26 de julio
Beato Andrés de Phú Yên
Protomártir de Vietnam
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y formación en la fe
El beato Andrés de Phú Yên vio la luz en el siglo diecisiete, exactamente en el año 1626, en la provincia de Phú Yên en Vietnam. Era el último de los hijos de una madre cristiana llamada Giovanna, mientras que su padre había fallecido cuando él era todavía un tierno neonato. En este contexto familiar marcado por la ausencia paterna, el niño creció educado por su madre con una notable sagacidad y una profunda premura espiritual. Aunque estaba dotado de una mente muy viva, su constitución física era bastante gracile y delicada. Su destino espiritual dio un giro decisivo cuando el ilustre jesuita misionero francés padre Alexandre de Rhodes, quien vivió entre los años 1591 y 1660, accedió a acoger a Andrés entre sus estudiantes respondiendo a las insistentes peticiones de su madre. De este modo, en el año 1641, cuando el joven contaba con quince años de edad, recibió el sagrado bautismo junto a su entrañable madre, consolidando su inserción en la comunidad de los creyentes.
El año siguiente a su bautismo, el joven Andrés dio un paso fundamental al entrar a formar parte del grupo de los más estrechos colaboradores del padre Alexandre de Rhodes. Con este propósito, inició el exigente curso destinado a la formación de los catequistas dentro de la institución conocida como Maison Dieu, es decir, la Casa de Dios. Los inscritos en esta significativa asociación formulaban una solemne promesa para comprometerse formalmente y de manera pública al servicio de la Iglesia, prestando una ayuda indispensable a los sacerdotes y dedicándose con ahínco a la difusión del Evangelio en la región. Aquel pequeño núcleo de fervorosos convertidos constituyó con el tiempo el primer y fundamental núcleo del clero autoctono del Vietnam. El joven catequista Andrés destacó muy pronto entre todos sus compañeros por su natural espontaneidad, su sólida preparación teológica y humana, su genuina fe y su inquebrantable compromiso evangelico.
La persecución y la captura
La situación política y religiosa cambió drásticamente en el mes de julio del año 1644, cuando el Mandarino Ong Nghè Bó hizo su solemne retorno a la provincia de Quang Nam, el lugar donde residía el joven Andrés de Phú Yên. El alto funcionario portaba consigo un preciso y severo mandato procedente del rey de Annam, cuyo objetivo principal consistía en impedir de forma tajante el espandersi del cristianesimo dentro de los confines de su reino. Como consecuencia directa de estas disposiciones reales, los primeros en ser ferozmente perseguidos fueron precisamente los catequistas vietnamiti. En aquellos momentos de tensión, el padre Alexandre de Rhodes, quien se encontraba completamente ignaro de las nuevas órdenes dictadas por el monarca de Annam y que además había sido maliciosamente instigado por la concubina Tong-Thi-Taoim, considerada una acérrima enemiga del catolicismo, se encaminó hacia el palacio gubernamental para realizar una simple visita de cortesía al Mandarino.
Durante aquel encuentro, el Gobernador advirtió con claridad al padre de Rhodes acerca de la profunda ira real provocada por el gran número de cocincinesi que se habían adherido a su religión. Por este motivo, el Gobernador le intimó de manera terminante que abandonara el Vietnam y retornara sin demora hacia la colonia de Macao. Asimismo, se dejó claro que los cristianos locales, al ser considerados súbditos directos del reino, se rendían automáticamente culpables de graves delitos y merecían penas severísimas si persistían en su fe. Tras salir del palacio, el sacerdote advirtió inmediatamente a los catequistas del peligro y corrió a la cárcel para sostener espiritualmente a un anciano catequista de setenta y tres años, también llamado Andrés, que había sido arrestado un par de días antes. Poco después, las feroces guardias enviadas por el Mandarino irrumpieron en la misión con la clara intención de capturar al jefe de los catequistas, un hombre llamado Ignazio que había desempeñado el cargo de alto magistrado en el país. Como Ignazio se encontraba fuera de la ciudad y no pudo ser hallado, los soldados, para no regresar a sus mandos con las manos vacías, decidieron arrestar al joven catequista Andrés, que entonces tenía dieciocho años. El muchacho fue brutalmente bastonado, atado con cuerdas, cargado a la fuerza sobre una barca fluvial y conducido directamente al palacio del Gobernador Ong Nghè Bó.
