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29 de abril

Santa Catalina de Siena

Virgen y doctora de la Iglesia, patrona de Italia

Santa Catalina de Siena

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Contexto y primeros años en Siena

Santa Catalina de Siena nació en la Toscana, una tierra caracterizada por una intraprendente riqueza espiritual y cultural cuya escena artística y literaria había sido profundamente enriquecida por figuras insignes como Giotto, quien vivió desde el año 1267 hasta el 1337, y Dante, que vivió desde el año 1265 hasta el 1321. Sin embargo, la Toscana de aquella época también se encontraba dolorosamente dilacerada por tensiones y luchas fratricidas de carácter político, destacando en particular las discordias persistentes entre güelfos y gibelinos. En este contexto complejo, el quattordicesimo secolo fue definido por el papa Benedicto XVI, durante su audiencia general del 24 de noviembre de 2010, como una época sumamente travagliata para la vida de la Iglesia y de la sociedad tanto en Italia como en Europa.

Catalina vino al mundo el 25 de marzo de 1347 en el rione de Fontebranda de Siena, un lugar conocido hoy como la Nobile Contrada dell'Oca. Era la venticuartesima hija de los veinticinco niños puestos al mundo por Jacopo Benincasa y Lapa di Puccio de' Piacenti. Su padre, Jacopo Benincasa, ejercía profesionalmente el oficio de tintorero. La familia Benincasa pertenecía a la pequeña borghesia y utilizaba un patronímico que todavía no constituía un apellido fijo en el sentido moderno. Entre sus hermanos se encontraba Giovanna, que era la hermana gemela de Catalina pero que lamentablemente falleció siendo recién nacida. El nombre mismo de Caterina deriva del griego y significa mujer pura, un destino que se manifestaría con claridad a lo largo de toda su existencia.

Vocación y consagración temprana

A la tierna edad de seis años, Catalina experimentó una visión extraordinaria de Jesús, quien se le apareció vestido de Sommo Pontefice con tres coronas sobre la cabeza y un manto rojo, acompañado de san Pedro, san Giovanni y san Paolo. En la época en la que se manifestó esta visión, el Papa se encontraba residiendo en Aviñón y la cristiandad se veía amenazada de forma preocupante por diversos movimientos hereticales. Movida por una gracia singular, a los siete años hizo voto de virginidad, consagrando por entero su voluntad al Señor. Sus jornadas transcurrieron desde entonces custodiadas por la oración, las penitencias rigurosas y los ayunos constantes, sin conceder espacio alguno al juego o a la vanidad mundana.

Esta precocísima vocación fue narrada detalladamente por su primer biógrafo, el beato Raimondo da Capua, quien vivió desde el año 1330 hasta el 1399, y que desempeñó el papel de confesor de santa Catalina además de ser el superior general de la orden dominicana. En su obra titulada Legenda Maior, Raimondo da Capua describe cómo Catalina emprendió desde niña la vía de la perfección cristiana reduciendo de manera drástica el alimento y el sueño, aboliendo por completo el consumo de carne, nutriéndose únicamente de hierbas crudas y alguna fruta, y utilizando habitualmente el cilicio. Catalina aspiraba firmemente a conquistar almas para Cristo y, con ese propósito, se dirigió a los Dominicos para dar respuesta a la llamada celestial que sentía en su interior.

Antes de poder realizar plenamente su aspiración religiosa, tuvo que superar las fuertes reticencias manifestadas por sus padres, quienes abrigaban el deseo de verla casada. A la edad de doce años, Catalina reaccionó con firmeza ante las presiones familiares cortándose los cabellos, cubriéndose la cabeza con un velo y encerrándose celosamente en su hogar. El padre finalmente se decidió a ceder en sus intenciones tras haber sorpreso a una paloma que aleteaba suavemente sobre la hija mientras esta se encontraba profundamente entregada a la oración. De este modo, en el año 1363, Catalina vistió el hábito de las mantellate, el terz'ordine laicale caracterizado por portar un manto negro sobre el hábito blanco de los dominicos. Este terz'ordine laicale era elegido sobre todo por mujeres maduras o viudas que continuaban viviendo en el mundo mientras emitían solemnes votos de obediencia, pobreza y castidad, comprometiéndose además a tomar el hábito de las Suore della Penitenza di San Domenico.

