6 de febrero
San Mateo Correa Magallanes
Sacerdote y mártir
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes humildes y vocación sacerdotal
San Mateo Correa Magallanes vio la luz por primera vez en México en el transcurso del siglo veinte, concretamente en el año 1866. Nació en el seno de una familia muy pobre que carecía por completo de los medios económicos necesarios para hacer frente a los gastos de su formación y permitirle estudiar. Ante esta situación adversa, y movido por un deseo ardiente de servir al Señor en el altar, tomó la decisión de trasladarse al seminario para trabajar en las tareas de la portineria, ganándose el sustento diario mientras abría una puerta a su vocación. Su conducta ejemplares, su recta intención y sus notables capacidades intelectuales y morales llamaron la atención de las autoridades académicas, quienes decidieron otorgarle una valiosa borsa de estudio basada en el mérito. Gracias a esta ayuda providencial, pudo continuar con dedicación exclusiva su preparación teológica sin necesidad de compaginarla con trabajos manuales, culminando un camino de sacrificio que lo condujo a recibir la ordenación sacerdotal cuando contaba con veintiséis años de edad. Inmediatamente después de ser ungido ministro del Señor, se entregó con fervor a un intenso trabajo pastoral recorriendo diversas parroquias, donde su presencia constante y su entrega desinteresada comenzaron a dejar una huella profunda en el alma de los fieles cristianos.
La tormenta de la persecución y el ministerio en Valparaíso
La labor sacerdotal de San Mateo Correa Magallanes se desarrolló en un clima de creciente tensión social y religiosa, hasta que fue plenamente alcanzado por la violenta persecución desatada contra los católicos mientras se encontraba prestando servicio en la parroquia de Valparaíso. Esta comunidad se caracterizaba por ser un lugar vivaz y dinámico, donde la Acción Católica impulsaba la difusión de un manifiesto destinado a pedir al gobierno central la legítima anulación de las leyes anticlericales que coartaban la libertad de la Iglesia. Alarmado por esta resistencia pacífica, el gobierno decidió enviar a Valparaíso al general Eulogio Ortíz, un militar implacable que recibió en las crónicas el elocuente sobrenombre de El Cruel. Este general puso en marcha una acción represiva implacable centrada sobre todo en castigar a los jóvenes católicos más activos. En el marco de esta ofensiva arbitraria, el general arrestó y sometió a un riguroso proceso judicial al propio padre Mateo, a su colaborador directo y a varios jóvenes representantes de las asociaciones laicales. Sin embargo, la justicia terrena prevaleció de manera temporal cuando el juez encargado del caso dictó la absolución de Padre Mateo y de los demás imputados al comprobar que el hecho imputado no constituía delito. Tras este veredicto de inocencia, los acusados fueron recibidos en la parroquia entre muestras de júbilo y como auténticos trionfadores por una comunidad que los respaldaba con afecto. Desgraciadamente, el general Ortíz se ligó al dito aquella absolución judicial, considerándola un intolerable afrenta personal a su autoridad y a sus métodos. El militar comenzó a nutrir un particular y rencoroso livore hacia Padre Mateo, percatándose de que el sacerdote aprovechaba este periodo de relativa calma para fortalecer la fe de los cristianos y prepararlos espiritualmente ante la inminencia de nuevas y más crueles persecuciones, consolidando así el vínculo de afecto y confianza ciega que las personas de la parroquia depositaban en él, venerándolo como a un santo y dejándose inflamar los corazones por su fe salda y su coraje inossidabile.
