17 de noviembre
Sant' Isabel de Hungría
Religiosa
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y matrimonio en Turingia
En el siglo trece, concretamente en el año 1207, nació en Presburgo, Bratislava, la protagonista de esta historia, hija del rey Andrea II de Hungría y de la reina Gertrude. A la edad de cuatro años, la pequeña ya se encontraba formalmente fidanzada por decisión de sus padres con Ludovico, quien era hijo y heredero del soberano de Turingia. En aquella época, la Turingia era una región alemana independiente estructurada como signoria, cuyo gobernante ostentaba el título de landgravio. Debido a este compromiso, la fanciulla fue conducida al reino de su futuro esposo para vivir y crecer entre Marburgo y el castillo de Wartburg, situado cerca de Eisenach.
El año 1217 trajo consigo la muerte del landgravio de Turingia, Ermanno I, un deceso que ocurrió mientras se encontraba scomunicato a causa de diversos contrastes políticos mantenidos con el arzobispo de Magonza, prelado que ejercía además como signore laico y principe del Imperio. Al difunto gobernante le sucedió su hijo Ludovico. De este modo, en el año 1221, Ludovico contrajo matrimonio solemne con la joven Elisabetta, que entonces contaba con catorce años de edad, convirtiéndose ambos en los soberanos legítimos y recibiendo ella el nombre histórico de Elisabetta de Turingia.
La familia y la partida a la cruzada
La unión con su esposo dio frutos prontamente con el nacimiento de su primer hijo, llamado Ermanno, que vino al mundo en el año 1222. Dos años más tarde, en 1224, nació la hija Sofia, y posteriormente, en el año 1227, nació la tercera hija, a quien pusieron por nombre Gertrude. Esta última niña llegó al mundo ya siendo orfana de padre, pues los acontecimientos políticos y militares se precipitaban. Ludovico de Turingia se había empeñado activamente en organizar la sexta crociata en Terrasanta, tras recibir la promesa de papa Onorio III de liberarlo de las continuas intromisiones del arzobispo de Magonza. Incorporado al ejército comandado por el emperador Federico II, Ludovico nunca llegó a ver la Palestina, ya que fue alcanzado por un mal contagioso en Otranto que segó su vida, dejando a Elisabetta viuda a la temprana edad de veinte años y con tres hijos pequeños a su cargo.
Caridad y entrega a los pobres
Tras el fallecimiento de su esposo, Elisabetta recibió de vuelta la totalidad de su dote y se enfrentó a diversas opciones sobre su futuro. Su confesor le sugirió la posibilidad de volver a contraer matrimonio o bien de ingresar en un monasterio, tal como hacían otras reinas en su misma situación. Sin embargo, ella decidió dar retta a las voces franciscanas que ya tenían presencia en Turingia. Utilizando el dinero procedente de su dote, mandó construir un ospedale y ofreció la entera existencia a los pobres, considerando como su más alta realización personal el hecho de hacerse semejante a los necesitados.
Su rutina diaria incluía la visita a los enfermos dos veces al día, mientras que para sostener sus obras no dudaba en hacerse mendicante y recoger ayudas por doquier, manteniendo firme su condición laical y su estado de viudez. Su confesor reveló más tarde que, incluso estando su esposo todavía en vida, ella ya se dedicaba con esmero a los enfermos, atendiendo casos verdaderamente repugnantes. A algunos los alimentaba personalmente, a otros les procuraba un lecho digno y a otros los transportaba sobre sus propias espaldas. Todo este apostolado lo realizaba sin entrar en ningún momento en contraste con su marido, encuadrando su generosa dedición dentro de una absoluta normalidad marcada por pequeños gestos exteriores. Tales gestos nacían de un respeto genuino hacia los inferiores, como por ejemplo pedir a las mujeres de servicio que la tutearan.
