22 de septiembre
Beati Mártires Españoles Salesianos de Madrid y Sevilla
Beatificados en 2007
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
El contexto histórico de la persecución religiosa
El proceso de beatificación de los denominados mártires de la guerra española ha estado frecuentemente acompañado de polémicas, interrogantes y malintencionados malentendidos que es necesario esclarecer con rigor histórico. La nación española vivió acontecimientos de enorme trascendencia particular entre los años 1931 y 1939, un periodo convulso que marcó profundamente a la sociedad y a la comunidad eclesial. Pretender legar de forma simplista los nuevos mártires a la mera vicisitud de la contienda militar constituye una manipulación que altera y falsa la realidad de los hechos acaecidos. Mucho antes del estallido del conflicto bélico ya se habían registrado mártires por causa de la fe, lo que demuestra la preexistencia de una hostilidad declarada contra la Iglesia católica. La guerra civil española estalló formalmente el 18 de julio de 1936, sirviendo de telón de fondo y contexto para el trágico desenlace de muchos creyentes, pero ninguno de ellos tenía relación alguna con las operaciones militares. Los religiosos y sacerdotes eran personas absolutamente pacíficas que residían de forma ordinaria en sus conventos, casas, parroquias o comunidades, dedicados por entero a la oración y al servicio pastoral.
Ya en los albores de la década, la Segunda República española fue proclamada solemnemente el 14 de abril de 1931, abriendo una etapa de profunda inestabilidad institucional. A menos de un mes de iniciarse este nuevo régimen político, concretamente el 11 de mayo de 1931, se desató una ola de violencia destructiva en la que fueron incendiadas iglesias en Madrid, Valencia, Sevilla, Málaga, Alicante y otras diversas localidades del territorio nacional. Entre los templos sagrados que resultaron pasto de las llamas en aquella fatídica jornada se encontraban también aquellos pertenecientes a la Congregación Salesiana. Poco después, el 24 de gennaio de 1932, el gobierno decretó el disolución oficial de la Compañía de Jesús en España, privando a los jesuitas de sus derechos y propiedades. La escalada legislativa anticlerical continuó su curso con la publicación, el 17 de mayo de 1933, de la denominada Ley de las Confesiones y Congregaciones religiosas. Dicha normativa prohibía explícitamente a los religiosos la práctica de la enseñanza escolar y cualquier tipo de actividad comercial o de sustento, permitiendo además la confiscación y nazionalización de los bienes eclesiásticos.
En ese mismo periodo, el año 1933, el Sumo Pontífice papa Pio XI publicó con valentía su encíclica titulada Dilectissima nobis. Mediante este documento pontificio, el papa Pio XI denunció y condenó públicamente la grave persecución religiosa que ya padecía la Iglesia en suelo español, adelantándose tres años al estallido oficial de la guerra civil. Paralelamente a las disposiciones legales y a los decretos gubernamentales, fueron fundadas diversas empresas editoriales especializadas en la producción y difusión masiva de publicaciones de carácter popular dirigidas directamente contra Dios y contra la Iglesia católica. Entre los años 1931 y 1936, las crecientes presiones anticlericales propiciaron que numerosos sacerdotes y religiosos fueran injustamente encarcelados y asesinados. El clima de hostilidad se intensificó notablemente en febrero de 1936, cuando el llamado Frente Popular ganó las elecciones generales en España. D dicha coalición política estaba formada por socialistas, comunistas y otros grupos radicales de extrema izquierda. Tras la victoria electoral de esta alianza, estalló de inmediato una incontrolada e implacable fobia anticlerical y anticristiana en todo el país. Esta fobia generalizada se tradujo materialmente en el incendio sistemático de templos, asaltos y violentos saqueos a monasterios y conventos, la destrucción deliberada de cruces y crucifijos, la proscripción de los párrocos locales y la prohibición absoluta de celebrar cualquier tipo de ceremonia pública de culto.
