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4 de febrero

San Juan de Britto

Sacerdote jesuita y mártir

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

Infancia y juventud en la corte

San Juan de Britto nació en Lisbona en el XVII secolo, concretamente el primer día de marzo de 1647, como miembro de una distinguida familia noble de origen español. A la edad de diez años, el joven Juan cayó gravemente enfermo de tisi, y los médicos declararon su caso como totalmente desesperado. Su madre, ante la inminencia del desenlace fatal, encomendó la salud del muchacho a San Francisco Saverio, formulando el solemne voto de hacerle vestir el hábito de la Compañía de Gesù durante un año entero si sanaba. En pocos días, de manera prodigiosa, el niño abandonó el lecho de enfermedad y recuperó la salud por completo. En cumplimiento de aquella promesa, el adolescente compareció en la corte vestido con una sottanina negra y una corona de la Santísima Virgen al flanco, desenvolviéndose en su vida normal como paggio del rey de España y compartiendo su cotidianidad con otros jóvenes ricamente ataviados.

Durante aquel período, el muchacho soportó las burlas y provocaciones de algunos compañeros con tal grado de heroica paciencia que en el palacio real comenzaron a llamarle cariñosamente el martire. Aquella experiencia prolongada con el hábito religioso encendió en su interior el deseo profundo de abrazar la vida jesuita y consagrarse a las misiones, prefiriendo inicialmente el destino de Japón. Finalizado el año previsto por el voto, el joven se quitó el hábito temporal y presentó formalmente su solicitud de ingreso en la Compañía de Gesù. El padre provincial no puso ninguna clase de obstáculo a su demanda, a pesar de que el monarca y el infante intentaron por todos los medios disuadirlo y evitar su marcha. De este modo, el diecisiete de diciembre de 1662, a la edad de quince años, Juan entró en el noviciado de Lisbona para iniciar su camino de perfección.

Formación y vocación misionera

Superada la etapa inicial, el joven religioso fue enviado a las ciudades de Évora y Coimbra para cursar sus estudios eclesiásticos, demostrando ser uno de los mejores ingenios de la universidad. Durante aquellos años, el fervor por seguir los pasos de San Francisco Saverio crecía sin cesar en su alma, hasta el punto de que escribió en dos ocasiones, a espaldas de sus propios superiores, al padre general Oliva para suplicar su destino a las misiones de la India. Como respuesta a su insistencia, recibió la promesa formal de ser enviado allí en la primera oportunidad de embarque para nuevos operarios. Tras completar dos años de magisterio en un colegio y cursar los estudios de teología, recibió la ordenación sacerdotal a comienzos de 1673. Antes de partir, sin embargo, debió afrontar y vencer la fuerte resistencia de su madre, quien aún sufría la dolorosa pérdida de su primogénito Cristoforo en el frente de guerra y había recurrido al rey y al nuncio apostólico para bloquear el viaje.

Para sortear cualquier impedimento imprevisto de última hora, el nuevo sacerdote decidió no acudir al puerto junto al resto de sus compañeros de expedición. Saliendo de incógnito del colegio de los jesuitas y aprovechando diversos atajos, se dirigió directamente a la embarcación que lo aguardaba, desde donde redactó una emotiva carta de despedida dirigida a su madre. Tras un viaje largo y accidentado, arribó a Goa en 1673, donde visitó con profunda devoción la tumba de san Francisco Saverio situada en la iglesia de la Compañía de Gesù, renovando sobre el sepulcro el sagrado propósito de trabajar infatigablemente por la conversión de los pueblos de la India. Instalado provisionalmente en el colegio de Goa para perfeccionar su teología y aprender las lenguas nativas, se dispuso a marchar hacia la residencia que le había asignado el padre provincial en Colei, en el reino de Gingia. Tomando la ruta a través de las montañas de los Gati, el exceso de fatiga lo postró en una grave enfermedad, de la cual sanó milagrosamente tras invocar nuevamente la intercesión de san Francisco Saverio.

