San Rafael Arnáiz Barón nació en Burgos, España, el 9 de abril de 1911, en el seno de una familia distinguida y profundamente cristiana. Sus padres, un ingeniero forestal y una madre devotísima volcada en el auxilio a los necesitados, le legaron una sólida formación humana y espiritual. Joven esuberante, inteligente y brillante en los estudios, Rafael parecía encaminado hacia una prometiza carrera en el siglo XX. Sin embargo, en su interior latían una religiosidade profunda, una fe viva y un deseo constante de interioridad que se manifestaban en su práctica habitual de la comunión diaria, la adoración eucarística prolongada, la penitencia, la mortificación y una delicada caridad hacia las personas de servicio y los pobres. Sostenido por su tío y guía espiritual, el duque de Maqueda, descubrió la llamada al silencio monástico y, tras realizar unos ejercicios espirituales a los veintiún años, decidió consagrarse por completo al Señor como religioso del Orden Cistercense.
Su camino terrenal culminó prematuramente el 26 de abril de 1938 en Dueñas, España, a la edad de veintisiete años, tras una vida marcada por el dolor físico aceptado con heroica paciencia y una total entrega a Dios. A lo largo de una permanencia discontinuada en el monasterio que duró diecinueve meses y doce días, soportó una grave enfermedad contraída durante su noviciado, transformando el sufrimiento en oblación por la Iglesia y el mundo. Sus profundos escritos espirituales lo han consagrado como uno de los más grandes místicos de su tiempo. La Iglesia reconoció su heroísmo cristiano cuando Juan Pablo II lo beatificó en 1992 y, posteriormente, Benedetto XVI lo canonizó en la Plaza San Pietro el 11 de octubre de 2009, quedando inscrito en el Martirologio para su memoria litúrgica el 26 de abril.