28 de noviembre
Beato Marcelino Sanchez Fernandez
Religioso y mártir
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Los primeros años y la vocación
Marcelino Sánchez Fernandez vio la luz por primera vez en la localidad de Santa Marina del Rey, perteneciente a la provincia de León y a la diócesis de Astorga, el treinta de diciembre de 1910. Sus padres, Nicolás y Ángela, formaron un hogar cimentado en sólidos valores humanos y cristianos donde la pareja crio a ocho hijos. Con el tiempo, la tragedia familiar golpeó duramente el hogar, pues todos los hermanos murieron antes que sus padres, a excepción de Marcelino y otro hermano de nombre Angel. Durante su infancia, el joven visito y experimentó un ambiente bueno, tranquilo y profundamente religioso que nutrió su espíritu desde los primeros años. Como prueba de esta piedad temprana, perteneció a la asociación de los Tarsicios, un movimiento católico cuya misión principal consistía en enseñar a los niños la devoción entrañable a Jesús Eucaristía y fomentar la comunión frecuente. En el origen mismo de su vocación religiosa se manifestó con fuerza admirable su firme fe para seguir la llamada divina, un camino que decidió emprender a pesar de la dolorosa circunstancia de tener una madre paralítica. Con el deseo ardiente de servir a Dios, ingresó en el seminario menor de los Missionari Oblati di Urnieta, situado en Guipúzcoa. Sin embargo, los primeros obstáculos físicos no tardaron en aparecer, pues a causa de la salud precaria que padecía, el joven Marcelino se vio obligado a interrumpir su formación y retornar a la casa paterna para recuperarse. Una vez restablecido de sus dolencias, demostró su firmeza volviendo al seminario con renovados bríos. Comprendiendo con madurez que no se sentía capaz de continuar los exigentes estudios eclesiásticos por los persistentes problemas de salud, aceptó con profunda humildad el abandono de su proyecto inicial de convertirse en sacerdote. Lejos de desanimarse, orientó generosamente su camino hacia la vocación de hermano coadiutore, mostrando siempre una excelente disposición y un amor inquebrantable hacia su consagración.
La consagración como hermano oblato
El camino de la consagración definitiva dio un paso decisivo cuando el veinticuatro de marzo de 1927 comenzó su noviciado en la localidad de Las Arenas, en Vizcaya, asumiendo la condición de Fratello coadiutore. Tras un intenso año de discernimiento, oración y prueba espiritual, emitió su solemne profesión religiosa el veinticinco de marzo de 1928, una fecha especialmente significativa por coincidir con la festividad litúrgica de la Encarnación del Señor. Tras este compromiso sagrado, permaneció en la comunidad del noviziato prestando diversos servicios humildes a sus hermanos, destacándose notablemente en las labores de sastre y portinaio. Los años venideros trajeron nuevos destinos para su labor cotidiana dentro de la Congregación. En el año de 1930, con ocasión de la solemne inauguración del escolasticato o seminario mayor situado en la localidad de Pozuelo, fue destinado a formar parte de esta nueva comunidad naciente. En el seno del seminario mayor continuó dedicándose con esmero a diversos cometidos prácticos, enfocándose de manera principal en el oficio de la sartoria. Su entrega se vio coronada cuando, en 1935, tras haber cumplido con fidelidad siete años de votos temporales, realizó su oblación perpetua. Se sentía plenamente integrado en la Congregación de los Misioneros Oblatos, hacia la cual había manifestado siempre un afecto profundo y filial. La memoria de quienes compartieron su día a día lo recuerda de manera unánime como un religioso ferviente, profundamente devoto de la Virgen y caracterizado por una rigurosa obediencia. Como signo externo de su piedad constante, portava siempre con sigo el rosario, recurriendo a la intercesión de la Madre de Dios en cada momento de su jornada. Era considerado por sus superiores y compañeros como un religioso sumamente responsable, siempre dispuesto a servir con alegría y prontitud a los demás. El superstite padre Felipe Díez testificó con emoción que los hermanos oblatos vivían en un sacrificio verdaderamente ejemplar a través de los diversos ministerios que desempeñaban. Fratel Marcelino Sánchez se dedicaba con paciencia evangélica a la sartoria, ocupándose con esmero de sistemar talari para los seminaristas y sacerdotes. Los religiosos de aquella comunidad supieron vivir heroicamente la virtud de la pobreza, aceptando con paz la dura realidad de una vida cotidiana llena de carencias materiales. Los Hermanos Coadiutores cumplían con gran alegría los oficios más humildes de la casa y constituían un estímulo constante para toda la comunidad. Los Hermanos Bocos, Sánchez y Prato ofrecieron conjuntamente un ejemplo luminoso, alegre y sencillo en el cumplimiento de su labor cotidiana, reflejando la belleza de una vocación vivida en la total gratuidad y el servicio mutuo.
