28 de enero
San Jerónimo Lu Tingmei
Catequista y mártir
Actualizado el 18 de septiembre de 2026
Orígenes y primeros años
San Jerónimo Lu Tingmei vio la luz en el año 1811 en la contornada de Langtai, situada en la provincia china del Guizhou. Al ser el miembro de mayor edad entre los cuatro hijos de una familia que gozaba de buena posición económica, creció dotado de un físico vigoroso y una inteligencia muy viva. Su padre se desempeñaba como maestro de la comunidad, y cuando este alcanzó la edad de su retiro laboral, el joven Jerónimo asumió con naturalidad su puesto para continuar la tarea educativa. Su profunda sabiduría y sus vastos conocimientos le granjearon una estimación tan grande en el entorno social que el propio magistrado del lugar acudía con frecuencia a solicitar sus prudentes consejos. Llegado el momento, contrajo matrimonio y de esa unión vinieron al mundo dos hijos y una hija, completando el cuadro de una existencia respetada y fructífera en el ámbito civil.
A la edad de treinta y ocho años, su inquietud espiritual lo condujo a ingresar como miembro de la secta religiosa conocida como Quinshui. Sin embargo, cuatro años más tarde tuvo la oportunidad de leer diversos libros que le había prestado Paolo Yang sobre las enseñanzas de la Iglesia Católica. Tras una lectura detenida y reflexiva, reconoció con honestidad que había realizado una elección equivocada en su camino religioso anterior. Su adhesión a la nueva verdad fue tan sincera y profunda que se convirtió en un discípulo de notable celo, logrando la conversión a la fe católica de su propio padre, de su hermana y de varios conocidos de la comunidad. En el transcurso del año 1853, recibió finalmente los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación administrados por el padre Tommaso Luo, momento solemne en el cual asumió el nombre de Jerónimo.
El camino del testimonio y las primeras pruebas
Tras el fallecimiento de su esposa, San Jerónimo Lu Tingmei adoptó un estilo de vida marcado por la austeridad y la penitencia, sin abandonar jamás su constante celo por la conversión de sus propios compaesanos. En el año 1854, las tensiones del entorno provocaron que fuera falsamente acusado de traición, una calumnia que le hizo padecer numerosas y cruentas torturas físicas y morales. Poco tiempo después, en el año 1855, su intención de construir un lugar destinado a la enseñanza de la doctrina católica ofendió profundamente a sus parientes más cercanos. La situación se dinamizó cuando el missionario laico Lorenzo Wang Bing, quien se encontraba en plena fuga por haber sido también falsamente acusado, arribó a la zona para brindarle su apoyo incondicional. Ambos decidieron unir fuerzas con el propósito de erigir una iglesia o pequeña capilla desde la cual predicar y realizar la labor de catequesis. Mientras Lorenzo prefería levantar la estructura en un paraje situado detrás de la aldea, Jerónimo consideraba más oportuno utilizar un espacio vacío ubicado junto al templo de los antepasados, prevaleciendo finalmente este último criterio sobre la ubicación del edificio.
Este proyecto despertó la inmediata oposición de su tío no cristiano Lu Sankong y de su cugino Lu Kuepa, quienes mostraron un profundo descontento. No obstante, la autoridad moral de la que gozaba Jerónimo impedía en ese momento una manifestación abierta de hostilidad por parte de sus parientes contrarios. Por otro lado, otro de sus tíos, llamado Lu Wenzai, se había acercado previamente solicitando explicaciones sobre la doctrina con la supuesta intención de hacerse cristiano, pero con el tiempo cambió de manera radical de postura hasta convertirse en un activo persecutor de los neofitos. Los parientes hostiles aguardaron prudentemente cinco días desde el inicio de las obras para poner en marcha su plan definitivo. Se presentaron en secreto ante algunos soldados para informarles que un predicador cristiano y sus compañeros pretendían levantar un lugar de oración más hermoso que el propio templo ancestral de la familia. Los soldados consideraron el asunto de suma gravedad y condujeron a los acusadores ante el funcionario que servía de intermediario con el mandarín Tai Lu Che, quien a su vez derivó el caso a su superior. Este último envió a dos subordinados para inspeccionar la situación en la localidad de Maokou y posteriormente se desplazó él mismo para comprobar los hechos, consultando finalmente la situación con los jefes de la aldea.
