Enciende una vela por quien amas — arde aquí durante 7 díasEnciende la tuya →

22 de enero

Santi Francisco Gil de Federich y Mateo Alfonso de Leciniana

Sacerdotes dominicos, mártires

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes y vocación

Francisco Gil de Federich de Sans nació el catorce de diciembre de 1702 en la localidad de Tortosa, situada en la región de Cataluña, en España, en el seno de una familia de personas ilustres. A la edad de quince años, movido por una profunda inquietud espiritual, fue admitido al noviciado domenicano ubicado en la Villa de Exemplo, donde asumió el nombre religioso de Francesco. Posteriormente, emitió su profesión solenne en el convento de Santa Caterina en Barcelona. Durante su etapa de formación religiosa, en el corazón del dieciocho siglo, maduró de manera firme el deseo ardiente de evangelizar a los pueblos paganos. En el año 1724, mientras se encontraba cursando sus estudios de teología en la ciudad de Orihuela, solicitó formalmente unirse a un grupo de misioneros dominicos que se preparaban para partir rumbo a las islas Filipinas. Tras recibir la debida ordenación presbiterale en el año 1727, fue nombrado maestro de los frati studenti, cargo que desempeñó con dedicación antes de ver cumplido su anhelo misionero. En el año 1730, tras obtener el permiso tan esperado, partió como misionero junto a otros veinticuatro compañeros de viaje.

Entre aquellos compañeros de viaje se encontraba el padre Mateo Alfonso de Leciniana, quien también estaba destinado a dejar una huella imborrable de santidad en tierras asiáticas. Mateo Alonso de Leciniana había nacido en España el veintiséis de noviembre de 1702, específicamente en la localidad de Nava del Rey. Siguiendo una llamada similar a la de su futuro compañero de martirio, ingresó en el convento domenicano de Santa Croce situado en Segovia, donde completó con fruto sus estudios literarios y teológicos. En la paz del claustro, Mateo sintió nacer en su interior una intensa vocación misionera que lo impulsó a pedir su envío a Filipinas. Emitió sus votos religiosos en el año 1723 y, al igual que Francisco Gil de Federich, se embarcó hacia el archipiélago filipino, a donde ambos llegaron juntos en el año 1730. Tras una breve estancia en Manila, los caminos de los dos religiosos se orientaron hacia nuevas y peligrosas misiones, consolidando una fraternidad espiritual que se mantendría firme hasta el final de sus días terrenos.

El ministerio en el Tonchino

Una vez arribado a Manila, Francisco Gil de Federich fue asignado inicialmente a la provincia de Pangasinan, donde desempeñó con eficacia el cargo de secretario de la provincia. Sin embargo, su espíritu inquieto por la salvación de las almas no cesaba de pedir a los superiores la autorización para marchar hacia el Tonchino, una región vietnamita que en aquel entonces se hallaba profundamente convulsionada por la cruenta persecución desatada por el rey Vuéh-Hun. Con gran empeño, el misionero estudió la lengua annamita y, tras apenas cinco meses de esfuerzo, ya era capaz de atender espiritualmente a cerca de cuarenta cristianos. Actuaba de manera intrépida, totalmente noncurante de la pena de muerte decretada por las autoridades contra los misioneros y desentendiéndose de los graves peligros que lo rodeaban por todas partes. Se desplazaba para administrar los sacramentos a los fieles dos veces al año, fijando los periodos de sus viajes apostólicos desde la cuaresma hasta la temporada de las mieses, y desde la festividad de San Domenico hasta el inicio del Adviento. Soportaba con paciencia el calor intenso, el frío, las fiebres recurrentes y el constante riesgo de ser secuestrado para exigir por su rescate un alto precio.

Llevaba una vida de extrema austeridad, practicando la abstinencia de carnes durante todo el año y reduciendo su alimentación a una sola comida diaria durante el tiempo cuaresmal. Aunque poseía un temperamento serio, se mostraba siempre afable con cualquier persona que se le acercara, de modo que todos lo amaban como a un padre por su constante disposición a socorrer a quienes se encontraban en necesidad. Unía a su proverbial caridad un riguroso sentido de la justicia; cuando sus propios domesticos cometían faltas de consideración, les imponía penitencias como comer en el suelo un poco de arroz con sal, y les prohibía terminantemente adornarse con vanidad, frecuentar compañías femeninas o perder el tiempo en distracciones ociosas. Todo el tiempo libre que le dejaban la predicación y el ministerio de las confesiones lo dedicaba enteramente a la oración ferviente y al estudio asiduo. Era habitual que se dedicara a escuchar confesiones hasta la medianoche, mostrando un celo incansable por la reconciliación de las almas.

