14 de septiembre
San Pedro II de Tarantaise
Obispo
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y vocación monástica
La historia de San Pedro II de Tarantaise se entrelaza con la de otros tres personajes omonimos saboyanos, siendo el primero de ellos en importancia cronológica el papa beato Inocencio V, al siglo Pedro de Tarantaise, quien ocupó el solio pontificio durante cuatro meses en el año 1276 y es recordado en el calendario el veintitrés de junio. Los otros dos omonimos fueron arzobispos de la Tarentaise, subregión de la Saboya con sede en Moûtiers. El segundo de ellos en orden temporal es san Pedro II, nacido en 1102 en Saint-Maurice-de-l'Exil, dentro de la diócesis de Vienne y muy cerca de la abadía cisterciense de Bonnevaux. Originariamente, Pedro era un pequeño pastor de la región francesa del Delfinato que demostró ser un muchacho prodigio al lograr memorizar el salterio entero. A la edad de aproximadamente veinte años, ingresó en el monasterio de Bonnevaux para iniciar su camino de consagración religiosa. Su decisión vocacional contagió a su núcleo familiar, pues su padre y dos de sus hermanos decidieron seguirle también en el monasterio de Bonnevaux, mientras que su madre y una de sus hermanas optaron por la abadía de San Paolo situada cerca de Izeaux.
En el año 1132, Pedro recibió la importante encomienda de convertirse en el primer abate de la nueva abadía de Tamié, en la Saboya. Dicha abadía había sido recién fundada por el arzobispo de Tarantaise Pedro I, también conocido como el beato Pedro I de Tarantaise. El personaje en cuestión, Pedro II, fue de hecho el primer abate de Tamié bajo el nombre de Pedro I en esa fundación cisterciense. Tras una década de fructífero abadiato, Pedro fue promovido a la cátedra episcopal previamente ocupada por el difunto beato predetto. Esta relevante promoción al episcopado se produjo por el especial interesado y consejo de san Bernardo. De este modo, el protoabate de Tamié se convirtió en arzobispo adoptando el nombre de Pedro II, numeración con la cual pasó a ser conocido en el seno de la Iglesia universal. El nuevo pastor se insirió firmemente en la diócesis situada en la alta valle del Isère, donde san Pedro pasó a regir con ardiente zelo la sede de Moûtiers tras haber sido elevado a ella como anterior abate cisterciense.
Ministerio episcopal y caridad
Ya al frente de su diócesis, Pedro II reformó con esmero el capítulo de la catedral de Moutiers utilizando la valiosa ayuda de los Canónigos Regulares. El prelado era un hombre de profunda humildad que solía conducir una vida común junto a los religiosos de su congregación. Con el firme propósito de estar cerca de las necesidades espirituales de sus ovejas, emprendió la rigurosa visita pastoral de todas las parroquias bajo su legítima jurisdicción. Sin embargo, en medio de su labor, comenzó a difundirse con rapidez la fama de san Pedro II como un insigne operador de grandes prodigios y milagros. Esta extraordinaria notoriedad pública turbó su espíritu hasta el punto de hacerle meditar la huida en secreto de su propia diócesis. Su intención era retirarse al monasterio suizo de Lucelle, situado cerca de Basilea, para vivir sencillamente como un monje común y dedicarse al trabajo manual en los campos. A pesar de sus intenciones de anonimato, Pedro fue inesperadamente descubierto por sus fieles y no tuvo más remedio que regresar a la región de la Tarantaise para continuar con su ministerio.
Lejos de replegarse, el santo obispo adaptó su propio palacio episcopal para destinarlo a la acogida y asistencia directa de los pobres y necesitados de la región. En un gesto de profunda fraternidad evangélica, Pedro compartía diariamente sus propios alimentos con los mendigos y menesterosos que acudían a él. Entre sus instituciones caritativas más notables destaca la obra conocida como el Pan de mayo. Esta iniciativa consistía en la distribución de una sustanciosa minestra preparada por el propio obispo, una hermosa tradición de caridad que sobrevivió incólume hasta los tiempos de la Revolución Francesa. La tradición refiere que, durante las jornadas de distribución de este Pan de mayo, el santo obispo operó una milagrosa multiplicación de los alimentos para saciar a las multitudes hambrientas. Asimismo, san Pedro se ocupó de la reconstrucción material de la vieja catedral y, en el año 1150, se desplazó nuevamente hasta Tamié para presidir la solemne consagración de la nueva iglesia. Durante todo su largo ministerio episcopal, el santo conservó siempre estrechos y filiales vínculos con la abadía de Tamié. También se adoperó con empeño para incrementar y hacer más eficiente la asistencia a los numerosos viandantes que cruzaban el peligroso paso del colle del Piccolo San Bernardo, el cual unía la Saboya con el Valle de Aosta y conectaba directamente Francia con Italia.
