Los beatos Alfonso López López y Michele Remón Salvador fueron sacerdotes y religiosos de la Orden de los Frati Minori Conventuali que entregaron su vida por la fe durante el siglo XX. El padre Alfonso nació en Secorun, España, cerca de Huesca, el 16 de noviembre de 1878, y antes de su vida religiosa desempeñó diversos oficios civiles. Tras ingresar al convento de Granollers en el año 1906, fue enviado a Italia, donde completó su noviziato en Osimo y emitió su profesión temporal en 1908 y la solemne en 1911, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal. Por su parte, Miguel Remon Salvador nació en Caudé, en la diócesis de Teruel, España, el 17 de septiembre de 1907, e ingresó al convento de Granollers en 1927, haciendo su noviziato bajo la guía precisamente del padre Alfonso. Ambos religiosos compartieron una trayectoria marcada por el servicio, la labor en la basílica de Loreto y una profunda entrega a Dios. Al estallar la persecución religiosa en el contexto de la guerra civil española, ambos buscaron refugio en casa de unos amigos, donde fueron arrestados el 3 de agosto de 1936. Con una fe firme ante las presiones y la exigencia de apostasía, fueron conducidos a Samalús, cerca de Barcelona en España, donde sufrieron el martirio al ser fusilados esa misma tarde.
Su memoria litúrgica y su recuerdo perduran de manera especial en la fecha del 3 de agosto, día en el que consumaron su testimonio supremo. Ambos religiosos se distinguieron en vida por la virtud cristiana, el amor a Dios y al prójimo, la devoción a la Virgen Maria, la afabilidad y el espíritu de servicio. Su valentía en el momento de la prueba quedó grabada en las palabras que pronunciaron antes de entregar su vida, perdonando a sus verdugos y negándose a renegar de sus convicciones. A causa de este testimonio de fidelidad a Cristo en la misma persecución, el martirologio sitúa su muerte en el villaje de Samalús. Su ejemplo de entrega total fue reconocido oficialmente por la Iglesia cuando el Papa Juan Paulo II los beatificó el 11 marzo 2001, junto a cuatro confraternos y a un grupo de doscientos treinta y tres mártires de aquella persecución. Hoy son recordados como testigos inquebrantables de la fe que iluminan el camino de la comunidad eclesial.