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28 de noviembre

Beato Clemente Rodriguez Tejerina

Religioso y mártir

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes y ambiente familiar

Clemente Rodríguez Tejerina nació en Santa Olaja de la Varga el 23 julio del 1918, perteneciendo a la provincia y diócesis de León. La condición socio-económica de su familia era muy simple y se encontraba estrechamente vinculada al trabajo en los campos. El hogar estaba compuesto por numerosos miembros, siendo en total doce hermanos que compartían el pan y la fe cotidiana. Entre ellos, su hermana Josefa abrazó la vida religiosa consagrándose como hija de la Sagrada Família de Bourdeaux. La vocación sacerdotal y religiosa floreció de manera singular en aquel hogar, ya que seis de los doce hermanos intrapresero la vida consagrada, distribuyéndose en dos frailes capuchinos, dos religiosas de la Sagrada Família y dos oblatos. Los dos hermanos oblatos que respondieron a esta altísima llamada fueron precisamente Clemente y Miguel.

La madre de familia destacaba por ser una mujer profundamente religiosa, dotada además de una notable formación espiritual derivada de la lectura asidua de muchos libros piadosos. Su mayor empeño consistía en inculcar los valores de la religión a cada uno de sus hijos, guiándoles con el ejemplo y la palabra constante. Cada noche, la madre reunía a todos los hermanos en la sala da pranzo de la casa para rezar juntos el rosario y encomendarse al Señor. En esos momentos de recogimiento, la madre ofrecía simbólicamente a sus hijos al Sagrado Corazón, implorando con fervor la perseverancia final de todos ellos en la fe. Ella pertenecía con devoción a la asociación de las Marías de los Sagrarios, viviendo su compromiso eclesial con suma intensidad. Las festividades eucarísticas tenían una importancia capital en la vida familiar, y la madre hacía participar activamente a todos los hijos en la preparación material y espiritual de los altares, cuidando los más mínimos detalles con esmero.

En el calore de aquella casa profundamente cristiana, el joven Clemente comenzó a ser consciente de la propia vocación que Dios germinaba en su interior. Los padres y el ambiente cotidiano prepararon su alma para dar una respuesta generosa a las exigencias del Evangelio. Con tan solo once años de edad, Clemente tomó la decisión madura de dejar la casa paterna para ingresar en el seminario menor de los Oblatos ubicado en Urnieta, en la provincia de Gipuzkoa. Aquel paso inicial marcó el rumbo definitivo de su juventud, orientada desde entonces hacia el servicio divino y la entrega incondicional a la Iglesia.

Formación y camino de consagración

El itinerario formativo del joven continuó con paso firme cuando el 5 de julio del 1934 inició oficialmente su noviciado en la localidad de Las Arenas, situada en Vizcaya. Durante ese tiempo de prueba y discernimiento profundo, moldeó su espíritu bajo la regla de su congregación. El momento culminante de esta etapa llegó el 16 de julio del 1935, fecha en la que hizo su primera oblación en un día sumamente emocionante en el cual todos los neo-profesos lloraron de alegría y gratitud al Señor. Mismo día de aquella primera oblación memorable, Clemente emprendió un viaje nocturno en tren rumbo a Pozuelo, en Madrid, para continuar allí con sus compromisos formativos. Después de un breve periodo de merecidas vacaciones compartidas en comunidad dentro de la casa de Pozuelo, el joven comenzó propiamente sus estudios eclesiásticos superiores.

Clemente se dedicaba con muchísima seriedad tanto a su formación religiosa como a su desarrollo intelectual, consciente de la alta misión a la que había sido llamado. Su carácter singular estaba marcado por una bondad inagotable y una genuina mansuedumbre que contagiaba a cuantos le rodeaban. Los testimonios destacaban que no avanzaba con ruido jactancioso, sino que pisaba con total seguridad y firmeza en los caminos del Señor. Era comúnmente descrito por sus formadores y compañeros como un hombre bueno, humilde y perpetuamente servicial con todos. Fiel a sus promesas temporales, el 16 de julio del 1936, apenas recién terminado su primer curso académico, renovó sus votos religiosos con profunda convicción interior.

