1 de febrero
Beati 99 Mártires de Angers
durante la Revolución Francesa
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
El contexto histórico de la persecución en Francia
Durante el decurso del siglo dieciocho, la sociedad francesa experimentó una profunda transformación impulsada por el movimiento de la Revolución Francesa. Dicho movimiento histórico había nacido originariamente inspirado por elevados sentimientos de libertad, igualdad y fraternidad, así como por un sincero deseo de acometer reformas necesarias para el pueblo. Sin embargo, con el paso del tiempo y la llegada del periodo conocido como el Terror, el proceso revolucionario se vio trágicamente arrastrado hacia una espiral de implacables rappresaglias, violencias generalizadas y un acendrado odio de carácter religioso. La situación de la Iglesia católica y de sus ministros se volvió extremadamente precaria y peligrosa a medida que las nuevas autoridades intentaban someter toda la estructura espiritual bajo el control directo del Estado secular.
Un hito crucial en esta escalada de tensión ocurrió en el año 1791, cuando las autoridades exigieron a los eclesiásticos franceses la prestación de un riguroso juramento de fidelidad a la llamada Constitución Civil del Clero. Aquellos ecclesiastici que, por razones de conciencia y fidelidad a la disciplina multisecular de la Iglesia, decidieron no adherirse a dicho juramento fueron inmediatamente catalogados y denominados con el término de preti refrattari, quedando expuestos a una persecución sistemática y despiadada. La presión gubernamental aumentó de manera drástica el catorce de agosto de 1792, fecha en la cual la Convención Nacional exigió un nuevo juramento bajo las consignas de libertad e igualdad. Este nuevo compromiso fue declarado obligatorio en primer lugar para todos los funcionarios públicos y, pocos días después, concretamente el dos de septiembre, extendido como una imposición ineludible para la totalidad de los ciudadanos.
Ante esta exigencia coercitiva, numerosas personas decidieron no adherirse al nuevo juramento, manifestando una firme resistencia pacífica. Entre los objetores de conciencia se encontraban numerosos sacerdotes y miembros de órdenes religiosas que ya habían logrado escapar de la persecución desatada en fases anteriores. El trasfondo doctrinal de esta resistencia radicaba en que los futuros mártires habían percibido en el primer juramento sobre la constitución civil del clero un riesgo evidente e inaceptable de cisma, el cual amenazaba con arrastrar a la Iglesia católica a una total dependencia y sumisión respecto al poder civil. Asimismo, interpretaron el segundo juramento, de por sí ambiguo y vago en su formulación, en el contexto inmediato del primero. El objetivo supremo de estos fieles era permanecer radicalmente fieles a la Iglesia, ya que les era totalmente incomprensible la idea de separar la fe en Dios y en Jesucristo de un profundo y filial apego a la Iglesia, a sus pastores legítimos y, de manera muy especial, a la plena comunión con el Papa y la Sede Apostólica.
El martirio en Angers y en el Campo de los Mártires de Avrillé
La violencia desatada en la región oeste de Francia durante el periodo del Terror cobró miles de vidas humanas a través de diversos métodos de ejecución y represión, tales como la guillotina, las ejecuciones mediante fusilamiento, las muertes por ahogamiento en las aguas y los decesos acaecidos en las insalubres prisiones de Angers. La diócesis local y la propia Santa Sede realizaron posteriormente una laboriosa tarea de examen sobre un número determinado de casos cuyas motivaciones religiosas presentaban una mayor transparencia probatoria. En este sombrío escenario, los cronistas e historiadores documentan que desde el treinta de octubre de 1793 hasta el catorce de octubre de 1794, un total de ciento setenta y siete víctimas fueron ejecutadas mediante la guillotina en la ciudad de Angers. Las ejecuciones capitales llevadas a cabo con este instrumento mecánico tuvieron lugar de manera pública en la plaza de la ciudad que posteriormente recibiría el nombre de du Ralliement, denominación que históricamente indica también la posterior adhesión de los católicos franceses a la Tercera República.
