El Beato Marcelino Sánchez Fernandez nació en Santa Marina del Rey, en la provincia de León y diócesis de Astorga, el treinta de diciembre de 1910. Creció en el seno de una familia cristiana con una excelente conducta moral, junto a sus padres Nicolás y Ángela, y sus siete hermanos, de los cuales solo sobrevivieron él y otro hermano llamado Angel. Durante su infancia en un ambiente bueno, tranquilo y religioso, perteneció a la asociación de los Tarsicios, un movimiento católico dedicado a enseñar a los niños la devoción a Jesús Eucaristía y la práctica de la comunión frecuente. En el origen de su vocación se manifestó con gran fuerza su fe para responder a la llamada de Dios, a pesar de que su madre se encontraba paralitica. Tras iniciar su formación en el seminario menor de los Missionari Oblati di Urnieta, en Guipúzcoa, debió regresar temporalmente a su hogar paterno a causa de una salud precaria. Al recuperarse volvió al seminario, pero al no sentirse capaz de continuar los estudios sacerdotales por motivos de salud, aceptó con profunda humildad este abandono y se orientó resueltamente hacia la vocación de hermano oblato, mostrando gran buena voluntad y un sincero amor por su nueva senda religiosa.
Es recordado con especial veneración por su testimonio de fidelidad, su entrega cotidiana y su martirio supremo acaecido en el siglo veinte. Su vida estuvo marcada por la oración constante, ya que llevaba siempre consigo el rosario, y por una devoción ferviente a la Santísima Virgen, distinguiéndose siempre por la obediencia, la responsabilidad y un espíritu servicial ejemplar. Tras emitir sus votos y consagrarse por completo al servicio de la comunidad, desarrolló humiles tareas manuales, especialmente en el ámbito de la sartoria, confeccionando y arreglando las sotanas de los religiosos. Arrestado junto a toda su comunidad en Pozuelo de Alarcón durante la persecución religiosa, sufrió prisión en Madrid antes de entregar su vida por la fe. Alcanzó la corona del martirio en Paracuellos del Jarama en la madrugada del veintiocho de noviembre de 1936, a la edad de veintiséis años, perdonando a sus verdugos y proclamando su amor definitivo a Cristo Rey, dejando una huella imborrable de santidad y entrega evangélica.