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3 de septiembre

San Gregorio I, llamado Magno

Papa y doctor de la Iglesia

San Gregorio I, llamado Magno

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes patricios y vocación monástica

San Gregorio I, llamado Magno, nació en Roma en el año 540 y procedía de una rica familia patricia perteneciente a la gens Anicia. Su familia se distinguió siempre por su nobleza, su profunda fe cristiana y los importantes servicios prestados a la Sede Apostólica a lo largo de las generaciones. De hecho, de la misma familia de Gregorio ya habían salido dos papas anteriores, siendo el primero Felice III, su trisavolo entre los años 483 y 492, y posteriormente Agapito entre los años 535 y 536. La casa de su infancia sorgeva en el Clivus Scauri, un lugar rodeado por los imponentes edificios de la Roma antigua que marcaron el paisaje de sus primeros años. Sus padres, Gordiano y Silvia, son ambos venerados como santos por la Iglesia, al igual que sus tías paternas, Emiliana y Tarsilia, quienes vivieron como vírgenes consagradas entregadas a una vida de oración y ascesis dentro de la misma casa de familia.

Siguiendo las huellas de su padre, Gregorio intraprende inicialmente la carrera administrativa con gran dedicación y competencia. En el año 572 alcanza el vértice de su carrera civil al convertirse en el prefecto de la ciudad de Roma. Este relevante encargo de prefecto le permitió afrontar con acierto varios problemas administrativos en un contexto histórico especialmente difícil para la península italiana. De aquella intensa experiencia administrativa derivó en su espíritu un fuerte sentido del orden y de la disciplina, cualidades que más adelante recomendaría aplicar a los obispos en la gestión de los asuntos eclesiásticos con la misma diligencia y respeto a las leyes que demostraban los funcionarios civiles.

Sin embargo, poco tiempo después de haber obtenido tan alta carga civil, tomó la drástica decisión de abandonarla por completo para retirarse a la vida monástica. Para ello, transformó su propia casa familiar en el monasterio de Sant'Andrea al Celio, consagrándose al silencio y al recogimiento. Durante su vida monástica mantuvo un diálogo permanente con el Señor a través de la escucha atenta de la Palabra divina. Gregorio conservó siempre una perenne nostalgia de aquel periodo monástico, un sentimiento que expresaría frecuentemente en sus homilías. En sus escritos rievocó el periodo monástico como un tiempo sumamente feliz de recogimiento, oración y estudio profundo. Durante este retiro claustrale adquirió una sólida y profunda conocimiento de la Sacra Escritura y de los Padres de la Iglesia, un tesoro que luego utilizaría con maestría en todas sus obras literarias y pastorales.

Misión en Constantinopla y elección pontificia

El retiro claustrale de Gregorio duró poco tiempo debido a las necesidades de la Iglesia universal. Papa Pelagio lo nombró diacono y lo envió a residir a Constantinopla en calidad de su apocrisario, un cargo que equivale al actual de nuncio apostólico. La designación como diacono y apocrisario estuvo motivada por su probada experiencia administrativa, por sus pasados contactos con los bizantinos y por la estimación general de la que gozaba en todos los ambientes. La importante misión en Constantinopla tenía como objetivo principal superar los persistentes strascichi de la controversia monofisita y pedir con urgencia la ayuda militar del emperador contra la fuerte presión de los longobardos en suelo italiano. A pesar de los deberes diplomáticos, en Constantinopla reanudó la vida monástica junto a un grupo de fieles monjes que lo acompañaban. Este soggiorno prolongado en Constantinopla le permitió conocer de manera directa y profunda el complejo mundo bizantino y la delicada cuestión longobarda.