El arresto y el interrogatorio del magistrado
Atendiendo a las órdenes del mandarín Tai Lu Che, tres soldados fueron enviados para proceder a la captura de Lorenzo Wang Bing y de San Jerónimo Lu Tingmei. El arresto se consumó el trece de diciembre del año 1857, precisamente cuando los dos catechistas y otros compañeros se encontraban reunidos celebrando las oraciones vespertinas de la comunidad. En el preciso instante de ser detenido, Jerónimo tomó con previsión un opusculo que contenía el tratado de tolerancia del año 1846 junto con otros dos libricini de contenido cristiano, suponiendo con lógica que sería conducido directamente ante la presencia del magistrado. Una vez comparecieron ante el mandarín Tai Lu Che, dio inicio un largo interrogatorio cuyos registros fueron conservados de manera pormenorizada en los Annales de las Misiones Extranjeras de París. En respuesta a las preguntas de la autoridad, Jerónimo declaró con claridad que su apellido era Lu y que pertenecía formalmente a la religión del Señor del Cielo. Explicó que esta doctrina coincidía en su esencia con aquella de la cual hablaban los antiguos libros chinos al citar la necesidad de temer y prestar atención a lo que no se ve ni se siente, afirmando además que practicaba la religión antigua y natural de los letrados profesada antiguamente por Confucio y por Lao Tse. Sostuvo con firmeza que Dios es el Señor y Creador del cielo, de la tierra y de todos los seres existentes, y que en los cuatro libros clásicos se le designa habitualmente con el nombre de Rey Altissimo.
El mandarín interrumpió sus palabras acusándolo de sragionare, tildándolo de stolto y stupido, y argumentando que en el mundo tan solo existían tres religiones legítimas asociadas a las letras, a los trabajadores y a los comerciantes. Asimismo, el juez objetó que el hombre y los animales son engendrados únicamente por otros seres semejantes, contestando el dogma de la creación universal efectuada por Dios. Cuando el mandarín le preguntó si tenía algún maestro terrenal, Jerónimo respondió con absoluta sinceridad que carecía de maestro alguno, que se limitaba a leer los libros cristianos por cuenta propia, y que tras examinar detenidamente la doctrina había decidido practicarla por iniciativa propia. Ante la disyuntiva planteada por el magistrado sobre si deseaba retirarse de su creencia o afrontar un castigo, el santo respondió con valentía que si era castigado se plegaría al sufrimiento, pero que si le exigían renegar de su fe y retirarse, jamás podría hacerlo. Durante el transcurso del proceso, el juez intentó además reprocharle aspectos de su vida familiar, señalando que sus padres vivían todavía a la edad avanzada de ochenta años y que, debido a la separación de más de diez años entre los cuatro hermanos, el sustento llegaba de forma alternada, acusando falsamente a Jerónimo de tratar a sus progenitores como mendicantes y de haber olvidado los ocho precantos fundamentales de la piedad filial, la amistad fraterna, la fidelidad al príncipe, la sinceridad con los amigos, la honradez ciudadana, la justicia, la moderación y el recato en la conversación. El juez insistió también en que la religión del Señor del Cielo pertenecía a reinos extranjeros y no a la autoridad del Emperador. Concluida esta fase, el mandarín le invitó a retornar a su hogar para reflexionar, mientras Lorenzo era escoltado por la guardia hacia la ciudad de Guiyang junto con su compañero, dejando al magistrado con el comentario de que Lu Tingmei era un hombre dotado de un conocimiento admirable, aunque lamentaba profundamente que estuviera atrapado en semejante setta sin esperanza de abandonarla.
