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7 de febrero

Beato Alfredo Cremonesi

Sacerdote del PIME, mártir

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Infancia, enfermedad y vocación

Nacido en Ripalta Guerina, Cremona, el 16 de mayo de 1902, el joven Alfredo Cremonesi poseía una salud muy deble y sumamente provada. Durante sus estudios liceales en el seminario diocesano de Crema, debió transcurrir largos períodos a letto sin esperanza de guarigión, afectado por linfatismo y con el sangue malato. Los remedios médicos eran absolutamente ineficaces y tanto los médicos como sus familiares creían firmemente que no podrían salvarlo. Si hubiera sobrevivido, habría sido un pobre malaticcio bisognoso constante de cuidados y medicinas, y en aquella época nadie habría apostado un solo céntimo por su supervivencia o por la posibilidad de que llegara a ser misionero. Sin embargo, tras haberse affidato a santa Teresa del Bambin Gesù, seguro de recibir la gracia esperada, sanó de forma perfecta. Una vez recuperada la salud, tomó la trascendental decisión de abandonar el seminario diocesano para ingresar en el seminario missionario. Su padre, a pesar de ser un cristiano convinto y sumamente comprometido con la Acción Católica, se opuso de manera resuelta a su decisión de vida. Con la ayuda inestimable de su madre, en el mes de octubre de 1922, a la edad de veinte años, Alfredo pudo iniciar a frequentar la tercera teología en el Seminario para las Misiones Extranjeras de Milán. Durante su juventud era siempre in movimento, precipitoso en el hablar y en la acción, profundamente impressionabile y entusiasta. Le apasionaba enormemente escribir novelas y componer poesías, y numerosas revistas católicas acogían con agrado sus artículos, revelando a un escritor brillante y poeta. Mientras completaba sus exigentes estudios teológicos, se dedicaba a enseñar lengua italiana a los estudiantes del gimnasio, preparándose con ilusión para el sacerdocio.

Partida hacia Birmania y los primeros años en la misión

El 12 de octubre de 1924 recibió la ordenación sacerdotal y, exactamente un año después de aquel acontecimiento memorable, partió para Birmania. Salpó desde el puerto de Génova hacia tierras asiáticas a la edad de veintitrés años, despidiéndose con enorme coraje de sus amigos, de sus seis hermanos menores y de sus padres, y llegando incluso a jurar que jamás volvería a pisar su patria. Tras su llegada a Toungoo el 10 de noviembre de 1925, dedicó íntegramente su primer año a estudiar con ahínco la lengua local y a familiarizarse con su nuevo estilo de vida. Le fue encomendada la delicada tarea de seguir la procuraduría de la misión, ocupándose de llevar los rigurosos libros de cuentas, redactar balances y enviar los recursos necesarios a las escuelas, capillas, orfanatos y dispensarios de la región. Su gran aspiración, sin embargo, era alcanzar la escarpada cadena montañosa del Yoma Occidental