28 de septiembre
Beati Mártires Agustinos de Japón
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
El contexto de la persecución y los primeros testigos
Las misiones cattoliche in Giappone fueron iniciadas por Saint Francesco Saverio y recogieron grandes frutos espirituales a través de la labor de misioneros jesuitas, franciscanos, dominicos y agostiniani, quienes crearon numerosas y fervientes comunidades cristianas. Sin embargo, entre la fine del 1500 y la metà del 1600 se desató una terrible persecución contra los cristianos en el país, la cual resultó peor que la de los primeros siglos de la Iglesia por su generalidad y extrema crueldad. Centinaia de sacerdotes, religiosos de cuatro órdenes y sencillos fieles dieron la vida por la fe. En el año 1610, Padre Giovanni Damarín y Padre Francesco de Osorio fueron asesinados en el puerto de Nagasaki. En ese mismo año 1610, Padre Pietro de Montejo murió prigioniero a bordo de una nave olandese antes de ser entregado a las autoridades japonesas, y también fue asesinado el hermano agostiniano Luigi Michoa. Posteriormente, en el año 1617, sufrieron la decapitación Padre Ferdinando de Ayala y el fiel japonés Andrea Yoshida, quien se desempeñaba como presidente de la Confraternita della Cintura de Nagasaki.
El heroísmo de los misioneros y la fidelidad de los terziarios
La violencia imperial continuó segando vidas con métodos atroces. En el año 1622 fueron quemados a fuoco lento Padre Pietro de Zúñiga y el cristiano japonés Gioacchino Hiroyama, este último ejecutado por haber prestado ayuda al sacerdote. Para el año 1630 fueron decapitados seis oblatos y terziarios agostinianos giapponesi. Pocos años después, en el año 1632, murieron quemados a fuoco lento los Padres Bartolomeo Gutiérrez, Vincenzo Simoens, Francesco Terrero, Martino Lumbreras y Melchiorre Sánchez. En el año 1633 se registró el asesinato de Padre Francesco Correia. La tradición y los registros históricos guardan memoria de cada uno de estos acontecimientos como muestras de una entrega inquebrantable a Dios en medio del sufrimiento.
El testimonio de Maddalena de Nagasaki y de Tommaso Jihioye
Maddalena era una ragazza fragile e graziosa de Nagasaki cuyos padres habían sido martirizados por la fede. Tras la muerte de sus padres, se consagró a Dios como terziaria agostiniana bajo la guía espiritual de los misioneros agostinianos recolletti Francesco Terrero y Vincenzo Simoens. Después de que ambos misioneros sufrieran el martirio en el año 1632, Maddalena continuó asistiendo a los cristianos como catechista, escondiéndose sui monti. En septiembre del año 1634 se presentó espontaneamente a las autoridades para dar coraje a los cristianos vacillanti, confesando abiertamente su condición de cristiana. Sometida a crueles torturas, permaneció inamovible en la fe hasta ser appesa a un patibolo, donde falleció tras trece días de intensas sufrimientos a la edad de veintitrés años, convirtiéndose en la mártir agostiniana japonesa del año 1634. Por su parte, Padre Tommaso Jihioye era un agostiniano giapponese que condujo una vida avventurosa per Cristo utilizando el nombre de batalla Kintsuba. Kintsuba mantuvo en jaque durante cinco años a los soldados del emperador que lo buscaban como sacerdote cattolico, desplazándose de comunidad en comunidad y de casa en casa. Se ocultaba de día y viajaba de noche, administrando los sacramenti y animando a los cristiani con gran celo, audacia y astucia. Fue capturado en el año 1636 y sometido a refinadas y crueles torturas. Aunque le prometieron vida y libertad a cambio de la apostasía, Tommaso Jihioye la rechazó firmemente y murió bajo los tormentos como un héroe a la edad de treinta y cinco años, siendo recordado como mártir en el año 1636.
