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7 de febrero

Beato Pío IX (Giovanni Maria Mastai Ferretti)

Papa

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

La infancia y la juventud en Senigallia

En su ciudad natal, durante la infancia, el futuro pontífice era llamado cariñosamente Giovannino il buono. Fue educado en la vida cristiana por padres muy católicos que moldearon su alma desde la más tierna edad. Da cuenta de su temperamento que, de pequeño, jugaba alegre y distendido como los demás coetanei de su tiempo. Sin embargo, ya despuntaba en él un celo extraordinario: el viernes, después del juego, tena alzado un Crucifijo entre las manos y congregaba a grupos de coetaneos en las plazas para predicar el sagrado Evangelio. Con frecuencia, también los adultos se detenía a escucharle con profunda admiración. Su nacimiento se produjo el 13 de mayo de 1792 en Senigallia, situada en la provincia de Ancona, en una noche adornada por un cielo estrellado y acompañada por el rumor constante de las olas del mar sobre la playa. Su nombre completo respondía al de Giovanni Maria Mastai Ferretti. Su hermano Gabriele, cuando Giovanni Maria contaba con poco más de treinta años, afirmó de él con convicción que era un sacerdote auténtico e indivisible.

El camino hacia el sacerdocio y las primeras pruebas

Fin da giovane coltivava el grande ideal de convertirse en sacerdote de Jesucristo. Para ello, cumplió sus estudios en el prestigioso Colexio de los Escolapios en Volterra, donde destacó como un estudiante brillante y sumamente ejemplar. Su existencia cotidiana estaba impregnada de un grandísimo amor por Jesús, acudiendo de forma frecuente a los sacramentos de la Confesión y de la Comunión eucarística. A la edad de diecisiete años tomó la decisión definitiva de abrazar la vida sacerdotal. De este modo, en el año 1809 inició sus estudios en el Colegio Romano para prepararse adecuadamente para tan alto ministerio. En aquel período histórico, los sacerdotes y los religiosos eran objeto de burla y constantes amenazas por parte de los revolucionarios procedentes de Francia, llegando el Papa Pío VII a ser apresado y deportado a Francia por orden de Napoleón. Sobrevino entonces una larga enfermedad que lo mantuvo bloqueado durante varios años en una época especialmente oscura. Durante aquella convalecencia dolorosa, se encomendó con confianza a la Virgen y vivió como un cristiano ejemplar en el seno de su familia. En el año 1814 sanó de forma milagrosa tras haber rezado largamente a la Virgen Santísima en el venerado santuario de Loreto. Una vez recuperada la salud, regresó a Roma para retomar su itinerario formativo hacia el sacerdocio. En su labor pastoral inicial, se ocupó como catequista de los muchachos pobres acogidos en el Instituto Tata Giovanni. Además, tuvo la gracia de estudiar y escuchar a sacerdotes santos y contemporáneos suyos de la talla de Vincenzo Strambi, Gaspare Del Bufalo y Vincenzo Pallotti. El 10 de abril de 1819 don Gian Maria recibió la ordenación sacerdotal de manos del arzobispo monseñor Caprano en la íntima capilla del Palacio Doria. Su único y ardiente deseo consistía en hacerse santo y ganar para Jesucristo a cuantas más almas fuera posible. En su etapa romana dirigió el Instituto Tata Giovanni, administró el sacramento de la penitencia y predicó en las diversas iglesias de la ciudad eterna, alternando estas tareas con una oración muy intensa. En sus notas dénima dejó por escrito exhortaciones personales orientadas a meditar sin tregua en el amor de Jesús y a consumar una ofrenda definitiva de sí mismo a su Señor.