De manera paralela a las ejecuciones en el patíbulo, desde el mes de enero de 1794 hasta el dieciséis de abril del mismo año, aproximadamente dos mil personas fueron brutalmente fuciladas en la localidad cercana de Avrillé. Debido a las circunstancias trágicas y caóticas de aquellos momentos, el lugar exacto de la sepultura de todas estas personas permaneció inicialmente ignoto para los familiares y supervivientes. Posteriormente, las investigaciones históricas y arqueológicas permitieron descubrir la existencia de diversas fosas comunes, si bien los restos mortales allí depositados nunca pudieron ser individualmente identificados a causa de su pésimo estado de conservación y de la masividad de los enterramientos. Con el fin de honrar la memoria de los caídos por la fe, sobre el mismo lugar de los fusilamientos en Avrillé, un sitio que fue solemnemente denominado como el Campo de los Mártires, se erigió con posterioridad una capilla destinada a servir como perpetuo memorial espiritual.
Las investigaciones científicas e históricas que permitieron esclarecer estos acontecimientos se fundamentaron en el análisis exhaustivo de numerosos documentos originales y de los verbali de los interrogatorios conservados cuidadosamente en los archivos departamentales de Maine-et-Loire. Estos estudios rigurosos pusieron de manifiesto de manera incuestionable la profunda motivación religiosa y la voluntaria aceptación de la condena por parte de los noventa y nueve fieles que posteriormente serían elevados a los altares. Para los mártires, la aceptación de la muerte no representaba un acto de fanatismo ni una búsqueda de vanagloria terrena, sino que tenía el significado pleno y luminoso de una consagración a la fidelidad religiosa. Tenían la absoluta certeza de que la religión abarcaba la posibilidad de attingere libremente a las inagotables fuentes de gracia ofrecidas por la Santa Iglesia, tales como la participación asidua en la Eucaristía, la realización de peregrinaciones piadosas y el cultivo fervoroso del culto al Sagrado Corazón de Jesús y a la Santísima Virgen María.
La composición del grupo de los noventa y nueve Beatos
El reconocimiento oficial de este grupo de mártires requirió un largo y minucioso proceso canónico. Los presuntos mártires fueron inicialmente identificados gracias a la labor de una Comisión especial que fue nombrada de manera formal en el año 1905 por el entonces obispo de Angers, monseñor Joseph Rumeau. Al frente de este insigne grupo de testigos de la fe fue situado el venerable don Guillaume Repin, quien era el más anciano de todos los sacerdotes diocesanos asesinados, habiendo alcanzado la avanzada edad de ochenta y cinco años. La composición humana y social del grupo de los noventa y nueve beatos destaca por su extraordinaria variedad, reflejando de manera fidedigna la estructura de todo un pueblo cristiano profundamente arraigado en sus creencias. Entre sus miembros figuraban doce sacerdotes pertenecientes al clero diocesano de Angers, una monaca benedictina perteneciente a la orden de Nuestra Señora del Calvario y dos religiosas de la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vincenzo de' Paoli, dedicadas al servicio de los enfermos y necesitados.
El componente más numeroso del grupo estaba constituido por los fieles laicos, que sumaban un total de ochenta y cuatro personas, de las cuales ochenta eran mujeres procedentes de muy diversos ámbitos sociales y profesionales. Estas mujeres laicas tenían una franja de edad comprendida habitualmente entre los cuarenta y los sesenta y dos años, lo cual evidencia que no constituían en absoluto un peligro real de naturaleza militar o política para el gobierno revolucionario de la época. Entre el conjunto de los laicos martirizados se encontraban artesanas, trabajadoras manuales, mujeres del campo dedicadas a las labores agrícolas, modestas negociantes, una educadora encargada de la instrucción, un profesional de la medicina como un chirurgo, tres damas pertenecientes a la nobleza, diez doncellas nobles y seis mujeres procedentes de la burguesía local. Esta amplia representación demuestra que la llamada al martirio trascendía las barreras de clase y unía en una misma fe a personas de la aristocracia, de la burguesía y del pueblo llano.