Después de algunos años de servicio en Oriente, fue llamado de nuevo a Roma por el Papa y nombrado su secretario particular. En aquel periodo crítico, Roma y diversas regiones de Italia sufrían duramente a causa de continuas lluvias, desbordamientos desastrosos de los ríos y graves carestías. Para colmo de males, en Roma estalló una violenta epidemia de peste que causó la muerte de muchas personas, entre ellas el propio Papa Pelagio II. Ante la vacante de la Sede Romana, el clero, el pueblo y el senato romano eligieron por unanimidad a Gregorio como el legítimo sucesor de Pelagio II. Con profunda humildad, Gregorio intentó oponerse a dicha elección intentando incluso la fuga, pero tuvo finalmente que ceder ante lo que consideraba una llamada ineludible.

La elección a Pontífice ocurrió oficialmente en el año 590. Considerando esta altísima designación como la suprema voluntad divina, Gregorio inició sin demora su intensa actividad pontificia. Mostró desde el primer instante una gran lucidez, una extraordinaria capacidad de trabajo en los asuntos tanto eclesiásticos como civiles, y un notable equilibrio en todas sus decisiones. El Registro de sus cartas contiene más de ochocientos documentos que testimonian fehacientemente su incesante actividad de gobierno. Las cartas conservadas en este Registro muestran las respuestas sabias y detalladas que Gregorio daba a los múltiples quesitos planteados por obispos, abades, clérigos y autoridades civiles de diversas procedencias.

Gobierno temporal, paz y evangelización

Entre los problemas más graves y acuciantes de su pontificado destacó la cuestión longobarda, un asunto de sumo interés tanto civil como eclesial. Gregorio dedicó considerables energías a la búsqueda infatigable de una solución pacífica con los longobardos. Mientras el emperador bizantino consideraba a los longobardos como simples individuos incivili y meros predones, destinados inexorablemente a ser sucedidos o eliminados, San Gregorio los abordó con la actitud genuina de un buen pastor, sumamente deseoso de ofrecerles el anuncio gozoso de la salvación. San Gregorio procuró establecer relaciones fraternas con los longobardos para alcanzar una paz futura fundamentada en la estimación recíproca y en la pacífica convivencia entre italianos, bizantinos y longobardos. Su acción se desarrolló siempre sobre un doble carril: promover acuerdos en el plano político y diplomático, y difundir al mismo tiempo la fe católica.

Para lograr la anhelada paz en Roma y en todo el territorio italiano, Papa Gregorio inició intensas y difíciles negociaciones con el rey longobardo Agilulfo. El fructífero negoziato conducido por Gregorio condujo a una tregua que duró aproximadamente tres años, desde el 598 hasta el 601. Posteriormente, en el año 603 se llegó a la estipulación de un armisticio mucho más estable entre las partes enfrentadas. La obtención de este armisticio se vio notablemente favorecida por los paralelos contactos que el Papa mantuvo con la reina Teodolinda. La reina Teodolinda era una princesa de noble origen bavarese que, a diferencia de los soberanos de otras poblaciones germánicas, profesaba una profunda y sincera fe católica. Hasta nuestros días ha llegado una serie preciosa de epístolas enviadas por Papa Gregorio a la reina Teodolinda, las cuales constituyen un testimonio luminoso de su mutua estimación y sincera amistad. Teodolinda condujo progresivamente al rey Agilulfo hacia su conversión al catolicismo, favoreciendo de este modo el proceso definitivo de paz. Papa Gregorio envió a Teodolinda valiosas reliquias destinadas a la basílica de San Giovanni Battista, que la propia reina mandó construir en Monza. Asimismo, con ocasión del nacimiento y del bautismo del pequeño príncipe Adaloaldo, el Papa envió a la reina afectuosos augurios y regalos de gran valor destinados a la catedral de Monza. La historia de la reina Teodolinda evidencia de manera clara el relieve fundamental del papel femenino en la historia de la Iglesia.

