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30 de abril

San José Benito Cottolengo

Sacerdote

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Orígenes familiares e infancia

Las raíces de la familia Couttolenc no proceden de Italia, sino de Francia, específicamente de la localidad de Saint-Pons de Barcellonette, situada en la región de la Alta Provenza. Del tronco familiar provino el padre del santo, quien desempeñaba el modesto oficio de esattore del pubblico erario, es decir, recaudador de impuestos. La madre de Giuseppe Benedetto se llamaba Benedetta Chiarotti, una mujer de profundas convicciones religiosas y de orígenes rigurosamente italianos, nacida en la localidad de Savigliano. En Savigliano se ha podido identificar con precisión la casa habitada por Benedetta Chiarotti hasta el día en que contrajo matrimonio. De la sólida fe, la intensa piedad y la devoción constante de Benedetta brotaron de manera singular tres vocaciones sacerdotales entre sus hijos, además de la santidad eminente de su primogénito. San José Benedetto Cottolengo nació precisamente en la localidad piemontesa de Bra el 3 de mayo de 1786, aunque en algunas crónicas se menciona también el año 1886 por referencias documentales diversas. El futuro fundador era el primogénito de una nutrida familia compuesta por doce hermanos, creciendo en un ambiente familiar modesto pero rico en valores espirituales. Desde sus más tiernos años, el pequeño Giuseppe heredó de su madre un afecto sumamente tierno y solícito hacia los pobres y los enfermos. Un episodio notable de su infancia ocurrió cuando apenas tenía cinco años de edad, momento en el cual fue sorprendido por su propia madre mientras medía con atención las paredes de una habitación de la casa, soñando con el día en que podría llenarla por completo de camas destinadas a acoger a los sufridos. Su corporación física era considerada desde la niñez como de una naturaleza muy gracila y poco robusta. En el ámbito escolar inicial no sobresalía de manera particular entre sus compañeros, mostrando ciertas dificultades en el estudio. Sin embargo, tras realizar una novena fervorosa dirigida a San Tommaso d'Aquino, experimentó una notable mejoría que le permitió convertirse en uno de los alumnos punteros de su clase. Ya a la temprana edad de diez años, el joven Giuseppe tomó el firme propósito de vivir constantemente en la presencia de Dios y de esforzarse seriamente por alcanzar la santidad. Estaba animado por un innato y profundo fervor religioso que manifestaba en su vida diaria. Durante las horas del día, solía animar la tranquilidad de su hogar entonando los cantos sagrados que había aprendido en su parroquia local. Al llegar la tarde, utilizando rústicamente el sonido de un utensilio de cocina de hierro, llamaba a todos sus familiares para que se reunieran a rezar piadosamente ante el cuadro de la Santísima Virgen María. Su inclinación espiritual lo llevó a formar parte de la orden tercera franciscana, siendo ya un terciario franciscano en su juventud. El fervor que lo impulsaba se consolidó aún más cuando, el 2 de octubre de 1802, recibió de manos de su propio párroco la sagrada veste talare, marcando un paso decisivo en su camino hacia el altar.