Entre las figuras sacerdotales y laicas que jalonan este martirio colectivo, destaca de manera singular el primer sacerdote cuyo nombre es recordado históricamente dentro de los procesos, don Noël Pinot, quien ya había sido beatificado con anterioridad en el año 1926. El padre Noël Pinot ha quedado grabado en la memoria de la Iglesia como aquel sacerdote abnegado que subió al patíbulo vestido con los ornamentos sagrados para celebrar la Santa Misa. Asimismo, la relación de mártires incluye a numerosos hermanos y miembros de una misma familia que compartieron la misma fe y el mismo destino trágico. Entre ellos se encuentran los sacerdotes René Lego y Jean Lego, hermanos de sangre; las hermanas Gabrielle, Perrine y Suzanne Androuin; las hermanas Marie y Renée Grillard; o las hermanas Perrine, Jeanne y Madeleine Sailland D'Epinatz. Destacan también de modo especial los vínculos familiares de la noble familia du Verdier de la Sorinière y de su madre Marie de la Dive, junto a su hermana Rosalie, monja benedictina conocida como hermana Celeste.
Cronología de los testimonios y ejecuciones
El devenir cronológico de las ejecuciones se extiende a lo largo de varios meses trágicos, jalonando el año 1793 y el año 1794 con numerosos testimonios de entrega suprema. El sacerdote Jean-Michel Langevin, perteneciente al clero de la diócesis de Angers, entregó su vida en la ciudad el treinta de octubre de 1793. Poco después, el primero de enero de 1794, sufrió el martirio don Jean Lego, seguido al día siguiente, el dos de enero, por el sacerdote don Laurent Bâtard. La lista de pastores fieles prosiguió con las muertes de don Jacques Ledoyen, don François Peltier y don Pierre Tessier, este último ejecutado el cinco de enero de 1794. Junto a los sacerdotes, los laicos comenzaron a llenar las listas del martirio con nombres como el del laico conyugado Antoine Fournier, quien murió en Avrillé el doce de enero de 1794, y las laicas Victoire Gusteau, Charlotte Lucas, Monique Pichery y Félicité Pricet, inmoladas en el mismo lugar el dieciocho de enero de aquel año.
Las semanas siguientes registraron la entrega de miembros destacados de la nobleza y de la vida consagrada. Doña Marie de la Dive, madre de familia y viuda de du Verdier de la Sorinière, fue ejecutada en Angers el veintiséis de enero de 1794, mientras que su hermana, la monja benedictina Rosalie du Verdier de la Sorinière, entregó su espíritu al día siguiente, el veintisiete de enero. Un momento culminante del proceso represivo tuvo lugar el primero de febrero de 1794 en Avrillé, fecha en la cual sufrieron el martirio la religiosa de las Hijas de la Caridad Marie-Anne Vaillot, junto con Odile Baumgarten y un numeroso grupo de cuarenta y seis compañeras laicas, alcanzando un total de cuarenta y ocho personas nacidas para el cielo en esa misma jornada. Pocos días después, el diez de febrero de 1794, el laico Pierre Frémond, acompañado por sus compañeras Louise Bessay de la Voute, las hermanas Catherine y Marie-Louise du Verdier de la Sorinière, Marie-Anne Hacher du Bois y la laica conyugada Louise Poirier, sellaron su fe con la sangre en Avrillé.