Un objetivo constante de la acción de Gregorio fue el contención de la expansión territorial y militar de los longobardos en Italia. Al mismo tiempo, otro fin primario fue apartar a la reina Teodolinda de cualquier influencia de los obispos y cristianos scismaticos, reforzando firmemente su adhesión a la doctrina católica. Junto a esto, San Gregorio se gastó con generosidad por la conversión de los pueblos europeos emergentes y por la fundamental reorganización civil del continente. Los visigodos de España, los francos, los sajones, los inmigrantes en Britannia y los mismos longobardos representaron los principales destinatarios de la infatigable actividad evangelizadora impulsada por Gregorio. En este contexto de expansión de la fe, la memoria litúrgica de sant'Agostino de Canterbury se vincula estrechamente a su obra, pues sant'Agostino fue puesto al frente de un grupo de monjes enviados directamente por Gregorio a Britannia con la misión providencial de convertir Inglaterra al cristianismo. La tradición nos recuerda también que Gregorio consideraba la conversión de los anglos como un verdadero progreso del Reino de Dios, digno de ser mencionado con alegría al comentar la Sagrada Escritura.

Acción social, asistencia y salud precaria

Más allá de su profundo compromiso espiritual y estrictamente pastoral, Papa Gregorio fue un insigne promotor de múltiples y valiosas intervenciones en el campo social. La Sede romana poseía entonces un ingente patrimonio terriero en Italia, ubicado de manera especial en la isla de Sicilia. Con las generosas rendite procedentes de los bienes romanos en Sicilia y en el resto de Italia, Gregorio adquirió y distribuyó grano en abundancia a la población hambrienta, además de proporcionar continuos subsidios económicos a los más indigentes. Los cuantiosos proventos de las propiedades eclesiásticas fueron utilizados con sabiduría por Gregorio para sostener dignamente a sacerdotes, monjes y monjas que vivían en condiciones de rigurosa pobreza. Además, Gregorio no dudó en emplear los cuantiosos recursos de la Iglesia para rescatar a los ciudadanos que habían sido hechos prisioneros por los longobardos y para financiar los elevados costes de las treguas y los armisticios que traían la paz.

Para garantizar que la caridad fuera efectiva, Gregorio dio inicio a una atenta y rigurosa reorganización administrativa tanto en Roma como en otras regiones de Italia. El Papa dictó disposiciones claras para que los bienes de la Iglesia fuesen administrados siempre con absoluta rettitud, estricta justicia y profunda misericordia, asegurando así su legítima subsistencia y el sostenimiento de su misión evangélica. Con firmeza, Gregorio exigió la tutela de los colonos frente a las injustas prevaricaciones de los concessionarios de los terrenos de la Iglesia, ordenando imediatos resarcimientos económicos en caso de que se descubriera cualquier fraude. Su intención prioritaria era evitar firmemente que el rostro luminoso de la Iglesia pudiese ser manchado jamás por ganancias ilícitas o deshonestas.

Gregorio condujo toda esta intensa y abrumadora actividad de gobierno y de cuidado pastoral a pesar de arrastrar una salud sumamente precaria que lo obligaba con frecuencia a guardar cama durante largos periodos. Los severísimos rigores y ayunos practicados con exceso durante sus años de vida monástica le causaron graves y crónicos problemas en el sistema digerente. Su voz llegó a ser extremadamente débil con el paso del tiempo, hasta el punto de tener que confiar con frecuencia a un diacono la lectura pública de sus homilías en las grandes basílicas romanas. No obstante, en los días festivos, Gregorio se esforzaba heroicamente por celebrar la Misa solenne para poder encontrarse de persona con los fieles que tanto amaba. El santo pueblo de Dios nutría un afecto verdaderamente profundo hacia Gregorio, viendo en su persona un punto de referencia seguro, firme y sumamente autorevole. Gracias a su probada santidad y a su entrañable humanidad, Gregorio logró ganarse la total confianza de los fieles y consiguió resultados históricos trascendentales a pesar de la complejidad extrema de su época. En un tiempo histórico singularmente marcado por graves desastres y por el desaliento general, Gregorio supo ser un faro capaz de traer la paz e infundir una firme esperanza en los corazones. A Papa Gregorio se le otorgó muy precozmente el título honoris causa de consul Dei, reflejo del respeto unánime que inspiraba su figura providencial.