Los últimos testimonios y la beatificación
El año 1636 estuvo marcado también por un acontecimiento de enorme trascendencia numérica y espiritual, cuando ben 637 terziari agostiniani giapponesi siguieron a Kintsuba en el camino del martirio, sellando su pertenencia a la Iglesia con la entrega total de sus vidas. Finalmente, en el año 1637, el último en orden de tiempo en dar la vida por Cristo fue Padre Michele di S. Giuseppe, un agostiniano giapponese. Todos estos mártires mencionados fueron beatificados conjuntamente en el año 1867 por el Papa Pio IX, reconociendo oficialmente la heroicidad de sus virtudes y la autenticidad de su sacrificio por el nombre cristiano.
El testimonio de fidelidad
La historia de estos mártires nos sitúa en el complejo contexto del Japón del siglo diecisiete, una época marcada por la prohibición de la fe cristiana y la persecución sistemática de quienes decidían seguir a Cristo. El sacerdote agustino, nacido en mil seiscientos uno, desarrolló una intensa labor pastoral en la clandestinidad, sirviendo a las comunidades cristianas ocultas bajo el nombre de Kintsuba. Su vida fue un ejercicio constante de prudencia y valentía, moviéndose entre Nagasaki y otros puntos del territorio japonés para administrar los sacramentos. En el año mil seiscientos treinta y seis, fue finalmente capturado por las autoridades locales. A pesar de ser sometido a torturas crueles diseñadas para doblegar su espíritu, mantuvo su integridad y rechazó firmemente la apostasía, sellando su ministerio con el testimonio del martirio.
Junto a él, recordamos a una mujer de fe profunda, nacida en Nagasaki en el año mil seiscientos once. Como terciaria agustina y dedicada catequista, su labor fue fundamental para mantener viva la llama del Evangelio entre los fieles de su región. En un acto de extraordinaria entrega, decidió entregarse voluntariamente a las autoridades en mil seiscientos treinta y cuatro. Su vida terminó tras sufrir terribles torturas y el castigo de la suspensión, un método de ejecución empleado para amedrentar a los creyentes. Su sacrificio, al igual que el del sacerdote, no fue en vano, pues su perseverancia en la verdad y su negativa a abandonar su fe frente a la muerte se convirtieron en un modelo de santidad que ha perdurado a través de los siglos, inspirando a generaciones de fieles a mantenerse firmes en sus convicciones, aun cuando el costo sea la propia vida.
El recuerdo en la Iglesia
El culto a los Beatos Mártires Agustinos del Japón se consolidó con el paso del tiempo como una expresión de gratitud hacia quienes dieron su sangre por la fe. La Iglesia reconoció oficialmente su valentía y santidad mediante el proceso de canonización presidido por el Papa Pío Noveno en el año mil ochocientos sesenta y siete. Desde entonces, su memoria litúrgica se celebra con devoción, invitando a los fieles a reflexionar sobre la importancia de la coherencia cristiana.
La veneración de estos mártires no es solo un acto de respeto hacia el pasado, sino una invitación a vivir la propia fe con la misma sencillez y determinación. Al recordar a quienes, en Nagasaki y en los montes del Japón, prefirieron padecer el sufrimiento antes que renegar de su relación con Dios, los cristianos de hoy encuentran un aliento renovado para enfrentar sus propias dificultades cotidianas. Su ejemplo nos recuerda que la paz interior, nacida de la fidelidad absoluta a la conciencia y al mensaje de Cristo, es un tesoro que ninguna persecución puede arrebatar. La Iglesia los honra cada año el veintiocho de septiembre, manteniendo vivo el legado de estos testigos que, con su entrega, han enriquecido el patrimonio espiritual de la familia agustiniana y de todo el pueblo de Dios.
Preguntas frecuentes
Quando se festeggia Beati Mártires Agustinos de Japón?
La fiesta liturgica de los Beati Mártires Agustinos de Japón se celebra el 28 de septiembre.