La solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, es la fiesta mariana más antigua y significativa de la Iglesia occidental. A través de este misterio, contemplamos a la humilde Virgen de Nazaret elegida por el Altísimo para dar carne al Verbo. Su maternidad no es un simple hecho biológico, sino un acontecimiento de salvación que une para siempre la divinidad con nuestra condición humana.
La liturgia sitúa esta celebración en el primer día del año para consagrar el tiempo bajo su amparo maternal. Recordamos y confesamos que Aquella que engendró según la carne al Salvador es verdaderamente la Madre del Creador, ofreciendo a los creyentes un faro de esperanza y un modelo perfecto de fe y obediencia a la voluntad del Padre.