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23 de septiembre

Santi Cristóbal, Antonio y Juan

Adolescentes, protomártires de América

Actualizado el 18 de septiembre de 2026

El contexto histórico y la evangelización en el Nuevo Mundo

Los acontecimientos que marcaron la vida y el martirio de estos jóvenes se desarrollan pocos decenios después de la extraordinaria descubierta del Nuevo Mundo y el inicio de la evangelización. La conquista española del México actual aconteció en el año 1519 mediante el histórico sbarco de Cortés y de sus hombres en aquellas tierras americanas. Al tiempo de la conquista, la población del México de entonces, en particular la civilización de los aztecas, se encontraba profundamente dedicada al culto de sus divinidades con la práctica de un gran número de sacrificios humanos. La vida religiosa de los aztecas estaba firmemente dominada por una poderosa casta de sacerdotes tradicionales. La evangelización del país rimonta propiamente al año 1524, cuando los primeros misioneros franciscanos arribaron a Tenochtitlán con celo apostólico. Aquellos primeros religiosos francescani se dividieron con sabiduría sobre cuatro regiones principales del territorio, que eran Mexico, Texcoco, Huetzingo y Tlaxcala. A la labor pionera de los franciscanos se sumaron posteriormente algunos religiosos domenicanos para ensanchar el radio de la misión católica. Los primeros misioneros avanzaban rigurosamente de par en par con los conquistadores españoles por los caminos del territorio. Las conversiones de los indígenas se recogían tanto a través de la sincera convicción espiritual como por la fuerza impuesta por los conquistadores. La fundamental obra evangelizadora de los misioneros se basaba firmemente en el concepto de que la salvación cristiana era un bien absoluto que debía conseguirse eliminando sin contemplaciones las statuettas de las divinidades paganas. Los sacerdotes indígenas y sus fieles devotos avversavano comprensiblemente a los misioneros extranjeros que llegaban para transformar el orden religioso establecido. No obstante las tensiones, los franciscanos y los domenicanos trabajaron incansablemente para la genuina promoción humana de los indios, utilizando incluso medios drásticos como la violenta destrucción de templos y de ídolos para defender a los nativos de sus propios ritos sanguinarios. Los religiosos compartieron lealmente la vida y la penosa pobreza de los indios, esforzándose siempre por defenderlos con valor de los graves abusos cometidos por los encomenderos. Los encomenderos eran terratenientes y colons españoles, en su gran mayoría militares de profesión, que estaban formalmente autorizados para cobrar tributos en especie o exigir formas de trabajo obligatorio de los indígenas. Con el fin de arraigar profundamente la nueva doctrina, la obra de los misioneros se ensanchó notablemente con la apertura de escuelas destinadas a la juventud local y con la impresión de los primeros textos catechísticos redactados en la propia lengua vernácula de la región.