y entrar en contacto con las tribus carianas. Atendiendo a sus deseos, el obispo le confió un distrito nuevo, convirtiendo el modesto poblado de Donoku en el punto de partida para sus exigentes expediciones. Así comenzó una vida de incesante vagabundeo entre poblados paganos y católicos, transformándose en uno de los viajeros más infatigables de aquellos parajes. Los poblados se encontraban sumamente distantes unos de otros debido a que los montes constituían una reserva de madera de teca estrictamente vigilada por el gobierno, asignando a los asentamientos un área sumamente reducida y obligándole a caminar jornadas enteras sin encontrar a nadie. Experimentaba en esos años el entusiasmo juvenil unido de forma inevitable a la inexperiencia y a la impaciencia, midiéndose constantemente con su propia fragilidad humana. En repetidas ocasiones se sorprendía llorando como un niño a causa del mucho bien que deseaba realizar y de su absoluta miseria espiritual. Schiacciato por el desánimo profundo, llegó a pedir al Señor la muerte antes que verse reducido a la condición de un obrero forzadamente inactivo, encontrando la fuerza indispensable para seguir adelante únicamente en su relación de íntima profundidad con Dios. Se consagró como un misionero que operaba principalmente a través de la ferviente oración, dedicando largas horas a la adoración y pasando diversas horas de la noche ante la Eucaristía, que consideraba su auténtica áncora de salvación durante los momentos más duros de la solitud. Tras diez años de labor ininterrumpida entre los montes, describió por escrito las enormes dificultades y el cúmulo de fatigas de su existencia solitaria, señalando cómo sus piernas apenas lograban sostenerle para subir las montañas. En una sola semana de recorrido experimentaba una extraordinaria variedad de enfermedades, maravillándose de encontrarse todavía en pie al regresar. Ya a la edad de treinta y cinco años se definía a sí mismo como un hombre fiacco, atribuyendo esta condición quizás al clima riguroso, a la alimentación escasa, a las numerosas preocupaciones o a su irremisible pobreza. A causa de esta escasez extrema, se veía obligado a perforar continuamente nuevos agujeros en la cinta de sus pantalones y a renunciar a innumerables bienes materiales. Con el paso del tiempo, maduró una fe siempre más auténtica y la profunda conciencia de ser tan solo un inútil instrumento en las manos del Creador, considerando el trabajo misionero como la obra más misteriosa y maravillosa que el ser humano pudiera contemplar jamás, puesto que contemplar almas que se convertían representaba un milagro de proporciones grandísimas. Continuó sus peregrinaciones apostólicas dejándose plasmar dócilmente por Dios y, a pesar de sus intensas crisis interiores, lograba mostrarse siempre servicial y alegre, irradiando tanta paz y serenidad que la gente de los pueblos vecinos comenzó a llamarle con afecto el sorriso de la misión.