Formación y primeros años de sacerdocio

En el año 1805, el joven seminarista ingresó formalmente en el seminario diocesano de Asti para proseguir su formación teológica y pastoral. No obstante, las circunstancias históricas y políticas de la época interrumpieron su recorrido institucional, ya que el seminario de Asti fue clausurado gubernativamente después de solo dos años de funcionamiento. A causa de esta clausura forzosa y de las severas limitaciones impuestas por Napoleón a los seminarios y a los diversos institutos religiosos en aquellos años difíciles, el santo se vio obligado a continuar sus estudios teológicos en el seno de su propia familia. Esta situación prolongada de estudio privado se mantuvo hasta el momento culminante de su ordenación presbiteral. La consagración sacerdotal le fue conferida solemnemente el 8 de junio de 1811, alcanzando el presbiterado a la respetable y madura soglia de sus veinticinco años de edad. Consciente de las circunstancias irregulares de su formación, el nuevo sacerdote se percató pronto de la deficiencia y los vacíos en los estudios teológicos que había tenido que realizar de forma autodidacta. Prestó sus primeros servicios eclesiásticos como vicecurato en las localidades de Bra y posteriormente en Corneliano d'Alba, siendo precisamente esta experiencia pastoral la ocasión en la que advirtió con mayor agudeza las limitaciones de su preparación, en particular durante la delicada administración del sacramento de la confesión. Por esta razón, pidió con insistencia a sus superiores el permiso necesario para poder integrar y profundizar sus conocimientos académicos en la ciudad de Turín. Con gran esfuerzo intelectual, en el año 1816 logró coronar sus empeños académicos consiguiendo el codiciado título de doctorado en teologia. Tras este logro, continuó desempeñando durante dos años más su ministerio sacerdotal en su tierra natal. Su dedicación constante y sus méritos eclesiásticos le valieron que, en el año 1818, recibiera el nombramiento oficial como canónigo de la importante basílica torinese del Corpus Domini. Durante nueve años consecutivos en esta basílica, profuse instanciosamente todas sus fuerzas en el servicio litúrgico y pastoral. Su celo se manifestaba en detalles de gran humildad, como cuando suplicaba fervientemente al sacristán que dejara descansar en paz a los canónigos de mayor edad, argumentando que él era joven y que debía ser llamado para cubrir cualquier ocurrencia o necesidad del templo. En poco tiempo, el canónigo Cottolengo se convirtió en un verdadero apostol de la confessione, un incansable consolador de los enfermos y un generoso socorredor de los pobres. Donaba a los indigentes todo cuanto estuviera a su alcance, incluyendo los emolumentos obtenidos por sus predicaciones, las ofrendas recibidas por la celebración de Misas, los regalos que le enviaba su propia familia y las liberalidades que le ofrecían los comerciantes de la zona. Para poder aliviar de la miseria material al mayor número posible de personas menesterosas, durante las estaciones invernales practicaba una rigurosa economía en su propio vestuario y en la calefacción de su habitación. Los habitantes de Turín, conmovidos por tanta generosidad, comenzaron espontáneamente a llamarlo con afecto el canonico buono. Sin embargo, a pesar de llevar a cabo una intensa actividad social a favor de los más necesitados, el canónigo continuaba viviendo como un sacerdote perfectamente acomodado, disponiendo de una habitación confortable, de un buen estipendio y con una clara perspectiva de una brillante carrera eclesiástica. A pesar de estas comodidades, su situación personal le dejaba un profundo sabor amargo en el alma, volviéndolo inquieto, incierto, distante, burbero, triste y taciturno. El santo prefería en su interior continuar considerándose a sí mismo como un humilde campesino de Bra, incapaz de realizar otra cosa en la vida que no fuera plantar coles, repitiendo a menudo que los vegetales, para que puedan prosperar adecuadamente, necesitan ser transplantados oportunamente.