Cristóbal, protomártir de Atlihuetzia

El primero de los tres jóvenes mártires fue el joven Cristóbal, cuyas noticias biográficas fueron recogidas con esmero por el ilustre fraile franciscano Toribio da Benevento. Las crónicas señalan que Cristóbal nació en la localidad de Atlihuetzia, en la región de Tlaxcala, entre el año 1514 y el año 1515. Las notas biográficas recogidas por los religiosos no refieren su nombre de nacimiento originario, el cual era con certeza sumamente largo y sumamente difícil de pronunciar de forma correcta para los españoles. Era el hijo predilecto y el legítimo heredero del principal cacicco local llamado Acxotecatl, perteneciendo por tanto a una familia notable y muy benestante. Sus cuatro hermanos habían comenzado a frecuentar con provecho la escuela abierta por los frailes franciscanos en el año 1524. Poco después, el propio Cristóbal se sumó a sus hermanos en la frecuentación de aquella escuela de los misioneros franciscanos establecida en el territorio. En aquel lugar de formación cristiana, el muchacho se hizo instruir con verdadero fervor en la fe y pidió con insistencia recibir el bautismo sagrado. Al recibir el sacramento del bautismo, el joven adoptó el nuevo nombre cristiano de Cristóbal, aunque el pueblo y los cronistas lo llamaron cariñosamente también con el diminutivo Cristobalito o Cristóbal en su versión en castellano. En el momento de los trágicos hechos, el muchacho tenía exactamente doce o trece años de edad. Dotado de un ardiente celo religioso, Cristóbal quiso convertirse de inmediato en un auténtico apóstol del Evangelio entre sus propios familiares y conocidos. Se propuso con firmeza la difícil tarea de convertir a su propio padre, tomando la costumbre de exhortarlo con insistencia a cambiar sus riprovevoli hábitos de vida, sobre todo su inveterado vicio de la embriaguez. El padre del muchacho tenía la mala costumbre de emborracharse muy a menudo y se mostraba habitualmente sordo y desinteresado ante los constantes richiami del hijo. Ante la resistencia paterna, el joven Cristóbal ideó una drástica solución y comenzó a romper con sus propias manos las statuettas de los ídolos que la familia conservaba celosamente guardados en la propia casa. El padre amonestó severamente al muchacho y lo perdonó algunas veces por aquella actitud contestataria y destructiva. Sin embargo, ante el reiterado e insistente comportamiento del hijo, el cacique tomó la irrevocable y trágica decisión de acabar con su vida. El padre utilizó un engaño para hacer regresar precipitadamente a casa a sus hijos que estudiaban en la escuela de los franciscanos. Mientras los otros hermanos entraban en el recinto de la morada, Cristóbal fue violentamente apresado por los cabellos por su propio progenitor. El enfurecido padre arrojó al suelo sin piedad al indefenso muchacho y lo agredió brutalmente a patadas y con fuertes bastonadas hasta romperle por completo los brazos y las piernas. A pesar del inmenso dolor físico que padecía en su cuerpo, el joven Cristóbal continuó rezando con fe inquebrantable bajo aquella lluvia de golpes. En su frenesí homicida, el padre encendió un gran rogo y arrojó vivo a su hijo al fuego para obligarlo definitivamente al silencio. Pocos días después de aquel crimen, la misma suerte trágica tocó también a la madre del muchacho, quien había intentado infructuosamente defender a su hijo de la ciega violencia del padre con su tierno corazón de madre. El desnaturalizado padre sepultó clandestinamente el cuerpo calcinado de su hijo en el interior de una habitación de la propia casa familiar. Un documento histórico señala que el padre homicida fue posteriormente condenado a muerte por sus graves delitos, muy probablemente a manos de la justicia de los españoles. Aquel terrible suceso del martirio aconteció formalmente en el año 1527, cuando el joven tenía solamente trece años de edad. Un año más tarde de aquellos trágicos acontecimientos, uno de los frailes franciscanos, llamado Andrea da Cordoba, logró descubrir por fin el oculto lugar donde reposaban los restos del muchacho. El fraile Andrea da Cordoba hizo trasladar solemnemente el cuerpo que se conservaba incorrupto del joven mártir hacia el convento franciscano de Tlaxcala. Mucho tiempo después, otro religioso de la orden, el conocido fray Toribio da Benevento, se encargó de sepultar definitivamente a Cristóbal dentro de la iglesia de Santa María situada en Tlaxcala, redactando además el conmovedor relato escrito de su martirio.

