22 de julio
Santa María Magdalena (de Magdala)
Apóstola de los Apóstoles
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes en la tierra de Galilea
Santa Maria Magdalena era originaria de Magdala, un activo villaggio de pescadores situado en la pintoresca riva occidental del lago de Tiberíade. En el primer siglo, este asentamiento no solo era conocido por su actividad pesquera, sino que constituía un importante centro para el comercio del pescado. En la lengua griega, el pueblo era llamado Tarichea, un término que significa literalmente "Pesce salato", haciendo referencia directa a la conservación y distribución de este alimento.
La arqueología moderna ha arrojado una luz extraordinaria sobre la patria de la santa. En los años setenta del siglo veinte, los arqueólogos franciscanos del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén llevaron a cabo grandes excavaciones arqueológicas en el territorio de Magdala. Estos trabajos permitieron descubrir una vasta área urbana que albergaba una plaza con un elegante quadriportico, una villa decorada con mosaicos y un completo impianto termal. Sucesivos trabajos de excavación, realizados también por los mismos franciscanos, sacaron a la luz valiosos restos de las antiguas estructuras portuarias que servían al comercio lacustre.
La riqueza histórica de la zona se vio ampliada en el año 2009, cuando se inició una nueva campaña de excavaciones en un terreno colindante, propiedad de los Legionarios de Cristo. Esta intervención arqueológica permitió el hallazgo de la sinagoga de Magdala, que actualmente es considerada una de las más antiguas descubiertas en todo el territorio de Israel. Por su ubicación estratégica, ya que la sinagoga se erigía precisamente sobre la calle de comunicación que unía a Nazaret con Cafarnaúm, se considera sumamente probable que el mismo Jesús de Nazaret haya frecuentado este lugar de oración durante su ministerio público.
El encuentro liberador y el seguimiento
La figura de Maria Magdalena aparece mencionada por primera vez en las Sagradas Escrituras en el capítulo ocho del Evangelio de Lucas. En este pasaje se narra que Jesús viajaba activamente por ciudades y villaggi predicando el reino de Dios, acompañado de cerca por los Doce apóstoles y también por algunas mujeres. Estas santas mujeres, que habían sido sanadas de diversos espíritus malvados y de penosas enfermedades, asistían materialmente al grupo con sus propios bienes y recursos personales.
Entre este grupo de seguidoras se encontraba Maria, llamada Magdalena, de la cual, según relata el texto sagrado, habían salido siete demonios. Para comprender el alcance de esta afirmación, el cardenal Gianfranco Ravasi ha explicado que la expresión "siete demonios" podía hacer referencia a una gravísima enfermedad física o moral de la cual Jesús la había liberado definitivamente. En la rica simbología bíblica, el número siete representa la plenitud, lo que subraya la gravedad del mal que la aquejaba.
Antes de su providencial encuentro con el Salvador, Maria Magdalena sufría, por tanto, de un gravísimo mal de naturaleza desconocida. Ella forma parte de ese grupo de personas profundamente sufrientes a quienes Jesús restó de la desesperación absoluta, devolviéndolas con amor a la vida plena y a sus afectos cotidianos. A través de estos gestos de liberación del mal y de rescate de la esperanza, Jesús actuaba en nombre de Dios. El deseo humano de felicidad y de una vida buena corresponde perfectamente a la voluntad de Dios, quien es presentado en los Evangelios como un Dios de la cura y del cuidado, que jamás es cómplice del mal que aflige a sus criaturas. Tras experimentar esta profunda experiencia de salvación, Maria Magdalena se convirtió en una fiel discepola del Señor.
La aclaración de los equívocos históricos
A lo largo de los siglos, una duradera tradición popular e iconográfica ha identificado erróneamente a Maria Magdalena con una prostituta. El origen de esta confusión histórica se encuentra en la cercanía de los textos en el Evangelio de Lucas. En el capítulo siete, inmediatamente anterior a la mención de la santa, se relata la conversión de una mujer pecadora de la ciudad, cuyo nombre no se menciona. Esta mujer anónima había entrado a la casa de un fariseo donde Jesús era huésped y, en un gesto de profunda penitencia, había ungido con óleo perfumado los pies del Maestro, regándolos con sus lágrimas y secándolos con sus propios cabellos.
