31 de mayo
San Félix de Nicosia
Religioso Capuchino
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Los primeros años y la vocación
Giacomo Amoroso nació en Nicosia el cinco de noviembre de 1715. Su padre, llamado Filippo, ejercía el oficio de calzolaio, mientras que su madre, Carmela Pirro, se dedicaba al cuidado de la numerosa familia. Con el fin de asegurar su futuro, su padre decidió hacerlo trabajar en la calzerolía más importante del pueblo para que aprendiera el oficio. Giacomo aprendió rápidamente el arte y, en ese mismo periodo, comenzó a frecuentar la congregación de los Capuccinelli, situada en el convento de Nicosia. Su ejemplo resonaba entre todos cuantos le rodeaban, ya que testimoniaba su profunda espiritualidad en las cosas de cada día. En el año 1733, decidió solicitar su ingreso como hermano laico en la orden de los Capuchinos. Sin embargo, no fue acogido en aquel momento, debido en parte a las precarias condiciones económicas de su familia, para la cual su aportación económica resultaba fundamental. Tras el fallecimiento de sus padres en el año 1743, Giacomo volvió a solicitar su admisión directamente al ministro provincial que se encontraba de visita en Nicosia. Diez años después de su primera solicitud, fue finalmente admitido al noviciado en el convento de Ristretta, donde adoptó el nombre de fra Felice. Al año siguiente, emitió su profesión religiosa y fue enviado de regreso a su pueblo natal.
La vida conventual y la questua
En el convento de su localidad de origen, fra Felice ejerció durante cuarenta y tres años la tarea de questuante. Dentro de los muros conventuales desempeñó diversos trabajos con total disponibilidad, sirviendo como portinaio, ortolano, calzolaio e infermiere. Su labor como questuante le llevó a recorrer no solamente las calles de Nicosia, sino también las de los pueblos vecinos de Capizzi, Cerami, Mistretta y Gagliano. En su humildad, solía definirse a sí mismo como u sciccareddu, empleando la imagen del asnillo que transportaba pacientemente la carga recolectada para el sustento del convento. Su corazón guardaba una predilección muy particular por los niños. De sus bolsillos solía sacar nueces, avellanas o habas para regalárselas a los pequeños. Aprovechaba aquellos pequeños presentes para impartirles una breve y sencilla lección de catecismo, recordando las llagas de Jesús, la santísima Trinidad y los diez mandamientos basándose en el número de los objetos repartidos. Su caridad se extendía también a los caminantes que encontraba en las rutas cargados con pesos excesivos, a quienes prestaba ayuda generosa, así como a los enfermos y a los más necesitados. Además, cada domingo cumplía con la piadosa costumbre de visitar a los carcerati.
Las pruebas y los dones extraordinarios
Durante su camino religioso, el superior y padre spirituale lo trató con frecuencia con severidad y lo somete a duras humillaciones. Le asignaba sobrenombres despectivos como poltrone, ipocrita, gabbatore della gente y santo della Mecca. Fra Felice respondía a todas las afrentas con una fórmula constante de aceptación diciendo sia per l'amor di Dio. En ocasiones, el superior lo obligaba a exhibirse en el refectorio del convento vistiendo trajes carnavalescos. La tradición refiere que, en una de estas circunstancias, distribuyó una masa de ceniza amasada como si fuera ricotta fresca, la cual se convirtió milagrosamente en auténtica ricotta. Fra Felice repartía asimismo pequeñas tiras de papel que contenían invocaciones a la Beata Vergine. La tradición señala que estas cintas de papel eran empleadas como un remedio infalible para toda clase de males, colgándolas en las puertas de las viviendas donde moraban personas sufrientes, enfermas o pobres. Aquellas mismas tiras de papel eran utilizadas para combatir el fuego que había alcanzado los pajares listos para la trilla, o bien se colgaban en el interior de las cisternas que padecían la falta de agua. La frecuencia de estos eventos y gracias extraordinarias contribuyó de manera notable a acrecentar su fama entre el pueblo.
El tránsito y la gloria de los altares
Una vez liberado de todos los servicios conventuales debido al peso de la avanzada edad y a su salud quebrantada, fra Felice se dedicó por completo a la oración. Hacia el final del mes de mayo de 1787, mientras se encontraba trabajando en su huerto, se desvaneció sin fuerzas. Falleció después de algunos días en su lecho, encomendándose con fervor a san Francesco y a la Madonna, tras haber pedido a su superior la debida obediencia para poder morir. Su tránsito terrenal ocurrió el treinta y uno de mayo del año 1787. En el martirologio es recordado como beato Felice, con el nombre de pila de Giacomo Amoroso, en su condición de religioso. Su figura fue elevada a los altares al ser declarado Beato por el papa León XIII el doce de febrero de 1888. Posteriormente, el papa Benedetto XVI lo proclamó santo el veintitrés de octubre de 2005 en la plaza San Pietro, durante la que constituyó su primera ceremonia de canonización. Su memoria litúrgica se celebra el treinta y uno de mayo para la Iglesia universal, mientras que los Frati Cappuccini lo conmemoran de manera particular el dos de junio.
Su camino de humildad
La vida de San Félix de Nicosia estuvo marcada por una profunda paciencia y una vocación madurada en el tiempo. Después de esperar diez años, logró finalmente ingresar en la orden de los capuchinos en el año mil setecientos cuarenta y tres. A partir de entonces, su existencia se transformó en un servicio cotidiano y silencioso. Durante más de cuatro décadas, desempeñó la tarea de hermano questuante, una labor que le permitió visitar con frecuencia lugares como Ristretta, Capizzi, Cerami, Mistretta y Gagliano, llevando siempre consigo el consuelo y la presencia de su carisma religioso.
Su paso por el mundo no estuvo exento de pruebas, pues enfrentó con frecuencia duras humillaciones por parte de sus superiores. Sin embargo, San Félix respondió siempre con una mansedumbre ejemplar, convirtiendo los momentos de dificultad en actos de profunda oración. Su rectitud de espíritu fue el eje que sostuvo toda su existencia. Al acercarse el final de sus días, demostró una vez más su total dependencia de la voluntad divina al solicitar formalmente la obediencia para dejar este mundo. Falleció el treinta y uno de mayo de mil setecientos ochenta y siete en su ciudad natal, dejando una huella imborrable de santidad en la memoria de quienes lo conocieron.
El reconocimiento de la Iglesia
La figura de San Félix de Nicosia ha sido acogida con gratitud por la Iglesia universal, que reconoce en su vida sencilla un camino de perfección cristiana accesible a todos los fieles. Su testimonio de obediencia y su entrega a los hermanos han sido valorados a lo largo del tiempo, culminando en su canonización oficial.
Fue el Papa Benedicto XVI quien elevó a San Félix a los altares el día veintitrés de octubre del año dos mil cinco. Este acto solemne confirmó la santidad de este humilde capuchino, cuya vida sencilla en los pueblos de Sicilia sigue siendo motivo de inspiración. Su memoria es celebrada con devoción, recordando siempre la humildad que caracterizó sus años de servicio y su total abandono en las manos de Dios.
Preguntas frecuentes
Cuando se festeggia San Félix de Nicosia?
La Iglesia universal celebra su memoria el treinta y uno de mayo, mientras que los Frati Cappuccini lo recuerdan el dos de junio.
En Nicosia, en Sicilia, beato Félix (Giacomo) Amoroso, religioso, que, después de haber sido rechazado durante diez años, entró finalmente en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, donde desempeñó los más humildes servicios en simplicidad y pureza de corazón. — Martirologio Romano