La devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe tiene su origen en el siglo XVI, uniendo de manera profunda la fe del viejo y del nuevo continente. A través de un humilde laico, la Madre de Dios eligió manifestar su presencia y su consuelo en el cerro del Tepeyac, dejando un signo visible que perdura a través de los siglos como testimonio de su amor maternal y de su cercanía con los más sencillos.
Esta advocación mariana es recordada especialmente por el milagro de su imagen impresa en la tilma, un lienzo sencillo que se convirtió en el altar de la reconciliación y la esperanza. Su memoria, celebrada con profunda reverencia, evoca el momento en que el cielo tocó la tierra mexicana para ofrecer amparo y protección a todos sus hijos bajo su sagrado manto.