Mística, caridad y escritos

A pesar de haber crecido en un entorno analfabeto, Catalina se acercó con profunda devoción a las lecturas sacras. Recibió del Señor el don singular de saber leer y aprendió por sí misma a escribir, aunque en su labor posterior utilizó muy frecuentemente el método de la dictación a sus secretarios. Al término del Carnaval del año 1367, llevó a cabo las místicas nozze, recibiendo de Jesucristo un anillo adornado con preciosos rubíes. A partir de entonces, entre Cristo y Catalina se estableció un vínculo de intimidad particolarissima y una intensa comunión espiritual que llegó incluso a concretarse en un intercambio físico de corazón, reflejando su constante esfuerzo por conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios, procurando configurarse plenamente con Cristo crucificado.

En paralelo a su intensa vida mística, Catalina dio inicio a su infatigable actividad caritativa en beneficio directo de los pobres, los enfermos y los encarcelados, prestando además una atención muy esmerada durante los duros periodos de peste que azotaron la ciudad de Siena. Su sensibilidad sufriente experimentaba un dolor indecible al contemplar al mundo en plena baliza de disgregación y pecado. La Europa de aquella época se hallaba profundamente pervasa por pestilencias, carestías y guerras devastadoras. Francia era presa de una cruenta guerra civil, mientras que Italia se encontraba recorrida por compañías de ventura y desgarrada por luchas intestinas. El reino de Napoli sufría el impacto de la incautación y la lussuria de la reina Giovanna, y al mismo tiempo Jerusalén permanecía firmemente en manos de los infieles, con los turcos avanzando implacables por Anatolia mientras los propios cristianos se hacían la guerra entre sí.

Para responder a esta desolación, Catalina escribía cartas al Papa en nombre de Dios, documentos que han sido descritos gráficamente como coladas de lava y testimonios fidedignos de una realidad que comprometía tanto al cielo como a la tierra. El estilo de estas cartas brotaba por una absoluta necesidad interior y suspendía en lo divino la realidad contingente, sumergiendo a los hombres y a las circunstancias en un espacio sobrenatural dotado de una fuerza de amor inigualable. Las epístolas caterinianas constituyen un admirable impasto de prosa y poesía. Sus apremiantes llamamientos a las autoridades religiosas y civiles eran siempre firmes e intransigentes, pero al mismo tiempo aparecían impregnados de un profundo y materno sentir. Los expertos la han definido con justicia como una delicatissima donna y al mismo tiempo un gigante de la voluntad, así como una dolcissima figlia y sorella que no dudaba en actuar como un rude ammonitore de Pontífices y de reyes. Sus amonestaciones y sus severas advertencias estaban siempre compenetradas de un afecto inesausto, empleando expresiones tonantes para invitar a la virilidad de las elecciones y de las acciones, sin perder por ello la ternura propia de un espíritu muliebre. En una de sus misivas más célebres, escrita al Pontífice, exclamaba con vehemencia la inolvidable expresión: Oimé padre io muoio di dolore e non posso morire. Su escritura reunía las más sublimes alturas y las más folgorantes iluminaciones divinas.

Catalina conocía con gran lucidez qué era el pecado y hacia dónde conducía, habiendo tocado los abismos de una indecible náusea ante la maldad. Ella intingía su pensamiento en el tintero de la realidad compuesto por el bien y el mal, los ángeles y los demonios, la naturaleza y la sobrenaturaleza. Alrededor de su figura vivía una brulicante familia espiritual formada por sociae y socii, además de confessores y segretari fieles. Catalina actuaba como una auténtica madre que pungolaba, sostenía e invitaba constantemente a perseverar en la Causa de Cristo. Ejerció fuertes presiones como pacíficadora entre casate tan importantes como los Tolomei, los Malavolti, los Salimbeni y los Bernabò Visconti. Su camino místico incluyó también duras luchas contra el demonio, fenómenos extraordinarios como levitaciones, éxtasis y bilocaciones, profundos coloquios con Cristo y un anhelo constante de total fusión en Él, hasta el punto de experimentar una primera muerte de puro amor en la que su alma fue liberada temporalmente de la carne por un breve espacio de tiempo.