La persecución no cesó durante los meses de primavera. El sacerdote François Chartier fue ejecutado en Angers el veintidós de marzo de 1794, y pocos días después, el veintiocho de marzo, la laica conyugada Renée-Marie Feillatreau entregó su vida en la misma ciudad. Un grupo particularmente nutrido fue el compuesto por los laicos Pierre Delépine y Jean Ménard, quienes marcharon al martirio en Avrillé el dieciséis de abril de 1794 junto a veinticuatro compañeras laicas, entre las que figuraban Renée Bourgeais, Perrine Bourigault, Madeleine Cady, Marie Forestier, Marie Gingueneau, Jeanne Gourdon, Marie Lardeux, Perrine Laurent, Jeanne Leduc, Anne Maugrain, Françoise Micheneau, Jeanne Onillon, Marie Piou, Perrine Pottier, Marie-Genevieve Poulain de la Forestrie, Marthe Poulain de la Forestrie, Renée Rigault, Marguerite Robin, Marie Rechard, Marie Roger, Madeleine Sallé, Renée Sechet, Françoise Suhard y Jeanne Thomas. Finalmente, el testimonio sacerdotal se cerró con las ejecuciones de don Joseph Moreau el dieciocho de abril de 1794, don André Fardeau el veinticuatro de agosto y, por último, don Jacques Laigneau de Langellerie, quien entregó su alma el catorce de octubre de 1794.
El proceso canónico y la beatificación por Juan Paolo II
El camino institucional de la Iglesia hacia el reconocimiento formal de la santidad de estos mártires comenzó de manera oficial en el año 1910, con la apertura del correspondiente proceso informativo diocesano. Sin embargo, este delicado trabajo de instrucción jurídica se vio interrumpido y temporalmente suspendido en el año 1915 a causa de los acontecimientos bélicos de la Primera Guerra Mundial. Concluida la contienda internacional, el proceso informativo fue reanudado en el año 1918 y pudo concluirse de manera satisfactoria en el año 1919. A partir de entonces, la documentación acumulada fue rigurosamente estudiada por los dicasterios romanos competentes, culminando el nueve de junio de 1983 con la solemne promulgación del decreto sobre el martirio de los siervos de Dios.
El momento culminante de este largo itinerario eclesial tuvo lugar el diecinueve de febrero de 1984, fecha en la cual el papa san Juan Paolo II presidió la solemne ceremonia de beatificación de los mártires en la basílica de San Pietro en Roma. Durante los actos solemnes, el cuadro expuesto en la ceremonia mostraba de manera elocuente a este pueblo en cammino, reunido en torno a un sacerdote y en plena ascensión espiritual hacia el cielo. Al día siguiente, lunes veinte de febrero de 1984, el pontífice sostuvo un memorable discurso dirigido específicamente a los numerosos peregrinos procedentes de la diócesis de Angers que se habían desplazado a la Ciudad Eterna para participar en los festejos litúrgicos y honrar a sus antepasados en la fe.
La memoria liturgica oficial de los noventa y siete Beati Mártires de Angers fue fijada en el calendario el primero de febrero, coincidiendo exactamente con la fecha en la que se produjo la entrada en la gloria celestial de cuarentardós de ellos, entre los que sobresalen la hermana Marie-Anne Vaillot y sus compañeras inmoladas en Avrillé. El Martirologio Romano conmemora piadosamente en las fechas de su nacimiento al cielo a los diferentes grupos de mártires que fueron asesinados en una misma jornada, así como a aquellos que sufrieron el suplicio de forma individual sin otros compañeros. En la actualidad, los fieles continúan celebrando la memoria de estos beatificados de forma comunitaria mediante celebraciones litúrgicas que tienen lugar tanto en el histórico Campo de los Mártires de Avrillé como en la majestuosa catedral de Angers, recordando siempre que el martirio es presentado teológicamente como el fruto supremo del amor de Cristo en plena conformidad con los textos de la liturgia católica.
Actualidad del testimonio y mensaje para el mundo moderno
La conmovedora historia de estos mártires no pertenece únicamente a los anales del pasado francés, sino que interpela de manera directa y urgente a los países del mundo occidental en la época contemporánea. En las sociedades occidentales de hoy en día, la persecución física y cruenta no infiere de la misma manera que en el siglo dieciocho; sin embargo, existen formas sutiles y corrosivas de hostilidad contra la fe. La indiferencia religiosa generalizada, el materialismo práctico, el escepticismo, el agnosticismo, el grave clima de duda, la incredulidad difusa y un profundo permissivismo moral amenazan constantemente con hacer vacilar a los cristianos en Occidente. Esta densa atmósfera de indiferencia y materialismo corre el riesgo permanente de asfixiar o paralizar por completo la vivacidad de la fe tanto en las jóvenes generaciones como en los adultos.
