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28 de noviembre

Beato Francisco Esteban Lacal

Sacerdote y mártir

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes y vocación

El Beato Francisco Esteban Lacal vino al mundo en la ciudad de Soria, capital de la provincia y sede de la diócesis de Osma-Soria, el día ocho de febrero del año 1888. Sus padres fueron Santiago y Dámasa, y su abuelo paterno formaba parte de la Guardia Civil. Creció en un ambiente profundamente religioso, una fe que compartieron sus hermanos, quienes también fueron fervientes católicos practicantes. Su familia contaba con un negocio en Madrid donde el tío Francisco acudía a visitarlos con frecuencia. Durante el período estival, la familia de su sobrina se trasladaba a San Sebastián en Gipuzkoa y solía visitar al sacerdote cuando este se encontraba en Urnieta, pasando mucho tiempo con él. Del mismo modo, el padre de la sobrina llevaba a la familia a saludar al tío Francisco cuando residía en Pozuelo. La relación del siervo de Dios con sus seres queridos siempre fue muy buena y cercana. Cuando sus hermanos se trasladaron a vivir a Madrid, la convivencia y el afecto familiar se hicieron aún más frecuentes. En el ámbito doméstico se afirmaba con frecuencia que la presencia del tío Paco, como cariñosamente lo llamaban, disipaba cualquier posible discordia familiar. El padre de la sobrina sentía un profundo orgullo ante el hecho de que su familiar ocupase el cargo de provincial. Entre todas sus cualidades humanas, los allegados destacaban de manera constante su sencillez. A pesar de ser considerado una personalidad relevante dentro del círculo familiar, jamás demostró inclinación alguna por la ostentación o la vanidad personal.

Los primeros pasos en su consagración religiosa se concretaron cuando realizó sus votos iniciales en la Congregación de los Missionari Oblati el dieciséis de julio de 1906, en el convento situado en Urnieta, en la provincia de Gipuzkoa. Años más tarde, en 1911, emprendió un viaje a Torino, en Italia, con el propósito de completar sus estudios eclesiásticos. En suelo italiano recibió los sagrados órdenes, los cuales culminaron con su ordenación como presbiterio el veintinueve de junio de 1912. Al año siguiente de su ordenación sacerdotal, se incorporó como profesor a la comunidad del seminario menor de Urnieta, institución en la cual desarrolló su labor docente y formativa de manera continuada hasta el año 1929. En aquel año fue destinado a Las Arenas, en Vizcaya, donde ejerció como ayudante del maestro de novicios. Sin embargo, su estancia allí fue breve, pues en 1930 regresó al seminario de Urnieta para asumir el cargo de superior. En esta etapa continuó con su labor como profesor, desempeñando responsabilidades directivas primero como superior y posteriormente como provincial, tras ser elegido para dicho cargo en el año 1932. Su ministerio apostólico durante los años 1935 y 1936 se consolidó plenamente en calidad de provincial de la provincia española de los Missionari Oblati, coordinando la misión de su congregación en tiempos de creciente dificultad.

Tiempos de persecución

En el transcurso del año 1935, el padre Francisco trasladó su residencia oficial a Madrid, estableciéndose en la casa que los oblati poseían en la calle de Diego de León. Desde allí afrontó con valor las crecientes tensiones de la época. En julio de 1936, una sobrina suya de diecisiete años fue interceptada por miembros de la Casa del Pueblo en el barrio de Tetuán mientras se dirigía a participar en la celebración de la santa misa. Ante la gravedad y el peligro evidente de la situación política y social, el padre de la joven decidió a mediados de julio anticipar el viaje familiar previsto a Santander, indicando a su esposa que preparase los enseres necesarios. Antes de emprender la marcha, el tío Francisco acudió a despedirse de ellos. El padre de familia le preguntó con insistencia por qué no se marchaba con ellos dado el manifiesto peligro que corría su vida. El sacerdote respondió con firmeza que su única responsabilidad consistía en permanecer junto a sus hermanos de congregación y que no debía pensar en su propia seguridad, sino en el bien de los demás. Tras estas palabras, se fundieron en un cálido abrazo y los familiares lo despidieron con un beso antes de la separación definitiva. Tanto el religioso como el padre de familia albergaban la esperanza de que aquellos graves acontecimientos durarían pocos días y transcurrirían sin mayores consecuencias fatales. En repetidas ocasiones, su familia le suplicó que se quitase la sotana para pasar desapercibido, pero él se negó de forma rotunda en todo momento. Como signo distintivo de su consagración, la sotana llevaba prendido en la cintura el gran crucifijo propio de los oblati.

En aquellos días convulsos de julio de 1936 en Madrid, el superior acogió en la casa de la calle de Diego de León a un grupo de oblati que habían sido detenidos en su comunidad de Pozuelo de Alarcón y conducidos a la Dirección General de Seguridad. Gracias a las gestiones de la época, aquellos religiosos fueron puestos en libertad el veinticinco de julio de 1936. A partir de entonces, el siervo de Dios compartió las profundas ansias y zozobras de la persecución religiosa junto a los oblati liberados y los que ya formaban parte de la comunidad residente. Tras ser expulsados del convento y llevados a la Dirección General de Seguridad, y como consecuencia de una breve declaración, todos recobraron momentáneamente la libertad. Siguiendo de manera estricta las indicaciones de los superiores, cada uno buscó refugio en viviendas particulares de familiares o personas conocidas. Los religiosos permanecieron en esta precaria situación de clandestinidad y refugio hasta el mes de octubre de 1936. En medio de aquel contexto adverso, el padre Esteban, el padre Blanco y el padre José Vega, arriesgando deliberadamente sus propias vidas, realizaban visitas secretas a los escolásticos ocultos. Estas visitas tenían como finalidad principal animar a los jóvenes en la fe y sostenerlos en sus compromisos religiosos y espirituales. El padre Porfirio recordaba con emoción que el doce de octubre, festividad de Nuestra Señora del Pilar y patrona del escolasticato, lograron reunirse algunos de los siervos de Dios. Los religiosos pasaron muchas horas en intensa adoración ante el Santísimo Sacramento, el cual mantenían celosamente oculto. Al caer la tarde, conversaban y reflexionaban sobre cómo sería la recepción del viático en circunstancias tan límite.