Sin embargo, un análisis riguroso de los Evangelios demuestra que no existe ningún enlace o conexión textual real entre Maria de Magdala y la pecadora sin nombre del capítulo siete de Lucas. El cardenal Ravasi también ha evidenciado la existencia de un segundo equívoco interpretativo. Este se basa en el gesto de la unción con el aceite perfumado, un acto de devoción que también fue realizado por Maria de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, en una circunstancia diferente descrita en el Evangelio de Juan. Debido a estas similitudes en los relatos, diversas tradiciones populares terminaron por fundir las identidades, identificando a Maria de Magdala también con Maria de Betania, después de haberla confundido previamente con la pecadora galilea.
Testigo en el Calvario y en la sepultura
La presencia de Maria Magdalena adquiere un relieve dramático y central en los relatos evangélicos durante las horas de la pasión y la crucifixión de Jesús. La santa acompañó fielmente al Señor en su doloroso camino hacia el monte Calvario, permaneciendo allí para observarlo con devoción y dolor desde una distancia prudencial, en compañía de otras mujeres piadosas.
Su fidelidad no terminó con la muerte del Maestro. Maria Magdalena estuvo presente de manera activa en el momento en que José de Arimatea, tras solicitar el cuerpo, depuso con reverencia el cadáver de Jesús en el sepulcro nuevo, cerrando la entrada de la tumba con una gran piedra redonda. Ella observaba con atención el lugar donde se colocaba la esperanza de su vida, guardando el luto en el silencio del sábado.
El amanecer de la Resurrección
El capítulo veinte del Evangelio de Juan refiere que Maria Magdalena se dirigió al sepulcro en la mañana del primer día de la semana, justo después de haber concluido el descanso del sábado, cuando todavía estaba oscuro. Al llegar al lugar, descubrió con sorpresa que la gran piedra que cerraba el sepulcro había sido removida de su sitio. Ante este hecho, corrió de inmediato a buscar a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, que era Juan, para comunicarles la noticia.
Los dos apóstoles, alertados por las palabras de la mujer, corrieron juntos hacia el sepulcro y constataron personalmente la veracidad de su anuncio y la falta del cuerpo del Señor. Sin embargo, tras examinar el lugar, ambos discípulos regresaron a sus casas, dejando a Maria Magdalena sola, quien permaneció llorando desconsolada junto a la entrada de la tumba vacía.
En ese espacio de soledad y dolor, la santa realizó un profundo recorrido interior que la llevó de la incredulidad y la tristeza a la plenitud de la fe. Al inclinarse para mirar dentro del sepulcro, vio a dos ángeles vestidos de blanco. A la pregunta de estos, ella les respondió con sencillez que lloraba porque no sabía dónde habían puesto el cuerpo de su Señor. Al volverse hacia atrás, vio a una persona de pie, que era Jesús, pero en su dolor no fue capaz de reconocerlo, pensando que se trataba del encargado o custode del jardín.
Jesús se dirigió a ella preguntándole con ternura el motivo de sus lágrimas y a quién buscaba. Pensando aún que hablaba con el hortelano, Maria Magdalena le pidió que, si él se lo había llevado, le indicara el lugar para poder ir a recoger el cuerpo. Fue en ese instante cuando Jesús la llamó por su propio nombre, diciéndole con voz inconfundible: "¡Maria!".
El cardenal Carlo Maria Martini ha comentado este pasaje señalando que Jesús eligió el modo más personal e inmediato para presentarse, que es la llamada por el nombre propio. Según el cardenal Martini, esta interpelación en ese preciso momento y con ese tono particular constituye la forma más íntima de revelación, la cual define la relación única de Jesús con Maria Magdalena. A través de esta llamada, Jesús se revela ante ella como su Señor resucitado, aquel a quien ella tanto buscaba. En ese instante, en el corazón de la santa se despertó el recuerdo vivo de toda su historia compartida con Él. La escena, conocida en la tradición como "Noli me tangere", contiene en su iconografía toda la memoria de esa relación de salvación.
Al reconocerlo, Maria Magdalena se volvió y le dijo en lengua hebrea: "¡Rabbuní!", una palabra llena de afecto que significa "¡Maestro!". Jesús le ordenó entonces que no lo retuviera, porque todavía no había subido hacia el Padre celestial. En cambio, le encomendó una misión precisa: ir a buscar a sus hermanos para decirles que subía a su Padre y Padre de ellos, a su Dios y Dios de ellos. Cumpliendo el mandato, Maria de Magdala corrió a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y les transmitió con fidelidad cada una de las palabras que Él le había confiado.