De misionero a obispo en tiempos difíciles

En el año 1823, poniendo en riesgo su propia vida, acompañó como celoso misionero a Chile al vicario apostólico monseñor Muzi, quien había sido enviado en misión por el Papa. A su retorno a Roma en 1825, recibió el encargo de parte del Papa León XII para dirigir el Colegio San Michele a Ripa, institución dedicada a la asistencia de jóvenes, ancianos y almas expuestas a peligros espirituales o morales. El 3 de junio de 1827, al cumplir treinta y cinco años de edad, fue consagrado obispo de Spoleto por el cardenal Saverio Castiglioni, quien más tarde ocuparía la Sede de Pedro como el Papa Pío VIII. Ejerció el ministerio episcopal en Spoleto durante seis años en una coyuntura sumamente compleja, caracterizada por agudos contrastes religiosos y políticos, así como por calamidades naturales que azotaron a la población. Posteriormente, en el año 1833, fue trasladado a la diócesis de Imola, en la región de la Romaña, con el cometido de solventar graves dificultades pastorales e impulsar de nuevo el anuncio ferviente del Evangelio. Su intensa y fecunda labor eclesiástica fue reconocida solemnemente el 14 de diciembre de 1840, fecha en la que fue elevado a la púrpura cardenalicia por el Papa Gregorio XVI, quien estimaba en gran manera su obra y su celo apostólico.

El inicio del pontificado y la tormenta revolucionaria

En el curso del siglo XIX, numerosos publicistas, políticos y círculos revolucionarios estrechamente vinculados a la masonería trabajaban de forma sistemática para scristianizar Europa e Italia y lograr la anulación definitiva del catolicismo. El cardenal Mastai Ferretti conocía con precisión los planes destructivos de los revolucionarios y dedicaba todos sus esfuerzos a arraigar a Jesucristo de manera profunda en las almas y en la sociedad. Con este fin, promovió y difundió con ahínco la rezo devoto del Rosario y las Confraternidades del Corazón de María, herramientas espirituales concebidas para combatir el mal y conducir a todas las criaturas hacia Cristo. Tras el fallecimiento del Papa Gregorio XVI, el 16 de enero de 1846 fue elegido Sumo Pontífice, asumiendo el nombre de Pío IX a la edad de cincuenta y cuatro años. Los sacerdotes y los fieles cristianos de Roma podían encontrarse con él en actitud de oración dentro de los templos y conversar con su persona con la misma sencillez con la que se aborda a un modesto párroco. Al comienzo de su pontificado, Pío IX dio inicio a una serie de profundas rformas administrativas y civiles, lo que motivó que el pueblo exclamara de inmediato y por todas partes vivas en su honor por tales iniciativas, siendo considerado por muchos, en un principio, como un Papa de tendencia liberal. Sin embargo, aquel clamor popular entusiasta ocultaba en ocasiones intenciones interesadas, pues Pío IX era, ante todo y por encima de todo, sacerdote de Jesucristo y de ningún otro poder humano. El pontífice no podía aceptar el liberalismo si este implicaba que solo el hombre, y jamás Dios, constituía la ley suprema para la humanidad. El 10 de febrero de 1848 pronunció la célebre oración en la que imploraba: Benedite, gran Dio, l'Italia e conservatele il dono di tutti il più prezioso, la Fede. Entre el verano y el otoño de aquel mismo año 1848 se desató una fuerte agitación en Roma promovida por agitadores profesionales resueltos a deshacerse del Papa. El 15 de noviembre de 1848 fue brutalmente asesinado Pellegrino Rossi, a quien Pío IX había llamado al gobierno precisamente para restablecer el orden público y garantizar la continuidad de las buenas reformas ya iniciadas. El círculo masónico parecía adueñarse por completo de la ciudad de Roma a pesar de representar únicamente a una exigua minoría de la población. El Palacio del Quirinal fue asaltado por los revoltosos que pretendían imponer al Papa sus propias condiciones para gobernar los Estados pontificios. Con admirable calma y firmeza inquebrantable, Pío IX se negó rotundamente a aceptar lo que repugnaba de plano a su conciencia, esto es, permitir que Roma y su Estado cayeran inexorablemente en manos de hombres enemigos declarados de Dios y de su Iglesia. En consecuencia, el 24 de noviembre de 1848 partió clandestinamente hacia Gaeta vestido con los hábitos de un simple sacerdote. En Roma se instauró entonces una autodenominada república romana desprovista de todo consentimiento popular, la cual fue encabezada por Giuseppe Mazzini, quien declaró solemnemente al Papado decaído de su legítimo poder temporal. Desde su refugio en Gaeta, Pío IX suplicó el auxilio de los príncipes católicos contra aquellos usurpadores, logrando que la república romana fuera finalmente derrotada gracias a la decisiva intervención de las tropas francesas. El 12 de abril de 1850 el Santo Padre fue acogido de nuevo con entusiasmo en Roma, que lo aclamó fervorosamente como Padre y Maestro.