La crisis existencial y la gracia del dos de septiembre

Al alcanzar la edad de cuarenta y dos años, el canónigo Giuseppe Benedetto atravesó una profunda y dolorosa crisis existencial que marcó un antes y un después en su trayectoria espiritual. En aquella época de turbación interior, llegó a escribir a su propia madre manifestándole con franqueza que poseía una cara redonda semejante a la luna llena, pero que su ánimo estaba tan oscuro y ensombrecido como el de quien no había hecho absolutamente nada de provecho o de bueno en su vida. Percibiendo que su vida anterior no correspondía verdaderamente a los designios divinos sobre él, llegó a hipotecar la idea de que quizás estuviera llamado a ingresar en la vida religiosa de clausura. Ante esta inquietud persistente, a principios del año 1826, su confesor personal, el padre Fontana, quien era un sacerdote oratoriano perteneciente a la congregación de San Felipe Neri, le declaró abiertamente que su camino no sería el de ser un filipino ni un religioso claustral, sino el de permanecer como un pobre sacerdote diocesano en la ciudad de Turín. El sabio padre Fontana le aseguró con convicción que Dios deseaba valerse de su persona para llevar a cabo obras insignes destinadas a su divina gloria. Para ayudarlo a encontrar un rumbo claro, su superior le ordenó formalmente que leyera asiduamente la vida de San Vicente de Paúl, con el propósito de tener argumentos sólidos para discutir y reflexionar con sus cohermanos durante las comidas en la mesa común. Después de meditar profundamente en la lectura sobre la vida de San Vicente de Paúl, el canónigo Cottolengo comprendió con absoluta claridad que su verdadera y única strada era el camino de la caridad evangélica. La gran svolta y la gracia singular concedida por la intercesión de la Santísima Virgen llegaron de manera imprevista el memorable día 2 de septiembre de 1827. En aquella jornada, el sacerdote acudió presuroso a administrar los últimos sacramentos en un humilde dormitorio público, deteniéndose junto al desgastado pagliericcio donde yacía una mujer llamada Giovanna Gonnet. La historia de aquella familia indicaba que los Gonet, procedentes de tránsito desde Milán con destino a Lyon, habían encontrado un modesto refugio en una osteria situada dentro de la parroquia del Corpus Domini en septiembre de 1827. Giovanna Gonnet era una joven de origen francés, madre de tres hijos pequeños y que se encontraba en un estado avanzado de gestación. La trágica circunstancia radicaba en que Giovanna no había podido ser admitida en ninguno de los hospitales oficiales de la ciudad de Turín por encontrarse embarazada, habiendo sido rechazada categóricamente por el departamento de maternidad bajo el pretexto de padecer una tuberculosis pulmonar avanzada. Mientras se disponía a intentar la partida, la mujer fue repentinamente colmada de un gravísimo malestar que la condujo rápidamente hacia el trágico desenlace de la muerte, siendo asistida en sus últimos momentos por el canonico buono. Lamentablemente, Giovanna Gonnet falleció a causa de su enfermedad tuberculosa, y su pequeña criatura, nacida de forma prematura a raíz de la tragedia, logró sobrevivir tan solo unas pocas horas antes de expirar también. Aquella dolorosa secuencia de hechos dejó al canónigo Cottolengo completamente impetrito y profundamente trastornado en su interior, haciéndole experimentar de manera avasalladora la irrupción concreta de la misericordia divina en su propia existencia sacerdotal. Profundamente conmovido por el suceso, se dirigió al templo, encendió con fervor todas las velas dispuestas sobre el altar, hizo tocar solemnemente las campanas de la iglesia y entonó con devoción las letanías lauretanas en honor a la Madre de Dios. La Santísima Virgen transformó aquel corazón atribulado, convirtiéndolo definitivamente en el prete dei poveri, quienes a partir de aquel instante se convirtieron ante sus ojos en sus verdaderos señores y amos indiscutibles. La actividad ministerial del canónigo pasó a desarrollarse de manera permanente bajo el lema paulino Caritas Christi urget nos, una divisa que quedó profundamente grabada en los lugares donde posteriormente operarían las religiosas inspiradas por su carisma.