El arresto, la prueba suprema y el martirio
La escalada de violencia alcanzó un punto de no retorno el treinta de enero del año 1927, cuando San Mateo Correa Magallanes se dirigía a cumplir con uno de los deberes más sagrados de su ministerio, llevando los últimos sacramentos a una mujer enferma en compañía del hijo de ella. En el trayecto, el sacerdote y su acompañante se cruzaron de manera imprevista con una patrulla de militares del ejército gubernamental. Al ser reconocido de inmediato por uno de los soldados, fue detenido sin contemplaciones y privado de su libertad. No obstante la gravedad de la situación, antes de que se consumara el arresto, el sacerdote tuvo la presencia de ánimo y la lucidez necesaria para entregar la teca que contenía la sagrada hostia consagrada a una persona de su absoluta confianza, resguardando así el cuerpo del Señor de cualquier profanación. Durante el traslado posterior a pie, su talante humano y su profunda paz interior le permitieron familiarizarse con los soldados que lo custodiaban, hasta el punto de que la misma tarde de su detención, el arresto concluyó con la piadosa recitación del rosario guiada por el propio sacerdote, a la cual los militares respondieron con respeto y en coro. Al día siguiente, fue conducido a la presencia del general Eulogio Ortíz, quien lo consideraba una espina clavada en su costado y un obstáculo insuperable para la implantación de la política anticlerical del gobierno. En un intento desesperado por doblegar su resistencia y utilizarlo para sus siniestros fines, el general le dio una orden inicua: debía acudir a las celdas para confesar a los banditi que iban a ser fusilados al día siguiente, y posteriormente tenía la obligación de informar a la autoridad militar sobre el contenido de aquellas confesiones. Esos supuestos bandidos eran en realidad valientes cristeros, es decir, ciudadanos mexicanos que habían tomado las armas para luchar por la sagrada libertad religiosa frente a la ofensiva del Estado. El general albergaba la esperanza mezquina de obtener mediante este sacrilegio información confidencial que le permitiera desmantelar la red de la resistencia católica y arrestar a otros cabecillas de la revuelta. Padre Mateo acudió a cumplir con su deber sacerdotal de confesar y preparar espiritualmente a los condannati para el trance de la muerte, pero cumplió escrupulosamente con el mandato divino de guardar el sigilio, negándose de forma rotunda a revelar lo que había escuchado bajo el secreto de la confesión. Ante aquella negativa firme y serena, la furia del general Ortíz estalló de manera violenta e incontenible. Amenazado de muerte de forma explícita, el sacerdote respondió con una firmeza admirable, recordando a su verdugo que un verdadero ministro de Dios tiene la obligación sagrada e inquebrantable de conservar el secreto de la confesión cueste lo que cueste. Cumpliendo su severa amenaza, el tiránico general ordenó que fuera ejecutado en las primeras horas de la mañana del seis de febrero, siendo fusilado con su propia pistola d'ordinanza en las inmediaciones del cementerio de la ciudad de Durango, en México, sellando con su sangre un testimonio de fidelidad que perduraría para siempre en la memoria de la Iglesia universal. Su heroico sacrificio fue reconocido oficialmente por la Iglesia cuando fue beatificado por el papa Juan Pablo II en el año 1992, y posteriormente elevado a los altares mediante la solemne canonización presidida por el mismo pontífice el veintiuno de mayo del año 2000.
Su vida y ministerio
San Mateo Correa Magallanes nació en tierras mexicanas en el año mil ochocientos sesenta y seis. Desde su juventud, respondió con generosidad al llamado del Señor, siendo ordenado sacerdote a los veintiséis años de edad. Su labor pastoral se desarrolló en lugares como Valparaíso y Durango, donde ejerció su ministerio con espíritu de servicio, atendiendo las necesidades espirituales de los fieles. Su vida transcurrió en el siglo veinte, un periodo complejo en la historia de México donde el ejercicio del sacerdocio requería una fe inquebrantable y un valor constante ante la adversidad.
El momento culminante de su vocación ocurrió mientras cumplía su misión de llevar la gracia de los sacramentos a una mujer enferma. En el ejercicio de este deber, fue detenido por las autoridades. El general Ortiz, buscando obtener información sobre los cristeros, le ordenó violar el sigilo sacramental, coaccionándolo para que revelara lo que había escuchado en confesión. San Mateo Correa Magallanes, consciente de la santidad del sacramento y de su deber como ministro de Dios, se mantuvo firme en su negativa. Esta fidelidad absoluta a la ley de Dios y al respeto por la conciencia de los fieles le costó la vida. Fue ejecutado por orden del general Ortiz en las inmediaciones del cementerio de Durango en el año mil novecientos veintisiete, sellando su testimonio con el martirio.
El culto y canonización
La memoria de San Mateo Correa Magallanes ha permanecido viva en la Iglesia como un modelo de coherencia y fidelidad al sacramento de la reconciliación. Su sacrificio, que le valió el título de mártir de la confesión, resalta la importancia fundamental del sigilo sacramental para la vida espiritual de los creyentes. Por su heroica defensa de este secreto, es invocado hoy como el patrono de los confesores.
El reconocimiento oficial de su santidad llegó el veintiuno de mayo del año dos mil, cuando el Papa Juan Pablo II lo inscribió en el catálogo de los santos. Su fiesta se celebra cada seis de febrero, invitando a los fieles a reflexionar sobre la importancia de la integridad y la lealtad a los compromisos contraídos ante Dios. Su ejemplo continúa inspirando a los sacerdotes y a toda la comunidad cristiana a valorar la gracia del perdón y a proteger la dignidad de la confesión con la misma fortaleza que él demostró hasta el último instante de su vida.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festeggia San Mateo Correa Magallanes?
La memoria liturgica de San Mateo Correa Magallanes se celebra cada seis de febrero, fecha que conmemora su martirio.
En la ciudad de Durango en México, san Mateo Correa, sacerdote y mártir, que, mientras enfurecía la persecución contra la Iglesia, se rehusó a cumplir la orden de violar el secreto de la confesión, recibiendo por esto la corona del martirio. — Martirologio Romano