El dogma de la Inmaculada Concepción

A raíz de su retorno a Roma, Pío IX maduró una conciencia todavía más lúcida y profunda acerca de las exigencias ineludibles de su alto ministerio petrino, decidiendo de manera irrevocable no mantener jamás ningún tipo de pacto con los negadores de Dios y los enemigos jurados de Cristo, aun a costa de afrontar la impopularidad. La Iglesia universal había venerado a la Santísima Virgen María como Inmaculada desde el instante mismo de su concepción a lo largo de los siglos, y el Papa sabía perfectamente que María había sido preservada de toda mancha de pecado original en previsión de los méritos infinitos de su Divino Hijo. La misión encomendada a la Virgen en el seno de la Iglesia consistía precisamente en vencer a satanás en todas las herejías que este diseminaba para la perdición de los creyentes. Durante los meses de su exilio forzoso en Gaeta, Pío IX mandó estudiar con rigor la cuestión teológica de la Inmaculada Concepción, interpelando oficialmente a los obispos de toda la Iglesia católica sobre este misterio e indicando la celebración de públicas oraciones para implorar de Dios la luz celestial necesaria. Finalmente, el 8 de diciembre de 1854, en la solemne festividad litúrgica de la Inmaculada Concepción de María, Pío IX definió solemnemente como dogma de fe que la Santísima Virgen María fue concebida sin pecado de origen y que es Tutta Santa desde el principio mismo de su existencia. Esta memorable definición dogmática tuvo lugar en la basílica de San Pedro en Roma, en el ejercicio pleno de la potestad doctrinal infalible del Pontífice. María Inmaculada había sido amada con ternura filial por Pío IX desde su más tierna infancia, y a partir de aquel hito histórico se convirtió en la Stella fulgida de su pontificado y de toda la grey católica, siendo justamente aclamado por ello como el Pontefice dell'Immacolata. El cardenal L. M. Parocchi afirmó con acierto que la proclamación de este dogma contiene y encierra en germen todo el disegno espiritual y pastoral de Pío IX. Frente al espíritu del siglo difundido con insistencia por la Ilustración, la masonería y los detractores de Dios, que proclamaban al hombre como ley absoluta para sí mismo, el Papa respondió con el dogma mariano recordando que la criatura humana se encuentra herida por el pecado desde sus orígenes. Asimismo, Pío IX proclamó con fuerza que Jesucristo es el único y verdadero Salvador del hombre y del universo, y que María conduce irremediablemente a Cristo, aplastando y disgregando todas las herejías extendidas por el mundo entero, pues ella encierra en su propio ser y en el Hijo que entrega al mundo la plenitud de la divina Revelación.

El Sillabo y el Concilio Vaticano I

Dado que el espíritu del siglo había sembrado errores de diversa índole en todos los campos del saber humano, el 8 de diciembre de 1864, coincidiendo nuevamente con la solemnidad de la Inmaculada, Pío IX promulgó la encíclica Quanta cura acompañada del célebre Sillabo. Este documento consistía en un elenco riguroso de los errores más graves que descendían directamente de la negación sistemática de Dios. Pío IX condenó aquellos errores contenidos en el Sillabo valiéndose de la luz y de la fuerza irresistible propia de la Veridad absoluta y eterna. Como respuesta, los negadores de todas las tendencias se lanzaron con extrema violencia contra la persona del Papa, acusándole injustamente de oscurantismo, fanatismo y de constituir un obstáculo insalvable para la razón y la civilización humana. Sin embargo, el Sillabo golpeaba con precisión una entera visión de la vida y de la historia compartida por todas las ideologías que germinaban a partir del rechazo de Dios, revelando a Pío IX como el más insigne maestro y profeta de su época y de los tiempos futuros. Si las sabias enseñanzas impartidas por Pío IX hubieran sido acogidas y puestas en práctica, la humanidad se habría ahorrado indudablemente los horrores desatados durante el siglo XX. Mientras el espíritu mundano ensalzaba soberbiamente el poder del hombre y celebraba las conquistas de la razón autónoma como la única norma válida de verdad, rechazando de plano la Divina Revelación y conduciendo a las sociedades hacia la más honda desesperación, el Papa convocaba formalmente el 8 de diciembre de 1869 el Concilio Vaticano I en la basílica de San Pedro de Roma, en la solemnidad de la Inmaculada. A esta gran asamblea ecuménica acudieron obispos procedentes de todos los rincones del planeta. El 24 de abril de 1870 el Sumo Pontífice promulgó la Constitución Dei Filius, un documento fundamental que expone con claridad meridiana la doctrina católica relativa a Dios, a la Revelación divina y al ejercicio de la vida de fe, oponiéndose frontalmente al racionalismo y al naturalismo modernos para refutarlos y condenarlos con autoridad apostólica. Pocos meses después, el 18 de julio de 1870, Pío IX proclamó solemnemente el dogma de la infalibilidad del Papa mediante la promulgación de la constitución Pastor aeternus. Dicha infalibilidad papal se aplica específicamente cuando el romano pontífice enseña ex cathedra, ejerciendo su función de supremo maestro de la fe y de la moral cristiana con la asistencia y autoridad misma de Jesucristo.