La violencia anticlerical y el martirio como testimonio
La escalada de odio antirreligioso alcanzó cotas insólitas de fanatismo y destrucción material a lo largo de aquellos meses de persecución sistemática en España. El 7 de agosto de 1936, la emblemática y monumental estatua del Sacro Cuore di Gesù, situada en el cerro de los Ángeles, considerado el centro geográfico de la península, fue literalmente fusilada por milicianos exaltados. Durante aquellos trágicos acontecimientos se perpetraron graves profanaciones de reliquias sagradas, llegando incluso a exhumarse momias de las iglesias con el único fin de ser grotescamente oltraggiate por las vías públicas de las ciudades. Los medios de comunicación de la época, tanto la prensa como la radio, lanzaban de forma continua y machacona mensajes de odio, incitando abiertamente a la llamada depuración religiosa de la sociedad. El intento supremo y declarado de los persecutores era el aniquilamiento total de la Iglesia católica y de la religión cristiana en todo el territorio nacional. Ante esta situación desoladora, el ministro republicano Manuel de Irujo presentó un informe oficial a su propio gobierno en el que refería la destrucción material de casi todos los altares, imágenes sagradas y objetos litúrgicos en los templos del país. El mismo ministro Manuel de Irujo informó formalmente que todas las iglesias habían sido cerradas al culto público por orden de las autoridades. En el interior de estos sagrados recintos clausurados se instalaron arbitrariamente depósitos de todo tipo, mercados improvisados, garajes para vehículos, caballerizas y refugios para la población. Sacerdotes, religiosos y personas consagradas fueron encarcelados y fusilados por millares, sin mediar otro motivo ni acusación que su propio carácter sagrado de sacerdotes y religiosos.
El renombrado historiador A. Montero dejó escrito con claridad que quien destruye las imágenes de la Virgen María, quema los altares consagrados o calotea los corporales litúrgicos no puede de ninguna manera invocar reivindicaciones de clase ni imperativos propios de la guerra. La persecución religiosa se manifiesta de forma plástica e imborrable en la devastación material de millares de templos, en los cristos mutilados y en las innumerables parodias sacrílegas perpetradas contra los misterios de la fe. En toda esta destrucción masiva de objetos sagrados resalta con nitidez el odio puro dirigido contra Dios, contra la Iglesia y contra la fe cristiana. El trágico balance humano de esta implacable persecución comprende el martirio de trece obispos, cuatro mil ciento ochenta y cuatro sacerdotes y seminaristas, dos mil seiscientos cuarenta y ocho religiosos y religiosas, además de algunas pocas de millares de laicos comprometidos. El total aproximado de los mártires reconocidos de esta gran persecución asciende a casi diez mil víctimas inocentes. Es rigurosamente cierto que en el otro bando del conflicto también se registraron episodios de odio, fanatismo, venganzas, personas inocentes ajusticiadas y grandes actos de heroísmo humano. Sin embargo, la Iglesia distingue con rigor y solo aquellas personas que fueron ejecutadas específicamente por odio a la fe han sido beatificadas solemnemente como mártires, mientras que otras víctimas caídas por motivaciones estrictamente humanas no han recibido dicho reconocimiento eclesiástico.
Entre las víctimas de aquel periodo tumultuoso, muchos sacerdotes y religiosos, incluidos algunos miembros de la Congregación Salesiana, perdieron la vida defendiendo a la Segunda República como soldados en el frente o prestando servicios humanitarios en los hospitales e instituciones asistenciales situadas dentro de la denominada zona roja. Conviene precisar que aquellos religiosos fallecidos en el cumplimiento de servicios civiles o militares al cuidado de la zona roja fueron trágicamente víctimas inocentes de la violencia general de la guerra, mas no propiamente mártires de la fe. Un ejemplo elocuente ocurrió en la ciudad de Málaga, donde nueve salesianos fueron asesinados por las turbas. Uno de aquellos salesianos de Málaga fue finalmente excluido del catálogo oficial de los mártires a causa de una duda razonable surgida sobre la motivación exacta de su muerte violenta. Dicho salesiano se encontraba confinado en la prisión municipal junto con otros entrañables confraternidades de hábito. En aquella ocasión, la aviación franchista bombardeó intensamente la ciudad durante las horas de la noche. En señal de represalia directa por el bombardeo aéreo, las autoridades republicanas procedieron a ejecutar a varios prisioneros que se hallaban recluidos, figurando entre ellos don Vicente Reyes. Por esta razón, la causa formal de beatificación de don Vicente Reyes quedó suspendida y bloqueada debido a la persistencia de la duda jurídica entre el odio a la fe y la mera represalia bélica. Muchos de aquellos hombres que fueron asesinados por los milicianos republicanos mostraron un gran heroísmo cívico al que posteriormente se han dedicado monumentos, estatuas, plazas, calles y parques públicos, a pesar de no haber sido elevados a los altares como mártires de la Iglesia.