Fundación de la Piccola Casa y primeros desafíos

El proyecto caritativo concebido por el santo comenzó a materializarse de forma concreta el día 17 de enero de 1828, fecha en la cual tomó oficialmente en alquiler algunas modestas habitaciones ubicadas en un edificio conocido popularmente como la casa de la Volta Rossa, situado exactamente en el número diecinueve de la Via Palazzo di Città, en pleno centro urbano de la ciudad de Turín. En aquel espacio reducido, el sacerdote inauguró el llamado Depósito de los pobres enfermos del Corpus Domini. Para poder hacer frente a las primeras y acuciantes spese de aquella modesta apertura, el canónigo no dudó en vender absolutamente todo lo que poseía, despojándose incluso de su propio abrigo personal. En esa misma jornada memorable, abrió generosamente las puertas de la institución para acoger a los dos primeros ricoverati de su historia: un hombre llamado Giuseppe Dana y una mujer llamada Margherita Andrà. Esta última, Margherita Andrà, se encontraba en una condición de completa paralización física, carecía por completo de parientes que pudieran socorrerla y había sido totalmente abandonada a su propia suerte por la sociedad. La institución caritativa nació explícitamente para dar una respuesta concreta y amorosa a las exigencias urgentes de aquellas personas que no poseían absolutamente nada, ni siquiera la presencia de familiares, y que sufrían enfermedades consideradas incurables. En la ciudad de Turín, las rigurosas y restrictivas reglas impuestas por las instituciones sanitarias y asistenciales ya existentes impedían sistemáticamente que los ciudadanos más necesitados pudieran usufructuar de asistencia alguna. Como era de esperar en una empresa de esta magnitud, el padre Cottolengo tuvo que afrontar una fuerte oposición y numerosos contrastes provenientes tanto de sus propios parientes como de sus propios confraternos en el clero local. Sin embargo, su superior directo le prestó un valioso apoyo, recomendando públicamente a todos los detractores que lo dejaran trabajar en paz bajo la consigna de dejarlo hacer. Los primeros y valiosos colaboradores que se unieron a su causa fueron el médico Lorenzo Granetti, el farmacista regio Paolo Anglesio y un grupo de doce mujeres dedicadas a la visita de los enfermos, conocidas familiarmente como las Damas de Caridad. El santo reunió y organizó a estas Damas de Caridad bajo la dirección sabia y prudente de una rica mujer viuda llamada Marianna Nasi. Cuando en el año 1831 se desató una grave epidemia de cólera en la ciudad de Turín, el pequeño ospedaletto fundado por el canónigo tuvo que ser clausurado por orden de las autoridades a causa del temor generalizado al contagio. A pesar de esta adversidad, el fundador no se desanimó, convencido de que la obra debía continuar su expansión. En el mes de abril del año 1832, llevó a cabo el traslado definitivo de toda la estructura hacia la zona periférica conocida como Valdocco, situada en el barrio de Borgo Dora. En aquel terreno adquirido se levantó una nueva y más amplia estructura que fue denominada simplemente como Casa y dedicada solemnemente a la Divina Provvidenza. El santo fundador tomó la firme resolución de rechazar categóricamente cualquier tipo de contabilidad humana o la elaboración de rendiconti financieros, profundamente convencido de que Dios proveía de manera extraordinaria a todos aquellos que ponían su confianza ciega en Él. En el interior de la creciente estructura comenzaron a organizarse diversos grupos comunitarios denominados familiarmente como familias, los cuales estaban específicamente destinados a la atención de enfermos crónicos, personas ancianas, sordomudos, epilépticos y personas que sufrían discapacidades psíquicas. Estos últimos, los discapacitados psíquicos, recibieron del fundador el entrañable apelativo de Buoni Figli y Buone Figlie. Alrededor de esta obra providencial comenzaron a congregarse numerosos médicos, farmacéuticos, voluntarios, profesionales, obreros y generosos benefactores que pusieron generosamente a disposición su tiempo y sus capacidades personales.