El apostolado en la India

Entre los años 1674 y 1679, el sacerdote desarrolló una intensa actividad pastoral en Colei, Tattuvancheri y en los reinos de Tangiore y Gingia, soportando fatigas materiales que consideraba menores en comparación con los sufrimientos espirituales que las acompañaban. Hacia el año 1685 asumió el cargo de superior de la misión, guiando a sus hermanos con prudencia y celo apostólico. Al enterarse de que desde hacía dieciocho años ningún misionero había logrado penetrar en el peligroso reino de Maravá, situado al este de Madura, decidió emprender tan arriesgada misión tras enviar previamente a varios catequistas competentes. El cinco de mayo de 1686 cruzó la frontera de aquel territorio y, desplegando una actividad febril, consagró las noches a confesar y bautizar, alcanzando la cifra de más de dos mil indios bautizados en pocos meses. Para resolver el delicado problema de las estrictas divisiones entre las castas locales, el misionero adoptó con acierto el estilo de vida de los pandara-suami, rigurosos ascetas y penitentes de la región. Vistiendo un amplio atuendo teñido de ocra roja, un turbante rojo y zoccoli en los pies, y sirviéndose de un largo bambú para sus desplazamientos, el religioso dormía sobre una simple manta extendida directamente en el suelo y se alimentaba frugalmente con arroz cocido en agua, legumbres, leche y mantequilla.

Aquel estilo de vida tan austero le otorgó el inmenso privilegio de tratar en pie de igualdad a todos los estratos sociales, desde los más encumbrados hasta los paria, logrando centenas de conversiones y administrando miles de sacramentos. Sin embargo, el extraordinario éxito de su predicación despertó muy pronto envidias y violentas persecuciones. El primer ministro del rey de Maravá, influenciado en parte por las imprudencias cometidas por un misionero de otra orden religiosa, dictó una orden de captura contra él y sus colaboradores. Detenido sin contemplaciones, el sacerdote sufrió durante un mes un auténtico y cruel martirio antes de cualquier condena formal. Fue flagelado con dureza mediante scudisci, abofeteado sin piedad y cargado con pesadas cadenas de hierro. En el colmo del tormento, lo obligaron a tenderse completamente desnudo sobre un gran bloque de piedra pómez, recalentado por el sol abrasador y sembrado de puntas afiladas, mientras varios hombres saltaban brutalmente sobre su cuerpo. Permaneció encarcelado en condiciones infrahumanas durante veintidós días más, hasta que, tras un coloquio directo en el cual el monarca quedó visiblemente subyugado por la verdad de sus palabras, fue puesto en libertad en agosto de 1686.

El retorno a Europa y la vuelta definitiva

Poco después de su liberación, el religioso recibió una misiva del padre provincial en la que le comunicaba su nombramiento como procurador de la misión debido al fallecimiento del titular anterior, ordenándole regresar con la mayor brevedad a Portugal y desde allí a Roma para presentarse ante el padre general. A pesar de formular todas las objeciones permitidas por el voto de obediencia, acató con prontitud la disposición superior y se dispuso a marchar. Tras un viaje marítimo excepcionalmente favorable que rozó las costas del Brasil, desembarcó en Lisbona el ocho de septiembre de 1687. Después de rendir el debido homenaje a sus superiores eclesiásticos, se presentó ante el rey don Pedro II, con cuya corte infantil había mantenido vínculos estrechos durante su tierna infancia, cuando formaba parte del entorno real. Aprovechando su estancia en Europa, los círculos eclesiásticos en España intentaron por todos los medios retenerlo, ofreciéndole incluso diversas sedes episcopales para apartarlo de la dureza de las misiones orientales, pero su corazón pertenecía por entero a los fieles de ultramar.