Los Beati Mártires Salesianos y otras figuras insignes
La Iglesia católica, guiada por su discernimiento espiritual, beatifica o canoniza exclusivamente a los mártires que han dado su vida por la fe, al tiempo que admira profundamente a algunos no católicos ejemplares y respeta con dolor a todas las víctimas inocentes de aquella gran tragedia nacional. Es importante recordar el precedente histórico de otros testimonios supremos reconocidos por la Santa Sede, como ocurrió en el mes de octubre del año 1934, cuando fueron cruelmente martirizados en la localidad de Turón nueve religiosos de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y un sacerdote de la Congregación de la Pasión. Estos insignes mártires de Turón fueron solemnemente canonizados por la Iglesia el 21 de noviembre de 1999, abriendo el camino para el reconocimiento de los numerosos testigos de Cristo en tierras españolas. Los nuevos beati salesianos que hoy veneramos provienen históricamente de las antiguas ispettorie de Madrid y de Sevilla, habiendo sido agrupados bajo el título unitario y conmemorativo de Enrique Saiz y sesenta y dos compagni martiri. Este insigne grupo de mártires pertenecientes a la Familia Salesiana comprende con exactitud veintidós sacerdotes consagrados, dieciocho salesianos coadjutores, dieciséis jóvenes estudiantes, tres aspirantes a la vida religiosa, tres generosos cooperadores salesianos y un empleado laico que compartieron la misma suerte por su adhesión a Cristo.
Ninguno de estos abnegados mártires salesianos se encontraba involucrado de manera alguna en luchas políticas ni en disputas ideológicas partidistas. Los salesianos practicaban unicamente la política evangélica del Padre nuestro, dedicándose por entero a la educación de la juventud y a la salvación de las almas según el carisma de Don Bosco. Los religiosos salesianos murieron única y exclusivamente en cuanto tales, es decir, por su condición de hombres consagrados a Dios y a la Iglesia. La memoria de estos mártires se presenta hoy a los fieles de todo el mundo como un ejemplo vivo y luminoso de coraje y de inquebrantable firmeza en la profesión de la fe cristiana. Todos ellos murieron perdonando generosamente a sus propios persecutores, imitando de este modo perfecto a Jesucristo en el momento supremo de su sacrificio en la cruz. La Santa Madre Iglesia honra con devoción la memoria histórica de estos mártires salesianos, presentándoles perennemente ante los creyentes como modelos indiscutibles de fidelidad absoluta y de coherencia evangélica hasta el derramamiento de la sangre.
Entre la larga y venerable lista de los mártires figuran numerosos nombres de sacerdotes y hermanos coadjutores que honraron a la Congregación con su entrega pastoral, tales como Enrique Sáiz Aparicio, Félix González Tejedor, Germán Martín Martín, José Villanova Tormo, Pío Conde Conde, Miguel Lasaga Carazo, Andrés Jiménez Galera, Luis Martínez Alvarellos, Juan Larragueta Garay, Pascual de Castro Herrera, Virgilio Edreira Mosquera, Francisco Edreira Mosquera, Pedro Artolozaga Mellique, Manuel Borrajo Míguez, Justo Juanes Santos, Heliodoro Ramos García, Esteban Vázquez Alonso, Pablo García Sánchez, Valentín Gil Arribas, Anastasio Garzón González, Francisco José Martín López de Arroyave y Ramón Eirín Mayo. Junto a ellos resalta la figura del devoto laico Juan de Mata Díez, así como la de los hermanos Salvador Fernández Pérez, Sabino Hernández Laso, Andrés Gómez Sáez, Carmelo Juan Pérez Rodríguez, Esteban Cobo Sanz, Manuel Martín Pérez, Teódulo González Fernández, Victoriano Fernández Reinoso, Florencio Rodríguez Guemes, Dionisio Ullívarri Barajuán, Mateo Garolera Masferrer, José María Celaya Badiola, Nicolás de la Torre Merino, Emilio Arce Díez, Antonio Cid Rodríguez, Juan Codera Marqués, Tomás Gil de la Cal, Higinio de Mata Díez, Federico Cobo Sanz, Antonio Torrero Luque, Antonio Fernández Camacho, Manuel Fernández Ferro y Juan Luis Hernández Medina.