Magisterio teológico y exégesis espiritual

Papa Gregorio Magno ha dejado una ricca y fecunda herencia literaria a la cual la Iglesia de las épocas sucesivas ha acudido siempre con provecho. Su epistolario es muy amplio y el mencionado Registro conserva más de ochocientas de sus cartas. Además, el santo compuso diversos escritos de notable argumento exegético. Entre sus escritos exegéticos destaca con luz propia el Comentario moral a Job, conocido universalmente en latín con el título de Moralia in Iob. Asimismo, entre sus obras de carácter exegético figuran las admirables Homilías sobre Ezequiel y las ilustrativas Homilías sobre los Evangelios. Gregorio Magno redactó también una obra hagiográfica de extraordinaria importancia titulada los Diálogos, que fueron escritos originariamente para la edificación espiritual de la reina Teodolinda. Pero su obra más celebre y universalmente difundida es sin duda la Regola pastorale, un texto que el Papa redactó en las fases iniciales de su pontificado con un claro intento programmatico para guiar a los pastores de almas.

En todos sus textos, Gregorio no busca jamás proponer una doctrina personal ni pretende destacar una originalidad propia. El noble intento del autor es hacerse siempre portavoz fiel de la enseñanza tradicional de la Iglesia católica. Gregorio desea actuar sencillamente como un instrumento humilde de Cristo y de la Iglesia para indicar a los hombres el camino seguro hacia Dios. Sus profundos comentarios exegéticos representan un ejemplo claro y luminoso de este enfoque respetuoso de la doctrina sagrada. Gregorio dedicó un estudio apasionado y constante a la lectura atenta de las Sagradas Escrituras. Su aproximación a la Biblia no tenía finalidades exclusivamente especulativas o académicas. Él sostenía firmemente que el cristiano debe extraer de la Escritura el sustento cotidiano para su propia alma y para su existencia concreta, en lugar de buscar meras nociones teóricas estériles.

En las Homilías sobre Ezequiel, el autor ribadisce con fuerza la importancia vital de este nutrimento espiritual proporcionado por el texto sagrado. Gregorio afirma sin ambages que acercarse a la Biblia por pura curiosidad intelectual es fruto funesto del orgullo y conlleva el gravísimo riesgo de conducir a la herejía. Para él, la humildad intelectual representa la regla fundamental e indispensable para cualquiera que desee comprender las verdades sobrenaturales contenidas en la Sacra Escritura. Esta actitud de profunda humildad no excluye de ningún modo la necesidad de un estudio riguroso y profundizado del texto sagrado, sino que lo presupone como requisito indispensable para que el estudio sea verdaderamente fructífero a nivel espiritual y penetre con acierto en las profundidades del misterio. Solamente a través de esta humildad interior resulta posible ponerse en verdadero y sincero ascolto para percibir la voz divina. Gregorio insiste en que la comprensión de la Palabra de Dios carece por completo de valor si no se traduce de inmediato en acciones concretas de caridad. En sus homilías encontramos la hermosa afirmación de que el predicador debe intingir su pluma en la sangre de su propio corazón si desea alcanzar verdaderamente el oído y el alma del prójimo. Los escritos de Gregorio reflejan un compromiso vital tan profundo que continúan hablando con fuerza a los lectores contemporáneos.