En el mes de abril de 1690, el celoso sacerdote tomó la nave por última vez para regresar a la India, arribando a Goa el dos de noviembre en un momento en que las provisiones escaseaban severamente. Sin dudarlo, se internó de nuevo en el reino de Maravá, desafiando abiertamente las iras del soberano local, quien se había convertido en un feroz persecutor de los cristianos y ya había lanzado graves amenazas de muerte contra su persona. Trabajando sin descanso y sin poder detenerse dos días seguidos en el mismo lugar sin exponerse a un peligro inminente, continuó su labor evangélica con ardor inquebrantable. El seis de enero de 1693 administró el bautismo a un príncipe llamado Teriadevem, a quien encontró en condiciones moribundas y sanó de manera instantánea tras invocar el nombre del Señor. El sacramento fue conferido pronunciando solemnemente el Credo y el inicio del santo Evangelio según San Juan, y, por rigurosa indicación del misionero, el noble converso repudió a cuatro de sus cinco esposas para conservar una sola, tratándose una de ellas de una sobrina directa del rey.

El martirio y la gloria celestial

El legítimo enfurecimiento de los parientes de la mujer repudiada y del propio monarca no se hizo esperar: el soberano dictó la orden inmediata de incendiar todas las iglesias cristianas, saquear las viviendas de los fieles y capturar al religioso. El ocho de enero, con el noble propósito de evitar que las casas de los cristianos fuesen arrasadas a hierro y fuego, el sacerdote salió voluntariamente al encuentro de sus perseguidores en compañía de tres jóvenes catequistas. Fue recibido entre insultos y golpes violentos, derribado al suelo y maniatado junto a sus fieles para iniciar una penosa marcha forzada detrás de los soldados montados a caballo. Durante el trayecto, el religioso caía continuamente al suelo, manchando con su propia sangre el camino atestado de fieles que habían acudido para contemplar la pasión generosa de su padre espiritual y beber fortaleza de su ejemplo. Al día siguiente de ingresar en el caldoso de la capital, el grupo de prisioneros aumentó con la llegada de otros tres catequistas, y todos vivieron aquellos días de espera con un fervor extraordinario.

El rey regresó a la capital el veinte de enero, y el veintiocho del mismo mes emitió formalmente la sentencia de muerte, disponiendo que el prisionero fuese conducido lejos, a la ciudad de Oriur cerca de la frontera, para ser ejecutado con mayor discreción. Extenuado por los largos meses de cautiverio, las privaciones, los golpes recibidos y la oración incesante, el misionero atravesó con extrema dificultad la región intermedia. Su estado lastimoso y sus pies ensangrentados conmovieron profundamente a algunos paganos que salieron a su encuentro en el camino, hasta el punto de que un piadoso bramino le ofreció su propio caballo para facilitarle la llegada a la meta. Al día siguiente de su arribo a Oriur, el sacerdote y mártir fue decapitado con la espada el cuatro de febrero de 1693, coronando una existencia entregada por entero a la fe. La tradición y la historia recuerdan que los portugueses e indios del siglo XVII lo llamaban con veneración el Nuovo Saverio. Su glorioso martirio fue solemnemente reconocido por la Iglesia a través de su beatificación proclamada por el papa Pío IX el veintiuno de agosto de 1853, y culminó con su canonización oficial otorgada por el papa Pío XII el veintidós de junio de 1947.

Preguntas frecuentes

Quando se festeggia San Juan de Britto?

La ricorrenza liturgica di San Juan de Britto se celebra el 4 de febrero.

Di cosa è patrono San Juan de Britto?

I fatti forniti non menzionano patronati specifici per il santo.

En la localidad de Oriur, en el reino de Maravá, en la India, san Juan de Britto, sacerdote de la Compañía de Jesús y mártir, que, después de haber convertido a muchos a la fe imitando la vida y la conducta de los ascetas de aquella región, coronó su vida con un glorioso martirio. — Martirologio Romano