5 de abril
Santa Catalina Tomás
Virgen
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Infancia y primeros años en Maiorca
Caterina Thomas nació el 1 de mayo de 1531 en el pueblo de Valldemoza, situado en la isla de Maiorca, dentro del territorio de las Baleares, en España. Era la penultima de siete hermanos, nacida de un modesto agricultor llamado Giacomo. Creció en el contexto de una familia caracterizada por una fe sencilla y profunda, que dejó una huella indeleble en su alma. No poseyendo una corona del Rosario, aprendió a recitar las Ave Maria contando las hojas de un ramoscello d'ulivo. Era abituata a camminare a piedi nudi anche tra i cardi spinosi per comprendere il significato della sofferenza attraverso le piccole ferite, un esercizio con cui cercava di imitare la passione del Redentore. Tomó como especial protectora la santa virgen y martir de quien llevaba el nombre, confiriendo a su camino espiritual una guía constante. La desgracia golpeó su hogar cuando ella era todavía muy pequeña, pues quedó huérfana a los siete años. Tras esta dolorosa pérdida, se trasladó a vivir con sus tíos en la finca Son Gallard. Allí, su jornada transcurría conduciendo el ganado al pascolo y desempeñando las tareas domésticas necesarias para el mantenimiento del hogar. La gran distancia que separaba la finca de la iglesia hacía muy difícil su participación regular en las funciones religiosas, por lo que solo podía asistir a la Messa la domenica. Para suplir esta carencia comunitaria, construyó pequeños altares a los pies de los olivos en los campos, donde acudía a rezar intensamente incluso durante los días feriales. Poco atraída por los entretenimientos mundanos, maduró muy pronto el firme deseo de conservar la virginidad consagrada al servicio divino.
El camino hacia la vida monástica
En su juventud, la joven tuvo la oportunidad providencial de encontrar al padre Antonio Castaneda, vinculado al colegio de Miramar. Dicho sacerdote había nacido en 1507 y fallecido en 1583, tras vivir durante más de cuarenta años en el Romitorio de la Santísima Trinidad de Maiorca. El padre Antonio Castaneda conoció a Caterina durante sus visitas frecuentes a la granja familiar y, con su perspicacia pastoral, supo intuir las grandes virtudes que albergaba aquella muchacha. Bajo la dirección espiritual de este sabio sacerdote, Caterina decidió que su vocación era entrar en monastero. Sin embargo, los tíos se opusieron firmemente a su ingreso, argumentando que era analfabeta y carecía por completo de dote económica. Lejos de desanimarse, el padre Castaneda intervino con generosidad y resolvió todas las dificultades materiales y logísticas que impedían el proyecto de la joven. Gracias a estas gestiones, Caterina fue colocada inicialmente como criada en la noble familia Zaforteza en Palma de Maiorca. En aquella casa distinguida, aprendió a leer y a escribir, lo que le permitió dedicarse con provecho a las lecturas espirituales. Su fervor la llevó a imponerse una Cuaresma muy austera, alimentándose exclusivamente de pan y agua, mientras mortificaba el propio cuerpo utilizando una piel de puercoespín como cilicio. Tales rigores penitenciales acabaron por comprometer seriamente su frágil salud. Finalmente, fue acogida en el año 1553 como corista en el Monastero delle Canonichesse Regolari di Sant'Agostino a Palma, cuya sede estaba dedicada a Santa Maria Maddalena. Pudo entrar en el cenobio sin aportar dote alguna, nuevamente gracias al valioso auxilio del padre Castaneda. El noviciado se prolongó durante dos años y siete meses, un periodo inusualmente largo debido a su salud sumamente cagionevole. Durante esa etapa de prueba, la joven llegó a masticar granos de pimienta para aparentar un poco de coloración en el rostro y no alarmar a las hermanas. A pesar de estas dificultades físicas, su oración ferviente despertaba la admiración sincera de todas las consorelle. No obstante, el camino no estuvo exento de pruebas, pues debió afrontar duras luchas interiores y terribles tentaciones del demonio. Superadas estas etapas, emitió los votos religiosos el 24 agosto de 1555, cuando contaba veinticuatro años de edad. Desde entonces, vistió la humilde y dimisa túnica de consorella, rechazando cualquier obsequio material por considerar suficiente privilegio el ser Esposa de Cristo.