Además, mostraba una gran prudencia al cuidar de no excederse con las penitencias personales, evitando debilitar su cuerpo para mantenerse siempre preparada para la ayuda al prójimo. Vivió verdaderamente como una persona pobre y, a consecuencia de esa vida austera y sacrificada, terminó enfermando, rechazando firmemente el retorno a Hungría que tanto deseaban sus padres, los reyes.
Fallecimiento, investigación y culto
La muerte la alcanzó en Marburgo a la edad de veinticuatro o veinticinco años, concretamente el 17 de noviembre de 1231, fecha que quedó grabada en la memoria de la Iglesia. Inmediatamente después de su deceso, muchas voces comenzaron a proclamarla santa de manera espontánea. Ante esta aclamación popular, papa Gregorio IX ordenó la apertura de una inchiesta para certificar los prodigios atribuidos a su intercesión. El proceso no estuvo exento de dificultades, ya que el confesor de Elisabetta fue asesinado y el arzobispo de Magonza intentó sabotear las investigaciones en curso. No obstante, Roma dispuso que se retomaran las pesquisas, lo que condujo finalmente, en el año 1235, a su solemne canonización a opera de papa Gregorio IX.
Los restos mortales de la santa sufrieron avatares históricos, siendo trafugados desde Marburgo durante los violentos conflictos generados por la Reforma protestante, de modo que hoy en día se encuentran custodiados en parte en la ciudad de Viena. Su memoria litúrgica quedó fijada en el calendario, y su figura perdura como compatrona de la Orden Francescana secolare junto con san Ludovico, iluminando con su ejemplo a generaciones de fieles.
Su vida y entrega
Nacida en Hungría en 1207, la joven Isabel fue unida en matrimonio en 1221 con Ludovico de Turingia, una unión de la cual nacieron tres hijos. Durante sus años de vida familiar en el castillo de Wartburg y en la región de Eisenach, Isabel cultivó una intensa vida espiritual y una constante atención hacia los necesitados. Sin embargo, su camino terrenal dio un giro doloroso en 1227, cuando su esposo falleció en Otranto, dejándola viuda a una edad muy temprana.
Lejos de replegarse en el dolor o en los privilegios de su rango, Isabel asumió una existencia de extrema sencillez. Decidió utilizar su dote para fundar un hospital en la localidad de Marburgo, un lugar que se convertiría en el centro de su misión. Allí, despojada de toda grandeza humana, se dedicó a la cura diaria de los enfermos y a convivir con la pobreza evangélica hasta el momento de su muerte, ocurrida en Marburgo en 1231, cuando apenas contaba con veinticuatro años de edad.
Canonización y legado
La santidad de Isabel fue reconocida rápidamente por el pueblo y por la autoridad de la Iglesia debido a la heroicidad de sus virtudes y a su entrega sin reservas. En el año 1235, apenas cuatro años después de su fallecimiento, el papa Gregorio IX la proclamó santa, consolidando su veneración en toda la cristiandad.
Su ejemplo de desprendimiento y su opción de vida la convirtieron en un referente espiritual permanente. Por su compromiso con la pobreza vivida en el siglo, es venerada como patrona del Orden Franciscano Secular, inspirando a los laicos de todas las épocas a buscar la santidad a través del servicio directo a los miembros más sufrientes del cuerpo de Cristo.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festegгает Santa Isabel de Hungría?
Su memoria litúrgica se celebra el 17 de noviembre, fecha que conmemora su tránsito terrenal.
De qué es patrona Santa Isabel de Hungría?
Es compatrona de la Orden Francescana secolare, compartiendo este patronazgo con san Ludovico.
Memoria de santa Isabel de Hungría, que, aún niña, fue dada en matrimonio a Luis, conde de Turingia, al que dio tres hijos; viuda, después de haber sostenido con fortaleza de ánimo graves tribulaciones, dedicada ya desde hacía tiempo a la meditación de las realidades celestiales, se retiró a Marburgo en Alemania en un hospital por ella fundado, abrazando la pobreza y dedicándose al cuidado de los enfermos y de los pobres hasta el último respiro exhalado a la edad de veinticinco años. — Martirologio Romano