Santa Magdalena de Canossa nació en Verona el uno de marzo de 1774, en el seno de una de las familias más ilustres e influyentes de la Italia de aquel tiempo, aunque marcada por no poca desdicha. Descendiente lejana de la famosa Matilde de Toscana, perdió a su padre siendo muy pequeña junto con sus cuatro hermanos, tras lo cual su madre se volvió a casar y los dejó. A la edad de cinco años, Magdalena fue confiada a una institutriz a la que detestaba, y durante su juventud se amoló con frequencia debido a diversas enfermedades. A los diecisiete años ingresó en el Carmelo de Trento en contra de la voluntad de sus parientes, y llegó a residir brevemente en el Carmelo de Conegliano, en la provincia de Treviso, antes de retornar al hogar paterno, donde sorprendió a todos por su extraordinario talento para la administración.
Su verdadera vocación la condujo sin reservas hacia los pobres, un camino que comenzó a perfilarse en 1801 cuando acogió a dos muchachas necesitadas en el palazzo Canossa, un lugar histórico que llegó a hospedar a figuras como Napoleón y Alejandro I de Rusia. Aquella acogida inicial evolucionó hasta transformarse en el deseo firme de proporcionarles un hogar propio donde pudieran instruirse y realizarse como personas. Tras una vida entregada por entero al servicio de los desfavorecidos y a la fundación de numerosas casas educativas, falleció en Verona el 10 de abril de 1835 a la edad de sesenta y un años, consumida por el esfuerzo de dar toda su persona a su gran obra. Fue proclamada santa por el papa Juan Pablo II el 2 de octubre de 1988.