30 de septiembre
San Jerónimo (o Jerónimo)
Sacerdote y doctor de la Iglesia
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y formación
San Jerónimo nació en la localidad de Stridone, situada en la Dalmazia, en la actual Croazia, exactamente sobre el confine entre Dalmazia y Pannonia, alrededor del año 347. Creció en el seno de una familia cristiana y acomodada, la cual le aseguró una esmerada y esmerada formación desde sus primeros años. Poseedor de una vasta erudición y de una gran cultura literaria, se trasladó a Roma para perfeccionar sus estudios superiores. Durante su juventud romana, sin embargo, sintió fuertemente la atracción de la vida mundana y de los placeres temporales. Con el paso del tiempo, prevaleció en su interior un profundo deseo e interés sincero por la religión cristiana, lo que lo condujo a recibir el bautismo en la Ciudad Eterna hacia el año 366. Tras dar este paso fundamental, su perspectiva vital cambió radicalmente y se orientó de manera definitiva hacia la práctica de la vida ascética y contemplativa.
Rapido por el fascino de una vida dedicada enteramente a la contemplación de las realidades divinas, san Jerónimo viajó con su inseparable biblioteca de clásicos antiguos sobre los cuales se había formado espiritualmente. Se dirigió primero a Aquileia, donde se insertó con entusiasmo en un grupo de fervientes cristianos. Definía aquella comunidad reunida en torno al obispo Valeriano casi como un coro de beatos. Tras aquel periodo, emprendió un largo viaje que lo condujo a Antioquía, ciudad donde recibió la ordenación sacerdotal en el año 379 y donde continuó profundizando en el conocimiento de la lengua griega.
El retiro en el desierto y la maduración espiritual
Movido por un fuerte impulso hacia la renuncia y la penitencia, san Jerónimo partió hacia el Oriente y vivió durante un tiempo como ermitaño en el árido desierto de Calcide, situado al sur de Aleppo, en los confines de Siria. En aquel ambiente de extrema soledad, se dedicó con enorme seriedad a los estudios y a la ascesis. Fue precisamente en el desierto donde perfeccionó su conocimiento del griego e inició con tesón el estudio de la lengua hebrea, auxiliado por dotti ebrei con los cuales recorría la provincia de la Judea. Además, dedicaba muchas horas a transcribir códigos y obras de la literatura patristica para alimentar su mente y su espíritu.
La combinación de meditación profunda, soledad rigurosa y contacto constante con la Palabra de Dios hizo madurar de manera notable su sensibilidad cristiana. No obstante, en aquel retiro solitario sentía de forma más pungente el peso de sus pasos juveniles y experimentaba vivamente el contraste lacerante entre la mentalidad pagana y las exigencias de la vida cristiana. De aquella profunda lucha interior nació una dramática y vivaz visión de la cual dejó un testimonio escrito. En dicha visión, alzó la mirada y le pareció ser severamente flagelado al cspecto de Dios, siendo acusado formalmente de ser seguidor de Cicerón y no seguidor de Cristo. A raíz de una enfermedad contraída en el año 375, comenzó a ocuparse de la Sagrada Escritura con una pasión cada vez más creciente que marcaría el resto de sus días.
El servicio en Roma y las guías espirituales
En el año 382, san Jerónimo se encontraba de nuevo en Roma, donde su fama de asceta y su indiscutible competencia como estudioso llegaron a oídos de la autoridad eclesiástica. El Papa Dámaso I lo acogió y lo nombró su secretario y consejero personal. Conociendo bien su valía, el pontífice le encargó una tarea de suma importancia: revisar la antigua versión latina de la Escritura conocida como Itala. Dicha versión había sido realizada con anterioridad partiendo de la traducción griega de los Setenta y no directamente sobre el texto original en hebreo. El Papa Dámaso lo alentó firmemente a emprender esta nueva traducción latina de los textos bíblicos por razones pastorales y culturales de gran relevancia para la Iglesia.
Durante su estancia en la capital del Imperio, san Jerónimo desplegó también una intensa labor de guía espiritual. Algunas personas pertenecientes a la aristocracia romana, especialmente piadosas nobildonne como Paola, Marcella, Asella, Lea y otras, lo eligieron por unanimidad como su maestro espiritual. Estas mujeres deseaban comprometerse con seriedad en la vía de la perfección cristiana y profundizar de manera rigurosa en el conocimiento de la Palabra de Dios. Bajo la tutela constante de san Jerónimo, las nobildonne romanas aprendieron incluso las lenguas griega y hebrea. Sin embargo, su carácter indómito y su celo inflexible lo llevaron también a scagliare attacchi durissimi contra aquellos eclesiásticos que vivían de forma indigna, llegando a definir con sorna a un prelado avido con la expresión de Grasso Cappone. La muerte del Papa Dámaso I, ocurrida en el año 384, modificó su situación en la ciudad y determinó su marcha definitiva de Roma al año siguiente.