La prueba de la Segunda Guerra Mundial

En el año 1941 la Segunda guerra mundial comenzó a hacerse sentir con mucha mayor cercanía en aquellos territorios. Con el imprevisto arribo de los japoneses a territorio birmano, las autoridades británicas procedieron a internar a los misioneros extranjeros en campos de concentración situados en la India. No obstante, seis misioneros ancianos que llevaban más de diez años en el lugar fueron exceptuados de dicha medida, figurando entre ellos el padre Cremonesi, quien decidió permanecer en Mosò hasta el término definitivo de la contienda. Vivió entonces en condiciones de extrema soledad y severa privación, afrontando tribulaciones de todas clases que lo redujeron prácticamente a la condición de un fantasma a causa de una alimentación basada exclusivamente en hierbas cocidas en agua y sal, a cuya extrema penuria se sumaba la implacable fiebre malarica que devoraba sus fuerzas. Además de estas terribles privaciones materiales, debió soportar gravísimos sufrimientos de orden moral. Hasta el 8 de septiembre de 1943 los soldados japoneses trataron a los misioneros italianos con aparente cordialidad, pero posteriormente se transformaron en sus peores enemigos. El padre Alfredo permaneció entre los cariñosos carianos rojos de los montes en las inmediaciones de Loikaw durante la totalidad de la invasión nipona. Su posición era sumamente peligrosa, hallándose a tan solo tres millas de distancia de la carretera asfaltada que utilizaban masivamente las tropas japonesas para su huida. Durante los últimos seis meses de la conflagración bélica, al menos doscientos veinticinco mil soldados japoneses en retirada hacia el Siam transitaron sin pausa por aquella vía, haciéndolo de noche en formidables filas serradas de cinco mil hombres, ya fuera a pie o valiéndose de los más variados medios como automóviles, camiones, motocicletas, bicicletas, carros tirados por bueyes, elefantes, caballos y mulas, al haber confluido desde todos los rincones de Birmania tras ser expulsados por las fuerzas anglo-americanas. Hallarse a tan corta distancia de aquella ruta sometía a los religiosos a continuas vejaciones y a riesgos cotidianos. A pesar de todo, se negó firmemente a escapar para mantenerse plenamente fiel a su propósito de permanecer junto a su gente hasta donde fuera posible, con el fin de brindarles ayuda y consuelo espiritual, arriesgando la vida prácticamente todos los días. Aunque entre los propios misioneros no se registraron muertes directas en ese sector, en los poblados vecinos muchos inocentes fueron masacrados por los soldados nipones con el solo afán de matar. Los religiosos sufrieron el saqueo sistemático de todas sus pertenencias, perdiendo las gallinas, los cerdos, la mayor parte de los bueyes y búfalos, y absolutamente todo el arroz disponible. El propio narrador fue hecho prisionero durante el último mes de la contienda por un oficial japonés de extrema crueldad, el cual comandaba las últimas escuadras compuestas presumiblemente por ladrones y asesinos que habían sido liberados de las cárceles para el último exterminio. El sacerdote permaneció atado de pies y manos durante una noche entera y un día completo en el campamento de las tropas invasoras, hasta que logró ser liberado milagrosamente y se vio obligado a escapar para refugiarse en el espeso bosque. Durante aquella huida desesperada fue nuevamente despojado de cuanto poseía, pero los fieles cristianos acudieron en su ayuda generosa, donándole algunos platos, una cuchara, un poco de arroz y una modesta cobija. Gracias a esta muestra de solidaridad cristiana pudo sobrevivir hasta el final de la guerra. El 20 de febrero de 1946 se encontraba en Toungoo, donde comenzó a constatar la magnitud de los estragos. El padre Alfredo había estado forzado al silencio absoluto durante seis largos años a causa de la conflagración. Aquella guerra había sido sumamente prolongada y la prueba que debieron superar resultó ser extremadamente difícil, pues durante cuatro años enteros sufrieron las consecuencias de una contienda colonial devastadora y profundamente cruel, en la cual nadie parecía tener interés legítimo en combatir, encontrando todos un incomprensible gusto en el hurto y la rapiña. Durante su permanencia en el bosque en plena estación de las lluvias, las condiciones habían sido muy desagradables y carentes de todo lo indispensable: poseía exclusivamente los vestidos que llevaba puestos encima, no conoció jamás una sola gota de aceite para condimento, no se volvió a ver pan durante años, escasearon por completo el azúcar y hasta la sal, debieron emplear cualquier objeto improvisado como vestimenta y zuecos toscos a guisa de zapatos, mientras todos los mercados locales habían sido devastados y vaciados hasta quedar sin una sola botienda abierta. Los medios de comunicación se hallaban enteramente en manos de los japoneses para fines bélicos, las carreteras eran continuamente bombardearon y destruidas por los aviones ingleses, imposibilitando cualquier intercambio comercial incluso entre regiones vecinas. A pesar de que todos sufrieron privaciones enormes, Alfredo se sentía apenas cansado, pero de una fatiga que consideraba perfectamente vencible, sintiéndose profundamente agradecido por encontrarse vivo, lo cual consideraba una inmensa gracia tras haber rozado la muerte casi a diario bajo la visible protección del Señor, tras haber acumulado ya veintiún años de incansable labor misionera en medio de sufrimientos de toda índole.