Antonio y Juan, testigos de la fe en Tizatlán

Los otros dos jóvenes mártires, Antonio y Juan, nacieron entre el año 1516 y el año 1517 en la localidad de Tizatlán, situada también dentro de la región de Tlaxcala. Antonio ostentaba una posición social relevante, ya que era el nieto y legítimo heredero del cacicco local de Tizatlán. Por el contrario, Giovanni, conocido también como Juan, era de una condición social marcadamente humilde, desempeñando las labores de modesto sirvidor del joven Antonio. La muy diversa estracción social de origen no constituyó jamás un impedimento para que Antonio y Giovanni se sintieran verdaderos hermanos en la fe cristiana. Ambos acudían con regularidad a frecuentar la escuela establecida por los religiosos franciscanos en la región. En el año 1529, los misioneros domenicanos tomaron la decisión de fundar una nueva misión religiosa en la lejana localidad de Oaxaca. El fraile domenicano Bernardino Minaya, mientras transitaba por las tierras de Tlaxcala, solicitó al superior fray Martino de Valencia que le indicara algunos muchachos locales que pudieran acompañarlos voluntariamente como fieles intérpretes en su labor entre los indios. Fray Martino de Valencia era un religioso franciscano que ejercía las funciones de director de aquella escuela de Tlaxcala. Atendiendo la petición, fray Martino reunió en un encuentro a los muchachos de la escuela y formuló públicamente la delicada propuesta presentada por el domenicano. El director advirtió con claridad a los jóvenes que se trataba de una tarea muy ardua que comportaba un peligro real de muerte por la hostilidad de los nativos. De inmediato se hicieron valientemente adelante los jóvenes de trece años Antonio y Juan, acompañados en aquel primer momento por otro muchacho noble de nombre Diego. Cabe destacar que el joven Diego no sufrió el martirio en aquella expedición y sobrevivió a los acontecimientos. El grupo de misioneros y muchachos emprendió el viaje y llegó primeramente a la localidad de Tepeaca, situada en los alrededores de Puebla. En aquel lugar, los jóvenes ayudaron eficazmente a los misioneros a recoger y destruir las estatuillas de los ídolos locales. Posteriormente, solo los dos jóvenes Antonio y Giovanni se desplazaron hacia la localidad de Cuauhtinchán, también en las proximidades de Puebla, para continuar con la misma obra de recogida. Siguiendo la habitual metodología operativa acordada, Antonio entraba de manera habitual en las viviendas para buscar las imágenes, mientras que Giovanni se quedaba haciendo de guardia en la puerta de la entrada. Durante aquella peligrosa actividad, algunos indios fuertemente inferocidos y armados con pesados bastones se aproximaron amenazadoramente al lugar. Los agresores se ensañaron golpeando a Giovanni con tanta fuerza y violencia que el muchacho murió prácticamente en el acto a causa de los traumatismos. Al percatarse de la agresión, Antonio acudió sin vacilar en auxilio de su compañero caído y se dirigió con valentía a los agresores. El valiente muchacho reprochó a los atacantes el hecho de golpear brutalmente a un compañero inocente, afirmando con claridad que era él mismo quien recogía los ídolos porque eran de carácter diabólico y no verdaderas divinidades. Ante aquellas palabras, los indígenas arremetieron contra Antonio y lo percossero con los mismos bastones hasta provocarle la muerte. Los cuerpos sin vida de Antonio y Giovanni fueron arrojados despectivamente por los asesinos a una profunda scarpata en las cercanías de Decalco. Enterado de los hechos, el domenicano padre Bernardino logró recuperar los cuerpos masacrados de Antonio y Giovanni y los trasladó con respeto hasta la localidad de Tepeaca. Los restos mortales de los dos jóvenes mártires fueron finalmente sepultados con dignidad dentro de una capilla consagrada ubicada en Tepeaca. El sangre generosamente derramado por los tres jóvenes muchachos mexicanos constituyó providencialmente el primer y valioso grano de trigo para la grandísima y posterior florencia del catolicismo en su amado país. Los historiadores de la Iglesia local coinciden unánimemente en considerar a estos tres muchachos como los indiscutibles protomártires de México y de todo el continente americano, constituyendo las verdaderas primicias de la siembra evangélica en el vasto territorio del Nuevo Mundo.