Las últimas horas y la defensa de la fe
Terminado el proceso judicial, San Jerónimo Lu Tingmei condujo a Lorenzo de regreso a su hogar, donde su esposa y sus hijos los aguardaban con expectación. En aquella atmósfera de inminente prueba, Jerónimo dirigió sus recomendaciones finales a sus hijos A Kao y A Mien, exhortándoles a honrar siempre a su madre y a no causarle jamás ningún disgusto, aconsejándoles además que fueran laboriosos en el trabajo de los campos y que aceptaran el dinero debido exclusivamente cuando los debidores lo restituyeran de forma voluntaria, sin forzar jamás a los reacios. Les encomendó asimismo que se mantuvieran fervorosos y cumplieran fielmente con la recitación cotidiana de las oraciones de la mañana y de la noche. A su hijo A Kao le tranquilizó pidiéndole que no se alarmase y explicándole que, si era conducido a Lang-tai-tin, podría ir a presenciar lo que le sucediera, insistiendo en que no debía temer absolutamente nada ni derramar lágrimas por él, ni siquiera en el supuesto de que muriera muchas veces. A su propia madre le dirigió palabras de ánimo al afirmar que la persecución que comenzaba era en realidad una buena y mejor circunstancia, por lo cual no debía albergar ningún temor. Acto seguido, ambos peregrinos se encaminaron hacia el lugar donde se hallaba hospedada Agata Lin Zhao, una valerosa virgen consagrada que había dedicado su vida a la educación de numerosas fanciullas en una escuela femenina, y quien a pesar de encontrarse en grave peligro de muerte les infundió gran valor a los compañeros de fe.
De regreso en su casa ante los suyos, Jerónimo reiteró que toda su confianza estaba puesta en Dios y que pronto podría morir por Él. Tras compartir una ligera cena en familia y procurar un breve descanso, Jerónimo y Lorenzo pasaron la noche entera velando en oración en solitario. Tomaron la ponderada decisión de no emprender la huida para evitar de ese modo que la naciente comunidad cristiana sufriera una persecución de carácter destructivo, albergando la piadosa esperanza de que la ofrenda de sus propias vidas bastara para asegurar la paz y la libertad religiosa de los futuros neofitos. Aunque el mandarín se mostraba inicialmente indeciso sobre la condena definitiva, la intervención maliciosa de su tío con insistentes insinuaciones sobre la pretendida maldad de la doctrina inclinó finalmente la balanza hacia la pena capital para los principales líderes. Como el funcionario responsable no deseaba que sus propios soldados ejercieran como verdugos, los perseguidores buscaron afanosamente entre la población de Maokou a tres personas dispuestas a cumplir con dicho encargo. El lugar designado para el suplicio se fijó en las pintorescas orillas del río Ou, donde se erigieron cuatro banderas distintivas —dos de color negro con bordes rojos y dos blancas ribeteadas de azul—, mientras los ejecutores afilaban implacablemente sus espadas sobre las piedras de amolar. Entre las siete y las ocho de la mañana del catorce de diciembre, tras concluir juntos la oración matutina, Lorenzo y Jerónimo acudieron al llamado de los soldados enviados por Tai Lu Che desde su alojamiento, prostrándose respetuosamente ante él antes de permanecer de rodillas, con Lorenzo situado a la izquierda de su compañero.
El testimonio supremo y el martirio
Durante este último examen, el mandarín volvió a interrogar a San Jerónimo Lu Tingmei cuestionando por qué se obstinaba en rechazar la religión de los letrados, considerada la única verdadera para los hombres frente a las falsas creencias. Un interlocutor presente en el acto acusó al santo de haberse dejado engañar y de propagar una doctrina extraña, reconociendo sin embargo que no había cometido acciones nocivas para la paz pública y destacando que era un hombre sumamente recomendable por sus estudios literarios, si bien le reprochaban haber hecho sufrir a otros y a sí mismo al descuidar los asuntos públicos. Al ofrecerle la gracia y la restitución íntegra de su libertad a cambio de una respuesta afirmativa sobre su retorno a las obligaciones seculares, Jerónimo demostró de forma magistral sus capacidades como catechista en la circunstancia más decisiva de su existencia. Con una voz clara y entonada en la más absoluta sencillez, pronunció una apasionada defensa de la fe católica, afirmando con convicción que esta constituía la mejor de todas las sendas y que existía incluso antes de la creación del material cielo y de la tierra. Explicó que el culto católico se dirige al Principio supremo y primigenio entre todos los seres, el cual es un puro espíritu, y detalló que antes de abrazar la religión había cotejado rigurosamente sus enseñanzas con la historia universal contenida en un libro oficial publicado por las autoridades, hallando en tal confrontación la prueba irrefutable de la verdad y de la excelencia católica.
