9 de julio
Beate 32 Mártires de Orange
Vírgenes y mártires
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
El contexto histórico y la persecución en Orange
Durante el siglo dieciocho, en el turbulento periodo de la Revolución Francesa, la Iglesia católica en Francia atravesó una de sus pruebas más duras. El martirio de estas treinta y dos religiosas francesas ocurrió en el periodo del Terror, un tiempo de extrema violencia institucional que se extendió desde el otoño de mil setecientos noventa y tres hasta el verano de mil setecientos noventa y cuatro. En aquellos meses oscuros operaron tribunales extraordinarios en toda la nación para erradicar cualquier disidencia política y religiosa. Entre ellos, el tribunal de Orange, situado en la región francesa sud-oriental en el departamento Vaucluse, destacó como uno de los más crueles. La ciudad de Orange misma sorge sobre el sitio de la antigua colonia romana conocida como Arausio, cargando ahora con el peso de una justicia sumaria e implacable.
El tribunal extraordinario de Orange operó de manera intensiva desde el diecisiete de junio hasta el cinco de agosto de mil setecientos noventa y cuatro. Durante su funcionamiento, esta corte perseguió con saña y ferocidad a los sacerdotes, religiosos y suore que formaban parte del clero refrattario. La culpa principal de estas víctimas inocentes consistió en haberse negado rotundamente a prestar el juramento de libertad e igualdad exigido por las nuevas autoridades, así como a aceptar la Costituzione Civile del Clero. Dicha constitución eclesiástica había sido condenada explícitamente por el papa Pio VI debido a sus principios restrictivos que atentaban contra la legítima dependencia de la Iglesia respecto a la Sede Apostólica de Roma. Con un ritmo implacable, el tribunal de Orange juzgó a quinientas noventa y cinco personas en aproximadamente dos meses de actividad incesante.
La implacable maquinaria de aquella corte condenó a la guillotina a trescientos treinta y dos seres humanos, entre los cuales se contaban treinta y seis sacerdotes y treinta y dos religiosas. Las suore que habrían de ganar la palma del martirio fueron rastreadas sistemáticamente y capturadas en la región de la piana del Rodano. Como primer paso hacia su calvario, las consagradas fueron conducidas a la prisión de Orange conocida popularmente como La Cure. Entre las detenidas se encontraban dos suore cistercenses, una benedictina, dieciséis ursulinas y trece sacramentinas. Las ursulinas poseían varias casas distribuidas en el circondario para su labor educativa y espiritual, mientras que las sacramentinas pertenecían a una congregación provenzal fundada en el siglo diecisiete por el sacerdote Antonio Lequieu.
Prisión, condena y el camino al martirio
Un hito significativo en este doloroso proceso ocurrió cuando las ursulinas y las sacramentinas fueron arrestate en la localidad de Bollène el veintidós de abril de mil setecientos noventa y cuatro. Pocos días después, las suore fueron trasladadas formalmente hacia Orange el dos de mayo de mil setecientos noventa y cuatro, ingresando en el encierro con la certeza de que su fe sería probada hasta las últimas consecuencias. A pesar de las penurias de la reclusión, en prisión las suore continuaron viviendo en perfecta armonía, manteniendo y practicando juntas la vida conventual unificada. Compartían la oración, el consuelo mutuo y la fortaleza espiritual que las preparaba para el sacrificio supremo. Tras aproximadamente dos semanas de cautiverio y farsa procesal, las suore fueron condenadas a muerte en odio a la fe católica.
La muerte para este grupo de heroínas ocurrió en la ciudad de Orange, en Francia, extendiéndose de manera sistemática entre el seis y el veintiséis de julio de mil setecientos noventa y cuatro. Las ejecuciones de las suore comenzaron el seis de julio de mil setecientos noventa y cuatro y se llevaron a cabo a gruppetti, día tras día, prolongándose durante tres semanas hasta la muerte de la última suora, que era la superiora de las ursulinas. Las condannate subían al patíbulo al rullare de los tambores militares y en medio de los gritos y la hostilidad de una muchedumbre enfervorizada que vociferaba consignas políticas como Viva la Nación y Viva la República. Estas ejecuciones por parte de la turba se realizaban habitualmente al atardecer, cerrando las jornadas con un manto de terror.