El arresto y el martirio
Los vientos de la persecución religiosa alcanzaron la comunidad oblata de Pozuelo de Alarcón de forma implacable el veintidós de julio de 1936, fecha en la que Fratel Marcelino fue arrestado junto a toda su comunidad religiosa. Conducido en calidad de prisionero, fue llevado primeramente a la Direzione Generale di Sicurezza, situada estratégicamente en la céntrica plaza Puerta del Sol en el corazón de Madrid. Afortunadamente, en un giro inicial de los acontecimientos, el día sucesivo fue puesto en libertad, recuperando una efímera tranquilidad. No obstante, en una redada general posterior que sacudió la capital, fue detenido de nuevo y confinado en las instalaciones del severo Carcere Modelo de Madrid. La ruta del sufrimiento continuó cuando el quince de noviembre de 1936 fue transferido a la Prigione di San Antón, un edificio que anteriormente había funcionado como escuela de los padres Escolapi y que había sido transformado precipitadamente en cárcel para albergar a numerosos religiosos y civiles detenidos por su fe. Allí soportó las penurias del cautiverio con la misma dignidad y firmeza espiritual que habían guiado toda su existencia. El desenlace fatal de su peregrinación terrena se gestó durante la oscura noche comprendida entre el veintisiete y el veintiocho de noviembre de 1936, cuando fue sacado violentamente de su celda junto a otros compañeros para ser conducido al martirio. El lugar elegido para la ejecución fue Paracuellos del Jarama, situado a pocos kilómetros de Madrid, donde tantos testigos de Cristo regaron con su sangre estéril la tierra en aquellos años aciagos. Al momento de la muerte, Fratel Marcelino Sánchez contaba apenas con veintiséis años de edad, habiendo entregado una juventud íntegramente consagrada al servicio de Dios y del prójimo. En los instantes postreros previos al fuselaje colectivo, el provincial padre Esteban solicitó con valentía el permiso pertinente para impartir la absolución sacramental a todos los compañeros que iban a morir. Las últimas palabras pronunciadas por aquellos mártires antes de recibir la descarga mortal resonaron como un supremo testimonio de amor y fidelidad: sabemos que nos matáis por ser sacerdotes y religiosos, pero os perdonamos, ¡Viva Cristo Rey!
Una vida de entrega
El camino del beato Marcelino Sánchez Fernández comenzó en su localidad natal de Santa Marina del Rey, donde creció antes de emprender su formación religiosa. Su vocación lo llevó a ingresar en el seminario de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, una etapa que le permitió madurar su deseo de servir al Señor a través de la vida comunitaria y la misión. Con el paso de los años, su compromiso se consolidó de manera definitiva cuando emitió sus votos perpetuos como hermano coadjutor en el año mil novecientos treinta y cinco, un paso que marcó su entrega total a la congregación.
Durante su trayectoria, Marcelino estuvo presente en distintos lugares como Urnieta, Las Arenas y Pozuelo de Alarcón, donde desarrolló su labor religiosa junto a sus hermanos de comunidad. Sin embargo, la agitación social de aquel periodo histórico alcanzó a su entorno en el mes de julio de mil novecientos treinta y seis. Tras ser arrestado junto a la comunidad oblata en Pozuelo de Alarcón, comenzó para él un tiempo de prueba marcado por el cautiverio. Fue trasladado primero al Carcel Modelo y posteriormente a la prisión de San Antón en Madrid. A pesar de las difíciles condiciones de su reclusión, mantuvo su identidad religiosa hasta el final de sus días, cuando fue llevado a Paracuellos del Jarama para sufrir el martirio. Su muerte, ocurrida en aquel mismo año, selló una existencia dedicada por entero a la fe y al servicio de la Iglesia, transformando su vida en una ofrenda permanente.
El culto y la memoria
La figura del beato Marcelino Sánchez Fernández se venera en la actualidad dentro del marco de la memoria de los mártires de Pozuelo de Alarcón. Su testimonio no es solo un recuerdo histórico, sino una invitación a la reflexión sobre la fortaleza necesaria para sostener las convicciones personales en tiempos de crisis. La Iglesia reconoce en su sacrificio el valor de la fidelidad cristiana, celebrando su ejemplo como un faro de luz que trasciende las épocas.
La conmemoración anual de su vida invita a los fieles a renovar su propia fe, inspirados por la entrega de quienes, como Marcelino, no vacilaron en su lealtad a pesar de la violencia. Su vida, aunque breve en años, dejó una huella profunda en la congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada y en todos aquellos que buscan consuelo en el ejemplo de los santos y beatos que dieron su vida por el Evangelio.
Preguntas frecuentes
Quando se festeggia il beato Marcelino Sanchez Fernandez?
Se recuerda litúrgicamente el veintiocho de noviembre, día en que dio su vida por la fe.
Di cosa e patrono il beato Marcelino Sanchez Fernandez?
En los datos biográficos proporcionados no constan patronatos específicos atribuidos al beato.