Ante las dudas del auditorio, Jerónimo se ofreció a recitar los Diez Mandamientos ante el gran hombre, procediendo a enumerarlos uno a uno. Aunque el funcionario demostró con sus actitudes no haber comprendido el alcance de la exposición y le interrumpió bruscamente a la altura del tercer mandamiento para inquirir sobre la observancia del descanso semanal, el santo explicó con paciencia que el séptimo día, consagrado enteramente al Señor, implicaba la abstención de los trabajos serviles hasta el mediodía, recordando la existencia de una dispensa específica de la Santa Sede que permitía a los fieles chinos trabajar desde el mediodía en adelante. Tras un instante de silencio en el cual el mandarín aspiró una sosegada presa de tabacco, volvió a plantear el abandono de la fe como condición indispensable para salvar la vida. A pesar de que un jefe de aldea intervino señalando que el acusado no mostraba el menor signo de querer apostatar, Tai Lu Che ignoró el comentario y exigió saber si Jerónimo se arrepentía y si tenía conocimiento de la condena a muerte dictada por el magistrado. Con una entereza inquebrantable, Jerónimo replicó que, siendo un hombre pobre y humilde, no podía arrepentirse de algo bueno, afirmando que al abrazar el cristianismo jamás había incurrido en rebelión ni en acto reprochable alguno, sino que tan solo había querido convertirse en un hombre de oración consagrado al bien. Concluyó con serenidad profética declarando que, cuando su cabeza cayera al suelo, su obra terrena quedaría plenamente cumplida, y comparó su propia elevación a la dignidad cristiana mediante el estudio de la doctrina con la forma en que el propio mandarín había alcanzado su magistratura a través del estudio de las letras. A la última pregunta sobre si el juez cometía un error al condenarle a muerte, Jerónimo respondió con firmeza negando tal error. Tras los interrogatorios sucesivos de Lorenzo y de Agata Lin Zhao —quien había sido arrestada en el proceso—, los tres manifestaron una invariable fidelidad a su fe y fueron condenados a la pena capital. Al escuchar la sentencia definitiva, Jerónimo exclamó con fe ardiente: «¡Jesús, salvaci!». El martirio se consumó finalmente por decapitación el 28 de enero de 1858 en la orilla izquierda del río Ou, en la ciudad de Maokou, en la provincia de Guizhou, coronando una vida entregada a Dios junto a sus compañeros de misión Agata Lin Zhao y Lorenzo Wang Bing, bajo el reinado del emperador Wenzongxian.
Glorificación y culto litúrgico
Inmediatamente después del supremo sacrificio, la tradición popular recogió con devoción la noticia de prodigios celestiales, difundiendo ampliamente la voz de que se habían manifestado tres hermosos fasci de luce —dos de color rojo y uno blanco— que rodeaban los cuerpos de los mártires en el instante mismo de la ejecución, mientras algunos amigos no católicos aseguraron haber visto tres gloriosos globos de luz ascendiendo directamente hacia el cielo tras el fallecimiento. Amparados por la oscuridad de la noche, algunos fieles amigos acudieron piadosamente a sepultar los restos mortales de los testigos de la fe. Con el paso de los años, San Jerónimo Lu Tingmei y sus compañeros fueron formalmente incluidos en el insigne grupo de los treinta y tres mártires procedentes de los Vicariatos Apostólicos de Guizhou, Tonchino Occidental y Cocincina. El decreto oficial sobre el martirio de este grupo fue promulgado solemnemente el 2 de agosto de 1908, abriendo el camino para que tuviera lugar la beatificación de Jerónimo Lu Tingmei y de sus compañeros el 2 de mayo de 1909 bajo el pontificado de papa Pío X.
