20 de julio
Beata Francisca del S. Corazón de Jesús Aldea Araujo
Monja, mártir en España
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y vocación
Francisca Aldea nació el diecisiete de diciembre del año 1881 en la localidad de Somolinos, situada en la provincia de Guadalajara. Su infancia conoció pronto el dolor de la pérdida, pues a la edad de nueve años experimentó la muerte de su padre, a la que siguió dos años más tarde la de su madre, quedando profundamente huérfana. A la edad de once años, la niña Francisca fue acogida como alunna interna en el colegio de Santa Susanna en Madrid, una institución educativa que se encontraba guiada por las Suore della Carità del Sacro Cuore di Gesù. Dicha congregación había sido fundada en España en el año 1877 por la venerabile Isabel de Larrañaga Ramirez. En aquel ambiente de fe y amparo espiritual, la joven creció madurando una vocación religiosa sincera y firme. A los dieciocho años de edad, Francisca ingresó formalmente en el noviciado del Instituto donde se había formado y en el que había encontrado su hogar espiritual. Su maestra de novicias fue precisamente la madre Rita Dolores Pujalte Sanchez, quien con el tiempo se convertiría en la inmediata sucesora de la fundadora a la guía de la congregación. Durante los meses de formación, Francisca se distinguió como un auténtico modelo de vida religiosa, destacando por su obediencia, su espíritu de oración y su caridad silenciosa. Como culmen de esta etapa de preparación espiritual, Francisca fue admitida a emitir los votos temporales el veinte de noviembre del año 1903. Años más tarde, su consagración se consolidó de manera definitiva cuando fue admitida a los votos perpetuos en el año 1910. En aquel momento solemne de su profesión definitiva, asumió oficialmente el nombre religioso de Francisca del Sagrado Corazón de Jesús, sellando su pertenencia total al Señor.
Servicio y entrega apostólica
Una vez consolidada su consagración religiosa, Francisca desarrolló una intensa y fecunda labor apostólica dentro de su congregación. Tras obtener el título de maestra, la superioridad le confió la noble tarea de la enseñanza y la formación humana de las jóvenes pupilas del colegio madrileño. Francisca desempeñó este delicado encargo de educadora con gran celo y dedicación hasta el año 1916. En aquel mismo año de 1916, el instituto reconoció sus dotes de gobierno y su prudencia, siendo elegida inicialmente como assistente y pasando posteriormente a desempeñar el cargo de secretaria general de la congregación. A lo largo de los años de servicio, Francisca manifestó una especial predilección y ternura hacia las niñas orfanas y pobres, así como hacia las personas ammalata, movida por una profunda empatía nacida de su propia experiencia de orfandad en los años de la infancia. Su caridad no conocía distinciones y se traducía en gestos concretos de asistencia y consuelo espiritual. Con el paso del tiempo, la madre Rita Dolores se encontraba ya muy anciana y prácticamente ciega, residiendo permanentemente en el colegio de Madrid. Ante la fragilidad y la avanzada edad de la que había sido su maestra y superiora, Francisca se ofreció de forma totalmente voluntaria para asistirla como enfermera personal, cuidando de ella con filial devoción y esmero cotidiano hasta los últimos instantes de su vida terrena, en un hermoso ejemplo de gratitud y amor fraterno.
El martirio en Canillejas
En el mes de julio del año 1936, la situación política y social en la ciudad de Madrid había precipitado dramáticamente, creando un clima generalizado de profundo miedo y un inminente peligro de persecución religiosa contra la Iglesia católica. La congregación había sufrido ya el doloroso tributo de sangre de algunas de sus hijas durante la violenta carneficina de religiosi y clero católicos perpetrada en el transcurso de la Guerra Civil del período comprendido entre los años 1936 y 1939, conflicto en el cual aproximadamente siete mil religiosos y clérigos católicos fueron asesinados a causa de su fe. A pesar de la clarísima conciencia del peligro mortal que corrían, la comunidad entera del colegio de Santa Susanna tomó la valiente y generosa decisión de permanecer en el establecimiento para continuar asegurando la necesaria cura y protección de las niñas orfanas que se encontraban allí ricoverate. El día veinte de julio, los revolucionarios asaltaron violentamente el colegio, derribando las puertas a la fuerza e introduciéndose en el edificio entre disparos y amenazas. Ante la inminencia del asalto, las supresas y las niñas se habían congregado en la capilla para encomendarse a Dios y prepararse espiritualmente para el peor de los desenlaces. Con generosidad heroica, la superiora intentó interceder y rogó con insistencia a los asaltantes que dejaran en absoluta libertad a la anciana madre Rita Dolores, que contaba ya con ochenta y tres años y estaba casi ciega, y también a su fiel enfermera suor Francisca, que padecía diversos problemas de salud. Fingiendo una falsa clemencia, los revolucionarios accedieron aparentemente a la petición y las acompañaron a un apartamento situado en las inmediaciones. Sin embargo, tras el transcurso de dos horas, un grupo de milicianos regresó al piso para prender de nuevo a las dos religiosas, obligándolas a bajar por las escaleras bajo amenazas. Los agresores introdujeron a las suore en un furgón y las condujeron fuera de la ciudad, dirigiéndolas hacia el sobborgo madrileño del pequeño pueblo de Canillejas. Una vez allí, las bajaron en una calle solitaria ubicada en los alrededores del cemeterio local. Sin atender a la avanzada edad de la madre Rita ni a las enfermedades y la fragilidad física de suor Francisca, los persecutori abrieron fuego contra ellas, descargando diversos colpi di fucile. El brutal asesinato se consumó exactamente a las quince horas y treinta minutos del veinte de julio del año 1936, sellando con el martirio una existencia enteramente consagrada a Dios.
