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4 de abril

San Francisco Marto

Niño

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes y primeros años en Aljustrel

Francisco Marto vino al mundo el día once de junio de 1908 en Aljustrel, una pintoresca frazada situada en las inmediaciones de Fátima, en Portugal. Su nombre completo en su idioma natal era Francisco Marto, y recibió el bautismo pocos días después de su nacimiento, exactamente el veinte de junio de ese mismo año. En el seno de su hogar familiar creció como el penúltimo de los once hijos que tuvieron sus padres, Emanuele Pietro Marto y Olimpia de Jesus. Entre los lazos familiares más cercanos destacaba su vínculo con su hermana Giacinta y con su prima Lucía, quien era hija de un hermano de su propia madre. Durante su infancia, Lucía dejó plasmado en sus memorias el retrato de un niño vivaz pero completamente alejado de los caprichos, dotado de un carácter singularmente pacífico y armónico. Cuando surgía alguna disputa durante los juegos infantiles con sus compañeros, Francisco prefería ceder siempre de inmediato y sin ofrecer ningún tipo de resistencia, demostrando una natural inclinación hacia la concordia. Era además un muchacho de pocas palabras, que prefería la reflexión y el silencio a las vanas conversaciones de la infancia.

Su sensibilidad espiritual se manifestaba incluso en los pequeños detalles de la vida cotidiana y escolar. Cuando acudía a la escuela y llegaba a la localidad de Fátima, sentía una gran predilección por detenerse largamente en la iglesia para permanecer cerca de Jesús. En una ocasión llegó a manifestar que no tenía ninguna necesidad especial de aprender a leer y escribir, pues albergaba la íntima certeza de que iría muy pronto al cielo, y pedía constantemente que lo llamaran al regresar de las clases. Para realizar sus oraciones cotidianas y ofrecer sus pequeños sacrificios con total discreción, amaba profundamente buscar lugares escondidos, ocultándose incluso de su propia hermana Giacinta y de su prima Lucía. Francisco rifulse siempre por la soavidad de sus costumbres, mostrando una gracia interior que sorprendía a quienes lo rodeaban en su entorno rural. Su vida transcurría con la sencillez propia de los niños de su época, pero guiada por un anhelo constante de vivir en la presencia de Dios y de responder con generosidad a las exigencias de una vida piadosa.

La gracia de las apariciones y la misión de oración

En el transcurso del año 1917, la historia de su vida quedó indisolublemente unida a uno de los acontecimientos espirituales más grandes del siglo veinte, al convertirse en el tercer protagonista de las célebres apariciones de la Santísima Virgen María en Fátima. A pesar de participar en estos encuentros celestiales, la tradición y los testimonios refieren que Francisco poseía una experiencia particular durante los mismos, ya que no udiva para nada la voz de la Virgen durante las apariciones, a diferencia de su hermana Giacinta que sí lograba escucharla aunque sin hablar con Ella. No obstante esta particularidad, el mensaje divino penetró profundamente en su corazón y determinó el rumbo definitivo de su existencia terrenal. Sentía con absoluta claridad que su misión primordial en la tierra era la de orar incesantemente siguiendo con rigor las intenciones manifestadas por la Madre del Señor. Desarrolló una especial y fervorosa devoción a la Eucaristía, dedicando gran parte de su tiempo a permanecer en el templo parroquial para adorar el Santísimo Sacramento, al cual se refería con ternura filial llamándolo Jesús escondido. Cumplía con esmero la práctica diaria de recitar los quince misterios del Santo Rosario, y con frecuencia añadía la oración de otros rosarios adicionales para colmar plenamente los deseos de la Virgen. Cada una de sus plegarias tenía un propósito elevado y samaritano, ya que oraba con fervor para consolar a Dios, para honrar debidamente a la Madre del Señor, para ofrecer sufragios por las benditas almas del Purgatorio y para brindar un apoyo espiritual constante al Sommo Pontefice. Su intercesión abarcaba también las necesidades apremiantes de un mundo que se encontraba profundamente sconvolto por el odio y por el pecado. Francisco se esforzó con todas sus fuerzas humanas para encarnar de manera radical el mensaje de oración y penitencia que había recibido del cielo. Logró proclamar el mensaje de la Madonna mucho más a través de sus obras cotidianas y de sus actitudes silenciosas que por medio de las palabras. Buscaba incansablemente cualquier ocasión propicia para unirse espiritualmente a la Pasión de Cristo, ofreciendo sus pequeños dolores por la salvación de las almas, por la paz duradera en el mundo y por la constante crecimiento y renovación de la Iglesia católica.