La perspectiva teológica y la Matrística
La teóloga carmelita descalza Cristiana Dobner ha reflexionado profundamente sobre la figura de la santa de Magdala, observando que ella fue la primera entre todas las mujeres que seguían a Jesús en proclamarlo solemnemente como el vencedor absoluto de la muerte. Por esta razón, Dobner define a la Magdalena como la primera mujer apóstol en anunciar el mensaje de la Pascua a la comunidad.
Asimismo, la teóloga destaca que la Magdalena expresa de un modo sublime la maternidad en la fe y de la fe, entendida esta como la actitud espiritual de generar nueva vida como verdaderos hijos de Dios. Con Maria Magdalena se da inicio a una larga hilera de madres espirituales que, a lo largo de los siglos de historia de la Iglesia, se han dedicado con esmero a la generación de hijos de Dios, situándose al lado de los padres de la Iglesia en una corriente teológica y espiritual que ha sido definida con el término de "Matrística".
La elevación litúrgica por el papa Francisco
La importancia teológica de esta gran santa ha recibido un reconocimiento definitivo en la época contemporánea. El tres de junio del año 2016, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos emanó un decreto formal para elevar la celebración de santa Maria Magdalena del rango de memoria obligatoria al grado litúrgico de fiesta, equiparándola a la celebración de los apóstoles.
Esta importante variación en el calendario litúrgico de la Iglesia universal fue decidida por expreso deseo del papa Francisco. El pontífice estableció este cambio con el propósito de resaltar la inmensa importancia de la figura de Maria Magdalena y el profundo amor recíproco que existía entre ella y Cristo Jesús. Las motivaciones teológicas e históricas de esta decisión papal fueron explicadas detalladamente por el arzobispo Arthur Roche, quien se desempeñaba como secretario del Dicasterio para el Culto Divino.
Al respecto, la teóloga Cristiana Dobner ha definido la decisión del papa Francisco como un verdadero don y la expresión de una auténtica revolución antropológica sobre el papel de la mujer en la realidad eclesial. Según su análisis, la institución de esta fiesta litúrgica no debe entenderse como una simple reivindicación femenina o una cuestión de cuotas de representación, sino que es un signo claro de que el hombre y la mujer, en santa comunión, están llamados juntos a anunciar al Cristo Resucitado.
La representación en la historia del arte
En el campo de la historia del arte, la figura de santa Maria Magdalena ha gozado de una inmensa popularidad, siendo representada principalmente a través de cuatro tipologías iconográficas diferentes a lo largo de los siglos. Monseñor Timothy Verdon, docente en la Stanford University y director del Museo de la Obra del Duomo de Florencia, señala que la santa es retratada con frecuencia como una de las miroforas, es decir, una de las piadosas mujeres que en la mañana de la Pascua transportaban los ungüentos y perfumes al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús.
A partir del final de la Edad Media, en el arte de la tradición occidental, la Magdalena comenzó a ser fácilmente reconocible entre las demás miroforas por llevar el cabello suelto, largo y con frecuencia de color rubio. Los pintores occidentales la identificaban con la pecadora que había enjugado los pies de Jesús con sus cabellos, una interpretación iconográfica que, sin embargo, no es compartida por la tradición de la Iglesia de Oriente. En estas obras, el cabello largo y desatado aludía tanto al contacto físico e íntimo que tuvo con los pies de Jesús como a su antigua condición de pecadora, dado que en aquella época las mujeres respetables de la sociedad no se mostraban en público con el cabello suelto.
A partir de la Baja Edad Media, se difundió también la representación de Maria Magdalena en su faceta de penitente. Esta imagen se apoya en una antigua leyenda que narra que la santa, tras su conversión y el encuentro con el Resucitado, viajó al sur de Francia, cerca de la ciudad de Marsella, donde se dedicó a anunciar el Evangelio antes de retirarse a vivir como ermitaña en la soledad de la naturaleza. Fascinados por este relato de penitencia, muchos artistas la consideraron el equivalente femenino de San Juan Bautista, representándola con vestiduras rústicas similares a las del profeta o cubierta únicamente por su larga cabellera. En estas obras, la santa aparece desprovista de belleza física externa, con el rostro visiblemente demacrado por los ayunos y las prolongadas vigilias de oración, pero transfigurada por una intensa belleza interior. Un ejemplo cumbre de esta tipología es la célebre escultura de madera tallada por Donatello para el Baptisterio de Florencia.