Glorificación y culto
La entrega suprema de las dos religiosas no cayó en el olvido de la Iglesia ni de sus hermanas de congregación. Para la madre Rita Dolores y para Francisca Aldea, el martirio constituyó el premio definitivo a una vida gastada íntegramente en el servicio desinteresado al prójimo y el cumplimiento perfecto de su ardiente deseo de versare el propio sangue por amor a Cristo. Finalizado el conflicto bélico, en el año 1940 los sagrados cadáveres fueron objeto de una primera exhumación para ser trasladados solemnemente al cimiento general de la Almudena en Madrid. Según el testimonio jurado de diversos testigos presenciales, los cuerpos conservaban todavía una sorprendente flexibilidad y el color propio de una persona viviente en el momento de la exhumación, un hecho que causó profunda admiración. Posteriormente, en el año 1954, los cuerpos incorrotti de las mártires fueron trasladados definitivamente a la localidad de Villaverde, situada en las cercanías de Madrid, quedando depositados con veneración en la capilla de su propio instituto religioso. El proceso canónico para la beatificación de ambas siervas de Dios se abrió formalmente también en el año 1954, iniciando un largo camino de estudio y reconocimiento eclesiástico. Tras décadas de rigurosa instrucción, en el año 1997 el romano pontífice aprobó oficialmente el martirio sufrido por las dos religiosas a causa del odio a la fe. Finalmente, el papa Juan Paolo II procedió a beatificarlas conjuntamente en una solemne celebración eucarística el diez de mayo del año 1998 en la Plaza San Pietro en Roma. La tradición espiritual de la orden y la devoción de los fieles recuerdan este testimonio luminosos como una cumbre de santidad en tiempos de prueba.
Una vida entregada al servicio
La trayectoria de la Beata Francisca del Sagrado Corazón de Jesús Aldea Araujo estuvo marcada por una profunda vocación de servicio y caridad. Tras su nacimiento en la localidad de Somolinos, encontró su camino espiritual en el instituto de las Suore della Carità del Sagrado Corazón de Jesús. Tras completar su formación en el noviciado, consolidó su compromiso con el Señor al emitir sus votos perpetuos en el año mil novecientos diez. Durante años, desarrolló su misión con sencillez y esmero, destacando especialmente en su labor como enfermera, donde cuidó con esmero a su superiora, Rita Dolores Pujalte.
El contexto histórico del siglo veinte trajo consigo tiempos de gran dificultad y persecución. En el año mil novecientos treinta y seis, mientras ejercía su labor en un colegio de Madrid, la Beata Francisca fue arrestada por grupos revolucionarios. A pesar de la incertidumbre y el peligro, mantuvo su entereza hasta el final. Fue trasladada hasta el cementerio de Canillejas, donde el veinte de julio de aquel mismo año entregó su vida mediante la fusilación. Su muerte no fue el final de su testimonio, sino la confirmación de una vida que se había entregado completamente a Dios y al prójimo. La Iglesia reconoció oficialmente su sacrificio y su entrega ejemplar cuando, en el año mil novecientos noventa y ocho, el Papa Juan Pablo Segundo procedió a su beatificación, elevándola a los altares como modelo de fe y constancia para todos los fieles.
El culto y la memoria
La memoria de la Beata Francisca del Sagrado Corazón de Jesús Aldea Araujo es celebrada con devoción por la Iglesia, especialmente en la fecha de su tránsito al cielo. Su figura representa la fortaleza de quienes, en momentos de prueba, permanecen fieles a su vocación religiosa y a su compromiso con el Evangelio. Al recordar su sacrificio en Canillejas, los fieles encuentran una fuente de inspiración para vivir la propia fe con autenticidad y entrega generosa, reconociendo en su historia la luz de la caridad que vence al miedo.
Preguntas frecuentes
Quando se festeggia la Beata Francisca del Sagrado Corazón de Jesús Aldea Araujo?
La ricorrenza liturgica de la beata se celebra cada año el día veinte de julio.
En Madrid en España, beatas Rita del Doloroso Corazón de Jesús Pujalte y Sánchez y Francisca del Corazón de Jesús Aldea y Araujo, vírgenes de la Congregación de las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús y mártires, que, durante la persecución estallada en el curso de la guerra civil, fueron arrestadas en la iglesia del Colegio por los enemigos de la Iglesia y poco después fusiladas en la calle. — Martirologio Romano