A pesar del clima de hostilidad generalizada, el comportamiento de las suore fue calificado de un eroismo eccezionale por los pocos testigos y superstiti que lograron sobrevivir a aquel período de masacres. Los testimonios coinciden en señalar que el coraje y la valentía de las suore crecían de manera palpable man mano que su número disminuía y las consagradas iban marchando una a una al encuentro de una muerte violenta y profundamente injusta. Mientras esperaban su turno, las suore recitaban las oraciones de los agonizantes manteniéndose en profunda postura de rodillas y en un respetuoso silencio interior. Al término de cada ejecución, creyendo equivocadamente que la jornada había concluido, se ponían de pie y entonaban con gozo el Te Deum y el Laudate Dominum, manifestando su inmensa alegría por el honor supremo concedido a sus respectivas familias religiosas. Asimismo, las suore se exhortaban mutuamente con palabras de aliento en vista de su propia ejecución, prevista invariable para el día siguiente.
Identidad de las mártires y su legado espiritual
El grupo de estas treinta y dos beatas está compuesto por mujeres cuyos nombres de religión y nombres seculares quedaron grabados en la memoria de la Iglesia. Las dos suore cistercenses eran Suor Maria de S. Enrico, al secolo Margherita Eleonora de Justamond, y Suor Maddalena del Ss. Sacramento, al secolo Maddalena Francesca de Justamond. La única suora benedettina del grupo fue Suor Maria Rosa, al secolo Susanna Agata de Loye. Junto a ellas, las dieciséis ursulinas comprendían a Suor S. Melania, al secolo Maria Anna Maddalena de Guilhermier; Suor degli Angeli, al secolo Maria Anna Margherita de Rocher; Suor S. Sofia, al secolo Maria Gertrude de Ripert d'Alauzier; Suor S. Luigi, al secolo Silvia Agnese de Romillon; la segunda Suor S. Sofia, al secolo Maria Margherita de Barbegie d'Albarède; Suor S. Bernardo, al secolo Giovanna Maria de Romillon; Suor S. Francesco, al secolo Maria Anna Lambert; Suor S. Francesca, al secolo Maria Anna Depeyre; Suor S. Gervasio, al secolo Maria Anastasia de Roquart; Suor S. Michele, al secolo Maria Anna Doux; Suor S. Andrea, al secolo Maria Rosa Laye; la Suora del Cuore di Maria, al secolo Dorotea Maddalena Giulia de Justamond; Suor Caterina di Gesù, al secolo Maria Maddalena de Justamond; Suor S. Basilio, al secolo Anna Cartier; Suor Chiara di S. Rosalia, al secolo Maria Chiara du Bac; y la Suora del Cuore di Gesù, al secolo Elisabetta Teresa Consolin.
Las trece sacramentinas que completaban el numeroso grupo de mártires eran Suor Ifigenia di S. Matteo, al secolo Francesca Maria Susanna de Gaillard; Suor Rosa di Santa Pelagia, al secolo Rosalia Clotilde Bès; Suor Teotista Maria, al secolo Maria Elisabetta Pellissier; Suor Rosa di San Saverio, al secolo Maddalena Teresa Talieu; Suor Marta del Buon Angelo, al secolo Maria Cluse; Suor Maddalena della Madre di Dio, al secolo Elisabetta Verchière; Suor dell'Annunciazione, al secolo Teresa Enrichetta Faurie; además de las religiosas registradas como Alessio, que corresponde a Anna Andreina Minute; Suor Amata di Gesù, correspondiente a Maria Rosa de Gordon; Suor Maria di Gesù, identificada como Margherita Teresa Charansol; Suor S. Gioacchino, equivalente a Maria Anna Béguin-Royal; Suor S. Agostino, al secolo Margherita Bonnet; y Suor S. Martino, al secolo Maria Chiara Blanc. Para efectos de archivo y documentación eclesiástica, este insigne grupo se encuentra asociado a los códigos identificativos sesenta y dos mil novecientos noventa y sesenta y cuatro mil cuatrocientos noventa.