La tormenta histórica que se avecinaba comenzó a cercar a la comunidad religiosa de manera implacable. Tan solo seis días después de su renovación de votos, el 22 de julio, Clemente fue recluido junto con toda su comunidad en el propio convento de la orden. Dos días más tarde, los religiosos fueron conducidos colectivamente hasta Madrid, presentándolos ante la Dirección General de Seguridad bajo diversas sospechas. No obstante, por la gracia de la Providencia, el día sucesivo fue puesto en libertad provisional. Tras recuperar efímeramente la seguridad, se refugió primeramente en la casa provincial de los Oblatos, buscando un lugar seguro donde continuar la oración.

Tormentos, arrestos y martirio

La situación de los religiosos empeoró drásticamente cuando la casa provincial fue conquistada y asaltada el domingo 9 de agosto. A las once y media de la mañana de aquel fatídico 9 de agosto, un grupo de maestros laicos armados con pistolas irrumpió violentamente en el jardín de la casa provincial. Los intrusos exigieron imperativamente a la comunidad que abandonara de inmediato el local y entregara las instalaciones. El padre Esteban, provincial de España, se lamentó con valentía ante la arbitrariedad de tal medida, subrayando con firmeza el carácter pacífico de su comunidad como simples ciudadanos dedicados al bien. Los maestros laicos respondieron con cinismo que creían firmemente que aquellos religiosos no habían cometido delito alguno, pero añadieron que muchos otros sacerdotes y frailes sí lo habían hecho, por lo que los inocentes pagaban indefectiblemente por los pecadores.

En medio de aquella tensión, el padre Delfín Monje vivió un momento providencial al ser milagrosamente liberado de forma inexplicable mientras lo conducían a fusilar. Los nuevos ocupantes consumaron la incautación affixando sobre el muro de cinta del jardín un enorme panno con la elocuente inscripción que rezaba 'Pignorato per il Ministero delle Belle Arti'. Antes de que la comunidad fuera definitivamente expulsada de la casa provincial, la hermana Josefa pudo visitar brevemente a su hermano Clemente. De aquella profunda conversación con Clemente, la religiosa Josefa dedujo la tremenda interereza espiritual de su hermano, su sólido espíritu de fe y su clara, inquebrantable disposición al martirio. Clemente confió a su hermana que se hallaba en grave peligro y que temía la inminente separación física, mas añadió que ambos debían infundirse mutuo coraje ante Dios. Con serenidad asombrosa para su corta edad, Clemente afirmó estar dispuesto a morir y demostró una total seguridad de que el Señor les daría la fuerza necesaria para mantenerse fieles hasta el fin.

Mientras dialogaban los hermanos, el padre Francisco Esteban intervino solicitando a Josefa que se marchara de inmediato del lugar debido a la fortísima vigilancia y al riesgo evidente que corría por su condición pública de religiosa. El propio provincial exclamó con dolor que allí acabarían pereciendo todos sin excepción. Tras la expulsión, Josefa logró conocer las duras condiciones de cautiverio que padecía su hermano gracias al testimonio directo de un compañero de celda de Clemente en la posterior prisión de San Antón. Dicho compañero relató que los prisioneros habían sido confinados hacinados en la oscura cantina de la escuela, un recinto dotado de unas duchas en pésimas condiciones higiénicas. La grave situación de aquella cantina obligaba a los detenidos a permanecer frecuentemente con los pies sumergidos en el agua estancada. Los prisioneros carecían por completo del más mínimo espacio vital indispensable para poder moverse o descansar dignamente.

