesuitas. Sobre la bóveda de la Iglesia del Gesù en Roma se encuentra el fresco titulado Triunfo del Nombre de Jesús. El fresco del Triunfo del Nombre de Jesús fue realizado en 1679 por el pintor genovés Giovanni Battista Gaulli, conocido como el Baciccia. En el fresco de Gaulli, centenares de figuras pueblan un espacio luminoso moviéndose con dinamismo y siendo atraídas por el Nombre de Jesús situado en el centro. El Martirologio atestigua que el Santísimo Nombre de Jesús es el único ante el cual cada criatura en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra debe doblar las rodillas para glorificar la majestad de Dios.
El signo de la fe
Durante el siglo XV, la península italiana fue testigo de un florecimiento espiritual sin precedentes gracias a la entrega de un sacerdote nacido en Siena en 1380. Con una profunda sensibilidad pastoral, este siervo de Dios comprendió que el pueblo necesitaba un signo visible que uniera los corazones y disipara las tinieblas de la época. Así nació la propagación del culto liturgico del Santísimo Nombre de Jesús, una misión que llevó con celo apostólico por pueblos y ciudades, transformando la devoción privada en una gran oración comunitaria.
Para hacer palpable esta devoción, el santo sacerdote ideó y diseñó el célebre trigrama IHS, rodeado por un sol radiante de doce rayos. Al finalizar sus sermones, solía mostrar y bendecir a los fieles con tavolette lignee que llevaban grabado este sagrado emblema. Este gesto sencillo pero cargado de solemnidad litúrgica no solo conmovía a las multitudes, sino que grababa en la memoria de los creyentes la grandeza del Salvador. Su vida terrenal se extinguió en el año 1444, dejando tras de sí un sendero de luz y una devoción arraigada en el alma de la Iglesia.
El legado litúrgico
El culto al Santísimo Nombre de Jesús, consolidado por la entrega de este sacerdote sienés, permanece como un pilar de la liturgia que nos invita a la reverencia y a la contemplación silenciosa. El trigrama del sol radiante sigue siendo un símbolo universal de la presencia de Cristo en medio de su pueblo, un recordatorio de que en ningún otro nombre hay salvación.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festeja el Santísimo Nombre de Jesús?
El Santísimo Nombre de Jesús se celebra con memoria facultativa el 3 de enero en el Calendario Romano.
De qué es patrono el Santísimo Nombre de Jesús?
San Bernardino de Siena es considerado el patrono de los publicitarios por haber diseñado personalmente el trigramma del Nombre de Jesús.
Santísimo Nombre de Jesús, el único en el cual, en los cielos, sobre la tierra y bajo tierra, se doble toda rodilla a gloria de la majestad divina. — Martirologio Romano