Mística, éxtasis y virtudes
La vida de la religiosa dentro del claustro se elevó pronto a cimas extraordinarias de unión con Dios. Sus oraciones se transformaban con frecuencia en profundos éxtasis, y la fama de estos fenómenos sobrepasó rápidamente los muros del monasterio. El obispo de Maiorca, monseñor Giovanbattista Campeggio, solía visitarla con frecuencia para pedirle consejo espiritual, mostrando una gran estima a pesar de tratarse de una simple suora. Un rasgo verdaderamente extraordinario era su absoluta sumisión a la disciplina, ya que nunca faltaba a la obediencia y acudía a la llamada de sus superiores incluso hallándose en pleno estado de éxtasis. Aunque no amaba presentarse a la reja del locutorio debido a la inmensa popularidad que había adquirido, lo hacía sin vacilar si se lo ordenaban. Transmitía un profundo amor por el Creador a todos aquellos que acudían a ella buscando consejo o simplemente movidos por la curiosidad. Poseía el don sobrenatural de examinar y conocer los corazones, logrando guiar a muchas almas hacia una sincera conversión y a una vida nueva. Durante sus rapimientos místicos, el Señor le manifestaba también las necesidades urgentes de personas que se encontraban fuera del monasterio. Mantenía una devoción inmensa hacia la Pasión de Cristo, misterio que meditaba con abundantes lágrimas tanto en su celda como en el coro y en el refectorio. Experimentaba también un amor desbordante por la Eucaristía, visitando el sagrario tantas veces como le era posible y recibiendo la Santa Comunión con el fruto de quedar interiormente transformada. Rezaba de manera incesante por todos los hombres, prestando especial atención a los pecadores, a las almas de los difuntos, a la Iglesia que sufría los estragos de la escisión protestante y al grave peligro que representaba la amenaza de los turcos. Con el transcurso de los años, los fenómenos estáticos se volvieron cada vez más frecuentes y llamativos. En el año 1571 protagonizó un éxtasis que se prolongó durante veintiún días consecutivos, constituyendo el episodio más duradero de su vida mística. La fama de su santidad se extendió de manera imparable por toda la isla de Maiorca y por el resto de España. Además, Dios le concedió el don de obrar milagros repentinos y de gran resonancia. Por una profunda virtud de humildad, ella intentaba constantemente aparentar sencillez o falta de luces ante los demás, aunque sus consorelle conocían perfectamente tales ardides piadosos. En aquella etapa final, contó con el padre Salvatore Abrines como su fiel confesor. Para entonces, la santa consideraba que su cuerpo era poco menos que una prisión para el alma, dirigiendo su mirada exclusivamente hacia las realidades celestiales.
Tránsito, glorificación y culto
La última y definitiva etapa terrenal de la santa estuvo marcada por un largo rapto místico que se prolongó desde el lunes de Pasión, fijado el 29 de marzo, hasta el mismísimo día de Pascua, que cayó el 4 de abril del año 1574. La santa entregó su alma al Creador el día inmediatamente posterior a la conclusión de aquella prolongada experiencia estática, tal como ella misma había vaticinado con anterioridad. Dejó a la posteridad un testimonio luminoso de amor incondicional a Dios, distinguiéndose por su total noncuranza de sí misma y por la absoluta abnegación de su propia voluntad. El cuerpo incorrupto fue hallado en tal estado admirable cuarenta años después de su fallecimiento, durante la primera reconocimiento oficial. Como parte del proceso que conduciría a su elevación a los altares, fue solemnemente proclamada beata en el año 1792. Posteriormente, el pontífice Pio XI la elevó a los altares al proclamarla santa el 22 de junio de 1930. Entre el pueblo fiel, el cuerpo de la virgen es conocido popularmente con el cariñoso apelativo de Santa Rina. Los restos mortales sufrieron diversas traslaciones a partir ya del año 1577, buscando siempre un emplazamiento adecuado a su creciente veneración. Finalmente, el cuerpo fue depositado de manera definitiva en la capilla del Monasterio de Palma de Maiorca. El Martirologio la sitúa geográficamente en Palma de Maiorca, en España, y su nombre oficial registrado en dicho martirologio es Caterina Tomás. La Iglesia la recuerda como virgen consagrada que perteneció a la Orden de las Canónigas Regulares de Sant'Agostino, brillando intensamente por su humildad y su entrega sin reservas. Su fecha natalicia en la tierra fue el 1 de mayo de 1531, mientras que su dies natalis se celebra el 5 de abril de 1574.