Además de la estrechez, los detenidos no recibían alimentos todos los días, padeciendo un hambre constante y humillaciones continuas. Cuando los carceleros finalmente traían el mísero rancio, se burlaban cínicamente de los hambrientos preguntando en voz alta quién de ellos no había comido el día anterior. A pesar de tantas aflicciones, todos los prisioneros confinados en aquel lugar compartían una misma fe católica inquebrantable. Los cautivos se unían fraternalmente en el dolor y pasaban las horas rezando juntos para fortalecer sus almas ante el trágico final que presagiaban. Tras la pérdida de rastro, la hermana Josefa continuó incansable intentando visitar a Clemente en la prisión de San Antón, ignorando por completo que él ya había entregado su alma al Creador.

Desenlace y hallazgo de la verdad

La última vez que la hermana Josefa intentó ver con vida a Clemente fue en el mes de diciembre del 1936. El miliciano de turno que custodiaba el acceso le respondió de forma muy grosera, ordenándole terminantemente que no volviera por allí si no quería resultar ella misma prisionera. Como la hermana insistió con lágrimas en saber si Clemente continuaba retenido en la prisión, el miliciano la despachó redirigiéndola hacia el Ministerio de Justicia ubicado en la calle Santa Bárbara. El guardia le indicó que en una sala inmensa de aquel ministerio, habilitada expresamente con improvisados caballetes y tablas de madera, encontraría innumerables cajas repletas de fichas administrativas. Siguiendo rigurosamente las instrucciones recibidas, la hermana se presentó en el edificio y, tras una larguísima y paciente búsqueda entre miles de papeles, logró dar con una ficha que llevaba escrito el nombre de Clemente Rodríguez Tejerina.

La ficha encontrada en aquel registro oficial rezaba textualmente que el joven Clemente Rodríguez Tejerina había sido puesto en libertad el 28 de noviembre de 1936. Tras cerciorarse con cautela de que nadie la observaba en aquel instante, la afligida hermana cogió sigilosamente la tarjeta y corrió a refugiarse en el Consulado de Chile buscando auxilio y verdad. En las oficinas del Consulado del Cile informaron con dolor a la hermana de la macabra realidad administrativa: todas las personas que supuestamente figuraban como puestas en libertad de las prisiones madrileñas durante las jornadas del 27 y 28 de noviembre de 1936 habían sido en realidad sacadas para ser fusiladas de manera inmediata. Comprendió entonces que la supuesta liberación era el eufemismo burocrático del exterminio sistemático. A partir de ese preciso momento, la hermana Josefa albergó la certeza absoluta de que su amado hermano había fallecido como un auténtico mártir de Cristo. El propio Clemente, en sus últimos días, había manifestado estar plenamente seguro de que los hombres armados terminarían por asesinarle.

La causa única e incontestable de la muerte violenta de Clemente fue su condición de religioso consagrado a Dios. Así, Clemente es formalmente reconocido como nacido en Santa Olaja de la Varga, en España, el 23 de julio de 1918, y martirizado en Paracuellos de Jarama, en España, el 28 de noviembre de 1936. Su tránsito terrenal concluyó cuando fue martirizado a Paracuellos del Jarama el 28 de noviembre del 1936, sellando con su sangre joven su consagración oblata. Cabe destacar que, en el momento supremo del holocausto, Clemente era con diferencia el miembro más joven de todo su grupo de hermanos congregados, puesto que contaba solamente con dieciocho años de edad cumplidos. Su memoria permanece viva en la Iglesia como testimonio luminoso de fidelidad absoluta al Evangelio en tiempos de persecución.

Preguntas frecuentes

Cuándo se festej...

La festividad del Beato Clemente Rodríguez Tejerina se conmemora el 28 de noviembre, día en que entregó su vida como mártir en Paracuellos del Jarama.

Dónde nació el Beato Clemente?

Nació en la localidad de Santa Olaja de la Varga, situada en la provincia y diócesis de León, en España, el 23 de julio de 1918.