El martirologio salesiano y diocesano se completa con la presencia luminosa del celoso sacerdote diocesano Antonio Rodríguez Blanco y del insigne laico Bartolomé Blanco Márquez, junto a los cuales se enumeran también José Limón Limón, Antonio Enrique Canut Isús, Miguel Molina de la Torre, Pablo Caballero López, Antonio Mohedano Larriva, Francisco Míguez Fernández, Félix Paco Escartín, Manuel Gómez Contioso, Antonio Pancorbo López, Honorio Hernández Martín, Tomás Alonso Sanjuán, Esteban García García, Rafael Rodríguez Mesa y José Blanco Delgado, además de la insigne laica Teresa Cejudo Redondo. La gracia de Dios Padre ha sostenido con su infinito amor hasta la prueba suprema del martirio tanto a los Beati Giuseppe Calasanz Marqués y treinta y uno compagni como a los Beati Enrico Saiz Aparicio y sesenta y dos compagni. Todos ellos forman parte gloriosa de los beatos mártires de la gran Famiglia Salesiana de la Spagna, quienes generosamente entregaron y vertieron todo su sangre por un amor incondicional a Dios y a la Santa Madre Iglesia.
La testimonianza del sacrificio
La vicenda dei Beati Martiri Salesiani si inscrive nel contesto doloroso della persecuzione religiosa avvenuta in Spagna durante la Seconda Repubblica. In quel tempo di prova, molti religiosi e laici, legati alla spiritualità salesiana a Madrid e a Siviglia, furono chiamati a rendere la suprema testimonianza del martirio. Enrique Saiz Aparicio e i suoi compagni, in tutto sessantatré martiri, affrontarono la morte con la serenità di chi ha riposto ogni speranza nel Signore. La loro testimonianza non fu frutto di un desiderio di scontro, ma la naturale conseguenza di una vita spesa al servizio del Vangelo e dell'educazione dei giovani, secondo il carisma ereditato da San Giovanni Bosco.
Nel corso del mille novecentotrentasei, la Spagna fu teatro di una violenza che colpì duramente la Chiesa. Questi uomini, fedeli alla loro consacrazione, non rinnegarono la propria fede nonostante le minacce e le pressioni subite. Il loro sacrificio, consumato per odio alla fede, rimane una pagina significativa della storia salesiana. Essi hanno saputo trasformare il momento finale della loro esistenza in un atto di perdono e di totale abbandono alla volontà divina. La Chiesa, nel riconoscere il valore di tale dedizione, ha voluto additare queste figure come esempi di coerenza cristiana, capaci di superare la paura attraverso la forza dello Spirito Santo, lasciando ai posteri una traccia indelebile di coraggio e di profonda dedizione alla Chiesa universale.
Il ricordo nella Chiesa
La memoria dei Beati Martiri Salesiani è un elemento fondamentale per comprendere la vitalità della fede in terra spagnola. La loro beatificazione, avvenuta nel duemila sette, ha rappresentato il riconoscimento ufficiale di un martirio vissuto in comunione con l'intera famiglia salesiana. Questa solenne celebrazione non ha soltanto onorato i singoli nomi di Enrique Saiz Aparicio e dei suoi sessantadue compagni, ma ha confermato la validità del loro cammino di santità come via percorribile per ogni credente.
La memoria liturgica, che si celebra il ventidue settembre, invita i fedeli a riflettere sul dono della pace e sulla necessità di custodire la fede con perseveranza, guardando a chi ha saputo donare la vita per essa. Il loro culto si diffonde oggi come un messaggio di speranza, ricordando che il seme del martirio è sempre foriero di nuova vita per la comunità dei credenti. Attraverso la preghiera e la meditazione, la Chiesa continua a trarre linfa vitale dal ricordo di questi testimoni che, in un secolo segnato da grandi prove, hanno testimoniato la verità del messaggio cristiano con il dono supremo della propria esistenza.
Preguntas frecuentes
Quando si festeggia i Beati Mártires Españoles Salesianos?
La ricorrenza liturgica dei Beati Mártires Españoles Salesianos de Madrid y Sevilla se celebra el 22 de septiembre.
Di cosa è patrono i Beati Mártires Españoles Salesianos?
Los hechos proporcionados no mencionan ningún patronato específico otorgado a estos beatos.