Establecimiento en Belén y la gran tarea traductiva
Tras dejar Roma en el año 385, san Jerónimo emprendió un largo y piadoso peregrinaje en compañía de la familia de la noble Paola, visitando primero los lugares santos de la Terra Santa y pasando después a Egipto, tierra de elección de una multitud de fervorosos monjes. Finalmente, en el año 386, se estableció de manera definitiva en Belén. Gracias a la extraordinaria generosidad de la nobildonna Paola, se construyeron allí un monasterio masculino, un monasterio femenino y un amplio hospicio destinado a los peregrinos. Este hospicio fue levantado recordando que María y José no habían hallado un lugar digno donde sostare durante su llegada a Belén. San Jerónimo residió en su celda, muy cerca de la sagrada gruta de la Natività, hasta el final de su vida terrena.
En Belén, el santo continuó desarrollando una actividad incesante y extraordinaria. Comprendiendo perfectamente que para acercar el alma humana a la fuente viva de la Palabra de Dios era indispensable acudir directamente a los textos originales, emprendió una empresa jamás intentada hasta entonces. Tradujo por primera vez de forma directa al latín, partiendo del original hebreo, los textos protocanonicos del Antiguo Testamento. Asimismo, revisó con escrupuloso cuidado el texto de los Vangelios sobre los manuscritos griegos más antiguos y otros libros del Nuevo Testamento. En esta gigantesca labor contó con el valioso apoyo de colaboradores y con la asistencia de dotti ebrei. El resultado de este esfuerzo colosal fue la creación de la Vulgata, una versión que entregó a los cristianos un tesoro de inestimable valor, siendo acogida y utilizada universalmente por toda la Iglesia latina a lo largo de los siglos.
Contexto histórico y la labor exegética
El desarrollo de la actividad de san Jerónimo se inserta en un contexto histórico y político de profunda transformación para la sociedad y la Iglesia. En aquella época, el emperador Teodosio, que vivió aproximadamente entre el 346 y el 395, proclamó el cristianismo como religión oficial del Estado romano, penalizando de manera severa a los demás cultos tradicionales. Como consecuencia directa de esta proclamación imperial, muchas personas movidas por intereses espurios, hipocresías o conveniencias comenzaron a infiltrarse en el cuerpo de la Iglesia, alterando el fervor de las primeras comunidades. En medio de este escenario complejo, san Jerónimo mantuvo firmemente su compromiso con la verdad y la ortodoxia.
Su vasta preparación literaria le permitió no solo traducir los textos, sino también redactar numerosos comentarios bíblicos. Sostenía con firmeza que los comentarios exegéticos debían ofrecer múltiples opiniones para que el lector pudiera juzgar cuál era la más attendibile, comparando al estudioso experimentado con un cambiavalute capaz de rechazar la moneda falsa. Este pensamiento suyo quedó plasmado de manera explícita en su obra Contra Rufinum. Además, se distinguió por refutar con energía y vivacidad a los herejes que osaban contestar la tradición y la fe de la Iglesia, manteniendo siempre su naturaleza indómita e impetuosa en cada una de las polémicas doctrinales que emprendía, incluso cuando discutía con personalidades insignes como sant'Agostino, el cual solía responderle con gran amabilidad y respeto.
Obras literarias y magisterio espiritual
Más allá de sus escritos estrictamente bíblicos, san Jerónimo compuso una gran variedad de textos históricos, doctrinales y educativos desde su retiro en Belén. Entre sus aportaciones más notables figura el De viris illustribus, una obra en la cual presentó las biografías de más de un centenar de autores cristianos, demostrando con claridad la enorme importancia y la indiscutible validez de la literatura cristiana frente a la clásica. Escribió asimismo biografías de monjes insignes para ilustrar los itinerarios espirituales y el auténtico ideal monástico, y tradujo al latín diversas obras procedentes de autores griegos.
De especial relevancia es su rico Epistolario, considerado con justicia una de las cumbres de la literatura latina. A través de sus cartas, san Jerónimo emerge con toda su fuerza como un hombre de cultura colosal, un asceta riguroso y un director de almas incomparable, que mantenía una correspondencia constante y apasionada con amigos y discípulos repartidos por todo el mundo romano. Su estilo incisivo reflejaba un alma compleja, descrita frecuentemente como un hombre intrattabile con quien la cultura y los cristianos tienen un debito enorme; un hombre que supo discutir acaloradamente con sprovveduti, dotti, santi y peccatori, ganándose al mismo tiempo la admiración profunda y el rechazo de muchos.