El testimonio supremo y el martirio
La tarde del veinticinco de julio del año 1644, el joven catequista Andrés fue llevado con firmeza ante la presencia del Mandarino. Sometido a un intenso interrogatorio, Andrés respondió a todas las acusaciones y resistió con valentía a los insistentes ruegos e invitaciones para que abiurara, proclamando con orgullo su firme fe y manifestando su clara disposición a resistir cualquier tormento por causa de Cristo. Lleno de ira ante tanta constancia, el Mandarino ordenó que le impusieran al cuello la llamada cruz cocincinese y dispuso que fuera recluido exactamente en la misma prision donde ya se encontraba el anciano catequista Andrés. A la mañana siguiente, ambos hombres recibieron la entrañable visita del padre de Rhodes, con quien compartieron un emotivo momento de comunión espiritual, intercambiándose la promesa recíproca de rezar el uno por el otro. Poco después, los dos catequistas abandonaron el recinto carcelario de Quang Nam para enfrentarse a su destino final. Oprimidos pesadamente bajo la cruz cocincinese, que consistía en una gogna incrociata muy incómoda, fueron conducidos públicamente como si fuesen vulgares malvivientes a lo largo de las calles que atravesaban el animado mercado de Kè Chàm. Tras presentarse formalmente ante una nueva audiencia pública convocada por el Mandarino, el joven catequista escuchó su condena a muerte y fue devuelto temporalmente a la prisión, mientras que el otro Andrés, de setenta y tres años, recuperaba la libertad debido a su avanzada edad y gracias al decidido interes manifestado por algunos influyentes mercantes portugueses.
Hacia las diecisiete horas del veintiséis de julio del año 1644, los soldados procedieron a prelevar al joven Andrés de su celda para conducirlo finalmente hacia el lugardel supplizio. El muchacho caminó rodeado y seguido de cerca por el padre de Rhodes y por un numeroso grupo de cristianos, tanto portugueses como vietnamitas, que querían acompañarle en sus últimos instantes terrenales. Lejos de mostrar temor, el joven portaba en su rostro una expresión profundamente serena, saludaba con afecto y animaba a todos los presentes, manifestando una sincera alegría por tener el privilegio de concluir su breve vida terrestre mediante la ofrenda suprema del martirio. Ya entrada la noche, cuando la jornada tocaba a su fin, Andrés fue mortalmente trafitto por los golpes de lancia que le atravesaron el flanco izquierdo. En el instante preciso en que un despiadado sgherro se disponía a decapitarlo empleando una afilada scimitarra, el joven invocó con fuerza el nombre santo de Jesús, exclamándolo a viva voz antes de expirar. Su valiente sacrificio consagró su sangre por Cristo, convirtiéndole por siempre en la primizia de la Chiesa en aquellas tierras asiáticas.
El destino de las reliquias y la memoria
Tras el trágico suceso del martirio acaecido en el villaggio di Phù Yên, situado en la región de Annam y actual Vietnam, el cuerpo del joven beato fue debidamente embalsamado para asegurar su conservación y posteriormente trasladado hacia la ciudad de Macao. Esta localidad poseía una gran importancia histórica y religiosa, ya que se trataba de una floreciente colonia tanto portuguesa como estrictamente cristiana, la cual cumplía la función estratégica de servir como base fundamental de partida para todos los misioneros que deseaban adentrarse en los diferentes países de la Cocincina. Con el traslado, la sagrada salma encontró su morada definitiva en el interior del colegio perteneciente a la Compañía de Jesús ubicado en Macao, China. Por su parte, la preciada reliquia de la cabeza del primer mártir del Vietnam permaneció bajo la custodia directa del padre Alexandre de Rhodes durante todo el tiempo que el misionero continuó residiendo en el país asiático.