La Regola pastorale y la predicación

El tema fundamental de la integración armónica entre la comprensión intelectual y la acción recta se desarrolla también con amplitud en el Comentario moral a Job. Siguiendo fielmente la tradición de los Santos Padres, Gregorio analiza el texto bíblico aplicando los tres sentidos tradicionales de la Escritura: el sentido literal, el sentido alegórico y el sentido moral. Estos tres sentidos individuados constituyen las diversas articulaciones de un único y profundo significado de la Sagrada Escritura. Con todo, Gregorio concede una prioridad fundamental al sentido moral de la Escritura. En su constante reflexión teológica, el autor emplea binomios expresivos muy significativos tales como saber y hacer, hablar y vivir, conocer y actuar. Estos binomios ricos de contenido evocan dos aspectos esenciales de la vida de cada ser humano que deberían ser siempre complementarios, aunque con demasiada frecuencia se revelan peligrosamente opuestos en la realidad cotidiana. El ideal moral expresado por Gregorio reside precisamente en la integración armónica entre la palabra y la acción, entre el pensamiento y el compromiso diario, y entre la oración contemplativa y los deberes propios del estado de cada uno. Esta hermosa armonía permite la realización de una síntesis perfecta en la cual el divino entra verdaderamente en el hombre y el hombre se une de forma indisoluble a Dios. De este modo, Gregorio Magno delineó un modelo completo y acabado de vida espiritual para cualquier fiel cristiano, convirtiendo su obra durante la Edad Media en una verdadera Summa de la moral de matriz cristiana.

Las Homilías sobre los Evangelios constituyen otra obra de incalculable valor artístico y espiritual. La primera homilia de esta serie fue pronunciada por el mismo pontífice en la venerada basílica de San Pedro durante el periodo de Adviento del año 590, es decir, pocos meses después de su célebre elección al pontificado. Por su parte, la última homilia sobre los Evangelios fue proclamada solemnemente en la basílica de San Lorenzo durante la segunda postura después de Pentecostés del año 593. El Pontífice acostumbraba a dirigir sus predicaciones vivas al pueblo en aquellas iglesias romanas que eran sedes de las tradicionales estaciones litúrgicas o que estaban estrechamente vinculadas a la memoria de los mártires. El concepto central que unifica todas sus intervenciones pastorales se resume de manera magistral en el término praedicator. Según la visión de Gregorio, todo cristiano, además del ministro ordenado de Dios, tiene el sagrado deber de hacerse predicador de su propia experiencia interior ante el mundo. El modelo absoluto e insuperable de todo auténtico predicador es el propio Cristo, quien se encarnó precisamente para traer a todos los hombres el anuncio definitivo de la salvación.

Toda la intensa actividad de Gregorio está rigurosamente orientada por una profunda perspectiva escatológica, basada en la firme y constante espera del cumplimiento definitivo de todas las cosas en Cristo. Esta ardiente espera escatológica es el elemento central que inspira tanto el pensamiento teológico como la acción cotidiana del Pontífice, de la cual derivan sus continuos y apremiantes invitaciones a la vigilancia espiritual y a la práctica generosa de las obras buenas. La Regola pastorale se erige como su obra más orgánica, madura y estructurada, redactada con el loable propósito de delinear con precisión la figura ideal del obispo como fiel guía y maestro amoroso de su grey. En ella se ilustra con severidad la inmensa gravedad del encargo pastoral y los gravísimos deberes morales que de él se desprenden de manera inexorable. Gregorio sostiene con firmeza que quien no ha recibido una clara llamada divina a la cura pastoral no debe buscarla nunca de forma superficial ni ambiciosa. Quien, por el contrario, ha asumido dicha carga pastoral sin una debida reflexión previa, debe experimentar en su interior una saludable y constante trepidación en el alma.