La Palabra de Dios en la enseñanza de la Iglesia
El magisterio espiritual de san Jerónimo sobre las Sagradas Escrituras ha dejado una doctrina perenne que fue recopilada y explicada magistralmente por el Papa Benedicto XVI en su Audiencia general celebrada el 14 de noviembre del año 2007. En aquella ocasión, el pontífice recordó que la lectura de la Bibbia debe constituir un diálogo personal e íntimo en el cual Dios habla de manera directa con cada ser humano. La Escritura no debe ser interpretada jamás como una mera palabra perteneciente al pasado remoto, sino como una Palabra viva que se dirige con urgencia al presente de cada creyente.
Para san Jerónimo, la Parola de Dio tiene la finalidad primordial de construir la comunión y de unir a los fieles en el camino hacia el Creador. Esta Parola edifica la comunidad y la Iglesia viva, por lo que debe ser leída siempre en profunda sintonía con la tradición eclesial. El lugar verdaderamente privilegiado para la escucha y la celebración de la Escritura es la sagrada liturgia, donde se proclama el texto sagrado y se hace presente de forma real el Cuerpo de Cristo en el Sacramento. En una célebre carta dirigida a san Paulino de Nola, el insigne exegeta expresó con rotundidad que al sumergirse en la Parola de Dio el alma humana recibe el don de la eternidad.
Ocaso y memoria litúrgica
Los últimos años de la existencia terrena de san Jerónimo estuvieron marcados por el dolor y la melancolía. Su vejez se vio profundamente angustiada y rattristata por la trágica noticia del sacco di Roma perpetrado por Alarico en el año 410, un acontecimiento que conmovió los cimientos del mundo romano y cristiano. Asimismo, su corazón sufrió la dolorosa pérdida de muchos de sus amigos más queridos y colaboradores fieles que fallecieron antes que él.
Finalmente, consumido por los años y por una infatigable labor al servicio del Evangelio, san Jerónimo se spense plácidamente en su celda monástica, muy cerca de la gruta de la Natività en Belén, el 30 de septiembre del año 419 o 420. La Iglesia católica venera oficialmente su memoria litúrgica cada 30 de septiembre, recordándolo solemnemente como sacerdote y doctor de la Iglesia, y reconociendo para siempre su grandiosa aportación espiritual y cultural.
Trayectoria y ascesis
La vida de Jerónimo comenzó en Stridón y se desarrolló en un constante peregrinar de fe y conocimiento. En su juventud, recibió el bautismo en Roma, un acontecimiento que reorientó su existencia hacia una rigurosa vida ascética. Buscando la soledad y la purificación, se retiró al desierto de Calcide, un espacio de silencio donde se dedicó con fervor al estudio del griego y del hebreo, preparándose sin saberlo para su gran misión eclesial. Su camino espiritual y su formación teológica lo llevaron a Aquileia y, posteriormente, a Antioquía, donde fue ordenado sacerdote en el año 379.
Su sabiduría y rigor intelectual no pasaron desapercibidos. En el año 382, regresó a Roma para asumir la alta responsabilidad de secretario y consejero del papa Damaso I. Fue bajo este pontificado cuando Jerónimo emprendió la magna tarea de traducir la Biblia al latín a partir de los textos originales en hebreo y griego. Tras su etapa romana y un paso por Egipto, se estableció definitivamente en Belén en el año 386. En esta tierra santa, el sabio sacerdote guio con prudencia y dedicación diversos monasterios, consagrando sus últimos años a la oración, la enseñanza y la vida monástica hasta el final de sus días.
Su legado doctrinal
El principal tesoro que San Jerónimo heredó a la Iglesia universal fue la traducción de las Sagradas Escrituras, un esfuerzo que unificó la liturgia y la lectura del pueblo de Dios bajo la versión de la Vulgata. Su labor no fue un simple ejercicio académico, sino un acto de profunda piedad y reverencia ante el misterio revelado. Al establecerse en Belén, fundó un faro de vida espiritual y de estudio que irradió luz a toda la cristiandad de su época, demostrando que la ascesis y el intelecto pueden unirse armoniosamente para la gloria del Altísimo.
Preguntas frecuentes
Cuándo se celebra la festividad de san Jerónimo?
La memoria litúrgica de san Jerónimo se celebra el 30 de septiembre de cada año.
De qué es patrono san Jerónimo?
San Jerónimo es el patrono de los estudiosos, de los traductores y de las bibliotecas.
Memoria de san Jerónimo, sacerdote y doctor de la Iglesia: nacido en Dalmacia, en la actual Croacia, hombre de gran cultura literaria, cumplió en Roma todos los estudios y aquí fue bautizado; atraído después por el encanto de una vida de contemplación, abrazó la vida ascética y, trasladándose a Oriente, fue ordenado sacerdote. Vuelto a Roma, se convirtió en secretario del papa Dámaso y, establecido después en Belén de Judea, se retiró a vida monástica. Fue doctor insigne en traducir y explicar las Sagradas Escrituras y fue partícipe de modo admirable de las varias necesidades de la Iglesia. Llegado finalmente a una edad avanzada, reposó en paz. — Martirologio Romano