Desarrollo de las congregaciones y la confianza en la Providencia

El impulso caritativo promovido por San José Benedetto Cottolengo dio origen, con el paso de los años, a una rica variedad de congregaciones religiosas tanto femeninas como masculinas destinadas a sostener la labor asistencial. Entre las congregaciones de carácter femenino que tomaron vida bajo su guía se encuentran las Suore Vincenzine, fundadas en el año 1833, las Suore della Divina Pastora, instituidas en el año 1841 con el fin específico de preparar espiritualmente a las mujeres ricoverate para la recepción de los sacramentos, y las Suore Carmelitane Scalze, establecidas en 1839 y dedicadas enteramente a la vida contemplativa y de oración incesante. A ellas se sumaron las Suore del Suffragio, creadas en 1840 para ocuparse de los trabajos de costura y mantenimiento, las Suore Penitenti di Santa Taide, instituidas también en 1840 con el propósito noble de colaborar en la conversión de las mujeres traviate, y las Suore della Pietà, fundadas en 1841 para asistir espiritualmente y con ternura a los moribundos en sus últimos momentos terrenales. En el ámbito de las congregaciones masculinas, el santo instituyó los Fratelli di San Vincenzo, consagrados a la asistencia directa de los enfermos varones, y los Sacerdoti della Santissima Trinità, destinados a garantizar la administración frecuente de los sacramentos a los asistidos. Asimismo, creó un reparto juvenil singular denominado los Tommasini, compuesto por seminaristas que aspiraban al ministerio sacerdotal y deseaban formarse en aquel ambiente de caridad extrema. A todas sus colaboradoras y colaboradores, el santo recomendaba fervientemente cultivar una constante presencia de Dios, manteniendo siempre los ojos bajos, la testa alta, el pequeño hábito piadoso alrededor del cuello y el santo rosario colgado al flanco. Afirmaba con seguridad que manteniendo tal contegno se podría caminar sin temor alguno incluso en medio de un regimiento completo de soldados. El fundador insistía de manera particular en que nadie debía tralasciar jamás la participación en la comunión quotidiana, sosteniendo con firmeza que eran precisamente la oración constante y la sagrada comunión las que mantenían verdaderamente en pie toda la estructura de la Piccola Casa. Cuando la institución se encontraba ocasionalmente a corto de víveres o de recursos monetarios para atender a los necesitados, el santo no dudaba en arrodillarse humildemente a los pies de la imagen de la Virgen María, obteniendo de este modo infalible todo aquello que le era necesario para el sustento diario. El terreno vasto de Valdocco se fue poblando rápidamente de varios ospedaletti menores, asilos y orfanatos, gracias a la ayuda generosa de numerosos benefactores, destacando de manera particular la figura del Cavalier Ferrero. El único medio verdaderamente válido al que recurrió el padre fundador para llevar a cabo su grandiosa obra fue una illimitada fiducia en la Provvidenza Divina, la cual era invocada incesantemente mediante la oración constante. Ninguna solicitud de carácter directo fue dirigida jamás a la proverbial generosidad de los ciudadanos torineses o a los miembros de la corte real de los Saboya. El propio padre fundador se negaba rotundamente a ocuparse de la contabilidad o de la presentación de balances económicos, por temor a cometer una falta de respeto o un torto hacia la Provvidenza. Estaba profundamente convencido del principio espiritual que rezaba que a quien extraordinariamente confía, Dios extraordinariamente le provee, y en sus labios resonaban con frecuencia expresiones llenas de fe como Avanti in Domino, Provvidenza y Deo gratis. El reconocimiento oficial por parte de las autoridades civiles no tardó en llegar, ya que en el año 1833 el rey Carlo Alberto de Savoia erigió formalmente la obra bajo la figura jurídica de ente morale, y simultáneamente nombró a Giuseppe Benedetto Cottolengo como caballero de la insigne Orden Mauriziana. El santo aceptó con humildad estos honores, pero destinó inmediatamente todos los regalos materiales en beneficio directo de los pobres, reservando únicamente para sí la cruz recibida, y afirmando repetidamente que la providencia y la cruz son dos realidades que deben marchar siempre unidas. Su fama trascendió los límites locales, obteniendo la aprobación formal de su labor por parte del Papa Gregorio XVI a través de un documento oficial en forma de breve apostólico.