Años más tarde, aquella misma reliquia de la cabeza fue enviada solemnemente a la ciudad de Roma para ser depositada y custodiada en la sede de los Padres Jesuitas, lugar donde se conserva todavía hoy para la devoción de los fieles. La figura de este heroico catequista alcanzó el reconocimiento definitivo de la Iglesia universal el día cinco de marzo del año dos mil, fecha en la cual el pontífice papa Juan Pablo II procedió a proclamarle solemnemente Beato junto a un amplio grupo de testigos de la fe procedentes de muy diversas geografías eclesiásticas. Entre aquellos compañeros de beatificación figuraban numerosos misioneros, treinta sacerdotes y laicos procedentes del Brasil, once abnegadas suelas de la Congregación de la Sagrada Familia de Nazaret oriundas de Bielorrusia, el celoso sacerdote Nicola Bunkerd Kitbamrun de Tailandia y el ilustre catequista filipino Pietro Calungsod, junto al cual brilló con luz propia el protomártir Andrea di Phú Yên. De este modo, su memoria litúrgica quedó fijada permanentemente en el calendario para ser celebrada con devoción cada veintiséis de julio.
Su camino de fe
Andrés nació en la región de Phú Yên, Vietnam, en el año 1626. Su encuentro con la fe cristiana fue un acontecimiento transformador que definió el resto de sus días. En el año 1641, recibió el sacramento del bautismo en compañía de su madre, dando inicio a un camino de discipulado que pronto lo llevaría a comprometerse activamente con la comunidad. Con el deseo de profundizar en su vocación de servicio, ingresó en la Asociación Maison Dieu, donde se preparó con dedicación para desempeñar la labor de catequista, una misión que asumió con responsabilidad y fervor espiritual en su tierra natal.
Su fidelidad al mensaje de Jesucristo fue puesta a prueba durante el año 1644, en Quang Nam. En aquel tiempo, fue arrestado por los soldados al servicio del Mandarino Ong Nghè Bó. A pesar de la presión y las amenazas, el joven Andrés se mantuvo firme en su confesión de fe. Ante la orden de renunciar a su religión, rechazó categóricamente cualquier intento de abjuración. Su negativa a abandonar el catolicismo lo condujo a una condena a muerte. El 26 de julio de 1644, entregó su vida mediante el sacrificio de la lanza y la decapitación, sellando con su sangre un testimonio de fidelidad que resuena hasta nuestros días como un faro de luz en el siglo diecisiete.
El recuerdo del mártir
La figura del Beato Andrés de Phú Yên es venerada por su pureza de intención y por la sencillez de su entrega. A través de su vida, los fieles contemplan la fuerza que el Espíritu Santo otorga a quienes, aun en su juventud y sin ocupar cargos de jerarquía, deciden seguir al Señor con todo el corazón. La Iglesia recuerda su sacrificio como un acto de amor supremo que trasciende las fronteras geográficas y temporales.
Su beatificación, celebrada por el Papa Juan Pablo Segundo el 5 de marzo del año 2000, confirmó la importancia de su testimonio para la Iglesia universal. Al honrar su memoria, los cristianos son invitados a renovar su propio compromiso con el Evangelio, recordando que la fe es un regalo que merece ser custodiado con valentía, incluso en las circunstancias más difíciles. El Beato Andrés permanece en la oración de la comunidad como un intercesor cercano, un joven que recorrió el camino del martirio con la paz propia de quien confía plenamente en la promesa de la vida eterna.
Preguntas frecuentes
Cuándo se celebra la festividad del beato Andrés de Phú Yên?
La ricorrenza liturgica del beato Andrés de Phú Yên se celebra cada año el veintiséis de julio.
En el pueblo de Phù Yên en Annamia, ahora Vietnam, beato Andrés, mártir, que, como catequista, durante la persecución contra la doctrina cristiana, crudamente capturado por soldados, derramó su sangre por Cristo, primicia de la Iglesia de esta tierra. — Martirologio Romano