La reconstrucción y los nuevos conflictos

A comienzos del mes de enero de 1947, Birmania logró liberarse definitivamente de la invasión japonesa y alcanzó su independencia respecto de Inglaterra. En aquel mismo mes de enero, el padre Alfredo pudo regresar al poblado de Donoku para ponerse manos a la obra. Se dedicó con un entusiasmo totalmente renovado a reconstruir minuciosamente lo que había sido devastado y a reacondicionar todo cuanto había permanecido abandonado durante los años de fuego. Su ritmo de vida se restableció con gran rapidez, destacando la inmediata apertura de nuevas escuelas que reclamaban con insistencia aquellas personas deseosas de instruirse. En aquellas aulas, el sacerdote impartía lecciones de catecismo y de lengua inglesa, además de asistir y curar solícitamente a los enfermos y retomar por completo todas sus habituales actividades pastorales. Sin embargo, la situación política del país cambió drásticamente cuando el gobierno central de la Birmania independiente comenzó a tropezar con formidables obstáculos debido a la insurrección armada de diversas tribus carianas, especialmente los baptistas, que optaron por la vía de la guerrilla. Los católicos de la región decidieron mantenerse firmes en su lealtad al gobierno legítimo, razón por la cual pasaron a ser considerados con profunda desconfianza y hostilidad por parte de los rebeldes. Para empeorar las cosas, las comunidades católicas no recibieron ninguna clase de protección efectiva por parte del ejército regular, cuyos mandos no se atrevían a adentrarse en los territorios controlados por los insurgentes. A raíz de una violenta incursión protagonizada por los rebeldes, el padre Alfredo Cremonesi se vio obligado a abandonar temporalmente su fructífero trabajo en Donoku y a buscar refugio en Toungoo. Aquellos meses de forzada inactividad y zozobra representaron para él una auténtica agonía, que consideraba decididamente peor que cualquier muerte, aun a pesar de correr el grave riesgo de ser asesinado por los insurgentes. Gracias a las gestiones diplomáticas, para la festividad de Pascua del año 1952 se logró estipular un pacto formal de no beligerancia entre las facciones rebeldes y las fuerzas gubernamentales, el cual devolvió una calma relativa a la sufrida región. Valiéndose de la tregua propiciada por aquel pacto pascual, el intrépido misionero se atrevió a retornar a Donoku para reanudar su obra. Lamentablemente, la paz en aquella zona geográfica fue de muy corta duración, a pesar de las aparentes derrotas sufridas por los grupos rebeldes. Estos continuaron perpetrando frecuentes incursiones y correrías violentas en los poblados que se encontraban debidamente custodiados por las guarniciones gubernamentales. Como consecuencia directa de estos ataques, la ira de las tropas regulares se tornó furiosa contra todos aquellos pueblos carianos que eran sospechosos de prestar algún tipo de favor a los guerrilleros. El padre Alfredo, fiel a su compromiso sacerdotal, compartió resueltamente todos los peligros inminentes con el único propósito de asistir espiritualmente a sus fieles cristianos. Para facilitar sus desplazamientos pastorales, había logrado obtener un salvoconducto oficial expedido por ambas partes en conflicto que le permitía moverse con relativa libertad. No obstante, las autoridades militares gubernamentales abrigaban profundas sospechas sobre su persona debido a su insistencia en continuar laborando incansablemente en el corazón mismo de la zona de guerrilla. En un momento dado, el ejército regular planeó y ejecutó una operación militar con el fin de limpiar definitivamente la región de la presencia rebelde, pero dicha maniobra táctica resultó un rotundo fracaso. Durante las fases de la confusa retirada posterior a aquel contratiempo castrense, las tropas gubernamentales irrumpieron de manera imprevista en el poblado de Donoku. Los soldados descargaron su frustración acusando formalmente al padre Alfredo y a los inocentes habitantes del lugar de mantener complicidad y favorecimiento con los insurrectos. Las palabras profundamente conciliantes pronunciadas por el misionero en un intento desesperado por defender la absoluta inocencia de su gente no sirvieron absolutamente de nada ante la ceguera de la soldadesca. Lejos de escucharle, los soldados respondieron de inmediato abriendo fuego con ráfagas de ametralladora sin permitirle tan siquiera concluir su exposición. El anciano jefe de la aldea, que se encontraba junto al sacerdote, fue alcanzado fatalmente por los primeros proyectiles disparados por los soldados. Sin mostrar la menor piedad, los efectivos militares volvieron sus armas directamente contra el padre Alfredo Cremonesi, hiriéndole de lleno en el pecho y provocando su caída instantánea sobre la tierra que tanto había amado. Así entregó su alma al Creador, sufriendo el martirio por fidelidad a su ministerio, el 7 de febrero de 1953.

Preguntas frecuentes

Cuándo se festejara San Beato Alfredo Cremonesi?

Su memoria litúrgica se celebra el 7 de febrero, fecha en la que entregó su vida en martirio en el año 1953.

De qué es patrono San Beato Alfredo Cremonesi?

Los hechos proporcionados no mencionan ningún patronazgo específico atribuido oficialmente al santo.