Frente a esta situación de enfriamiento espiritual, los beatos mártires de Angers se alzan para llamar a los fieles a un necesario y valiente sussulto, mostrando con su conducta ejemplar cómo debe comportarse un auténtico discípulo de Cristo en el mundo actual. Es indispensable vivir cotidianamente en el ejercicio de la caridad fraterna, manteniendo una sólida unión en el seno de la comunidad, sin caer jamás en falsos settarismi, condenas estériles, provocaciones innecesarias o sentimientos de odio hacia los que piensan de otra manera. El diálogo con la sociedad debe desarrollarse siempre desde una actitud profundamente benevolente, humilde, realista y dotada de total claridad doctrinal. Los creyentes no deben intentar huir del mundo, ni replegarse con miedo sobre sí mismos, ni mucho menos attardarsi en rechazar de forma obcecada el curso de la historia, sino dar testimonio con el sabor de la sal y la luz puesta sobre el candelero.
Esta valiente actitud de fidelidad exige tener el coraje necesario para afirmar la propia fe y expresarla de manera pública a través de la frequencia asidua a los sacramentos. El testimonio cristiano debe ofrecerse en primer lugar en el ámbito íntimo de la vida familiar, con el fin de despertar y cimentar la fe en los miembros más jóvenes; asimismo, debe manifestarse en el mundo de la escuela para poner las bases sólidas de la comunidad cristiana del mañana, y en los lugares de trabajo para devolver a la actividad humana su dimensión trascendente y completa. Naturalmente, los discípulos de Cristo deben esperarse encontrar en este camino actitudes de incomprensión, indiferencia social y burlas públicas, considerándolas como auténticos signos de contradicción y aprendiendo a aceptar con paciencia el sufrimiento por causa del nombre de Jesús.
La comunión eclesial y la fuerza de la Eucaristía
La experiencia espiritual de los mártires de Angers demuestra con total claridad que la infidelidad y el alejamiento de Dios no ocurren de manera repentina, sino que suelen iniciarse mediante pequeños pasos de transgresión. Con frecuencia, el abandono comienza criticando a la Iglesia como mera institución vista desde una perspectiva puramente externa y sociológica, perdiendo el sentido de la solidaridad filial con sus pastores. Puede comenzar también mediante una selección subjetiva y arbitraria de las verdades de la fe, o a través del abandono progresivo de las prácticas religiosas tradicionales y un gradual affrancamento de las exigencias morales del Evangelio. La auténtica fidelidad cristiana, por el contrario, forma un todo absolutamente inquebrantable; por esta razón, el alejamiento paulatino de la comunión con la Iglesia degenera de manera casi inevitable en una ruptura profunda con la persona viva de Jesucristo.
La fuerza sobrenatural necesaria para perseverar en esta fidelidad se encuentra exclusivamente en la certeza inquebrantable del amor de Dios y en la contemplación del misterio insondable de Cristo. Para estos beatos, Jesucristo no constituía de ningún modo una mera idea abstracta, un simple modo de hablar, una tradición cultural heredada o una simple costumbre social; Jesucristo era alguien real a quien amar, adorar y seguir de forma incondicional, hasta el extremo de entregar la propia vida por su causa. En este itinerario de entrega, la participación en la Eucaristía ocupaba un lugar absolutamente central. Los mártires de Angers no dudaban en arriesgar cotidianamente su propia vida para poder asistir a la Santa Misa, la cual era celebrada clandestinamente por sacerdotes que habían permanecido firmemente en comunión con la Iglesia universal. La Eucaristía es presentada así como un alimento absolutamente indispensable para el corazón de toda la existencia cristiana.