Por su parte, Mateo Alfonso de Leciniana, dos años después de su llegada a Filipinas, zarpó acompañado por otros dos confraternidades con destino al Tonchino oriental. Durante once largos años, Mateo se consagró por completo a la labor de evangelización en medio de dificultades de toda índole, viviendo como un peregrino sin una fissa dimora fija. En repetidas ocasiones logró escapar de manera prodigiosa a la captura que de él ordenaba el sacerdote pagano Thay-Thinh. A pesar de que sus domésticos intentaban a menudo disuadirlo de visitar aquellos poblados donde los cristianos constituían una exigua minoría, el padre Mateo respondía firmemente que, si hubiera evitado administrar los sacramentos por temor a ser apresado, su viaje a aquel reino habría perdido todo sentido y propósito. Se incamminaba con frecuencia completamente solo, ya que muchos rehusaban acompañarlo por miedo a perder la vida, demostrando una total disposición a afrontar cualquier fatiga con tal de resultar útil a los fieles. Al igual que su compañero, pasaba noches enteras dentro del confesionario y llevaba siempre consigo una bolsa de dinero destinada a socorrer las necesidades de los más desvalidos, de modo que en tiempos de carestía los pobres acudían a él sabiendo que encontrarían al menos una scodella de arroz.

Prisión y testimonio

El tres de agosto de 1737, después de dos años de intenso apostolado en aquella tierra de misión, Francisco Gil de Federich fue finalmente arrestado por los soldados en la localidad de Luc-Thuy y conducido prisionero a Ket-Cho, que era entonces la capital del reino. A causa de las penalidades sufridas y de la enfermedad, el misionero llegó incapaz de sostenerse en pie sobre sus propias piernas. En esa circunstancia providencial, una anciana señora pagana llamada Ba-Gao, que deseaba vivamente recibir el bautismo, se hizo cargo de él. La mujer logró corromper a los guardias mediante propinas para que el sacerdote pudiera ser trasladado a su propia casa, donde pasó primero algunas horas y luego jornadas enteras recibiendo cuidados para sus graves llagas. El misionero aprovechó aquel tiempo para estudiar, atender a los fieles que lo visitaban y responder por escrito a otros misioneros que buscaban sus sabios consejos. La señora Ba-Gao consiguió además procurarle una relativa libertad incluso durante las horas nocturnas, las cuales el padre Francisco aprovechaba para intensificar su ministerio pastoral, confesando y celebrando la sagrada Eucaristía mientras aguardaba el desenlace de su condena.

Desde su cautiverio, el padre Francisco escribió el veinticuatro de noviembre de 1738 al Vicario Apostolico Fra' Ilario di Gesù, manifestando su ardiente deseo de alcanzar la gloria celestial. Asimismo, dirigió misivas al padre Mateo Alfonso de Leciniana para confiarle su anhelo de purificarse de las miserias del mundo y encomendándose a sus oraciones para alcanzar virtudes como la humildad, la paciencia y la constancia. Mientras tanto, una insurrección desatada contra la familia reinante provocó una prolongada dilación en el proceso judicial, lo que permitió que los interrogatorios continuaran sin que los jueces lograran averiguar jamás quiénes lo habían alojado o ayudado a propagar la fe. Ante su firme silencio, se le ordenó golpear diversos objetos sagrados que habían sido confiscados. Al negarse rotundamente a semejante profanación, un individuo llamado Thay-Thinh ordenó destrozar un crucifijo de metal y una pequeña estatua de marfil de la Virgen, obligando a presenciar el ultraje de calzar la imagen de la Virgen del Rosario. El dolor espiritual que aquello causó al santo misionero le provocó un inmediato ataque de vómito y una severa hemorragia.

Aprovechando la prolongación del proceso debido a cuestiones de política interna, el padre Francisco intensificó su labor tanto dentro como fuera de la cárcel, pues en la capital quedaban cerca de seis mil fieles sin asistencia espiritual, a los cuales administraba anualmente miles de confesiones y centenares de bautismos. En el año 1743 fue llamado nuevamente a comparecer ante el tribunal, negándose a dar declaraciones que pudieran comprometer a personas inocentes. En esa ocasión se le impuso profanar una corona que llevaba al cuello con dos medallas, negativa que provocó que el gesto sacrilego fuera ejecutado por el criado del magistrado. El santo amonestó severamente al juez y al criado, advirtiendo que el Tonchino sufría tantas calamidades a causa de las injustas persecuciones contra los cristianos.