Gregorio vuelve a insistir en su tema predilecto al afirmar con rotundidad que el obispo es ante todo el predicador por excelencia, alguien que debe ofrecer siempre el ejemplo luminoso con su propio comportamiento para constituir un punto de referencia seguro para todos los creyentes. Para garantizar una acción pastoral verdaderamente eficaz, el obispo tiene la obligación estricta de conocer en profundidad a sus propios fieles y de saber adaptar prudentemente sus sabios consejos a la situación concreta de cada persona. Con este fin, Gregorio analiza minuciosamente las diversas categorías de fieles con detalladas y agudas anotaciones que han llevado a no pocos estudiosos a considerar esta Regola como un auténtico e innovador tratado de psicología pastoral. Esta profunda y detallada análisis demuestra de forma incontestable que Gregorio conocía admirablemente a su rebaño y que interactuaba de manera muy cercana con la población de su ciudad y de su tiempo. Asimismo, el Papa recuerda con insistencia al Pastor su deber cotidiano de reconocer con humildad su propia miseria, evitando así que la insidiosa superbia llegue a anular el bien realizado ante la presencia de Dios. De hecho, el capítulo final de la Regola pastorale está enteramente focalizado en este tema decisivo de la humildad, afirmando que cuando uno se complace imprudentemente en sus propias virtudes, debe inmediatamente humillarse reflexionando sobre sus propias faltas y sobre todo aquello que ha dejado de hacer por negligencia. No es de extrañar que Gregorio definiera la sublime cura de las almas como ars artium, es decir, el arte de las artes, rindiendo así testimonio de la altísima consideración que profesaba a este sagrado ministerio. Esta maravillosa Regola pastorale obtuvo un éxito colosal en toda la cristiandad y fue rápidamente traducida tanto a la lengua griega como a la anglosajona.

Los Diálogos y la santidad en la historia

En su célebre obra titulada los Diálogos, Gregorio interloquisce de forma amena y profunda con su querido amigo y diácono Pedro. El fiel diácono Pedro sostenía la opinión pesimista de que la generalizada corrupción de los costumos de la época impedía por completo el nacimiento de nuevos santos en comparación con los tiempos pasados. A lo largo de los Diálogos, Gregorio demuestra con convicción inquebrantable que la verdadera santidad sigue siendo siempre posible y accesible, incluso en medio de las épocas más difíciles y oscuras de la historia humana. Para probar con hechos su luminosa tesis, Gregorio narra con sencillez la ejemplar vida de individuos contemporáneos suyos o fallecidos desde hace poco tiempo, los cuales eran plenamente meritorios de ser considerados santos a los ojos de Dios, aunque formalmente no hubiesen sido canonizados por los procesos eclesiásticos posteriores. Los Diálogos alternan con maestría el relato edificante de la vida de estos santos con profundas reflexiones teológicas y místicas, lo que convierte a este texto hagiográfico en una lectura singular y profundamente fascinante para las generaciones venideras de creyentes.

Los contenidos de los Diálogos se nutren generosamente de las ricas tradiciones populares que estaban vivas en su tiempo, empleándolas siempre con el noble objetivo de edificar y formar espiritualmente a los lectores. Esta obra singular llama poderosa y eficazmente la atención del lector sobre temas capitales tales como el profundo significado del milagro, la correcta interpretación de la Sagrada Escritura, la inmortalidad gloriosa del alma, la existencia real del infierno y la lúcida descripción del más allá. Un aspecto culminante de esta obra es que el segundo libro de los Diálogos está enteramente focalizado en la insigne figura de Benedicto de Norcia. Este segundo libro constituye ni más ni menos que el único testimonio histórico antiguo que describe con detalle la vida y la inmensa belleza espiritual de san Benito, convirtiéndose en una fuente indispensable para conocer los orígenes del monaquismo occidental.

Dentro del riguroso sistema teológico propuesto por Gregorio, las meras categorías temporales del pasado, del presente y del futuro pierden su valor autónomo al quedar subordinadas al desarrollo completo de la historia de la salvación que se despliega en el tiempo de Dios. Un claro ejemplo de esta visión providencial es el hecho de que Gregorio insertó el gozoso anuncio de la conversión del pueblo de los anglos directamente dentro de las páginas de su Comentario moral a Job, considerando dicho acontecimiento como un verdadero progreso del Reino de Dios y, por tanto, plenamente digno de ser consignado en la exégesis de un libro sagrado. Para el Papa, los responsables de las comunidades cristianas tienen el grave deber de interpretar siempre los acontecimientos históricos complejos a la luz segura de la Biblia. Con este espíritu, el Pontífice se propuso guiar con firmeza a pastores y fieles por un camino espiritual auténtico, basado en una lectio divina que fuera sumamente concreta y estuviera profundamente vinculada a las exigencias de la propia existencia diaria.