De manera complementaria, la oración familiar y el cultivo diario de la devoción a la Santísima Virgen María se revelan como medios necesarios para acercarse filialmente a Cristo en el seno de la Iglesia. Los mártires invocaban a la Virgen con absoluta y tierna confidencia, viéndola como Madre amorosa y Reina de los mártires. Hoy en día, el pueblo cristiano está llamado a reconstruir el tejido eclesial de la sociedad no intentando recrear mecánicamente la cristiandad de épocas pasadas, sino manifestando una profunda unidad en torno a su obispo y aceptando con generosidad las diferentes sensibilidades que provienen de diversos ambientes humanos y culturales.
La vida y el sacrificio
La historia de los noventa y nueve Beatos Mártires de Angers se sitúa en un momento crítico de la historia de Francia, durante el siglo dieciocho. Ante la imposición de la Constitución Civil del Clero, estos fieles comprendieron que el juramento exigido comprometía la esencia misma de su fidelidad a la Iglesia de Roma. La negativa a aceptar esta normativa no fue un acto ligero, sino una decisión consciente que los colocó en el punto de mira de las autoridades revolucionarias durante el periodo del Terror.
Tras su arresto, fueron llevados ante los tribunales, donde se les dio la oportunidad de abjurar de su fe a cambio de salvar sus vidas. Sin embargo, su lealtad permaneció inamovible. Su camino hacia el martirio se desarrolló principalmente en la ciudad de Angers y en el campo de Avrillé, lugares que se convirtieron en testigos silenciosos de su entrega final. Las ejecuciones, realizadas mediante la guillotina o la fucilación, marcaron el fin de sus días terrenales, pero sellaron un testimonio de perseverancia que ha perdurado a través de los siglos. Estos hombres y mujeres, al aceptar la muerte antes que traicionar su conciencia, recordaron a la comunidad cristiana que la verdadera libertad reside en la obediencia a la verdad divina. Su ejemplo sigue resonando en la liturgia como una llamada a la coherencia, mostrando que la fidelidad a los principios evangélicos es un camino válido incluso en los momentos de mayor adversidad y persecución política.
El culto y la memoria
La veneración a los noventa y nueve Beatos Mártires de Angers es un signo de gratitud de la Iglesia hacia aquellos que, en el siglo dieciocho, prefirieron el sacrificio personal antes que la claudicación moral. Su memoria litúrgica fue consolidada de manera solemne el diecinueve de febrero de mil novecientos ochenta y cuatro, cuando el Papa Juan Pablo Segundo procedió a su beatificación. Este acto oficial no solo reconoció el heroísmo de su muerte, sino que elevó su testimonio a los altares para que sirviera de ejemplo a toda la cristiandad.
Cada primero de febrero, la Iglesia celebra su memoria, invitando a los fieles a reflexionar sobre el precio de la fe y la importancia de mantenerse firmes en la verdad. El culto a estos mártires no busca avivar rencores históricos, sino celebrar la capacidad humana de trascender el miedo mediante el amor a Dios. A través de la oración y la lectura de sus actas, los creyentes encuentran en ellos intercesores que comprenden las dificultades del mundo actual y alientan a vivir con la misma rectitud. Su recuerdo en Angers y en el resto del mundo es una invitación a custodiar la paz, la libertad religiosa y la fidelidad a la Iglesia con la misma sencillez y determinación que ellos demostraron en el momento supremo de su entrega.
Preguntas frecuentes
Quando se festeggia la memoria dei Beati Mártires de Angers?
La memoria liturgica dei Beati Mártires de Angers se celebra el 1º de febrero de cada año, coincidiendo con la fecha en la que se produjo la entrada en el cielo de buena parte de sus integrantes.
¿Cuándo fueron beatificados los Mártires de Angers?
Los noventa y nueve mártires de Angers fueron solemnemente beatificados por el papa san Juan Paolo II el diecinueve de febrero de 1984 en la basílica de San Pedro en Roma.