Tras el trágico desenlace, los cuerpos masacrados de las religiosas fueron inhumados en el campo Gabet, situado en las cercanías de Orange, exactamente en la zona de confluencia entre la Leygues y el río Rodano. Desde el mismo día de su sepultura, aquel paraje comenzó a ser visitado por numerosos fieles, convirtiéndose de inmediato en meta de constantes pellegrinajes debido a la arraigada fama de grande santità que rodeó a las víctimas. Con el paso de los años, el proceso canónico dio inicio formal cuando la causa para la beatificación de las mártires fue introducida oficialmente el catorce de junio de mil novecientos dieciséis. Posteriormente, tras un riguroso análisis histórico y teológico, el martirio de las suore fue reconocido oficialmente el diecinueve de marzo de mil novecientos veinticinco. La solemne beatificación de las treinta y two suore martiri fue celebrada finalmente el diez de mayo de mil novecientos veinticinco por el papa Pio XI, quedando establecida su memoria litúrgica común para el nueve de julio de cada año.
La vida y el sacrificio
Las treinta y dos religiosas que componen este grupo de mártires vivieron su consagración en Francia durante el siglo dieciocho. Su camino hacia el martirio comenzó el veintidós de abril de mil setecientos noventa y cuatro, cuando fueron arrestadas en la localidad de Bollène. El motivo fundamental de esta detención fue su firme negativa a prestar el juramento constitucional, un acto que consideraban incompatible con su lealtad a la fe católica y a la autoridad de la Iglesia. Tras su detención, fueron trasladadas a la prisión conocida como La Cure, situada en la ciudad de Orange, donde compartieron un tiempo de oración y preparación espiritual ante el destino que les aguardaba.
El tribunal revolucionario de Orange, instaurado en aquel periodo de persecución, dictó sobre ellas la condena a muerte. Entre el seis y el veintiséis de julio de mil setecientos noventa y cuatro, estas mujeres fueron ejecutadas mediante la guillotina, sellando con su sangre el compromiso que habían asumido al entregar sus vidas a Dios. Sus cuerpos fueron posteriormente sepultados en el campo Gabet, un lugar cercano a la confluencia de los ríos Leygues y el Rodano. Este acto de entrega suprema no fue un hecho aislado, sino la culminación de una vida dedicada al servicio de la fe en la región de la Piana del Rodano. La Iglesia reconoció su heroísmo y su firmeza al declararlas beatas el diez de mayo de mil novecientos veinticinco, por decreto del Papa Pío Undécimo, elevándolas a los altares para que su historia de fidelidad sea conocida y venerada por las generaciones venideras como un modelo de integridad frente a la opresión.
El culto y la memoria
La memoria de las treinta y dos mártires de Orange se celebra cada año con gratitud y esperanza. El reconocimiento oficial de su santidad por parte del Papa Pío Undécimo en el año mil novecientos veinticinco consolidó su lugar en el calendario litúrgico, permitiendo que los fieles celebren su testimonio de forma comunitaria. Su culto no se limita únicamente a la conmemoración de una fecha, sino que se extiende como un recordatorio constante de que la fe, cuando se vive con autenticidad, puede sostener al ser humano incluso ante la prueba suprema.
La historia de estas mujeres, que entregaron su vida en la Piana del Rodano, sigue inspirando a quienes buscan vivir con rectitud. Su legado es un llamado a la coherencia personal y a la defensa de los valores espirituales. Al recordar su detención en Bollène y su posterior martirio en Orange, los fieles encuentran motivos para fortalecer su propia esperanza en tiempos de dificultad. La Iglesia, al honrarlas, nos recuerda que la paz interior y la fidelidad a la conciencia son dones que trascienden cualquier persecución temporal.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festeja a las Beatas Mártires de Orange?
La fiesta litúrgica de las beatas mártires de Orange se celebra cada nueve de julio, recordando el testimonio de fidelidad y entrega de estas religiosas durante la Revolución Francesa.