En el ámbito de las relaciones eclesiales a gran escala, Papa Gregorio mantuvo siempre un trato respetuoso y constante con los venerables patriarcas de Antioquía, Alejandría y Constantinopla. Gregorio respetaba escrupulosamente y reconocía con franqueza los legítimos derechos de los patriarcas orientales, evitando cuidadosamente interferir en su legítima autonomía eclesial. Sin embargo, con firmeza evangélica, Gregorio se opuso enérgicamente al título ampuloso de ecuménico que había asumido por ambición el Patriarca de Constantinopla, haciéndolo no para negar de ningún modo la autoridad patriarcal legítima, sino con el noble fin de tutelar la unidad fraterna de toda la Iglesia universal. La clara contestación de aquel título de ecuménico nacía de su íntima convicción de que la humildad debe ser siempre la virtud principal y distintiva de cualquier obispo y de cualquier patriarca en la Iglesia de Cristo.

A lo largo de toda su vida y de su pontificado, Gregorio conservó siempre en el fondo de su corazón el alma sencilla del humilde monque, mostrándose siempre radicalmente contrario al uso de grandes títulos honoríficos. Por el contrario, Gregorio amaba definirse con la hermosa y entrañable expresión de servus servorum Dei, que significa literalmente el siervo de los siervos de Dios. Esta inspirada expresión, acuñada por el propio Gregorio, reflejaba con absoluta fidelidad su concreta conducta de vida y su modo coherente de actuar en todas las circunstancias. Gregorio estaba profundamente impresionado por la infinita humildad de Dios, quien en la persona bendita de Cristo se hizo voluntariamente el siervo de toda la humanidad hasta el punto de lavar los pies a sus discípulos. Estaba firmemente convencido de que un auténtico obispo debía imitar sin reservas esta misma humildad de Dios para poder seguir verdaderamente las huellas de Cristo. En el fondo, lo único que él deseaba ardientemente era conducir una vida monástica entregada por entero al diálogo constante con la Palabra de Dios; sin embargo, por puro amor divino, aceptó con generosidad ponerse al servicio de todos los hombres durante una época histórica particularmente marcada por intensas sufrimientos y tribulaciones. Asumió plenamente el título y la actitud humilde de servo de los servidores, y su inmensa grandeza histórica reside precisamente en haber sabido encarnar de modo perfecto este espíritu de servicio desinteresado, que constituye para siempre el modelo indiscutible de la verdadera grandeza cristiana.

Preguntas frecuentes

Cuándo se celebra la memoria litúrgica de San Gregorio Magno?

La memoria litúrgica de San Gregorio Magno se celebra el 3 de septiembre, fecha que corresponde al día de su ordenación episcopal, mientras que su tránsito o deposición es recordado el 12 de marzo.

Cuáles fueron las principales obras literarias y pastorales de San Gregorio Magno?

Entre sus obras más destacadas se encuentran el Comentario moral a Job, las Homilías sobre Ezequiel y sobre los Evangelios, el libro de los Diálogos, la obra hagiográfica sobre san Benito y, de forma muy especial, la Regola pastorale.

Memoria de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia: después de haber emprendido la vida monástica, desarroll&oacute; el encargo de legado apostólico en Constantinopla; elegido después en este día a la Sede Romana, orden&oacute; las cuestiones terrenas y como siervo de los siervos se ocup&oacute; de aquellas sagradas. Se mostr&oacute; verdadero pastor al gobernar la Iglesia, al socorrer de todo modo a los necesitados, al favorecer la vida monástica y al consolidar y propagar por doquier la fe, escribiendo a tal fin célebres libros de moral y de pastoral. Muri&oacute; el 12 de marzo.<BR>(12 de marzo: En Roma cerca de san Pedro, deposición de san Gregorio I, papa, llamado Magno, cuya memoria se celebra el 3 de septiembre, día de su ordenación). — Martirologio Romano