Los testigos de su tiempo y el ocaso terrenal

A lo largo de su dilatado ministerio, las potencias del infierno parecieron desencadenarse contra la persona y la obra de Pío IX; sin embargo, el Papa contó siempre con el consuelo y el sostén espiritual de numerosos santos. Fue amado profundamente tanto por los hombres más humildes como por las grandes figuras de la Iglesia y de su tiempo. Entre ellos destacó de modo singular Don Bosco, quien se erigió en un modelo y maestro de santidad, así como en un firme sostenedor de la misión de Pío IX. Ambos pastores mantuvieron frecuentes encuentros en Roma que estuvieron marcados por una intensísima comunión de almas presidida en todo momento por Jesús en el centro. El historiador don G. B. Lemoyne dejó constancia escrita de estas memorables visitas entre Pío IX y Don Bosco. El Papa halló en el santo تورinés al sacerdote más audaz dispuesto a afrontar las empresas más difíciles en las horas más sombrías, mientras que Don Bosco encontró en Pío IX al defensor resuelto de su obra piadosa, hasta el punto de considerarle con justicia el segundo fundador de la Congregación salesiana y de profetizar con acierto su futura canonización. Pío IX gobernó la grey de la Iglesia universal durante un período de treinta y dos años, culminando su larguísimo pontificado el 7 de febrero de 1878, fecha en la que entregó su alma al Creador en la ciudad de Roma tras haber instituido numerosas sedes episcopales y promovido incansablemente el culto a la Santísima Virgen María. Considerado con toda justicia como uno de los Papas más grandes de la historia de la cristiandad, un auténtico gigante de luz y de santidad, Pío IX fue elevado a la gloria de los altares por el Papa Juan Paolo II el 3 de septiembre de 2000. Quedan grabadas para siempre en la memoria eclesial aquellas palabras que dirigió en su día a los jóvenes de la Acción católica, asociación impulsada por su iniciativa, recordándoles que los enemigos de Dios terminan por desaparecer mientras que la Iglesia permanece inconmovible, y que los fieles cristianos podrán verse siempre tribulados por las adversidades, pero jamás vencidos, habiendo proclamado siempre de forma abierta la verdad de Cristo a la que adhirió con toda la profundidad de su alma.

Preguntas frecuentes

Cuándo se celebra la festividad litúrgica del Beato Pío IX?

Su memoria litúrgica se conmemora el 7 de febrero, fecha que coincide con el día de su tránsito terrenal hacia la casa del Padre.

Quién canonizó o beatificó al Papa Pío IX y cuándo?

El Papa Pío IX fue elevado a la gloria de los altares mediante su beatificación proclamada por el Papa Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000.

En Roma, beato Pío IX, papa, que, proclamando abiertamente la verdad de Cristo, a la que se adhirió profundamente, instituyó muchas sedes episcopales, promovió el culto de la bienaventurada Virgen María y convocó el Concilio Ecuménico Vaticano I. — Martirologio Romano