La enfermedad, el tránsito celestial y la sepultura

Hacia el final del año 1918, la salud del joven Francisco se vio gravemente quebrantada al ser alcanzado por la implacable epidemia de broncopolmonite conocida popularmente como la gripe española. La enfermedad lo debilitó de tal manera que muy pronto perdió la fuerza física necesaria para poder continuar recitando el Rosario con la frecuencia de antes. Sin embargo, él albergaba una serena y absoluta certeza sobre su destino final, sabiendo perfectamente que moriría muy pronto gracias a las consoladoras palabras que la Madonna le había dirigido durante aquella histórica aparición del trece de junio de 1917. En aquella ocasión, Lucía había suplicado a la Virgen que llevara a los tres niños al cielo, y la Madre del Señor respondió con promesa firme de que se llevaría muy pronto a Giacinta y a Francisco, mientras que Lucía debía permanecer todavía un tiempo más en este mundo. Durante el transcurso de su prolongada enfermedad, el niño se mostró siempre notablemente alegre y contento, transmitiendo paz a quienes lo visitaban. Cuando Lucía le preguntaba por su estado, él respondía con admirable madurez que sufría bastante, pero que eso no importaba en absoluto, puesto que su dolor era ofrecido para consolar al Señor y para poder marchar muy pronto hacia el cielo. En el mes de febrero de 1919, las condiciones físicas de Francisco empeoraron de forma visible, obligándolo a guardar cama de manera permanente, siendo asistido con esmero casi siempre por su hermana Giacinta. Un día, los dos niños enviaron recado para llamar a Lucía, con el fin de comunicarle con gozo que la Madonna los había visitado y les había anunciado que regresaría muy pronto para llevarse definitivamente a Francisco. Llegado el dos de abril, su cuadro clínico experimentó un nuevo y gravísimo agravamiento, motivo por el cual se convocó de urgencia al párroco para que le administrara el sacramento de la confesión. Francisco experimentaba una gran pena en su interior impulsada por el temor piadoso de morir sin haber tenido la oportunidad de recibir la primera Comunión. El sacerdote supo comprender su anhelo y lo acojió con bondad, administrándole por primera vez la Eucaristía en la tarde de aquel mismo dos de abril. Al día siguiente, con el rostro iluminado por la gracia, le confió a su hermana Giacinta que se sentía mucho más feliz que ella porque ya llevaba a Jesús dentro de su propio corazón. Inmediatamente después de haber recibido la comunión, ambos niños se unieron con devoción para recitar juntos el santo Rosario. A la llegada de la noche, se despidió de Lucía con un entrañable y definitivo adiós que era una promesa de verse nuevamente en el Cielo. Poco antes de expirar, le comunicó a su madre que lograba ver una hermosa y resplandeciente luz cerca de la puerta, y momentos después afirmó que ya no la veía, mientras su rostro se iluminaba con una sonrisa de naturaleza angelical. Francisco rifulse hasta el último instante por su firme perseverancia en las adversidades y en la fe, expirando dulcemente y sin rastro de agonía, contracción o gemido a las diez de la noche del cuatro de abril de 1919, sin haber cumplido todavía los once años de edad. Tras su piadoso fallecimiento, sus restos mortales recibieron sepultura en el cemiterio parroquial de la localidad, donde permanecieron durante varias décadas. La fama de su santidad se consolidó y se acrecentó de manera extraordinaria tras su muerte, alimentada por los numerosos fieles que recibían gracias tras haberlo invocado con fe. El trece de marzo de 1952, sus sagradas spoglie fueron objeto de una solemne traslación desde el cementerio para ser depositadas definitivamente en el interior de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, siendo colocado en una capilla situada en el lado derecho del altar mayor de la Basílica. Cabe destacar que las spoglie de su hermana Giacinta habían sido trasladadas al lado opuesto el primero de mayo de 1951, mientras que los restos de Lucía dos Santos fueron sepultados junto a Giacinta el diecinueve de febrero de 2006, reuniendo así en el templo a los tres entrañables testigos de las apariciones marianas.

Glorificación en los altares y memoria litúrgica

El reconocimiento oficial de las virtudes heroicas de los pastorcitos por parte de la Iglesia comenzó a consolidarse de manera definitiva en el último cuarto del siglo veinte. El trece de mayo de 1989, coincidiendo con la solemne celebración del settantaduesimo anniversario de la primera aparición de la Virgen en Fátima, san Juan Pablo II proclamó formalmente la heroicidad de las virtudes de Francesco y Giacinta. Posteriormente, el mismo pontífice aprobó y promulgó la autenticidad de un milagro atribuido a la valiosa intercesión de ambos hermanos. Con este paso fundamental, san Juan Pablo II procedió a proclamar solemnemente Beati a Francesco y a Giacinta el trece de mayo del año 2000, en una memorable eucaristía celebrada en el mismo santuario de Fátima, lugar donde ocurrieron las apariciones marianas. La memoria litúrgica de Francesco y Giacinta quedó fijada en el calendario eclesiástico para el día veinte de febrero, fecha que conmemora el nacimiento al Cielo de Giacinta. Los frutos de santidad continuaron manifestándose a lo largo de los años, y el veintitrés de marzo de 2017, el papa Francisco aprobó oficialmente un segundo milagro obtenido gracias a la intercesión continuada de los dos beati pastorelli de Fátima. La aprobación de este segundo prodigio abrió de par en par el camino canónico necesario para la solemne canonización de los dos beatos. Finalmente, la canonización de Francesco Marto fue fijada para el trece de mayo de 2017, en el marco del histórico viaje apostólico realizado por el papa Francisco para conmemorar el primer centenario de las apariciones marianas. Francisco fue rápidamente consumido todavía fanciullo por una enfermedad que puso fin a sus días en la tierra, pero su memoria quedó grabada para siempre en la historia de la santidad católica. Su nombre figura con honor en el Martirologio, donde San Francisco Marto es recordado con devoción como un modelo insigne de pureza, oración constante y entrega total a los designios divinos.

Preguntas frecuentes

Cuando se festeggia San Francisco Marto?

La memoria liturgica di San Francisco Marto se celebra el 20 febbraio, giorno della nascita al Cielo di sua sorella Giacinta.

Di cosa e patrono San Francisco Marto?

Los datos biográficos proporcionados no mencionan ningún patronato específico para San Francisco Marto.

En la localidad de Aljustrel, cerca de Fátima, en Portugal, beato Francisco Marto, que, consumido rápidamente aún de niño por una enfermedad, brilló por la suavidad de las costumbres, la perseverancia en las adversidades y en la fe, y la constancia en la oración. — Martirologio Romano