Prisión y martirio

La redada de detenciones continuó avanzando de forma implacable, y los religiosos fueron arrestados progresivamente hasta ser recluidos en el conocido carcel Modelo de Madrid. El nueve de agosto de 1936, el padre Francisco se vio obligado a abandonar definitivamente su comunidad de la calle de Diego de León junto a sus hermanos de hábito, refugiándose inicialmente con ellos en una pensión situada en la calle Carrera de San Jerónimo. Meses después, el quince de octubre, se produjo su arresto definitivo. Tras ser detenido, fue conducido al carcel Modelo, según confirmó el testimonio directo de una de sus sobrinas. Ya en el recinto carcelario, los prisioneros vivieron la dura prueba con la oración constante, soportando maltratos y humillaciones con un profundo espíritu de fe. Los reclusos experimentaban un temor constante debido a la lectura rutinaria de listas que contenían los nombres de aquellos prisioneros que iban a ser sacados para ser ejecutados indiscriminadamente. En el interior de la prisión se alentaban mutuamente y animaban a los demás compañeros expresando convicciones evangélicas muy profundas. Las condiciones de retrusión eran extremas: las temperaturas en Madrid durante el mes de noviembre suelen ser muy frías, y en el interior del carcel hacía un frío intensísimo, careciendo los prisioneros de abrigos adecuados. A ello se sumaban los estragos de la hambre y la presencia de parásitos debido a la escasa o nula higiene ambiental. A pesar de la miseria compartida, el poco alimento o los escasos bienes que poseían se repartían generosamente entre quienes parecían tener mayor necesidad. Un testimonio directo de estos hechos fue transmitido por un hermano oblato sobreviviente. Entre los episodios de caridad heroica destaca el protagonizado por una religiosa de la Sagrada Familia de Burdeos, la cual logró hacer llegar un abrigo destinado a un familiar del testigo. Al percatarse de que un compañero de celda sufría intensamente por las bajas temperaturas, el padre Francisco Esteban decidió regalarle su propio abrigo. En aquel ambiente de sufrimiento, los prisioneros recitaban el rosario de forma clandestina mientras caminaban por el patio o permanecían en el interior de las celdas. Teresa Esteban Berredero dejó escrito un testimonio titulado Comienza el Calvario, donde relata la dureza de aquellos momentos. Desde el instante mismo de la detención, todos eran conscientes de que iban a ser asesinados únicamente por el hecho de ser religiosos. Lejos de albergar rencor, los prisioneros vivían impregnados por un auténtico espíritu de perdón, alimentando el profundo deseo de ofrecer su propia vida como sacrificio por la Iglesia, por la paz en España y por sus propios verdugos. Sus motivaciones eran de índole estrictamente sobrenatural, habiéndolo perdido todo a nivel humano, y asumieron con plena lucidez que eran ejecutados por odio a la fe cristiana. Finalmente, el veintiocho de noviembre de 1936, el Beato Francisco Esteban Lacal entregó su vida como mártir junto a otros doce sacerdotes oblati en la localidad de Paracuellos de Jarama, sellando con su sangre una existencia consagrada por entero al Señor.

Legado y memoria

La memoria del Beato Francisco Esteban Lacal permanece viva en la Iglesia como testimonio luminoso de fidelidad sacerdotal y entrega martirial. Su vida entera, desarrollada entre las aulas de Urnieta, las responsabilidades de gobierno como provincial de los Missionari Oblati y el sufrimiento heroico en las prisiones de Madrid, refleja una absoluta coherencia con el Evangelio. Los detalles de su tránsito terrenal, conservados gracias al testimonio de sobrevivientes como el padre Felipe Díez Rodríguez y el hermano Jesús, junto con los recuerdos entrañables de su familia, configuran el perfil de un pastor íntegro que supo anteponer la salvación y el cuidado de sus hermanos a su propia preservación personal. Su negativa a abandonar el hábito y su renuncia a los bienes más elementales, como el abrigo entregado al necesitado, muestran la grandeza de un alma arraigada en el amor de Dios. La Iglesia lo venera hoy como mártir de Jesucristo, recordando su festividad litúrgica cada veintiocho de noviembre, fecha en la que culminó su peregrinación terrenal en los campos de Paracuellos de Jarama para entrar en el gozo eterno del Señor.

Preguntas frecuentes

Cuándo se celebra la festividad del Beato Francisco Esteban Lacal?

Su memoria litúrgica se celebra cada año el 28 de noviembre, día en el que entregó su vida como mártir en Paracuellos de Jarama.

Cuál fue el papel y la labor principal del Beato Francisco Esteban Lacal en su congregación?

Fue sacerdote, profesor, superior en Urnieta y, desde el año 1932, provincial de la Provincia Española de los Missionari Oblati, guiando a sus hermanos con espíritu de servicio hasta el martirio.