Posteriormente, estos insignes confesores de la fe fueron integrados dentro del más amplio y venerado grupo de los ciento veinte mártires de China, una cohorte heroica encabezada históricamente por San Agostino Zhao Rong. La culminación de su reconocimiento en la Iglesia católica universal se alcanzó el memorable día primero de octubre del año 2000, fecha en la cual el Beato Juan Pablo II presidió las solemnes ceremonias de canonización en la Ciudad del Vaticano. Desde entonces, la memoria litúrgica de San Jerónimo Lu Tingmei y de los santos mártires Agata Lin Zhao y Lorenzo Wang Bing se celebra con gratitud y devoción el veintiocho de enero, recordando el testimonio imperecedero de estos valientes catechistas que supieron entregar su sangre por fidelidad al nombre del Señor del Cielo en las tierras de China.
Su camino de fe
La trayectoria de San Jerónimo Lu Tingmei comenzó en su lugar de origen, Langtai, donde su encuentro con Cristo transformó profundamente su vida. Al recibir los sacramentos de la iniciación cristiana en 1853, asumió con alegría el nombre de Jerónimo, que marcaría su identidad espiritual de manera definitiva. Con un corazón dispuesto a servir, se dedicó a la construcción de una capilla cristiana, un proyecto que realizó a pesar de la firme oposición de sus familiares, quienes no compartían su nueva fe. Esta determinación fue el primer paso de un compromiso que lo llevaría a ser un pilar para la comunidad local.
El testimonio de San Jerónimo no pasó inadvertido para quienes buscaban sofocar la presencia cristiana en la región. El trece de diciembre de 1857, fue detenido debido a su adhesión al Evangelio. Durante los interrogatorios a los que fue sometido por el mandarín, mostró una entereza admirable, rechazando de manera repetida y constante toda invitación a abjurar de sus creencias. Ni las presiones ni la amenaza de castigos lograron doblegar su espíritu. Finalmente, el veintiocho de enero de 1858, en Maokou, entregó su vida mediante el martirio por decapitación. Su muerte no fue un final, sino la culminación de una vida ofrecida totalmente a Dios, convirtiéndose en un testimonio luminoso para los fieles de su tiempo y para las generaciones venideras que encuentran en él un modelo de constancia y amor por la verdad.
El culto y la memoria
La Iglesia venera la memoria de San Jerónimo Lu Tingmei como un testigo privilegiado de la gracia divina. Su vida y su sacrificio son recordados con especial solemnidad el veintiocho de enero, fecha en la que se celebra su paso a la vida eterna. La importancia de su testimonio fue reconocida formalmente por la Iglesia universal el primero de octubre del año 2000, cuando el Papa Juan Pablo Segundo procedió a su canonización, elevándolo a la dignidad de los altares.
Hoy, el recuerdo de este mártir chino nos invita a renovar nuestra propia fe, recordándonos que el compromiso con el Evangelio puede exigir, en ocasiones, una entrega total. La figura de San Jerónimo Lu Tingmei nos exhorta a vivir con sobriedad y valentía, manteniendo la mirada puesta en lo eterno a pesar de las adversidades que podamos encontrar en nuestro entorno. Su vida, sencilla pero heroica, permanece como un recordatorio constante de que la fidelidad a Dios es el tesoro más grande que un ser humano puede custodiar.
Preguntas frecuentes
Cuándo se celebra la festividad de San Jerónimo Lu Tingmei?
Su memoria litúrgica se celebra el 28 de enero.
De qué grupo de santos forma parte San Jerónimo Lu Tingmei?
Forma parte del grupo de los ciento veinte mártires de China, canonizados por el Beato Juan Pablo II.
En la ciudad de Maokou en la provincia de Guizhou en China, santos mártires Ágata Lin Zhao, virgen, Jerónimo Lu Tingmei y Lorenzo Wang Bing: catequistas, fueron denunciados como cristianos bajo el emperador Wenzongxian y finalmente decapitados. — Martirologio Romano