Mediación política, defensa de la Iglesia y tránsito
Con el paso de los años, la figura de Pedro adquirió un enorme prestigio moral ante los ojos de los poderosos vecinos de la época. Tanto los condes de Saboya como el sumo pontífice y los abates de los monasterios de la comarca recurrieron con frecuencia a su prudente consejo y ayuda. En el ámbito político y eclesiástico, el obispo Pedro II se opuso firmemente al emperador Federico I Barbarossa, quien era un ferviente partidario del antipapa Víctor IV. Ante esta grave fractura, Pedro peregrinó infatigablemente por numerosos países y ciudades predicando con celo la fidelidad al legítimo papa Alejandro III en nombre de la unidad de la Iglesia, promoviendo siempre con fervor la concordia entre las poblaciones. Aquel cisma tuvo su fin providencial con la muerte de Víctor IV en el año 1139. Treinta y un años después de aquel acontecimiento, san Pedro debió encontrarse nuevamente con el emperador en la ciudad de Besançon con el firme propósito de hacerlo desistir de sus continuos proyectos en contra de la cristiandad.
Su prestigio como hombre de paz traspasó fronteras y, en el año 1173 en Roma, el papa Alejandro III confió a Pedro la delicada misión de actuar como mediador oficial entre el rey Luis VII de Francia y el rey Enrique II de Inglaterra. Ambos monarcas europeos se debatían entonces en antiguas y enconadas controversias territoriales sobre la soberanía de ciertas regiones francesas. A pesar de que durante el largo viaje para alcanzar las tierras de Inglaterra el prelado caminaba ya con la salud muy malferma, fue acogido ovacionado en todas partes como un verdadero y auténtico santo. Finalmente, la muerte sorprendió a Pedro en territorio francés, exactamente en la abadía de Bellevaux, el día 14 de septiembre de 1174, registrándose su tránsito definitivo en el monasterio de Beauvale, situado en el territorio de Besançon. El santo recibió una digna y piadosa sepultura en la iglesia del monasterio de Bellevaux. La Iglesia universal reconoció su santidad cuando el papa Celestino III lo canonizó oficialmente en el año 1191. Como testimonio perenne de su devoción, la diócesis de Aosta celebra la memoria de san Pedro II de Tarantaise como obispo el 6 de mayo en virtud de los estrechos lazos históricos compartidos entre ambas regiones alpinas.
Su vida
El camino de San Pedro II de Tarantaise comenzó en Saint-Maurice-de-l'Exil, lugar donde vio la luz en el año mil ciento dos. Su vocación monástica se manifestó tempranamente, llevándolo a buscar la paz del claustro en la abadía de Bonnevaux al cumplir los veinte años. Allí, bajo la regla cisterciense, cultivó la oración y la humildad necesarias para las futuras responsabilidades que la Iglesia le confiaría. En el año mil ciento treinta y dos, su capacidad de organización y su espíritu de servicio fueron puestos al servicio de la naciente abadía de Tamié, de la cual fue nombrado primer abad.
Años más tarde, fue llamado al servicio pastoral como arzobispo de Tarantaise, fijando su sede en Moutiers. Su episcopado no fue un tiempo de reposo, sino de intensa actividad al servicio del prójimo. Se distinguió por una profunda sensibilidad hacia los necesitados, materializada en la institución del Pane de mayo, una obra de caridad que buscaba aliviar la angustia de los desfavorecidos. Más allá de las fronteras de su diócesis, fue reconocido como un hombre de criterio y justicia, lo que le permitió actuar como mediador en los conflictos entre los monarcas Luis séptimo de Francia y Enrique segundo de Inglaterra. Su vida concluyó en la abadía de Bellevaux en el año mil ciento setenta y cuatro, dejando un legado de entrega que perdura en la memoria de la Iglesia.
El culto
La santidad de San Pedro II de Tarantaise fue reconocida oficialmente por la Iglesia poco tiempo después de su partida hacia la casa del Padre. Fue canonizado en el año mil ciento noventa y uno por el Papa Celestino tercero, confirmando así la ejemplaridad de su vida y su intercesión ante Dios. Desde entonces, su figura ha sido honrada por los fieles como un modelo de obispo cisterciense que supo integrar la contemplación con la acción social.
Su memoria litúrgica se celebra el catorce de septiembre, fecha en la que la Iglesia recuerda su paso a la vida eterna. Asimismo, es importante señalar que en la diócesis de Aosta, su testimonio es recordado con particular devoción en la memoria litúrgica celebrada el día seis de mayo. A través de los siglos, los creyentes continúan invocando su auxilio, recordando especialmente su caridad hacia los pobres y su incansable labor como mensajero de paz en un mundo a menudo fragmentado por la discordia.
Preguntas frecuentes
Cuándo se celebra la festividad de San Pedro II de Tarantaise?
Su memoria litúrgica principal se celebra el 14 de septiembre, fecha de su fallecimiento. No obstante, la diócesis de Aosta lo conmemora el 6 de mayo por sus vínculos históricos regionales.
Cuál fue el papel de San Pedro II en la Iglesia de su tiempo?
Fue un destacado obispo cisterciense, reformador e infatigable defensor de la unidad de la Iglesia frente a los cismas, además de un célebre mediador de paz entre monarcas y protector incansable de los pobres.
En el monasterio de Beauvale en el territorio de Besançon en Francia, tránsito de san Pedro, que, de abad cisterciense pasó a regir con ardiente celo la sede de Moûtiers, a la que había sido elevado, promoviendo con fervor la concordia entre las poblaciones. — Martirologio Romano