Otra representación sumamente difundida es la de la santa al pie de la cruz, sumida en el dolor. En estas escenas, el dolor contenido y majestuoso de la Virgen Maria se suele contraponer al llanto expresivo e incontenible de Maria Magdalena. Un ejemplo de gran valor es el pequeño panel pintado por Masaccio, conservado en la ciudad de Nápoles, donde la santa es retratada de espaldas, con los brazos abiertos y extendidos hacia Cristo, luciendo su larga cabellera rubia extendida sobre un llamativo manto rojo. En la célebre obra de la Pietà de Tiziano, la Magdalena avanza de manera decidida, como queriendo invitar a toda la humanidad a reconocer la terrible injusticia de la muerte de Jesús, cuyo cuerpo yace en el regazo de su Madre. De igual modo, en el grupo escultórico realizado por Niccolò dell'Arca, la figura de Maria Magdalena destaca por ser la más dramática y teatral, abalanzándose con la fuerza impetuosa de un huracán hacia el cuerpo yacente de Cristo.
Por último, son abundantísimas las representaciones artísticas que plasman el encuentro de la santa con el Salvador Resucitado. Entre ellas, monseñor Timothy Verdon destaca la magnificencia y el carácter ejemplar de la obra realizada por Giotto en la Capilla de los Scrovegni de Padua, así como el delicado fresco pintado por el Beato Angelico en las celdas del convento de San Marcos en Florencia, obras que capturan con maestría el instante de la revelación personal.
El camino del seguimiento
En el siglo primero de nuestra era, en la orilla occidental del lago de Tiberíades, la vida de María de Magdala experimentó un giro definitivo. Tras ser sanada por el poder de Jesús, quien la liberó de la opresión de siete demonios, ella abrazó una nueva existencia caracterizada por la entrega absoluta. Junto a otras mujeres, María Magdalena siguió los pasos del Maestro por las tierras de Palestina, sosteniendo el anuncio del Reino con sus propios recursos materiales en un gesto de servicio humilde y constante.
Cuando llegó la hora de la prueba suprema, mientras la mayoría de los discípulos se dispersaban por el temor, ella permaneció firme en su amor. María Magdalena estuvo presente en el Calvario, acompañando el sufrimiento del Salvador en la cruz y asistiendo con devoción silenciosa a su sepultura. Su fidelidad no flaqueó ante la muerte, manteniéndose en vela junto al sepulcro con la esperanza intacta, lo que la condujo a ser la primera en encontrarse con el Señor resucitado, quien la envió a llevar el anuncio de la vida nueva a los apóstoles.
Su memoria en la Iglesia
El culto a Santa María Magdalena ha ocupado siempre un lugar de honor en la tradición litúrgica de la Iglesia, reconociendo su papel insustituible en los orígenes del cristianismo. Su testimonio de fe y su valentía al anunciar la Resurrección la convierten en un faro para todos los creyentes que buscan al Señor con corazón sincero.
En el año 2016, el Papa Francisco elevó su celebración litúrgica de la categoría de memoria obligatoria al grado de fiesta. Esta decisión resalta la dignidad de esta santa mujer y su importancia como ejemplo de la misión evangelizadora de la Iglesia en el mundo.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se festeja a santa Maria Magdalena?
La fiesta de santa Maria Magdalena se celebra en toda la Iglesia católica el día veintidós de julio.
¿De qué causas o colectivos es patrona santa Maria Magdalena?
Santa Maria Magdalena es reconocida formalmente como la santa patrona de los penitentes y de los peluqueros.
Memoria de santa María Magdalena, que, liberada por el Señor de siete demonios, se convirtió en su discípula, siguiéndolo hasta el monte Calvario, y en la mañana de Pascua mereció ver por primera vez al Salvador resucitado de entre los muertos y llevar a los otros discípulos el anuncio de la resurrección. — Martirologio Romano