En el mes de diciembre del año 1743, el padre Francisco supo de la captura de su querido confrade, el padre Mateo Alfonso de Leciniana, quien había sido traicionado por un hombre pagano e irrumpido por los soldados en la Casa de Dios de Luc-Thuy mientras celebraba la Santa Misa. En el momento del asalto, el padre Mateo intentó ponerse a salvo hacia la cocina llevando consigo la sagrada Hostia, olvidando sin embargo el cáliz sobre el altar, cuyo vino consagrado fue derramado en el suelo por un pagano. Conducido ante el sottoprefetto de Vi-Hoang, este creyó en un primer momento que se trataba de un rebelde político, pero al descubrir que era un maestro de la fe cristiana, optó por dejarlo expuesto al público para que los fieles pudieran acercarse. Una religiosa terciaria, disfrazada de mendiga, logró asistirlo durante los quince días previos a su traslado a la capital, donde soportó con paciencia múltiples torturas y nuevos interrogatorios sobre libros y objetos litúrgicos, respondiendo siempre con claridad sobre las verdades de la fe y la moral cristiana.

El martirio supremo

Al enterarse de la presencia de su hermano de hábito en las prisiones de la capital, el padre Francisco se apresuró a escribirle para aconsejarle que no revelara el lugar exacto de su captura con el fin de proteger a la comunidad de Luc-Thay. Los dos misioneros lograron encontrarse brevemente en una vivienda particular fuera del calabozo para consolarse mutuamente en el sufrimiento. Aunque los cristianos y los superiores estaban dispuestos a desembolsar ingentes sumas de dinero para lograr su liberación, los sacerdotes rechazaron tal vía. El soberano del reino, preocupado por las persistentes calamidades que azotaban al país y dudando de la justicia de aquellas condenas a inocentes, ordenó el reexamen de todas las causas pendientes. Como resultado, en el año 1744 se solicitó la pena capital para Francisco Gil, mientras que para Mateo Alfonso se pidió inicialmente el encierro perpetuo en lugar de la decapitación.

Al difundirse la noticia, numerosos fieles acudieron a visitarlos para recibir sus últimas recomendaciones, besar sus cadenas y suplicarles que pidieran clemencia al rey. El padre Francisco se opuso firmemente a gastar la menor moneda para evitar su muerte, y logró persuadir a Mateo de que desistiera de presentar una instancia de gracia al monarca, recordándole que Dios le había concedido el privilegio de sufrir por su nombre tras ocho años de cautiverio. Al mediodía del veintidós de enero de 1745, en presencia de una muchedumbre, se leyó nuevamente la sentencia de muerte para el padre Francisco. Cuando algunos soldados sugirieron a Mateo que intercediera pidiendo la gracia para su compañero, este reaccionó con firmeza exclamando que eran hermanos y querían vivir o morir juntos, exigiendo que se aplicara la misma sentencia para ambos. Los magistrados accedieron, condenando también al padre Mateo a la decapitación.

Conducidos al lugar del suplicio en Thang Long el veintidós de enero de 1745, los dos condenados se mantuvieron profundamente inmersos en la oración. Un mandarino colocó ante sus ojos una cruz hecha de cañas, prometiéndoles la libertad si accedían a pisotearla y la muerte en caso contrario. Con valentía heroica, ambos misioneros se negaron a realizar tal gesto de apostasía. Entregaron seiscientas monedas a un cristiano para que las repartiera entre los verdugos, se dispensaron mutuamente la absolución sacramental y se dejaron atar a los postes destinados al suplicio. Al recibir la señal del comandante, las cabezas de los santos mártires cayeron simultáneamente bajo la espada. La multitud, incapaz de contenerse ante la emoción, rompió los cordones de seguridad y se abalanzó con pañuelos y algodones para recoger la sangre preciosa de las víctimas. Sus cuerpos fueron trasladados y sepultados con gran solemnidad en Luc-Thuy, dejando una huella imperecedera en la historia de la Iglesia.

Preguntas frecuentes

Cuándo se celebra la festividad de los santos Francisco Gil de Federich y Mateo Alfonso de Leciniana?

El Martyrologium Romanum conmemora a los dos santos mártires el veintidós de enero, coincidiendo con el aniversario de su nacimiento al cielo. Asimismo, el calendario liturgico latino fija la celebración común del grupo de los mártires de Vietnam al veinticuatro de noviembre.

A qué grupo de mártires pertenecen estos dos santos sacerdotes?

Los sacerdotes dominicos Francisco Gil de Federich y Mateo Alfonso de Leciniana fueron canonizados junto a otros ciento quince testigos de la fe en territorio vietnamita, formando parte del grupo denominado de los Santos Andrés Dung-Lac y compañeros.

En Tonkín, ahora Vietnam, santos Francisco Gil de Federich y Mateo Alonso de Leziniana, sacerdotes de la Orden de los Predicadores y mártires: bajo el reinado de Trịn Doanh, después de una incesante predicación del Evangelio, continuada también en la cárcel, traspasados con la espada murieron gloriosamente por Cristo. — Martirologio Romano