Acción eclesial, estigmas y legado

Los grandes ejes temáticos que guiaron la atención y la acción de Catalina fueron la pacificación de Italia, la urgente necesidad de promover una cruzada, el imprescindible retorno de la sede pontificia a Roma y la profunda reforma de la Iglesia. En el cumplimiento de estos anhelos, el 1 de abril del año 1375, Catalina recibió los sagrados estigmas incruentos en la iglesia de Santa Cristina. Ese mismo año, se esforzó con empeño por dissuadir a los gobernantes de Pisa y Lucca de adherirse a la Liga antipapale que había sido promovida activamente por la ciudad de Firenze, la cual se encontraba en fuerte urto con los legados pontificios encargados de preparar las condiciones para el retorno del Papa a Roma.

El año siguiente, impulsada por este celo, Catalina partió con destino a Aviñón, a donde llegó el 18 de junio. Allí mantuvo un encuentro decisivo con el papa Gregorio XI para persuadirle formalmente de la necesidad de regresar a la Ciudad Eterna. Gracias a sus gestiones y a la gracia divina, Gregorio XI retornó efectivamente a la ciudad de san Pedro el 17 de enero de 1377. Sin embargo, al año siguiente de la muerte de Gregorio XI, le sucedió en el solio pontificio Urbano VI. Una parte significativa del colegio cardenalicio prefirió apartarse de Urbano VI y eligió a Roberto de Ginevra, quien adoptó el nombre de Clemente VII como antipapa. Esta elección desafortunada dio inicio al gran scisma d'Occidente, un periodo de división que se prolongó durante un completo cuarentenio.

Dicho cisma fue finalmente resuelto en el transcurso del Concilio de Costanza, celebrado entre los años 1414 y 1418. Aquel importante Concilio concluyó con las oportunas dimisiones de Gregorio XII, quien previamente había legitimado la celebración del mismo, la posterior elección del papa Martino V y la promulgación de las solemnes scomuniche contra los antipapas de Aviñón y de Pisa, entre los cuales se encontraban directamente implicados Benedetto XIII y Giovanni XXIII.

La rica y profunda doctrina espiritual legada por santa Catalina encontró su máxima expresión en obras célebres como el tratado Il Dialogo della Divina Provvidenza, conocido también como el Libro della Divina Dottrina, así como en su vasto Epistolario y en sus inspiradas Preghiere. Estos escritos, junto con la insistencia de la iconografía antigua en destacar sus símbolos doctrinales, resultaron absolutamente decisivos para su posterior proclamación como doctora de la Iglesia. En este sentido, el papa Pablo VI, nacido en el año 1897 y fallecido en el año 1978, proclamó oficialmente a santa Caterina Dottore della Chiesa el 4 de octubre de 1970, exactamente siete días después de haberlo hecho con santa Teresa d'Ávila, nacida en el año 1515 y fallecida en el año 1582. Cabe destacar que la propia iconografía cateriniana se caracteriza tradicionalmente por los símbolos elocuentes del libro y del giglio, que representan de manera respectiva la doctrina y la pureza.

En su predicación y en sus escritos, Catalina manifestaba un amor entrañable por Jesús, a quien describía frecuentemente de un modo poético y gráfico como un puente lanzado de forma firme entre el Cielo y la tierra. Asimismo, profesaba una profunda veneración por los sacerdotes, a quienes consideraba verdaderos dispensadores de la fuerza salvifica a través de los sagrados Sacramentos y la Palabra divina. Sus cartas solían comenzar con la conocida fórmula de profundo espíritu evangélico: Io Catarina serva e schiava de' servi di Gesù Cristo scrivo a voi nel prezioso sangue suo. Coronando una existencia entregada por completo a la luz de Dios y al servicio de la Iglesia, Catalina alcanzó la beatitudine el 29 abril de 1380 a la edad de 33 años en la ciudad de Roma. Su figura luminosa fue posteriormente honrada de forma definitiva cuando Pablo VI la canonizó de manera solemne el 4 de octubre de 1970, consagrando para siempre su memoria en el corazón de los fieles.

Preguntas frecuentes

Quando se festeggia Santa Catalina de Siena?

La festividad litúrgica de Santa Catalina de Siena se celebra el 29 de abril de cada año.

Di qué es patrona Santa Catalina de Siena?

Santa Catalina de Siena es honrada solemnemente como patrona de Italia.

Fiesta de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia, que, tomado el hábito de las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, se esforzó por conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios y por hacerse conforme a Cristo crucificado; luchó con fuerza y sin cesar por la paz, por el regreso del Romano Pontífice en la Urbe y por el restablecimiento de la unidad de la Iglesia, dejando también célebres escritos de su extraordinaria doctrina espiritual. — Martirologio Romano