San Francisco Marto fue un pequeño laico portugués que, en la sencillez de su infancia, se convirtió en testigo de la trascendencia divina a principios del siglo XX. Su memoria permanece unida a la contemplación silenciosa y al consuelo de Dios, tras haber sido bendecido con las visiones celestiales que transformaron el pequeño poblado de Fátima en un faro de fe para el mundo entero.
Es recordado con profunda devoción por su espíritu de oración y su entrega callada en medio del sufrimiento. Su vida terrenal, breve pero espiritualmente fecunda, culminó con una santa aceptación de la enfermedad, dejando un testimonio de santidad humilde que la Iglesia reconoció solemnemente al elevarlo a los altares en el centenario de las apariciones.