21 de abril
San Román Adame Rosales
Sacerdote y mártir
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Los primeros años y el camino hacia el sacerdocio
El protagonista de esta historia es un povero parroco messicano cuya vida quedó unida de forma indisoluble al martirio. Nació en el año 1859 en tierras de México, criado en el seno de una familia profundamente cristiana que carecía de los recursos económicos necesarios para permitirle estudiar. Debido a estas dificultades, a la edad de dieciocho años sabía a malapena leer y escribir. A pesar de este panorama adverso, albergaba el firme deseo de entrar en seminario y hacerse prete desde su juventud. Para alcanzar esta meta tuvo que reiniciar su formación desde cero, pues había olvidado los escasos conocimientos adquiridos en el pasado. Se esforzó con gran sacrificio sobre los libros, aunque no brillaba particularmente en el ámbito intelectual. Los superiores advirtieron pronto que rezaba mucho y bien, una actitud que contagiaba a los demás y los invitaba a la oración. Convencidos de esta profunda virtud, decidieron su ordenación y nunca se arrepentirían de aquella determinación tomada para bien de la Iglesia. Así, recibió la ordenación sacerdotal el 30 de noviembre de 1890, cuando ya había cumplido los treinta y uno años de edad.
El ministerio pastoral y la vida parroquial
Tras concluir los primeros años de tirocinio pastoral, recibió el nombramiento de párroco y comenzó a prestar servicio en diversas comunidades, desplazándose de un lugar a otro como un auténtico sacerdote dedicado por entero a la fe ajena. En su labor cotidiana impulsó con fuerza la difusión de la devoción mariana y estableció la adoración eucarística nocturna como los dos grandes cardines de toda su pastoral. Quienes compartían su día a día lo observaban rezar y quedaban profundamente encantados al verle recitar el breviario, pues en aquellos momentos de recogimiento resultaba evidente que conversaba directamente con Dios. En enero de 1914 fue enviado a Nochistlán, localidad donde permanecería hasta el final de sus días en la tierra. No logró complacer a una amplia franja de parroquianos que habrían preferido la presencia de un pastor más brillante y dotado de mayor cultura. La incomprensión de estos fieles llegó a manifestarse de forma dolorosa cuando ataron un asno bardato a la puerta de la propia canonjía para mostrar su rechazo. Lejos de abandonar su misión, continuó imperterrito en el desempeño de su ministerio, guiado por la estricta obediencia al obispo y a su propia conciencia, mientras sufría todo en riguroso silencio.
La persecución, el arresto y el martirio
Con el estallido de la persecución mexicana contra la Iglesia, eligió la rigurosa clandestinidad para poder seguir prestando asistencia a sus feligreses. Se trasladaba de un refugio a otro amparado por la generosidad de los parroquianos que arriesgaban su seguridad, y de este modo continuaba celebrando la Eucaristía de forma oculta, administrando los santos sacramentos y sosteniendo la fe de la comunidad. El 18 de abril de 1927, durante un almuerzo en una casa hospitalaria y respondiendo a una pregunta de una comensal, pronunció una frase de marcado tono profético: «Sarei contento di offrire il mio sangue per la parrocchia». La noche siguiente a aquella declaración, un grupo de trescientos soldados cercó la vivienda tras la delación de un agricultor hostil. Los militares lo sacaron de la cama mientras dormía y vestía únicamente su ropa interior. Fue atado como un delincuente común y obligado a correr a pie para poder seguir el ritmo de los caballos al galope en dirección a Yahualica. Uno de los soldados, movido por la compasión hacia el sacerdote que rozaba ya los setenta años de edad, permitió que montara a caballo, lo que le valió las burlas del resto de los comilitones. Una vez en el destino, lo encerraron de noche en una celda, mientras que durante el día permanecía atado a una columna en plena plaza pública, expuesto a la burla de la multitud y severamente custodiado. Personas influyentes intentaron negociar su libertad pagando un rescate al coronel. El oficial aceptó y cobró el dinero exigido, pero ordenó de todos modos la ejecución del sacerdote. Para evitar un levantamiento popular, lo sacaron de su cautiverio en plena noche, concretamente el 21 de abril de 1927. Una multitud de fieles se congregó de inmediato para acompañarle en su camino hacia el martirio, suplicando a gritos su liberación, mientras los soldados apenas lograban contener a la gente. Mantuvo un profundo silencio en vida y aún más elocuente en su muerte, un testimonio que muchos compararon con el silencio del propio Cristo en la vía hacia el Calvario. Junto a él sufrió el fusilamiento el soldado Antonio Carrillo Torres, quien se había negado rotundamente a disparar contra el ministro sagrado. El martirologio lo recuerda en la localidad de Nochistlán, situada en la región mexicana de Guadalajara, como sacerdote y mártir que entregó su existencia por confesar a Cristo Rey durante la persecución.
Su vida y ministerio
La vida de San Román Adame Rosales comenzó en México en el año 1859. Tras un camino de discernimiento y preparación, recibió la ordenación sacerdotal el 30 de noviembre de 1890, iniciando así una misión que lo llevaría a servir con humildad y celo apostólico en diversas comunidades. A lo largo de su labor, su presencia fue un consuelo constante para los fieles, especialmente en lugares como Nochistlán y Yahualica, donde su guía espiritual fue un pilar fundamental para muchas familias que buscaban mantener la esperanza en medio de la adversidad.
Durante la persecución religiosa que azotó a México en el siglo veinte, el sacerdote no abandonó su compromiso con la fe. Ante la prohibición de las actividades eclesiásticas, San Román Adame Rosales optó por ejercer su ministerio de forma clandestina, arriesgando su seguridad para atender las necesidades espirituales de los fieles. Este servicio abnegado y silencioso fue la respuesta de un hombre que puso el amor a la Iglesia por encima de cualquier riesgo personal. Su arresto se produjo tras la denuncia de un campesino, evento que lo condujo a un desenlace trágico pero heroico. A pesar de que se realizó el pago de un rescate para obtener su libertad, el sacerdote fue fusilado en Nochistlán el 21 de abril de 1927. Su muerte no fue el fin, sino la culminación de un servicio que, años más tarde, la Iglesia universal honraría al elevarlo a la gloria de los altares en el año 2000, por decisión del Papa Juan Pablo II.
El culto
El recuerdo de San Román Adame Rosales se celebra con especial devoción cada 21 de abril, fecha en la que se conmemora su paso a la vida eterna. Su figura es venerada como un modelo de fidelidad sacerdotal, especialmente por quienes buscan en los mártires del siglo veinte un aliento de fortaleza ante las dificultades del camino cristiano. El reconocimiento oficial de su santidad por parte de la Iglesia subraya el valor de su sacrificio durante la persecución en México, permitiendo que su legado de entrega perdure como una luz para las nuevas generaciones de creyentes.
Preguntas frecuentes
Cuándo se festej liturgicalmente a San Román Adame Rosales?
Su memoria litúrgica se celebra el 21 de abril, fecha en la que fue llevado al martirio.
Dónde se desarrolló la vida y el martirio de San Román Adame Rosales?
Desarrolló su ministerio sacerdotal en diversas localidades de México, sufriendo el martirio en Nochistlán, en la región de Guadalajara.
En la localidad de Nochistlán en la región de Guadalajara en México, san Romano Adame, sacerdote y mártir, que en el curso de la persecución contra la Iglesia sufrió el martirio por haber confesado a Cristo Rey. — Martirologio Romano