El largo camino hacia la canonización

El reconocimiento oficial de la santidad y del martirio de los tres jóvenes de Tlaxcala requirió un largo y riguroso procedimiento eclesiástico desarrollado a lo largo de los años. El trascendental camino comenzó formalmente el día 7 de diciembre del año 1982, fecha en la cual la Congregación de las Causas de los Santos concedió oficialmente el oportuno nulla osta para dar inicio al proceso cognoscitivo diocesano sobre el martirio de Cristoforo, Antonio y Giovanni. Los trabajos avanzaron con rigor histórico y teológico hasta que la importante validación de la primera fase de dicho proceso judicial eclesiástico llevó la fecha concreta del 8 de noviembre del año 1985. Continuandose con las investigaciones documentales requeridas por la Santa Sede, el día 21 de junio del año 1988 se reunieron formalmente los ilustres Consultores históricos de la Congregación de las Causas de los Santos para examinar las pruebas reunidas. Como fruto de aquel trabajo de investigación, la detallada Positio super martyrio fue formalmente entregada a las autoridades competentes en el transcurso del año 1989. Tras la lectura de los documentos, la decisiva reunión de los Consultores teólogos se desarrolló puntualmente el 24 de noviembre del año 1989, emitiendo un dictamen con un resultado plenamente positivo. El estudio continuó su curso institucional cuando los eminentes cardenales y obispos que formaban parte como miembros de la Congregación confirmaron formalmente dicho resultado positivo el día 6 de febrero del año 1990. Superadas todas las etapas burocráticas y teológicas, el día 3 de marzo del año 1990 el papa san Juan Paolo II autorizó solemnemente la promulgación del decreto oficial que declaraba formalmente mártires a los tres muchachos. Culminando esta fase, el sumo pontífice san Juan Paolo II procedió a la solemne beatificación de los tres jóvenes el día 6 de mayo del año 1990 durante una memorable ceremonia celebrada en la célebre Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México. En aquella misma ocasión litúrgica junto a ellos fue elevado también a los altares el indigeno Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien fuera el humilde y conocido mensajero de la Virgen de Guadalupe y contemporáneo de los tres protomártires, y que llegaría a ser canonizado posteriormente en el año 2002. Tras la beatificación, la memoria litúrgica fijada para recordar a los tres jóvenes beatos fue establecida oficialmente en el calendario para el día 23 de septiembre. Los años pasaron hasta que se dio el paso definitivo hacia el reconocimiento universal de su santidad en la Iglesia católica. El día 23 de marzo del año 2017, el papa Francesco recibió en solemne audiencia al cardenal Angelo Amato, quien ejercía como Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos. En el transcurso de aquella audiencia pontificia del 23 de marzo del año 2017, el papa Francesco acogió formalmente los votos favorables expresados por la Congregación en lo referente a la canonización de los tres jóvenes mártires. Un detalle de gran relevancia en este proceso fue que la canonización de los tres mártires se aprobó y decretó sin la absoluta necesidad de exigir un milagro ulterior atribuido específicamente a su intercesión celestial, reconociendo el valor absoluto de su testimonio de sangre. La solemne celebración de la canonización fue presidida finalmente por el papa Francesco el domingo 15 de octubre del año 2017, quedando inscritos para siempre en el catálogo de los santos de la Iglesia universal.

Preguntas frecuentes

Cuándo se festeja a los santos Cristóbal, Antonio y Juan?

La Iglesia católica celebra la memoria litúrgica de los santos Cristóbal, Antonio y Juan el 23 de septiembre.

De qué es patrono el santo?

Los santos Cristóbal, Antonio y Juan son considerados patronos de México y de todo el continente americano.

En Tlaxcala en México, beatos Cristóbal, Antonio y Juan, mártires, que, durante la primera evangelización de América, adhirieron contentos a la fe cristiana y fueron por esto golpeados a muerte por sus conciudadanos. — Martirologio Romano