Su camino de fe
La vida de Santa Catalina Tomás comenzó en el hermoso paraje de Valldemossa, en la isla de Mallorca, durante el año mil quinientos treinta y uno. Desde sus primeros años, manifestó una inclinación natural hacia el recogimiento y una devoción sincera, que más tarde la llevaría a buscar la plenitud en la vida consagrada. Su itinerario vital se vio profundamente transformado cuando, en el año mil quinientos cincuenta y tres, ingresó en el Monasterio de Santa María Magdalena, ubicado en Palma de Mallorca. Este paso fue fundamental para su desarrollo espiritual, permitiéndole vivir bajo una regla de oración y servicio.
El veinticuatro de agosto de mil quinientos cincuenta y cinco, Catalina selló su compromiso con el Señor al profesar sus votos religiosos, iniciando así una etapa de entrega total. Durante sus años en el monasterio, su vida estuvo marcada por una singular gracia: la experiencia de frecuentes fenómenos estáticos. Estos momentos de elevación del alma hacia Dios no fueron solo episodios aislados, sino el reflejo de una comunión profunda que definía su existencia diaria. Catalina vivió con sencillez, aceptando las exigencias de la vida comunitaria mientras mantenía su espíritu elevado en una constante presencia de Dios. Su trayectoria concluyó en Palma de Mallorca el cinco de abril de mil quinientos setenta y cuatro, dejando un legado de santidad que conmovió profundamente a su comunidad y a la sociedad de aquel siglo decimosexto. Su figura representa la fortaleza de quien, renunciando a las vanidades del mundo, encuentra la verdadera libertad en la obediencia y en el amor incondicional a su Creador.
El recuerdo de su santidad
La veneración a Santa Catalina Tomás ha trascendido las fronteras de su lugar de nacimiento, consolidándose como una de las figuras más queridas y respetadas de la tradición cristiana en Mallorca. Su camino hacia la gloria de los altares culminó formalmente en mil novecientos treinta, cuando el Papa Pío Undécimo procedió a su canonización, reconociendo oficialmente la heroicidad de sus virtudes y la autenticidad de su testimonio cristiano. Este reconocimiento no hizo más que confirmar el afecto que el pueblo ya profesaba hacia ella, honrándola como una protectora especial de la isla.
Hoy en día, la memoria litúrgica de Santa Catalina Tomás se celebra cada cinco de abril, fecha en la que los fieles se reúnen para recordar su ejemplo y pedir su intercesión. Como patrona de Mallorca, su nombre evoca una historia de fe inquebrantable, recordándonos que la santidad es posible en la sencillez de la vida oculta. A través de los siglos, su recuerdo permanece vivo, invitando a las nuevas generaciones a profundizar en la oración y en la fidelidad al Evangelio, bajo el amparo de quien supo entregar su vida entera por amor a Dios.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festeja Santa Catalina Tomás?
Se celebra el 5 de abril, día que conmemora su nacimiento para el cielo.
En Palma de Mallorca en España, santa Catalina Tomás, virgen, que, entrada en la Orden de las Canónigas regulares de San Agustín, brilló por el desinterés de sí misma y la abnegación de la voluntad. — Martirologio Romano