Últimos días y tránsito al cielo

A lo largo de los años de intensa actividad, el padre de los pobres continuó comportándose siempre como el más humilde y devoto servidor de la Divina Provvidenza, cuidando escrupulosamente de no montarse jamás la cabeza a causa del éxito de la obra. Era frecuente verlo dispuesto a jugar alegremente con los enfermos más limitados psíquicamente, a transportar pesados bultos de leña, a cargar cestas rebosantes de verduras o a realizar las tareas más humildes de limpieza en las dependencias de la institución. En su indumentaria personal, el santo prefería calzar sencillos zoccoli di legno y vestir una vieja y gastada tonaca, manteniéndose firmemente convencido de que su verdadera condición en la tierra era la de un simple campesino cuya única habilidad conocida era la de saber plantar coles. La tradición espiritual de la comunidad atestigua también que Dios concedió a su fiel servidor dones extraordinarios, como la gracia de poder leer en los secretos de los corazones ajenos, la capacidad de prever acontecimientos futuros y el conocimiento anticipado de las circunstancias precisas en las que ocurriría su propia muerte terrena. En el mes de febrero del año 1842, el santo dedicó varias semanas consecutivas a sbrigare affari che non erano urgenti, realizando una visita minuciosa a todas y cada una de las casas y secciones que había fundado a lo largo de su vida, dejando sutilmente entender a los presentes que aquel gesto constituía su último adiós terrenal. En aquellos días finales, pedía insistentemente a todos que rezaran por su alma, recordando que se encontraba ya en la fase conclusiva de sus jornadas terrenas. Al despedirse, impartió una última y solemne bendición a sus colaboradores y asistidos, afirmando con convicción que desde el cielo continuaría siendo un verdadero padre para toda la Piccola Casa de la Divina Provvidenza. El día 21 de abril de 1842, cumpliendo con sus deberes de prudencia institucional, el santo entregó formalmente la dirección general de su vasta obra en las manos del canónigo Luigi Anglesio. Tras este traspaso, decidió retirarse discretamente para sus últimos momentos junto a su hermano canónigo en la antigua colegiata situada en la localidad de Chieri. San José Benedetto Cottolengo falleció en la ciudad de Chieri el día 30 de abril de 1842, a la edad de cincuenta y seis años, exhalando su espíritu en el mismo lecho que él mismo se había hecho preparar con sencillez doce años antes. Antes de expirar definitivamente, el santo exclamó con alegría haberse sentido profundamente rallegrato ante la perspectiva de su próxima marcha hacia la casa del Señor. Al conocerse la noticia de su fallecimiento, el rey Carlo Alberto expresó públicamente su profundo rammarico por la dolorosa pérdida de aquel gran amigo y hombre de Dios. Los restos mortales del santo fueron trasladados y sepultados solemnemente en la ciudad de Turín, dentro de los espacios de la Piccola Casa, específicamente en el interior de una capilla situada en la iglesia principal del complejo. Tras su muerte, numerosos milagros y prodigios comenzaron a verificarse de manera continuada por la intercesión del santo sacerdote ante el trono divino. El proceso de reconocimiento eclesiástico culminó cuando el Papa Benedetto XV proclamó su beatificación el 28 de abril de 1917, siendo posteriormente canonizado de manera solemne por el Papa Pío XI el día 19 de marzo de 1934. La memoria litúrgica del santo quedó firmemente establecida en el Martyrologium Romanum, el calendario oficial de la Iglesia Católica, fijándose su conmemoración anual el día 30 de abril. Su legado espiritual y su figura luminosa fueron destacados explícitamente por el Papa Benedicto XVI en su primera carta encíclica titulada Deus caritas est, donde se le menciona como uno de los grandes santos de la caridad que han iluminado el camino de la Iglesia en la historia contemporánea.

Preguntas frecuentes

Cuándo se celebra la festividad de San José Benedetto Cottolengo?

La festividad litúrgica de San José Benedetto Cottolengo se conmemora oficialmente el día 30 de abril, fecha que figura en el calendario eclesiástico del Martyrologium Romanum.

Cuál fue la principal obra fundada por San José Benedetto Cottolengo?

Su obra principal fue la Piccola Casa della Divina Provvidenza en Turín, un gran complejo asistencial creado para acoger a pobres, enfermos incurables, ancianos y personas con diversas discapacidades.

En Chieri, cerca de Turín, san José Benito Cottolengo, sacerdote, que, confiando solamente en la ayuda de la divina Providencia, abrió una casa en la que se dedicó a la acogida de pobres, enfermos y marginados de todo género. — Martirologio Romano